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Relatos Ardientes

Mi mujer se entregó a los mirones del mirador

4.7(3)

Laura y yo llevábamos más de un año jugando a esto. Lo que empezó como una broma —dejarla asomada a la ventana sin camiseta mientras el vecino de enfrente fumaba en su balcón— se fue convirtiendo poco a poco en un juego más elaborado. El placer de exhibir y ser visto. El morbo de saber que hay alguien que desea lo que es tuyo, alguien que se la casca mirándola pero no puede tocarla.

A ella le costó más encontrarle el gusto. Al principio se reía nerviosa, se tapaba las tetas demasiado rápido, me decía que yo estaba loco. Pero hubo un momento —creo que fue aquella tarde aparcados frente a la oficina de Correos, cuando se subió la falda hasta la cintura y se metió los dedos en el coño mientras un tío la miraba desde un banco— en que se dio cuenta de que también le gustaba. Que el rubor en las mejillas no era solo vergüenza, era que se estaba mojando entera.

Desde entonces, fuimos dando pasos.

Aquel fin de semana lo había planeado con semanas de antelación. Reservé un hotel en la costa, a veinte minutos de un mirador que aparecía mencionado en varios foros. Aparcamiento amplio, mucha afluencia nocturna, discreción suficiente para quien la necesitara. Solo tenía que conseguir que la situación se diera de forma natural, sin que Laura sintiera que la estaba empujando hacia algo que no quería.

***

Pasamos la mañana en la playa. Alquilamos hamacas en una zona semidesértica, lejos del chiringuito, y nos extendimos al sol. Laura llevaba un bañador de dos piezas, azul eléctrico, que era demasiado pequeño para la realidad de su cuerpo. Cuarenta y tres años y mejor que muchas chicas de veinte. Lo digo sin presunción. Es la verdad. Las tetas grandes, firmes, con los pezones que se le marcan a través del tejido cuando se excita. El coño depilado del todo, como a mí me gusta.

Llevábamos un rato en silencio cuando lo planteé, en tono de quien comenta el tiempo:

—Quítate la parte de arriba. Tienes la espalda muy blanca todavía.

—Ni en sueños. Aquí hay gente.

—Cuatro personas en doscientos metros de playa. Venga.

—Que no.

—Laura.

Me miró con el gesto fruncido que usa cuando finge estar más enfadada de lo que está. Duró exactamente lo que suele durar: unos diez segundos. Luego se incorporó, comprobó que nadie miraba directamente hacia nosotros, y se desabrochó el top. Las tetas le saltaron fuera del sujetador, pesadas, con los pezones ya endurecidos por la brisa.

Se recostó boca arriba con los ojos cerrados, como si aquello no fuera con ella.

Lo que ella no vio fue que al desatarse el lazo del cuello, el bañador de abajo se había desplazado. No mucho, pero suficiente. Por el lado derecho asomaba una franja oscura de la raja del coño, los labios recién depilados brillando al sol.

El chico que alquilaba las hamacas tenía unos veintidós años y andaba por la orilla recogiendo sombrillas que el viento había volcado. Le hice una señal para pedirle dos refrescos. Tardó unos pasos en acercarse y después se detuvo a un metro y medio, mirando. No a mí. Miraba fijo el coño de mi mujer asomando por el borde del bañador, y se le marcaba un bulto en el pantalón corto que ni siquiera intentó disimular.

Se le olvidó preguntar qué queríamos tomar.

Le pedí dos aguas y se marchó sin decir nada, ajustándose la polla dentro del bañador mientras se iba. Tardó más de lo razonable en volver.

—¿Te has dado cuenta del muchacho? —le pregunté a Laura, en voz baja.

—¿Qué muchacho?

—El de las hamacas. Que llevas el bañador corrido y te ha visto el coño entero.

Laura bajó la vista, parpadeó, y soltó una carcajada.

—Dios mío. Si es que es diminuto, se sale todo. ¿Y me ha visto bien?

—Ha tardado veinte segundos en acordarse de lo que le había pedido. Y se ha ido con la polla dura marcándosele en el bañador.

