Mi confesión terminó de rodillas en la sacristía
Llevaba semanas dándole vueltas. Desde lo que había ocurrido con Marcos, el marido de mi hermana, no conseguía dormir una noche entera sin despertarme sudando, con el corazón latiéndome en la garganta y una erección que no sabía si era deseo o culpa. Probablemente las dos cosas.
La parroquia de San Esteban estaba casi vacía aquel miércoles por la tarde. Olía a cera vieja y a madera húmeda. Me senté en el banco más alejado del altar y esperé a que la señora que estaba confesándose terminara. Tardó una eternidad. Cuando por fin salió, crucé la nave con las piernas temblorosas y entré en el confesionario.
—Ave María Purísima —dije, y mi voz sonó ridícula, como la de un niño recitando de memoria.
—Sin pecado concebida. Cuéntame, hermano.
La voz al otro lado de la celosía era grave pero joven. No era el padre Anselmo, el cura viejo que yo esperaba encontrar. Este hombre sonaba distinto. Tragué saliva y empecé a hablar. Le conté todo. Le conté cómo Marcos me había pillado mirándole en la ducha durante las vacaciones en la casa rural de mis suegros. Le conté cómo esa misma noche, cuando todos dormían, bajé al salón y él ya estaba allí, esperándome en el sofá con los pantalones del pijama bajados hasta los tobillos. Le conté que me arrodillé delante de él sin que nadie me lo pidiera.
—Continúa —dijo el cura. Su voz no tenía el tono de reproche que yo esperaba.
—Padre, me la metí en la boca. Toda. Y me gustó tanto que al día siguiente busqué la manera de que volviera a pasar.
Hubo un silencio largo. Oí al cura respirar. Noté que mi cuerpo había reaccionado al recuerdo: tenía el pantalón tirante a la altura de la entrepierna y el pulso acelerado.
—Hijo —dijo al fin, y su voz sonó más cerca, como si se hubiera inclinado hacia la rejilla—, ven conmigo al despacho. Vamos a hablar cara a cara.
Oí cómo se abría la cortina del otro lado. Una mano asomó por la mía y la descorrió. Intenté disimular la erección cruzando las manos sobre el regazo, pero era inútil.
El cura se llamaba Padre Nicolás. Tendría unos treinta y cinco años, pelo cortado al uno, barba oscura recortada con precisión y unos ojos de un verde intenso que contrastaban con su piel olivácea. Vestía camisa negra de manga corta con alzacuellos y los brazos le llenaban las costuras de una forma que no parecía propia de un hombre de fe.
Lo seguí por la nave lateral hasta una puerta de madera maciza. Al abrirla, entramos en un despacho pequeño: un crucifijo en la pared, una mesa con dos sillas enfrentadas y una ventana con las cortinas echadas. Cerró la puerta con llave. El chasquido del pestillo me recorrió la columna.
—Siéntate —me indicó señalando la silla. Él se apoyó en el borde de la mesa, a medio metro de mí, con los brazos cruzados—. Lo primero que debes saber es que Dios perdona. Lo segundo es que yo he escuchado cosas mucho peores que lo tuyo.
—Imposible, Padre.
—Te sorprenderías. —Descruzo los brazos y apoyó las manos en la mesa—. Una vez vino un chico que había seducido al marido de su tía. Otra, dos hermanos que llevaban años encontrándose a escondidas cada vez que sus padres salían de casa. Son situaciones más frecuentes de lo que la gente cree.
—¿Y usted, Padre? ¿Alguna vez ha sentido algo parecido?
—He sido joven —dijo, y por primera vez desvió la mirada hacia la ventana—. Sí.
—Pero se le ve tan correcto, tan sereno.
—¿Esto es mi confesión ahora? —Sonrió, y esa sonrisa le cambió la cara por completo. Los dientes blancos, las arrugas finas alrededor de los ojos. Era guapo. Jodidamente guapo.
—No quiero ser indiscreto. Pero me siento tan solo con esto, Padre. Como si fuera el único.
Su mano se posó en mi mejilla. Fue un gesto suave, casi paternal, pero el calor de su palma me atravesó la piel como una descarga.
—He pecado mucho, hijo. He estado con hombres. De uno en uno y con varios a la vez. He conocido sitios donde solo existe el deseo y nada más. He sentido el sudor ajeno, el frenesí. —Su mirada se perdió un instante, como si contemplara algo que solo él podía ver—. Nos puede pasar a cualquiera.
