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Relatos Ardientes

Confesión de un marido que miró a su mujer con otro

La primera vez que vi a mi mujer con otro hombre, me quedé congelado al otro lado de una cristalera.

No eran exactamente celos. O no solo celos. Era una mezcla rara de humillación, deseo y una fascinación que me daba vergüenza reconocer incluso en mi propia cabeza, a solas.

Clara estaba apoyada contra el cristal del cuarto oscuro, de espaldas a mí. Un desconocido le acariciaba la nuca y le susurraba algo al oído. Ella reía, esa risa nerviosa suya, y luego giraba la cara y se dejaba besar.

Yo debería haber estado furioso. Llevábamos dieciséis años juntos. Teníamos un hijo de nueve. Ella misma me había pedido el divorcio hacía apenas unas semanas.

En lugar de eso, noté que se me aceleraba el pulso.

Y lo peor de todo: no aparté la mirada.

***

Dos horas antes estábamos cenando en un japonés con nuestros amigos Lucía y Adrián.

La noche había sido un desastre, una de esas cenas que se sostienen únicamente por compromiso. Lucía contaba anécdotas de sus hijos, Adrián asentía, yo miraba el plato y Clara no disimulaba el aburrimiento.

—Voy al baño —dijo Lucía levantándose—. ¿Me acompañas, Clara?

—Sí, voy —respondió ella, y la siguió escaleras abajo.

Adrián se inclinó hacia mí.

—Las cosas no van bien, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

—¿Se nota mucho? —admití.

—Demasiado.

Suspiré. Con Adrián siempre había tenido confianza, pero hablar de aquello me costaba. Decirlo en voz alta lo hacía más real.

—Intento no hacer nada que la pueda enfadar —confesé—. Y cuanto más lo intento, peor se pone.

—Ya se dará cuenta de lo que tiene en casa —dijo él, sin demasiada convicción.

Cuando ellas volvieron, Lucía traía una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—Esto parece un velorio —dijo—. Vamos a tomar una copa.

***

La terraza del bar era igual de aburrida que la cena.

Pedimos algo, miramos a la gente pasar, agotamos los temas de conversación. Lucía y Adrián empezaron a teclear el móvil, primero ella, luego él. Más tarde supe que se estaban escribiendo entre sí.

Menudo plan, escribió Lucía.

Estoy roto, me quiero ir a dormir, respondió él.

Ni se te ocurra. Hemos dejado a los niños con la canguro. ¿Y si los llevamos al sitio?

¿A ellos? ¿Qué van a pensar?

Si terminan divorciándose, da igual. Por lo menos arreglamos la noche.

Vale. Pero el tema lo sacas tú.

—Me voy al baño otra vez —anunció Lucía—. ¿Vienes, Clara?

Clara puso los ojos en blanco.

—Vale, voy.

Fue allí donde Lucía soltó la bomba. Que ella y Adrián a veces iban a un local liberal. Que no pasaba nada por conocer. Que solo era mirar.

Clara me contaría después que su primera reacción fue negarse. Pero Lucía es terriblemente persuasiva, y la noche estaba siendo tan plana que terminó diciendo que sí, con una condición: que yo estuviera de acuerdo.

Cuando volvieron y me lo plantearon, miré a Clara. Ella me sostuvo la mirada con ese gesto suyo de «tú verás», pero había algo en sus ojos, un brillo de curiosidad que no le veía desde hacía años.

—Si a ti te apetece —dije—, por mí encantado.

Clara desvió la mirada y negó con la cabeza. Lucía me lanzó una mirada que no supe interpretar.

—Ya ves —murmuró Clara—. A esto me refiero.

***

El taxi nos dejó junto a una gasolinera del centro.

—Los últimos metros se hacen andando —dijo Adrián.

Caminamos en silencio hasta una puerta metálica iluminada por un único farolillo. Parecía la entrada a un garaje, no a un local. Adrián tocó el timbre, esperamos, y la puerta se abrió.

