Mi mujer se entregó a los mirones del mirador
Laura y yo llevábamos más de un año jugando a esto. Lo que empezó como una broma —dejarla asomada a la ventana sin camiseta mientras el vecino de enfrente fumaba en su balcón— se fue convirtiendo poco a poco en un juego más elaborado. El placer de exhibir y ser visto. El morbo de saber que hay alguien que desea lo que es tuyo, alguien que lo mira pero no puede tocarlo.
A ella le costó más encontrarle el gusto. Al principio se reía nerviosa, se tapaba demasiado rápido, me decía que yo estaba loco. Pero hubo un momento —creo que fue aquella tarde aparcados frente a la oficina de Correos— en que se dio cuenta de que también le gustaba. Que el rubor en las mejillas no era solo vergüenza.
Desde entonces, fuimos dando pasos.
Aquel fin de semana lo había planeado con semanas de antelación. Reservé un hotel en la costa, a veinte minutos de un mirador que aparecía mencionado en varios foros. Aparcamiento amplio, mucha afluencia nocturna, discreción suficiente para quien la necesitara. Solo tenía que conseguir que la situación se diera de forma natural, sin que Laura sintiera que la estaba empujando hacia algo que no quería.
***
Pasamos la mañana en la playa. Alquilamos hamacas en una zona semidesértica, lejos del chiringuito, y nos extendimos al sol. Laura llevaba un bañador de dos piezas, azul eléctrico, que era demasiado pequeño para la realidad de su cuerpo. Cuarenta y tres años y mejor que muchas chicas de veinte. Lo digo sin presunción. Es la verdad.
Llevábamos un rato en silencio cuando lo planteé, en tono de quien comenta el tiempo:
—Quítate la parte de arriba. Tienes la espalda muy blanca todavía.
—Ni en sueños. Aquí hay gente.
—Cuatro personas en doscientos metros de playa. Venga.
—Que no.
—Laura.
Me miró con el gesto fruncido que usa cuando finge estar más enfadada de lo que está. Duró exactamente lo que suele durar: unos diez segundos. Luego se incorporó, comprobó que nadie miraba directamente hacia nosotros, y se desabrochó el top.
Se recostó boca arriba con los ojos cerrados, como si aquello no fuera con ella.
Lo que ella no vio fue que al desatarse el lazo del cuello, el bañador de abajo se había desplazado. No mucho, pero suficiente. Por el lado derecho asomaba una franja oscura.
El chico que alquilaba las hamacas tenía unos veintidós años y andaba por la orilla recogiendo sombrillas que el viento había volcado. Le hice una señal para pedirle dos refrescos. Tardó unos pasos en acercarse y después se detuvo a un metro y medio, mirando. No a mí.
Se le olvidó preguntar qué queríamos tomar.
Le pedí dos aguas y se marchó sin decir nada. Tardó más de lo razonable en volver.
—¿Te has dado cuenta del muchacho? —le pregunté a Laura, en voz baja.
—¿Qué muchacho?
—El de las hamacas. Que llevas el bañador corrido y te ha visto todo.
Laura bajó la vista, parpadeó, y soltó una carcajada.
—Dios mío. Si es que es diminuto, se sale todo. ¿Y me ha visto bien?
—Ha tardado veinte segundos en acordarse de lo que le había pedido.
Ella se rio otra vez. Pero no se colocó nada.
Cuando el chico volvió con las aguas, Laura cruzó los tobillos y abrió un poco las piernas, sin exagerar, solo lo justo para que el ángulo cambiara. Le dio las gracias sin moverse. El chico asintió sin palabras y se marchó muy deprisa.
—Pobre —dijo Laura, divertida.
—Se ha ido muy contento —le dije yo.
***
De vuelta en el hotel, con las persianas bajadas y el aire acondicionado al mínimo, estuvimos un rato largo sin prisa. Después, tendidos en la cama sin energía para nada, fue cuando le hablé del dogging.
—He estado mirando si hay algo cerca —dije, como quien no quiere la cosa.
—¿Cerca de qué?
—Del hotel. Un sitio donde... ya sabes. Donde se va a que te vean.
Laura se giró hacia mí.
—¿Un sitio de esos donde la gente hace cosas en el coche?
—Sí. Un mirador. Nada forzado, si no quieres nos quedamos en el coche y nos vamos cuando nos apetezca.
—¿Y hay gente mirando?
—Suele haber. Esa es la gracia.
Silencio. Ella miraba el techo. Yo la miraba a ella.
—¿Y si nos conoce alguien?
—Estamos a cuatro horas de casa.
—¿Y si se acerca alguien al coche?
—Solo pasa si tú abres la ventanilla. El coche es nuestro territorio.
Más silencio.
—Esta noche —dijo al final—. Si me apetece. Sin compromisos.
***
La cena fue en un restaurante del paseo marítimo. Laura salió del baño con un abrigo largo de lino abotonado hasta arriba y los labios pintados de rojo oscuro. Iba con los tacones del sábado, los negros de punta afilada. Estaba espectacular.
Cuando llegamos al restaurante y yo bajé del taxi para abrirle la puerta, se paró en la acera, miró rápidamente a los lados, y desabrochó el abrigo.
Lo que llevaba debajo era lencería negra. Completamente transparente. Se le marcaban los pezones, la curva del vientre, el encaje oscuro de las bragas.
—Lo compré esta tarde mientras estabas en la piscina —dijo.
Entré al restaurante sin decir nada. Necesité un momento.
Pedimos y comimos. O ella comió. Yo apenas probé la mitad. Laura estaba tranquila, cortaba el pan, preguntaba si el vino era bueno, y de vez en cuando separaba un centímetro el abrigo cuando pasaba el camarero de la barra.