Ella se rio otra vez. Pero no se colocó nada. Al contrario: separó un poco los muslos, dejando el coño más a la vista.

Cuando el chico volvió con las aguas, Laura cruzó los tobillos y abrió un poco las piernas, sin exagerar, solo lo justo para que el ángulo cambiara y él se le pudiera meter con los ojos entre los labios abiertos. Le dio las gracias sin moverse. El chico asintió sin palabras, se tragó saliva, y se marchó muy deprisa.

—Pobre —dijo Laura, divertida—. Se va a ir al baño a hacérsela pensando en mí.

—Se ha ido muy contento —le dije yo—. Y tú estás mojada.

Le metí dos dedos por el borde del bañador y comprobé que sí, que el coño le chorreaba. Ella cerró los ojos un segundo, apretó los muslos alrededor de mi mano, y luego me apartó suavemente.

—Para el hotel —susurró—. Que como sigas me corro aquí mismo.

***

De vuelta en el hotel, con las persianas bajadas y el aire acondicionado al mínimo, nos desnudamos antes de cerrar la puerta. La empujé contra la cama boca abajo, le abrí las piernas de un rodillazo y me la comí por detrás, la lengua enterrada en el coño y un dedo en el culo. Laura gimió contra la almohada, apretó las nalgas contra mi cara, y se corrió en menos de cinco minutos empapándome la barbilla.

La puse boca arriba, le abrí las piernas hasta las orejas y le metí la polla de una embestida. Estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo del primer envión. Follé despacio al principio, dejándole ver cómo la verga entraba y salía brillando de sus jugos, y ella se apretaba las tetas y se pellizcaba los pezones mirando el punto donde nos uníamos. Después aceleré. La agarré por las caderas, se las levanté, y le clavé la polla hasta el fondo una y otra vez hasta que empezó a jadear sin parar.

—Córrete dentro —me pidió—. Lléname.

Me corrí en su coño en chorros largos, mordiéndole el cuello mientras ella se retorcía debajo de mí con un segundo orgasmo. Nos quedamos un rato así, con mi polla todavía dentro, mientras el semen le resbalaba por el culo hasta la sábana.

Después, tendidos en la cama sin energía para nada, fue cuando le hablé del dogging.

—He estado mirando si hay algo cerca —dije, como quien no quiere la cosa.

—¿Cerca de qué?

—Del hotel. Un sitio donde... ya sabes. Donde se va a que te vean.

Laura se giró hacia mí. Tenía todavía un hilo de mi corrida escurriéndosele por el muslo.

—¿Un sitio de esos donde la gente hace cosas en el coche?

—Sí. Un mirador. Nada forzado, si no quieres nos quedamos en el coche y nos vamos cuando nos apetezca.

—¿Y hay gente mirando?

—Suele haber. Tíos que se acercan a las ventanillas con la polla fuera. Esa es la gracia.

Silencio. Ella miraba el techo. Yo la miraba a ella. Se estaba mordiendo el labio y noté cómo se le endurecían los pezones otra vez.

—¿Y si nos conoce alguien?

—Estamos a cuatro horas de casa.

—¿Y si se acerca alguien al coche?

—Solo pasa si tú abres la ventanilla. El coche es nuestro territorio.

Más silencio. Se pasó la mano entre los muslos, casi sin darse cuenta, y se acarició el coño lleno de mi semen.

—Esta noche —dijo al final—. Si me apetece. Sin compromisos.

***

La cena fue en un restaurante del paseo marítimo. Laura salió del baño con un abrigo largo de lino abotonado hasta arriba y los labios pintados de rojo oscuro. Iba con los tacones del sábado, los negros de punta afilada. Estaba espectacular.

Cuando llegamos al restaurante y yo bajé del taxi para abrirle la puerta, se paró en la acera, miró rápidamente a los lados, y desabrochó el abrigo.

Lo que llevaba debajo era lencería negra. Completamente transparente. Se le marcaban los pezones oscuros y erectos, la curva del vientre, el encaje de las bragas que se le hundía entre los labios del coño hasta transparentar la raja.

