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Relatos Ardientes

El trío que mi amante miró desde su pantalla

Mateo siempre me decía que yo tenía algo peligroso. Nunca le di la razón, pero tampoco lo desmentí. Él lo sabía y a mí me gustaba que lo supiera.

Tengo veintisiete años y él tiene cuarenta y ocho. Cuando lo conocí en aquel cóctel de la galería, llevaba dos años saliendo con un chico de mi edad y aburriéndome cada fin de semana de la misma manera. Mateo, en cambio, me miró desde el otro lado de la sala como si supiera exactamente qué hacer conmigo. No se equivocó.

Lo nuestro no es lo que la gente llama una relación. Él está casado, tiene dos hijos adolescentes y un negocio que lo obliga a viajar dos semanas al mes. Lo nuestro es lo que cabe entre esos huecos. Hoteles a media tarde, departamentos prestados, mensajes a las dos de la mañana. Llevamos así casi tres años. Nadie se ha enterado y, sinceramente, ninguno de los dos quiere que se entere nadie.

Lo que más me gusta de Mateo no es su voz grave ni su manera de mirar. Lo que más me gusta es cómo pierde el control cuando estoy con él. Soy yo la que decide cuándo se la chupo, cómo me la meto y cuánto le dejo correrse dentro. Y él, con todos sus años y su seguridad, se desarma babeando en mi cama, con la polla goteando y los ojos suplicándome que no pare.

Por eso aquella noche me animé a decírselo.

Estábamos en la suite del Mariposa, la que él reserva siempre que su mujer se va a la casa de la playa. Yo todavía tenía el coño mojado de su corrida, los muslos pegajosos, y la marca roja de su cinturón cruzándome la cintura. Él fumaba con la sábana enredada en las piernas, la polla aún hinchada asomando por el borde de la tela, mirando el techo.

—Quiero follar con otro —dije.

No levantó la cabeza. Solo entrecerró los ojos.

—¿Otro qué?

—Otro hombre. Otra polla que no sea la tuya.

Apagó el cigarrillo despacio. Yo me apoyé en un codo, esperando la reacción, con una teta aplastada contra la sábana y la otra al aire. Pensé que iba a enfadarse, que se iba a vestir, que ese sería el final de todo. Lo conocía bien y nunca había compartido nada con nadie. Era posesivo. Lo era con su trabajo, con su mujer, conmigo.

Pero Mateo no se enfadó.

Se giró hacia mí, apoyó el codo bajo la cabeza y me miró de un modo nuevo. Yo conocía todas sus miradas y esa no la había visto nunca. Me bajó los ojos hasta el coño, todavía brillante, todavía abierto por él, y se relamió despacio.

—Hazlo —dijo—. Pero quiero verlo.

—¿Cómo?

—Todo. Quiero ver qué polla te meten, cómo te la comes, qué cara pones cuando otro te la mete hasta el fondo. Cómo te corres con la verga de otro dentro.

Sentí cómo el calor me subía desde los pies y se me juntaba entre las piernas. El coño me latió tan fuerte que se me escapó un jadeo. Hasta ese momento creía saber lo que quería de él. Esa frase abrió una puerta que ni siquiera había encontrado.

—¿Y si me la meten mejor que tú?

Sonrió, sin alegría, como si reconociera el peligro y aun así quisiera entrar. Se llevó la mano a la polla, la envolvió con el puño y empezó a masturbarse despacio, sin dejar de mirarme.

—Ese es el riesgo —dijo—. Y es lo que me pone la verga dura como una piedra.

Se la chupé ahí mismo, arrastrándome por la sábana hasta hundirle la boca hasta la garganta, mientras me metía dos dedos en el coño y me corría pensando en el otro que todavía no tenía nombre.

***

Diego apareció una semana después.

Lo encontré en una de esas aplicaciones que abrí esa misma noche, después de que Mateo se vistiera y se fuera a su casa con mi saliva todavía secándose en la polla. Treinta y tres años, ingeniero, divorciado, sin hijos. En las fotos sonreía con esa mezcla de timidez y arrogancia que reconozco de inmediato. Brazos anchos, mandíbula marcada, ojos pequeños y atentos. Le escribí yo primero. No suelo hacerlo, pero esa noche sentía que tenía que dirigir cada paso.