—Ya, Padre, pero yo nunca pensé que me pasaría a mí.
—Nadie lo piensa. —Me miró de nuevo con esos ojos verdes, y su expresión se volvió práctica—. Pero antes de terminar la confesión, necesitas tener la mente en calma. Y veo que no la tienes.
Bajé la vista. La erección seguía ahí, evidente bajo la tela del pantalón. No tenía sentido ocultarla.
—No le voy a mentir, la tengo nublada —dije, y señalé lo obvio.
—¿Sigues excitado? —preguntó sin apartar los ojos de los míos. Había algo en su tono que ya no era pastoral.
—Sí, Padre.
—Vamos a solucionar eso primero. Nadie va a entrar aquí. —Hizo un gesto con la barbilla hacia mi entrepierna—. Adelante.
Sentí vergüenza y alivio al mismo tiempo. Me desabroché el botón, bajé la cremallera y dejé que mi polla asomara, dura y palpitante contra el aire fresco del despacho. Él la miró sin disimulo.
—Entiendo lo que vio tu cuñado —dijo con la voz un tono más baja—. Empieza. Yo te absuelvo cuando termines.
Comencé a masturbarme despacio, deslizando la mano arriba y abajo. Él no apartaba la mirada. Tenía los nudillos blancos de apretar el borde de la mesa.
—Cuéntame más —pidió—. ¿Qué pasó después con tu cuñado?
—Esa misma noche volví a chupársela. En la habitación de invitados, con la puerta entornada.
—¿Te la tragaste?
—Toda, Padre. No quería dejar rastro. Mis suegros dormían en la habitación de al lado.
—¿Y te gustó el sabor? —Su voz se había vuelto ronca. Vi cómo su mano derecha descendía sin darse cuenta hacia su propio regazo.
—Lamí hasta la última gota.
—¿Hubo algo más?
—Al día siguiente salimos a correr por la mañana. Me llevó a un sendero apartado entre los pinos y me penetró apoyado contra un árbol.
—¿Sin lubricante? —La sombra de su erección era ya innegable bajo el pantalón negro.
—Padre, cuando estoy así de excitado, con un poco de saliva basta. —Dejé de tocarme porque estaba al borde. Me di la vuelta en la silla, me bajé el pantalón hasta las rodillas y le mostré lo que quería mostrarle. Introduje un dedo y luego otro, despacio, notando cómo me abría sin resistencia.
Oí su respiración cambiar. Me giré para mirarlo. Estaba paralizado, con las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos. Le tomé la mano sin pedir permiso y la llevé hacia mí. Sus dedos recorrieron mi piel, primero con cautela, luego con intención. Se los llevó a la boca, los humedeció con saliva y volvió a tocarme. Cuando lo sentí entrar, un escalofrío me sacudió de la cabeza a los pies.
De pronto se detuvo. Bajó la cabeza, las manos quietas sobre sus rodillas. El peso de su voto de celibato flotaba en el aire como incienso.
Alargué la mano hacia su pantalón.
—Hijo, vamos a ver... —murmuró, pero no me apartó. Mis dedos recorrieron el contorno de su erección a través de la tela, arriba y abajo, y él dejó escapar un suspiro largo, rendido.
Le abrí la cremallera. Su polla apareció gruesa y curvada hacia arriba, con una gota de líquido brillando en la punta. La miré un instante. Me gustaban demasiado. No podía controlarme ni quería hacerlo.
Me la metí en la boca de un solo movimiento.
Él gimió y echó la cabeza hacia atrás. Su mano encontró mi nuca y empujó con suavidad.
—¿De verdad acabas de aprender a hacer esto? —preguntó con la voz entrecortada.
Asentí sin sacar su polla de mi boca, subiendo y bajando con un ritmo que se me había vuelto natural, como si llevara toda la vida esperando hacerlo. Él empujó un poco más, guiándome.
—No pares —jadeó.
Me aparté un segundo para respirar y lo miré desde abajo.
—Padre, esto me lo tiene que perdonar en cuanto acabemos.
—Sí, pero no pares.