La chica que nos recibió tendría unos treinta años, morena, con un body de encaje negro que no dejaba mucho a la imaginación. Saludó a Adrián y a Lucía con la confianza de quien los conoce de hace tiempo. Pagamos, dejamos los bolsos en consigna y Adrián empezó el tour.

—Detrás están los baños. Aquí a la derecha hay un sofá con cortinas. Si las cerráis, nadie os ve.

Lucía sonrió, pícara.

—Lo divertido es dejarlas entreabiertas.

Adrián siguió señalando puertas: «Chicos», «Parejas». Habló del glory hole, de las rejas, de las invitaciones. Yo asentía sin enterarme del todo. Clara miraba alrededor con los ojos muy abiertos.

Luego entramos en la sala principal.

Una barra en forma de C, una pista de baile, un DJ en su cabina. Sofás, mesas, y al fondo una gran cristalera detrás de la cual una pareja hacía el amor sin pudor, como si estuvieran solos en su habitación.

—¿Subimos a ver la zona de arriba? —propuso Adrián.

Clara negó.

—Prefiero bailar un rato.

Lucía le dio una palmada en el culo.

—¡Anda, cortadilla, vamos!

***

Bailamos sin hablar, dejándonos llevar por la música.

Yo no paraba de mirar alrededor. Gente de todas las edades. Mujeres en lencería. Parejas jóvenes y mayores. Una rubia de unos cincuenta, con un conjunto de encaje rojo y tacones, bailaba pegada a su marido mientras él le besaba el cuello.

Nadie miraba con escándalo. Nadie parecía sorprendido.

Lucía se acercó a la barra a pedir una copa y la seguimos. Desde allí se veía mejor la cristalera. La pareja había cambiado de postura: ella a cuatro patas, él penetrándola despacio, mirando hacia la sala.

Clara apartó la vista.

—Venga —dijo Lucía cogiendo su copa—. Os enseño la zona mixta.

***

La zona de parejas era un laberinto de pasillos oscuros con luces azules.

Nada más entrar, vimos a una mujer de espaldas a una reja, con la blusa abierta, y dos brazos saliendo del otro lado le acariciaban los pechos. Su marido la miraba, impasible, mientras ella masturbaba a los desconocidos a través de los barrotes.

Seguimos. Camas con cristaleras. Un pasillo. Más camas.

—Y esto —dijo Lucía deteniéndose ante una puerta sin letrero— es el cuarto oscuro.

Entró primero.

Era pequeño, cuatro por tres metros, apenas iluminado. Dos paredes de cristal daban a las zonas de camas. En las paredes opacas había un banco corrido, y en él, siluetas sentadas observaban lo que ocurría al otro lado del vidrio.

Nos apoyamos en la cristalera. Adrián y yo detrás, Clara y Lucía delante. Desde allí se veía una de las camas grandes, ocupada por varias personas.

Clara se removió, incómoda.

—Me han tocado el culo —susurró girándose.

Lucía sonrió sin inmutarse.

—Es normal. Por eso se llama cuarto oscuro.

—¿Y a ti no te importa?

—Si lo hacen bien, no.

Se rieron las dos, bajito.

Detrás de ellas se había acercado un hombre corpulento, de unos cincuenta y tantos, con barriga prominente y manos enormes. Lo acompañaba una mujer menuda, sin expresión, mirando al frente.

El hombre alargó la mano y la posó en el trasero de Clara. Ella se apartó, pero no hacia mí. Se pegó a Adrián y a Lucía, buscando su protección.

No la mía.

Me quedé helado.

El tipo insistió, palpándole por encima del vestido. Clara se giró hacia Lucía, angustiada.

—¿Qué hago? —susurró.

—Dile que no quieres nada. Se irá.

—Me da corte…

Lucía se acercó al hombre, le puso una mano en el pecho, lo obligó a agacharse para que la oyera. No supe qué le dijo, pero el tipo se alejó.

—Voy al baño —anuncié.

Nadie me contestó.

—¡Cuidado, que hay mucha bruja suelta! —bromeó Lucía.

Clara ni siquiera me miró.

