El trío que empezó en la pista de Inferno
Bruno me citó en Inferno con una orden clara, y cuando el otro hombre me tocó en plena pista supe que no iba a salir intacta de allí.
Bruno me citó en Inferno con una orden clara, y cuando el otro hombre me tocó en plena pista supe que no iba a salir intacta de allí.
Cuando la vimos subir al escenario con aquel vestido pegado al cuerpo, supe que íbamos a pujar hasta el límite para tenerla entre los tres.
Cuando vimos cómo se le marcaba la erección al salir del agua, supe que aquella cala no iba a terminar con una simple cerveza.
Cuando atendió la videollamada desde la oficina, ya estaba desnuda en el hotel y yo tenía a otro hombre esperando fuera de cámara.
A las dos de la mañana levanté la persiana en calzoncillos, y mi vecina del bloque de enfrente ya me estaba esperando con la luz encendida.
Cuando vi cómo él se le pegaba por detrás en el ascensor, supe que ese apartamento escondía algo que no iba a poder dejar de mirar.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.
Sabía exactamente lo que iba a hacer cuando apagué la luz grande y dejé solo la lamparita: desnudarme despacio mientras ella fingía hablar de cualquier cosa.
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Nunca pensé que sentirme observada por completos desconocidos me encendería tanto. Esa noche, detrás del cristal, descubrí lo que de verdad me gustaba.
Sabía que dos desconocidos me observaban desde la terraza de arriba. Lo que no imaginé fue que esa misma tarde los tendría a ellos y a su hermana en nuestra cama.
La foto llegó a mi correo sin remitente: la reina sonreía con la cara cubierta de leche y la corona intacta. Entonces entendí por qué siempre ganaba la misma clase de chica.
Yo mismo la animé a aceptar la propuesta de su amante. Jamás imaginé que esa madrugada volvería rodeada del recuerdo de unos desconocidos.
Le regalamos lencería roja y la promesa de una noche sin reglas. Esa misma madrugada, entre cuerpos extraños, mi tímida Camila dejó de pedir permiso.
Cuando la Señora chasqueó los dedos, supe que esa noche mi mujer dejaría de ser solo mía y que yo miraría cada segundo sin poder apartar los ojos.
Mi marido ni me miró cuando salí con la falda ajustada esa noche. No sabía que iba a un hotel a ver, desde una butaca, lo que yo llevaba años deseando para mí.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Cuando me puso la venda en el portal, lo único que sentía era una gota que bajaba despacio entre mis muslos y el corazón a punto de salírseme.
«Lo que pasa en la costa, se queda en la costa», nos dijimos antes de cruzar esa cortina. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que iríamos sin la otra pareja.