Quedamos para almorzar el sábado siguiente. Elegí un restaurante peruano del centro, ruidoso, con mesas pegadas. No quería intimidad, todavía no. Quería verlo de cerca, sentir cómo me miraba mientras yo le contaba cosas inventadas sobre mi trabajo y se reía con una risa baja que me obligaba a inclinarme para escucharlo y dejarle ver el escote.

Hablamos de viajes, de música, de mil tonterías. Yo le observaba las manos. Eran grandes, con los nudillos marcados. Pensé en cómo se verían clavadas en mis caderas, con qué fuerza me abrirían las nalgas, cuántos dedos me cabrían dentro. Se me secó la boca y se me empapó la ropa interior.

—¿Tienes plan después? —me preguntó cuando trajeron la cuenta.

Sostuve la mirada un instante.

—Tú dirás.

Entendió.

***

El motel quedaba a quince minutos en taxi. En el asiento trasero le pasé la mano por el muslo y él me apretó la rodilla sin decir nada. Le subí la mano hasta el bulto de los pantalones y se lo apreté. Estaba durísimo. Lo miré a los ojos mientras se lo repasaba con la palma abierta, sintiendo la forma entera, el grosor, la longitud. Él me metió la mano por debajo de la falda y me rozó el coño por encima de las bragas. Estaban tan mojadas que se le quedaron los dedos brillantes cuando los sacó. Se los llevó a la boca y los chupó sin apartarme la mirada. La tensión iba creciendo de un modo casi físico, como si el aire dentro del coche se hubiera vuelto más espeso de lo normal.

Cuando entramos a la habitación, Diego fue al baño. Yo aproveché esos dos minutos para sacar el celular del bolso, abrir la videollamada con Mateo y apoyar el aparato sobre la cómoda, en un ángulo que cubría toda la cama. La pantalla mostró su rostro un segundo: el living de su casa de fondo, una copa de vino en la mano, los ojos muy abiertos.

—Estoy aquí —murmuró desde el otro lado.

—Sacátela ya —le contesté—. Quiero que te hagas una paja mientras otro me la mete.

Apagué el sonido del altavoz. Quería que viera, no que oyera. Una parte de él, la más íntima, la que se moría por mirar pero no por participar. Le envié un beso con la punta de los dedos y me giré hacia la puerta justo cuando Diego salió secándose las manos.

Diego dejó las llaves en la mesita. Yo me quité los zapatos sin prisa y caminé hacia él. Llevaba una falda negra corta, de las que con cualquier movimiento dejan ver más de lo que enseñan. Sé el efecto que hace, lo sé desde los diecisiete años. Mateo lo sabía también. Esa falda se la había puesto cien veces para él.

Diego me agarró por la cintura y me giró. Me pegó a su cuerpo con una firmeza que me hizo perder el equilibrio un segundo. Sentí su polla dura reaccionando contra mis nalgas, sin disimulo, marcándose entera entre las telas, con la pretensión de un hombre que no quería perder tiempo.

No me aparté. Empujé el culo hacia atrás, presionándomelo contra su verga, moviéndolo en círculos lentos, midiendo su respiración. Sentí cómo se le escapaba un gruñido en la nuca.

Subí las manos hasta su nuca y le tiré del cabello mientras inclinaba el cuello a un lado. Empezó a besarme ahí, en la curva del hombro. Primero lento, casi educado. Luego más fuerte, marcando con los dientes. Una de sus manos me subió por el muslo, me apartó las bragas y me metió dos dedos en el coño de una sola pasada. Estaba tan mojada que no encontró resistencia. Los movió dentro con la yema doblada, buscándome ese punto que yo tardo en enseñarle a los hombres. Lo encontró a la tercera. Se me doblaron las rodillas. Yo cerraba los ojos, pero los abría de a ratos para mirar de reojo el celular sobre la cómoda.

Mateo no se movía. Solo estaba ahí, con la polla afuera, la mano trabajándosela despacio, la respiración marcada en el pecho.

Eso me encendió más.