***

En el baño me encerré en una cabina y me quedé unos minutos con la frente apoyada en la pared.

Si nos vamos a divorciar, pensé. Si ya lo tiene decidido. ¿Qué más da lo que pase aquí?

Recordé una frase de mi primera jefa, de hacía mil años: «Daniel, en esta vida hay que aprender a decir: ¡pero qué coño!».

Salí decidido a volver con ellos.

Me costó entrar otra vez en la zona de parejas. El gorila de la puerta no quería dejarme pasar hasta que la chica del guardarropa confirmó que iba con Adrián y Lucía.

Cuando llegué al cuarto oscuro, estaban en la misma posición, pero con más gente. La rubia de lencería roja y su marido se habían colocado junto a ellos.

La rubia se había pegado a Adrián, frotándole el culo mientras Lucía le acariciaba la espalda. Clara, al lado, miraba sin atreverse a participar.

—Venga, tú también —la animó Lucía cogiéndole la mano y posándola sobre la espalda de la rubia.

Clara dudó, pero dejó la mano allí. Empezó a acariciar, tímidamente.

Entonces ocurrió.

La mano del marido de la rubia empezó a recorrer la espalda de Clara. Ella no se apartó. Al contrario: su mano izquierda siguió en la rubia mientras la derecha buscaba algo detrás, hasta encontrar la entrepierna del desconocido.

Me quedé en el dintel, en penumbra, observando.

Nadie me había visto.

El hombre metió la mano bajo el vestido, encontró sus braguitas, encontró su sexo. Ella se estremeció, flaqueó, y él la hizo girar hasta apoyarla contra el cristal. La besó. La masturbó. Ella jadeaba, sudada, la cabeza echada hacia atrás.

Y yo sentía algo que no debería sentir. No eran celos. Era otra cosa. Algo caliente en el estómago, una mezcla de indignación y excitación que me avergonzaba.

Lucía se acercó a ellos.

—¿Subimos arriba? Hay habitaciones.

Clara dudó, mirando al desconocido, mirando a Lucía.

—Tú ya has decidido divorciarte —le soltó Lucía—. ¿Qué más da?

Clara miró el suelo un instante. Después levantó la cabeza y asintió.

—Vale.

***

Los seguí.

Subieron las escaleras, Clara de la mano del desconocido. Se paraban a besarse en cada rellano. Adrián subía con una mujer bajo cada brazo.

Entraron en la segunda habitación de la derecha.

Esperé unos segundos, respiré hondo, y me asomé.

La habitación era como la de abajo: una cama grande sin sábanas en el centro, cuerpos alrededor. Adrián, Lucía y la rubia ya estaban en la cama, desnudos. Clara y el desconocido se habían parado junto a la entrada.

—Son las normas —dijo él, en voz baja—. Te tengo que cachear.

Y empezó a desnudarla.

Clara apoyó las manos en la pared, las palmas abiertas, y se dejó hacer. Él le bajó la cremallera, dejó caer el vestido, le quitó las braguitas. Ella levantaba los pies cuando él se lo pedía, dócil, obediente.

Nunca la había visto así.

Cuando estuvo desnuda, la llevó de la mano hasta la cama. La sentó en el borde y se puso frente a ella.

—El resto te toca a ti.

Clara le bajó el calzoncillo despacio. Y se inclinó a hacer lo que él esperaba.

Yo seguía en la puerta, escondido en la penumbra, con el corazón golpeándome el pecho.

Cuando él la cogió del pelo y le ordenó que abriera la boca, y ella obedeció, noté que tenía la camisa empapada en sudor y que estaba más duro que una piedra.

Pero qué coño, pensé.

Entré en la habitación.

***

Nadie me vio.

Me pegué a una pareja en una esquina, una chica joven en tanga y su acompañante. Ella me pasó un brazo por la espalda sin mirarme, absorta en la cama.

Desde allí lo vi todo.