—Lo compré esta tarde mientras estabas en la piscina —dijo.

Entré al restaurante sin decir nada. Necesité un momento para que se me bajara la polla lo suficiente como para poder sentarme sin que se notara.

Pedimos y comimos. O ella comió. Yo apenas probé la mitad. Laura estaba tranquila, cortaba el pan, preguntaba si el vino era bueno, y de vez en cuando separaba un centímetro el abrigo cuando pasaba el camarero de la barra, dejándole ver las tetas por debajo de la tela transparente.

A los postres me dijo, en voz muy baja:

—El de la barra lleva un rato mirándome cada vez que pasa. Se le nota el bulto desde aquí.

—¿Sí?

—Dale algo que ver —me dijo, y se recostó en la silla.

Llamé al camarero para pedir la cuenta. Cuando se acercó a la mesa, Laura dejó que el abrigo se abriera del todo, cruzó las piernas con calma dejando ver que las bragas transparentes se le pegaban a un coño ya húmedo, y esperó. El camarero tardó más de lo necesario en escribir el total, la mirada clavada en los pezones que se marcaban a través de la lencería. Cuando se fue, Laura tomó un sorbo de vino sin ninguna expresión y por debajo de la mesa me cogió la mano y se la puso entre las piernas.

—Toca —susurró.

Aparté las bragas transparentes con dos dedos y le encontré el coño empapado. Se lo froté despacio mientras terminábamos el vino, y ella se mordía el labio inferior para no gemir en medio del restaurante.

***

Salimos del bar de copas pasadas las dos y media. El mirador estaba a un cuarto de hora, pero Laura no preguntó adónde íbamos cuando giré hacia el interior. Solo miró por la ventanilla y, sin decir nada, se abrió el abrigo del todo dentro del coche, se bajó una copa del sujetador y empezó a jugarse el pezón con los dedos.

Cuando llegamos al aparcamiento, me sorprendió la cantidad de coches. Ocho o diez, distribuidos sin orden, algunos con las luces del salpicadero encendidas, otros completamente a oscuras. En los márgenes del asfalto, siluetas que caminaban despacio o se detenían junto a las ventanillas ajenas. En uno de los coches se veía a una mujer arrodillada entre las piernas de un tipo, chupándosela con la puerta abierta.

—Hay bastante gente —murmuró Laura.

—Así no somos el centro de atención.

—Me da vergüenza ahora mismo.

—¿Quieres que nos vayamos?

Tres segundos de silencio.

—No. Quiero intentarlo. Pero apaga la luz del techo.

Aparqué en un extremo, lejos del resto. Apagué todo. La oscuridad era casi completa, solo el resplandor lejano de la ciudad en el horizonte. Me giré hacia Laura y empecé a besarla, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras le arrancaba de un tirón las copas del sujetador. Le mordí los pezones uno tras otro hasta que ella empezó a jadear.

Recliné su asiento hasta que quedó casi tumbada. Le abrí el abrigo del todo. Aparté las bragas transparentes hacia un lado y me incliné sobre ella, hundiendo la cara entre sus muslos. Le pasé la lengua por toda la raja, de abajo arriba, terminando en el clítoris, que ya lo tenía tan hinchado que sobresalía. Ella se agarró de mi pelo y me apretó contra su coño.

Tardó poco en relajarse. Tardó menos en empezar a mover las caderas contra mi cara, follándose mi lengua sin ningún pudor.

Estaba tan concentrado chupándole el coño que no me di cuenta de que alguien se había acercado hasta que vi la sombra en el cristal. Una figura, luego otra a su lado. Jóvenes, de unos veintitantos, parados a metro y medio de la ventanilla de Laura.

—Ya tenemos compañía —le susurré con los labios pegados a su clítoris.

Laura abrió los ojos, los vio, y se tensó. Instintivamente intentó cerrar las piernas y taparse las tetas.

—Déjalo —le dije, cogiéndole las manos con suavidad—. Que te vean.

—Son muy jóvenes.

—¿Y eso importa? Van a flipar con una mujer de verdad.