Diego subió a mi boca sin suavidad. Su lengua entró como si ya me conociera. Su respiración era pesada, como si cargara con demasiado deseo desde el restaurante. Yo le respondía con la misma intensidad, mientras mis caderas se movían contra su mano, cabalgándole los dedos, provocándolo, dejándole sentir que esto iba a ser cualquier cosa menos tranquilo.

Me quité la falda dejándola caer de lado. La blusa siguió por encima de mi cabeza. Quedé en ropa interior negra, la que me había comprado el mismo día que decidí escribirle a Diego. Me desabroché el sujetador y lo dejé caer también. Los pezones se me pusieron duros al instante. Él bajó la boca a una de las tetas y me la chupó entera, con hambre, mordiéndome el pezón con la fuerza justa para que se me escapara un gemido largo. Se desnudó rápido, sin apartarme la mirada un segundo. Cuando lo vi entero, sin ropa, con la verga apuntándome, gruesa, con la vena marcada y la punta brillante, supe que esto no iba a parecerse a nada que hubiera vivido.

Me arrodillé sobre la alfombra sin preguntar. Se la agarré con la mano, la sopesé un segundo y me la metí en la boca hasta donde pude. Empecé despacio, chupándole primero la punta, jugando con la lengua alrededor del glande, saboreándole el líquido que ya le salía. Después la bajé entera, atragantándome un poco, dejando que se me escapara la saliva por las comisuras. Le agarré los cojones con la otra mano y se los apreté suave mientras la seguía mamando. Diego me puso las dos manos en la cabeza y empezó a follarme la boca al ritmo que le convenía, empujándome hasta el fondo, mientras yo lo miraba desde abajo con los ojos llorosos y las tetas colgando. Sabía que Mateo estaba viendo cada movimiento de mi lengua. Sabía que a Mateo nunca se la había chupado así de sucio.

Diego me sacó de un tirón, con un hilo de saliva colgándome del labio.

—Vamos a la cama —dijo, con la voz rota.

Me acosté boca arriba sobre la cama, mirándolo, abriendo las piernas hasta enseñarle el coño abierto, brillante, latiendo. No dije nada. No hacía falta.

Él subió encima de mí, pero primero bajó la cabeza. Me hundió la cara entre los muslos y me empezó a comer el coño con una lengua que sabía exactamente qué hacer. Me chupó los labios uno por uno, subió al clítoris y se quedó ahí, lamiéndolo en círculos lentos primero, más rápido después. Me metió dos dedos y con la lengua siguió trabajándome arriba. Yo le agarré la cabeza y le apreté la cara contra mi sexo, cabalgándole la boca sin vergüenza, mientras se me escapaban jadeos cada vez más altos. Me corrí en su lengua a los dos minutos, apretándole la cabeza con los muslos, gritando algo que ni yo entendí. Él subió con la boca brillante de mí y se relamió, mirándome fijo.

***

Su cuerpo cayó con peso. Con intención. Me abrió las piernas con las rodillas y me presentó la polla contra el coño. La pasó por los labios, mojándosela entera con lo mío, jugando con la punta contra el clítoris. Cuando ya no aguanté, le agarré del culo y le clavé los talones para empujarlo dentro. Entró de una embestida hasta el fondo. Me arqueé entera. Grité. La sentí más gruesa de lo que había calculado, llegando a un lugar dentro que Mateo nunca me tocaba.

Yo recorrí su espalda con las manos y noté toda la tensión que llevaba acumulada. Bajó la boca hacia mis pechos, besando y mordiendo con una fuerza que me hizo arquear la espalda al instante. Mis manos se aferraron a sus hombros, después a sus nalgas, hundiéndole los dedos para que me la metiera más fuerte. Mi respiración se rompió en cosas que no eran palabras. Empezaron a salirme sonidos que no reconocía, gruñidos bajos, palabras sueltas.

—Más fuerte —le dije—. Rómpeme.

Y me rompió. Me la metió con embestidas que hacían crujir la cama, sujetándome una pierna sobre su hombro para abrirme más. Se retiraba entera y volvía a hundírmela hasta que sentía los cojones golpeándome el culo. El sonido húmedo del coño tragándosela cada vez llenaba la habitación.

En algún momento, sin darme cuenta, dejé de pensar en Mateo.