Vi a Adrián boca arriba con la rubia y Lucía a la vez. Vi al grandullón de antes entrar y manosear a Clara mientras ella estaba distraída con su desconocido. Vi cómo ella se apartaba, asustada, y cómo el desconocido lo echaba. Vi al grandullón volver junto a su mujer, que mientras tanto se había enganchado con otro.

Y vi a Clara, mi mujer, a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndose.

El desconocido se tumbó boca arriba y la atrajo hacia él. Ella se puso a horcajadas, empezó a moverse, y entonces vi mi oportunidad.

Me acerqué por detrás.

Ella notó mi presencia, notó otro cuerpo pegado a su espalda, pero no se giró. Solo echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome el cuello.

Cogí un preservativo de la bandeja de la entrada, me lo puse y empecé a frotar mi miembro contra ella, mojada, caliente.

Ella gimió.

El desconocido la miraba por encima del hombro y me vio. Arqueó una ceja, sonrió y siguió a lo suyo.

Entré en ella despacio.

Fue como volver a casa después de mucho tiempo.

Clara gimió más fuerte, se dejó llevar. Yo la penetraba con calma al principio, luego más rápido, mientras ella seguía moviéndose sobre el desconocido. En un momento dado, él se incorporó, la puso a cuatro patas y empezó a follarla también, los dos a la vez, uno por delante y otro por detrás.

Ella gritaba cosas sin sentido.

—Me vais a matar —jadeaba—. No paréis.

Y entre gemidos:

—El cabrón de mi marido…

Yo sonreí en la oscuridad y seguí empujando.

En un momento de confusión, cuando el desconocido se apartó para cambiarse el preservativo, me coloqué detrás de ella, separé sus nalgas y empujé hacia su culo.

Ella intentó girarse.

—No… —empezó.

Pero la sujeté por la nuca, como había visto hacer al otro.

—Despacio —jadeó—. Despacio.

Obedecí.

Y cuando estuve dentro del todo, su cuerpo se sacudió, el desconocido volvió a colocarse delante, ella abrió la boca, y vi a mi mujer, a la madre de mi hijo, comerse la polla de un extraño mientras yo me la follaba por el culo, y pensé que no sabía si quería llorar o correrme.

Me corrí.

Me corrí dentro de ella, con el preservativo lleno, mientras ella gemía y el desconocido también se corría en su boca.

Después, todo se detuvo.

***

Me aparté, me vestí a toda prisa y salí de la habitación antes de que ella pudiera verme la cara.

En el baño me limpié, me miré al espejo.

El tipo del espejo tenía los ojos brillantes y una sonrisa estúpida.

—Eres un cabrón —le dije.

El tipo del espejo asintió.

***

Cuando salí, me la encontré en la puerta del baño.

—¡Anda, Clara! —dije con la mejor cara de sorpresa que pude fingir—. Os había perdido.

Ella me miró con los ojos hinchados y el rímel corrido.

—Daniel. Tengo que hablar contigo.

—Vale. Te espero en la barra.

Me senté, pedí una cerveza y esperé.

Cuando volvió, se sentó a mi lado y bebió un trago directamente de mi botella. Pedí otra.

—Mira —empezó, con la voz tensa—. Esta noche… ha pasado algo.

Asentí en silencio.

—He subido arriba con Lucía y Adrián y… han pasado cosas.

—Ya.

Ella me miró, buscando algo en mi cara.

—He conocido a alguien. Bueno, no conocido, pero… hemos hecho cosas. Cosas que necesitaba, que no sabía que necesitaba. Y ha sido increíble.

—Me alegro por ti.

Ella frunció el ceño.

—No lo entiendes. Ha sido increíble de verdad. Y quiero repetir. Sé que tú no vas a entenderlo, que nunca lo entenderías, porque eres…

Se calló.

—Porque soy qué.

—Porque eres tan… correcto. Tan bueno. Tan… tan tú.

En ese momento, una voz a nuestra espalda:

—¡Dos gintónics!

Me giré. Era el desconocido, Hugo, que venía con la rubia de la lencería roja. De cerca era más joven de lo que parecía, el cuerpo espectacular, el tanga diminuto.