Me miró. Luego miró hacia la ventanilla. Los dos chicos seguían ahí, sin moverse, sin decir nada. Uno de ellos ya se estaba desabrochando el pantalón.

Encendí la luz del techo.

Laura soltó el aliento de golpe. Pero no se tapó. Al contrario: separó las piernas y las apoyó, una en el salpicadero, la otra contra el cristal de la ventanilla, dejando el coño abierto de par en par a la vista de los dos chicos de fuera.

***

Lo que pasó a continuación lo tengo grabado con una claridad que casi me incomoda.

Laura se quitó el abrigo y la lencería del todo, quedándose completamente desnuda salvo por los tacones negros. Se recostó en el asiento con las piernas extendidas hacia el cristal, se escupió en los dedos y empezó a masturbarse mientras yo le chupaba las tetas y le retorcía los pezones. Los dos chicos de fuera se habían puesto en cuclillas para ver mejor y ya tenían las pollas fuera, dándose golpes lentos mientras la miraban abrirse el coño con dos dedos. Para cuando se sumaron dos más, ella ya no miraba hacia mí. Miraba las cuatro vergas erectas al otro lado del cristal, se relamía los labios, y se metía tres dedos hasta los nudillos.

Me bajé los pantalones. La polla me salió disparada, dura como una piedra. Laura se giró en el asiento, me la agarró con las dos manos y se la tragó entera, sin apartar los ojos del cristal. Los cuatro que estaban fuera se pegaron más al vidrio, cascándosela más rápido al verla mamar. Ella hacía teatro para ellos: se sacaba la polla de la boca, la lamía por debajo, se golpeaba la cara con ella, y volvía a metérsela hasta la garganta hasta que le lloraban los ojos.

—¿Los ves? —le pregunté, agarrándola del pelo y follándole la boca.

—Sí —respondió, con la voz ahogada por la verga.

La saqué de la boca con un hilo de saliva y la coloqué de rodillas en el asiento, de espaldas a mí y con la cara pegada al cristal. Le separé las nalgas con las manos y le metí la polla en el coño de una sola embestida. Ella soltó un grito que se oyó fuera del coche, y los cuatro chicos se apretaron contra el vidrio para ver mejor cómo la verga entraba y salía brillando de sus jugos. Le agarré una teta con una mano y con la otra la sujeté del cuello, empujándole la cara contra el vidrio. Los de fuera veían la boca de Laura abierta contra el cristal, gimiendo con cada embestida, la lengua marcada en el vidrio empañado.

La follé fuerte, sin piedad, hasta que la sentí temblar y correrse alrededor de mi polla. Uno de los chicos de fuera se corrió también en ese momento, salpicando el cristal con chorros blancos que resbalaron por el vidrio a un palmo de la cara de Laura.

No aguanté mucho más.

—Me corro —avisé.

—Aquí —dijo ella, girándose y saliéndose de la polla.

Se sentó en el asiento, abrió la boca y sacó la lengua. Me miró directamente a los ojos mientras yo me la cascaba a dos dedos de su cara. El primer chorro le cayó en la frente y la mejilla. El segundo, en la lengua. Los siguientes se los tragó con la polla metida hasta el fondo de la boca, sin apartar la vista. Se lo tragó todo, hasta la última gota, y después me chupó la punta despacio para sacarme lo que quedaba. Esa imagen la llevo conmigo desde entonces.

***

Me subí los pantalones, salí del coche, y rodeé el capó hasta el lado de Laura. Bajé su ventanilla desde fuera.

Ella miraba hacia la oscuridad. Los cuatro chicos seguían ahí, a menos de un metro, con las pollas fuera. Nadie decía nada. El semen del que se había corrido en el cristal seguía resbalando lentamente por el vidrio.

Entonces Laura alargó la mano por la ventanilla.

El primero en acercarse era alto, con el pelo corto y una sudadera oscura. Laura le cogió la polla con la mano, se la miró un segundo como calculándola, y se la metió en la boca hasta la mitad. Él no opuso resistencia. Tampoco ninguno de los otros tres, que se acercaron todos al hueco de la ventanilla ofreciéndosela.