Le desabroché la camisa botón a botón mientras seguía lamiéndolo. Su torso apareció cubierto de vello oscuro, un cuerpo de hombre que trabajaba la tierra o cargaba peso, no de alguien que posaba frente a un espejo. Pasé la lengua por su abdomen y volví a engullirlo.
—Necesito algo más —dije levantándome, y me giré, ofreciéndole lo que ambos queríamos.
Se arrodilló detrás de mí. Lo que hizo entonces nadie me lo había hecho antes: separó mis nalgas con las dos manos y metió su lengua directamente. El placer me subió desde la base de la columna hasta la coronilla, caliente y eléctrico, y cada lametón lo multiplicaba.
—Así, así —gemí apoyando la frente contra la madera de la mesa.
Se separó un instante para respirar y volvió a hundirse entre mis nalgas, jugando con la punta de la lengua alrededor de mi entrada, alternando presión y suavidad hasta que sentí que me deshacía.
Me giré, le bajé los pantalones hasta los tobillos y lo empujé hasta que su espalda quedó contra la mesa. Le lamí la punta, saboreando el líquido salado, y luego me apoyé boca arriba sobre la superficie.
—Padre —lo miré directamente a los ojos—, métemela.
Algo cambió en su expresión. Me agarró por las caderas pero no me penetró de espaldas: me dio la vuelta para que quedáramos cara a cara. Me abrió las piernas, escupió en su mano, se lubricó y empujó de una sola vez, hasta el fondo.
El grito que se me escapó empezó como dolor y terminó como algo completamente distinto. Me tapó la boca con la palma y comenzó a embestir, primero lento, encontrando el ángulo, y luego con un ritmo firme que hacía temblar la mesa contra la pared.
—Cómo me gusta —gruñó entre dientes, el sudor empezando a brillarle en la frente.
—Fólleme, Padre —le supliqué abrazándolo por los hombros—. Por favor, no pare.
Y no paró. Alternaba estocadas rápidas con otras lentas y profundas, y yo lo sentía entrar y salir, llenándome cada vez más. Lo agarré por los hombros, él me sujetó por las nalgas y me levantó de la mesa. Me sostuvo en el aire mientras me penetraba, su fuerza era real, de hombre que no necesitaba un gimnasio para tenerla.
Lo empujé hasta que su espalda tocó el tablero. Me monté sobre él como un jinete, eligiendo la velocidad, eligiendo cuánto quería tragar de él. A veces solo la punta. Casi siempre todo entero, hasta notar sus huesos contra mi piel. Ambos sudábamos. El despacho olía a cuerpo y a cera.
—Me voy a correr —me avisó con la mirada vidriosa.
—Córrase dentro, Padre —dije, y aceleré el ritmo, deseando sentir cómo me llenaba.
Se quedó rígido un segundo. Gruñó desde el fondo del pecho, me dio tres embestidas lentas y profundas, y entonces lo sentí vaciarse dentro de mí, caliente y abundante. Su cuerpo se relajó bajo el mío, y el mío se dejó caer sobre él, juntando abdomen con abdomen, pecho con pecho, sudor con sudor.
Su boca buscó la mía. Nos besamos. Era mi primer beso con un hombre. Noté su barba raspándome la cara, su lengua jugando con la mía, su polla todavía dentro de mí, cada vez más blanda pero sin querer salir.
Se separó despacio y me miró.
—Necesito algo más —dijo, y se arrodilló frente a mí. Mi polla seguía dura, apuntando directamente a su cara. Él abrió los labios y sacó la lengua.
Comencé a masturbarme apuntando hacia su boca. Golpeaba suavemente mi polla contra sus labios y él la besaba cada vez que la acercaba, jugando con la punta de su lengua. Cuando ya no pude aguantar más, me tensé entero y me corrí sobre su lengua abierta. La leche formó un hilo blanco y espeso, y él la tragó con los ojos cerrados, como si fuera un sacramento.
Me miró desde abajo. Los ojos verdes, brillantes. La barba manchada.
La culpa me invadió como un balde de agua fría.
Se levantó, me rodeó con sus brazos y me apretó contra su pecho desnudo. Su corazón latía tan fuerte como el mío.
—Ahora sí —dijo con la voz calmada, volviendo a ser el sacerdote—. Vamos con la penitencia, hijo.
Yo sabía que ninguna penitencia del mundo iba a borrar lo que acababa de descubrir sobre mí mismo.