—¡Clara! —dijo Hugo, radiante—. Te presento a mi mujer, Sofía.

Clara los miró, después me miró a mí, después volvió a mirarlos.

—Encantada —dijo, con la voz tensa—. Tu marido… sí, nos lo pasamos muy bien.

Hugo sonrió.

—Ya vi.

Clara bajó la voz.

—Oye, el otro, el que estaba con nosotros… ¿quién era?

Hugo la miró sin entender.

—¿Cómo que quién era? Pensé que lo sabías.

—No, no lo sé. No le vi la cara.

Hugo me miró. Yo mantuve la cara de póker.

—Bueno —dijo él—, igual algún día lo descubres.

Clara empezaba a alterarse. Se le notaba en cómo apretaba la mandíbula.

—Hugo, Sofía —cortó—. Os dejo un momento. Tengo que hablar con Daniel.

—De eso nada —dije—. Hablamos aquí.

—¿Aquí?

—Sí, aquí. ¿Qué van a pensar ellos? Después de todo lo que ha pasado…

Clara me fulminó con la mirada.

—Eres un cabrón —siseó.

—Puede.

—Y un cornudo.

—Eso también.

Respiró hondo y se giró hacia Hugo.

—Una cosa. El tío de la cama, el otro… ¿tú le viste la cara?

Hugo negó.

—La verdad es que no. Solo al final, cuando salió. Pero estaba oscuro…

Clara se volvió hacia mí.

Le sostuve la mirada.

Vi el momento exacto en que lo entendió. Fue un destello en sus ojos, una sombra que cruzó su cara. Primero confusión, después incredulidad, después algo que no supe identificar.

—No —susurró.

No contesté.

—No puede ser. Tú no… tú no harías eso. Tú no…

—¿No qué?

Se quedó callada, mirándome. Mirándome como si fuera la primera vez que me veía.

—¿Por qué? —preguntó al fin, con la voz rota—. ¿Por qué has tardado tantos años en… en destaparte así?

Hugo y Sofía intercambiaron una mirada.

—No sé —dije—. Supongo que a veces uno no se conoce de verdad hasta que se ve en un espejo.

Ella parpadeó.

—¿Un espejo?

No supe qué más decir. Ella tampoco. Lo único que sabía era que, por primera vez en años, estábamos hablando de verdad.

***

Dos años más tarde, seguimos hablando.

Esa conversación no se ha terminado nunca. Hemos hablado de todo: de lo que sentimos, de lo que queremos, de lo que necesitamos, de lo que estábamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Hemos aprendido a decir las cosas sin miedo, a pedir sin vergüenza, a dar sin condiciones.

A Clara le costó más de un año confesarme lo que sintió cuando Sofía, la rubia, se despidió de mí con un beso en la boca y me dijo, mirándome a los ojos:

—Tú y yo nos tenemos que conocer.

—Tuve miedo —me confesó Clara—. Miedo de verdad. Miedo de perderte justo cuando empezaba a encontrarte.

No sé si esto que escribo le servirá a alguien. Ojalá que sí. Ojalá alguien lo lea y entienda que, a veces, para salvar un matrimonio, hay que estar dispuesto a perderlo todo. Incluso la idea que tienes de ti mismo.

***

¿Hice bien en no dejarla?

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Comentarios (7)

Esteban_BA

Tremendo relato! Me dejaste sin palabras, de verdad.

MarisolOK

Por favor seguí contando como termino eso, no puedo creer que se haya quedado mirando jaja. Necesito la segunda parte!

PabloRivera88

Me recordó algo que viví hace unos años, esa mezcla de celos y algo que no sabés bien como llamarlo. Muy bien contado, se siente real.

theregar

Y despues que paso?? Necesito saber como siguio la noche!

Noe22

buenisimo!!!

LucasBsAs

Confesiones como esta son las mejores. Se nota que es real, se siente esa angustia mezclada con otra cosa. Sigue escribiendo.

Silvia_Mdq

jajaja el titulo me engancho de entrada y no pude parar de leer. Muy bueno!

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