Yo me alejé un par de pasos, apoyé la espalda en el capó, y grabé.

Laura alternaba entre las cuatro pollas con una naturalidad que no le había visto nunca. Chupaba una hasta el fondo, la sacaba con un hilo de saliva, y pasaba a la siguiente sin pausa. Les lamía los huevos, se golpeaba la lengua contra los glandes, y volvía a tragárselas enteras. En algún momento los chicos empezaron a hablarle, en voz baja algunos, más alto otros. «Qué guarra», «traga, guapa», «así, así». Ella no contestaba. Solo seguía mamando. Se sacó una teta por la ventanilla y uno de los chicos se puso a restregarle la polla contra el pezón. Llegó a tener dos vergas a la vez en la boca, con las cabezas juntándose contra su lengua, y yo tuve que alejarme un paso para mantener la compostura porque se me estaba poniendo dura otra vez.

Uno de ellos avisó con un gemido corto. Los demás se acercaron en orden, las pollas en la mano cascándoselas rápido. Laura levantó la cara por la ventanilla, sacó la lengua, cerró los ojos, y los recibió a los cuatro uno detrás de otro. El primero le llenó la boca de un chorro largo que se tragó al momento. El segundo se corrió en su cara, en la frente y el pelo. El tercero le apuntó a las tetas y le vació la corrida entre los pechos. El cuarto le metió la polla hasta la garganta en el último segundo y se corrió dentro. Cuando el último terminó, Laura se pasó la lengua por los labios, se recogió con un dedo el semen de la mejilla y se lo metió en la boca, y me miró por encima del techo del coche.

—¿Eso era lo que querías ver? —preguntó, con la voz ronca y un hilo blanco escurriéndosele por la barbilla.

Los chicos se habían retirado ya hacia las sombras. Ella cogió un pañuelo de la guantera y se limpió con calma, sin prisa, las tetas y la cara.

—Ahora me toca a mí —dijo, y se recostó en el asiento con las piernas abiertas de par en par.

Me incliné sobre ella, aparté lo que quedaba de la lencería, y le hundí la lengua en el coño. Estaba empapada, chorreando por el culo hasta la tapicería. Se lo lamí entero, le chupé el clítoris hinchado, y le metí dos dedos moviéndolos hacia arriba mientras seguía chupando. Laura cruzó las piernas sobre mi espalda, apoyó una mano en mi cabeza, y me apretó contra su coño mientras se corría con un grito ahogado. Tardó menos de lo que habría esperado. Le siguió chupando hasta que se corrió una segunda vez, temblando entera, tirándome del pelo.

Cuando terminó, se quedó quieta un momento con los ojos cerrados y la respiración todavía acelerada, con mi cara todavía enterrada entre sus muslos.

—Bien —dijo al final—. Eso ha estado bien.

No sé cuándo exactamente nos convertimos en esto. Sé que fue un proceso tan gradual que nunca hubo un momento en que tomar una decisión clara. Sé que los dos lo queríamos, aunque ninguno de los dos lo dijera con esas palabras. Y sé también que el camino de vuelta al hotel fue el más silencioso de nuestra historia.

En el mejor de los sentidos.

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Comentarios(10)

DiegoSR92

tremendo!!! me quede enganchado desde la primera linea

viajero77

Tuve una situacion parecida una vez en ruta y es exactamente esa sensacion que describis, el corazon a mil. Muy bien narrado

lector777

por favor segunda parte!!! no puede quedar ahi

prohibido01

bien escrito, maneja la tension sin volverse burdo. Se agradece

MarisolR

Lo que mas me intriga es si ella ya sabia que ibas a dejar que pasara o fue una sorpresa para los dos

GustoDeLeer

Uno de los mejores de esta categoria que lei aca. Muy recomendable

CarlosDMX

jajaja la escena del coche me mato, tremendo momento

Roberto_P

La tension esta muy bien construida, no es explicito pero te hace imaginar todo. Felicidades

NightOwl33

esperando ansioso la continuacion!!! esto no puede quedar asi :)

Andresito_BA

increible como lo describis, parece que uno esta ahi mirando tambien jaja

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