A los postres me dijo, en voz muy baja:
—El de la barra lleva un rato mirando cada vez que pasa.
—¿Sí?
—Dale algo que ver —me dijo, y se recostó en la silla.
Llamé al camarero para pedir la cuenta. Cuando se acercó a la mesa, Laura dejó que el abrigo se abriera, cruzó las piernas con calma, y esperó. El camarero tardó más de lo necesario en escribir el total. Cuando se fue, Laura tomó un sorbo de vino sin ninguna expresión.
***
Salimos del bar de copas pasadas las dos y media. El mirador estaba a un cuarto de hora, pero Laura no preguntó adónde íbamos cuando giré hacia el interior. Solo miró por la ventanilla.
Cuando llegamos al aparcamiento, me sorprendió la cantidad de coches. Ocho o diez, distribuidos sin orden, algunos con las luces del salpicadero encendidas, otros completamente a oscuras. En los márgenes del asfalto, siluetas que caminaban despacio o se detenían junto a las ventanillas ajenas.
—Hay bastante gente —murmuró Laura.
—Así no somos el centro de atención.
—Me da vergüenza ahora mismo.
—¿Quieres que nos vayamos?
Tres segundos de silencio.
—No. Quiero intentarlo. Pero apaga la luz del techo.
Aparqué en un extremo, lejos del resto. Apagué todo. La oscuridad era casi completa, solo el resplandor lejano de la ciudad en el horizonte. Me giré hacia Laura y empecé a besarla.
Recliné su asiento. Le abrí el abrigo. Aparté la lencería con cuidado y me incliné sobre ella.
Tardó poco en relajarse. Tardó menos en empezar a moverse.
Estaba tan concentrado que no me di cuenta de que alguien se había acercado hasta que vi la sombra en el cristal. Una figura, luego otra a su lado. Jóvenes, de unos veintitantos, parados a metro y medio de la ventanilla de Laura.
—Ya tenemos compañía —le susurré.
Laura abrió los ojos, los vio, y se tensó. Instintivamente intentó taparse.
—Déjalo —le dije, cogiéndole las manos con suavidad.
—Son muy jóvenes.
—¿Y eso importa?
Me miró. Luego miró hacia la ventanilla. Los dos chicos seguían ahí, sin moverse, sin decir nada.
Encendí la luz del techo.
Laura soltó el aliento de golpe. Pero no se tapó.
***
Lo que pasó a continuación lo tengo grabado con una claridad que casi me incomoda.
Laura se quitó el abrigo y la lencería, se recostó en el asiento con las piernas extendidas hacia el cristal, y empezó a tocarse mientras yo la acariciaba. Los dos chicos de fuera se habían puesto en cuclillas para ver mejor. Para cuando se sumaron dos más, ella ya no miraba hacia mí.
Me bajé los pantalones. Laura se giró y me tomó en la boca, sin apartar los ojos del cristal. Los cuatro que estaban fuera se habían sacado las pollas y se masturbaban lentamente.
—¿Los ves? —le pregunté.
—Sí —respondió, con la boca ocupada.
La coloqué de rodillas en el asiento, de espaldas a mí y con la cara hacia el cristal. Me coloqué detrás y empecé a moverme. Ella apoyó la frente en el vidrio, cerró los ojos un momento, y luego los volvió a abrir. Los de fuera se pegaron más al cristal.
No aguanté mucho más.
—Me corro —avisé.
—Aquí —dijo ella, girándose.
Abrió la boca. Me miró directamente. Se lo tragó todo sin apartar la vista. Esa imagen la llevo conmigo desde entonces.
***
Me subí los pantalones, salí del coche, y rodeé el capó hasta el lado de Laura. Bajé su ventanilla desde fuera.
Ella miraba hacia la oscuridad. Los cuatro chicos seguían ahí, a menos de un metro. Nadie decía nada.
Entonces Laura alargó la mano por la ventanilla.
El primero en acercarse era alto, con el pelo corto y una sudadera oscura. Laura le cogió la muñeca y se la guió. Él no opuso resistencia. Tampoco ninguno de los otros tres.
Yo me alejé un par de pasos, apoyé la espalda en el capó, y grabé.
Laura alternaba entre los cuatro con una naturalidad que no le había visto nunca. En algún momento los chicos empezaron a hablarle, en voz baja algunos, más alto otros. Ella no contestaba. Solo seguía. Llegó a tener dos a la vez, y yo tuve que alejarme un paso para mantener la compostura.
Uno de ellos avisó con un gemido corto. Los demás se acercaron en orden. Laura levantó la cara, abrió la boca, y los recibió a los cuatro uno detrás de otro. Cuando el último terminó, se pasó la lengua por los labios y me miró por encima del techo del coche.
—¿Eso era lo que querías ver? —preguntó.
Los chicos se habían retirado ya hacia las sombras. Ella cogió un pañuelo de la guantera y se limpió con calma, sin prisa.
—Ahora me toca a mí —dijo, y se recostó en el asiento.
Me incliné sobre ella, aparté lo que quedaba de la lencería, y me puse a trabajar. Laura cruzó las piernas sobre mi espalda, apoyó una mano en mi cabeza, y tardó menos de lo que habría esperado.
Cuando terminó, se quedó quieta un momento con los ojos cerrados y la respiración todavía acelerada.
—Bien —dijo al final—. Eso ha estado bien.
No sé cuándo exactamente nos convertimos en esto. Sé que fue un proceso tan gradual que nunca hubo un momento en que tomar una decisión clara. Sé que los dos lo queríamos, aunque ninguno de los dos lo dijera con esas palabras. Y sé también que el camino de vuelta al hotel fue el más silencioso de nuestra historia.
En el mejor de los sentidos.