Estaba sintiendo. Nada más.

Estoy follando con otro hombre y me da igual quién me mire, pensé. Y ese pensamiento me llevó a otro lugar.

Me giré sobre la cama, apoyé las manos en el colchón y me incliné hacia adelante, ofreciéndole el culo. Sentí las manos de Diego sujetando mis caderas, fuertes, sin dudas. Se la volvió a meter de una sola pasada, esta vez desde atrás, y empezó con un ritmo intenso que me hacía golpear la cara contra las sábanas. Mi cuerpo se mecía hacia adelante y hacia atrás con cada embestida. Sentía el impacto en la cadera, el calor en la espalda, la polla entrando y saliendo con un sonido húmedo que llenaba la habitación entera. Las tetas se me sacudían con cada golpe.

Mis dedos se clavaban en las sábanas. Diego me agarró el cabello y tiró hacia atrás, obligándome a arquear más la espalda, dejando mi cuello expuesto. Eso me hizo perder lo poco que me quedaba de control. Sus manos cambiaron de las caderas a mis nalgas, marcando el ritmo con nalgadas firmes que me dejaban la piel ardiendo. No eran castigo, eran música. Cada palmada me hacía apretar el coño alrededor de su verga y él lo notaba, gruñía y me daba otra más fuerte.

—Así, puta —le oí decir con la voz ronca—. Aprétame la polla así.

Cada uno me hacía reaccionar más fuerte. Mis sonidos salían sin filtro, gemidos altos, groserías que no sabía que tenía dentro. Mi cuerpo se movía solo, siguiendo un ritmo que no decidía yo. Me metió el pulgar en el culo mientras seguía embistiéndome el coño y estuve a punto de correrme ahí mismo. Le pedí que no parara y no paró.

Ya no estaba pensando en nada.

***

Después lo detuve. Le puse una mano en el pecho y le pedí que se sentara en el borde de la cama. Lo hizo sin discutir, con la polla parada, empapada de mí, latiéndole contra el estómago. Lo encontraba dócil cuando yo tomaba el mando, y ese descubrimiento me gustó más que ninguna otra cosa de la noche.

Me subí encima de él. Le agarré la verga con una mano, la apoyé contra la entrada del coño y me dejé caer despacio, ensartándome centímetro a centímetro hasta que la tuve entera dentro. Solté un gemido largo cuando toqué fondo. Apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme. Primero lento, sintiendo cada milímetro, apretándolo con los músculos de dentro. Luego más rápido. Más exacto. Más mío. Subía casi hasta soltarla y me dejaba caer entera, clavándomela hasta el fondo, con las tetas rebotándome delante de su cara.

Él bajó la boca a un pezón y me lo chupó mientras yo lo cabalgaba. Le puse las dos manos en la cabeza y se lo apreté contra la teta. Vi cómo me miraba. Tenía la boca entreabierta, los ojos clavados en mí, las manos sin saber bien dónde quedarse hasta que las bajó a mi culo y me lo abrió con los pulgares. Esa imagen me llevó más lejos que cualquier otra cosa. Me sentí enorme. Hermosa. Peligrosa, como decía Mateo.

De reojo, miré el celular sobre la cómoda. Mateo seguía ahí. La copa había desaparecido. Tenía la mano fuera del cuadro, pero yo sabía perfectamente dónde estaba. Le veía el brazo moviéndose al mismo ritmo que mi cadera. Imaginé su polla en su puño, imaginé la corrida a punto de salirle, imaginé que estaba conmigo y a la vez no. Que él me veía dentro de la pantalla y yo me sentía dentro de su cabeza.

Me toqué el clítoris con los dedos mientras seguía cabalgándolo. Bastaron unos segundos. Llegué con un orgasmo que me obligó a tensar todo el cuerpo, un temblor que me subió por dentro y me sacó un grito largo. El coño se me apretó alrededor de su verga con tanta fuerza que él soltó una palabra sucia entre los dientes. Perdí el ritmo un instante, me quedé quieta, respirando agitada, todavía sentada sobre Diego, todavía con la polla enterrada. Él me sostuvo por la cintura para que no me cayera hacia atrás.

—Más —le dije—. Todavía no te corras. Quiero más.

Me dejé caer boca arriba sobre la cama. Él volvió encima de mí, pero más desbordado, más perdido, como si haberme visto correr encima suyo lo hubiera empujado a un lugar nuevo. Me agarró los tobillos y me abrió las piernas en V, doblándomelas hacia atrás casi hasta los hombros. Se la volvió a meter y empezó a follarme a un ritmo brutal, mirándome fijo, viendo cómo la polla entraba y salía de mi coño abierto.

Mis piernas se abrieron más. Mi cuerpo respondió de inmediato. Sentía cada embestida en un lugar profundo, uno que dolía y se sentía bien al mismo tiempo.

Y entonces volví a pensar en Mateo.

En que estaba viendo todo. En que estaba viendo cómo otro hombre me tenía abierta sobre la cama, cómo otro hombre me la metía hasta los cojones, cómo otro hombre me hacía sonidos que él reconocía. En cómo me estaba viendo ahora: completamente entregada, con las piernas dobladas contra el pecho, con el coño abierto para una polla que no era la suya, dejándome llevar por alguien que ni siquiera sabía mi segundo apellido.

Ese pensamiento no me detuvo. Me empujó más.

—Córrete dentro —le dije a Diego, mirándolo a los ojos—. Quiero sentirlo todo.

Cerré los ojos y sentí cómo Diego se rompía en algún ritmo distinto, más rápido, más errático. Sus embestidas se hicieron cortas, profundas, brutales. Cuando terminó, se hundió hasta el fondo y soltó un gruñido largo contra mi cuello. Sentí la polla latiendo dentro de mí, la corrida caliente llenándome por dentro, chorro tras chorro. Apretó la cara contra mi cuello. Yo me quedé quieta, escuchando su respiración mientras el techo daba vueltas, notando cómo la corrida empezaba a resbalarme por la entrepierna.

***

El cuerpo se relajó despacio. Diego se apartó, se dejó caer a mi lado y enseguida cerró los ojos. La polla le salió con un ruido húmedo y un hilo blanco cayó sobre la sábana. Yo me incorporé apenas, respirando todavía fuerte, todavía temblando un poco por dentro, con el semen escurriéndoseme por los muslos.

El celular seguía en la cómoda.

Caminé hasta él, desnuda, con la corrida bajándome por las piernas, lo agarré con las manos todavía sudadas y miré la pantalla. Mateo seguía ahí. No tenía la copa, ni la mirada de antes. Tenía algo que nunca le había visto: una expresión cruda, desnuda, una mezcla de deseo y vértigo. La polla afuera todavía, brillante, con la corrida secándosele en el vientre. Me miró desde la pantalla como si yo fuera otra persona.

Me acaricié el coño con dos dedos, los saqué llenos del semen del otro y me los llevé a la boca frente a la cámara. Los chupé despacio, mirándolo a los ojos.

Activé el sonido un segundo.

—¿Te gustó? —pregunté en voz muy baja, dándole la espalda al hombre que dormía.

Tardó en contestar.

—No me llamaste solo para que viera, Camila —dijo—. Querías que entendiera algo.

—¿Y entendiste?

—Que no eres mía.

Sonreí, todavía con el cuerpo caliente, todavía con el sabor del otro en la boca y la corrida ajena resbalándome por dentro del muslo.

—Nunca lo fui.

Corté la videollamada y volví a la cama.

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Comentarios(8)

TorpedoX88

Dios mio que relato!!! Me quede pegado hasta el final, tremendo.

Valentina_mx

La idea de la videollamada es increible de verdad. Nunca habia leido algo asi, por favor seguí publicando!!

CarlosET

Me recordó algo que quise vivir una vez y nunca se dio jaja. Muy buen relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo

GaboNocturno

Que bien manejada la tension, se siente real sin pasarse de la raya. Enhorabuena

Susi_leo

uff que morbo!! me encanto de principio a fin

juancho88

Se hizo muy corto!! uno queda con ganas de mas. Excelente trabajo

LuciaMdz

Muy bien narrado, captás la atencion desde el primer parrafo. Espero que haya continuacion pronto

RamonVzla

La dinamica que planteás le da un toque muy especial al relato. Buen trabajo sin dudas

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