Mi confesión terminó de rodillas en la sacristía
Llevaba semanas dándole vueltas. Desde lo que había ocurrido con Marcos, el marido de mi hermana, no conseguía dormir una noche entera sin despertarme sudando, con el corazón latiéndome en la garganta y la polla durísima pegada al ombligo, chorreando precum sobre las sábanas. No sabía si era deseo o culpa. Probablemente las dos cosas. Lo que sí sabía es que cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el sabor de la verga de mi cuñado en la boca, el peso de sus huevos contra mi barbilla, y se me ponía dura otra vez como un poste.
La parroquia de San Esteban estaba casi vacía aquel miércoles por la tarde. Olía a cera vieja y a madera húmeda. Me senté en el banco más alejado del altar y esperé a que la señora que estaba confesándose terminara. Tardó una eternidad. Cuando por fin salió, crucé la nave con las piernas temblorosas y entré en el confesionario.
—Ave María Purísima —dije, y mi voz sonó ridícula, como la de un niño recitando de memoria.
—Sin pecado concebida. Cuéntame, hermano.
La voz al otro lado de la celosía era grave pero joven. No era el padre Anselmo, el cura viejo que yo esperaba encontrar. Este hombre sonaba distinto. Tragué saliva y empecé a hablar. Le conté todo. Le conté cómo Marcos me había pillado mirándole la polla en la ducha durante las vacaciones en la casa rural de mis suegros, cómo se había quedado quieto bajo el chorro de agua dejando que se la viera bien, gorda, colgando entre los muslos como un péndulo. Le conté cómo esa misma noche, cuando todos dormían, bajé al salón y él ya estaba allí, esperándome en el sofá con los pantalones del pijama bajados hasta los tobillos y la verga tiesa apoyada contra el vientre. Le conté que me arrodillé delante de él sin que nadie me lo pidiera, que abrí la boca y la dejé caer sobre su polla como si fuera lo más natural del mundo.
—Continúa —dijo el cura. Su voz no tenía el tono de reproche que yo esperaba.
—Padre, me la metí en la boca. Toda. Hasta el fondo de la garganta. Y me gustó tanto, me gustó tanto sentirla palpitar contra mi lengua, oírlo respirar como un animal por encima de mí, que al día siguiente busqué la manera de que volviera a pasar.
Hubo un silencio largo. Oí al cura respirar. Una respiración pesada, más honda de lo normal. Noté que mi cuerpo había reaccionado al recuerdo: tenía el pantalón tirante a la altura de la entrepierna, la polla apretada contra la tela y una mancha húmeda creciendo donde reposaba el glande.
—Hijo —dijo al fin, y su voz sonó más cerca, como si se hubiera inclinado hacia la rejilla—, ven conmigo al despacho. Vamos a hablar cara a cara.
Oí cómo se abría la cortina del otro lado. Una mano asomó por la mía y la descorrió. Intenté disimular la erección cruzando las manos sobre el regazo, pero era inútil: el bulto era obsceno, la cabeza de mi polla marcándose con claridad contra la tela del pantalón.
El cura se llamaba Padre Nicolás. Tendría unos treinta y cinco años, pelo cortado al uno, barba oscura recortada con precisión y unos ojos de un verde intenso que contrastaban con su piel olivácea. Vestía camisa negra de manga corta con alzacuellos y los brazos le llenaban las costuras de una forma que no parecía propia de un hombre de fe. Los pectorales se le marcaban bajo la camisa, y en la entrepierna, si uno miraba bien, había un bulto considerable que la sotana negra no terminaba de disimular.
Lo seguí por la nave lateral hasta una puerta de madera maciza. Al abrirla, entramos en un despacho pequeño: un crucifijo en la pared, una mesa con dos sillas enfrentadas y una ventana con las cortinas echadas. Cerró la puerta con llave. El chasquido del pestillo me recorrió la columna y me apretó los huevos.
—Siéntate —me indicó señalando la silla. Él se apoyó en el borde de la mesa, a medio metro de mí, con los brazos cruzados—. Lo primero que debes saber es que Dios perdona. Lo segundo es que yo he escuchado cosas mucho peores que lo tuyo.
—Imposible, Padre.
—Te sorprenderías. —Descruzó los brazos y apoyó las manos en la mesa—. Una vez vino un chico que había seducido al marido de su tía, se la chupaba todas las noches mientras su tía dormía al lado. Otra, dos hermanos que llevaban años follándose cada vez que sus padres salían de casa. Son situaciones más frecuentes de lo que la gente cree.
—¿Y usted, Padre? ¿Alguna vez ha sentido algo parecido?
—He sido joven —dijo, y por primera vez desvió la mirada hacia la ventana—. Sí.
—Pero se le ve tan correcto, tan sereno.
—¿Esto es mi confesión ahora? —Sonrió, y esa sonrisa le cambió la cara por completo. Los dientes blancos, las arrugas finas alrededor de los ojos. Era guapo. Jodidamente guapo. Se me hizo la boca agua imaginándomelo desnudo.
—No quiero ser indiscreto. Pero me siento tan solo con esto, Padre. Como si fuera el único.
Su mano se posó en mi mejilla. Fue un gesto suave, casi paternal, pero el calor de su palma me atravesó la piel como una descarga que me llegó directo a la polla.
—He pecado mucho, hijo. He estado con hombres. De uno en uno y con varios a la vez. He mamado pollas en saunas hasta que se me dormía la mandíbula. He recibido corridas en la boca, en la cara, en el culo. He conocido sitios donde solo existe el deseo y nada más: cuartos oscuros llenos de vergas duras buscando un agujero donde meterse. He sentido el sudor ajeno, el frenesí, dos pollas frotándose contra mi cara al mismo tiempo. —Su mirada se perdió un instante, como si contemplara algo que solo él podía ver—. Nos puede pasar a cualquiera.
—Ya, Padre, pero yo nunca pensé que me pasaría a mí.
—Nadie lo piensa. —Me miró de nuevo con esos ojos verdes, y su expresión se volvió práctica—. Pero antes de terminar la confesión, necesitas tener la mente en calma. Y veo que no la tienes.
Bajé la vista. La erección seguía ahí, evidente bajo la tela del pantalón, ya con un cerco oscuro de líquido empapando la tela. No tenía sentido ocultarla.
—No le voy a mentir, la tengo nublada —dije, y señalé lo obvio.
—¿Sigues empalmado? —preguntó sin apartar los ojos de los míos. Había algo en su tono que ya no era pastoral.
—Sí, Padre. Durísima.
—Vamos a solucionar eso primero. Nadie va a entrar aquí. —Hizo un gesto con la barbilla hacia mi entrepierna—. Sácatela. Adelante.
Sentí vergüenza y alivio al mismo tiempo. Me desabroché el botón, bajé la cremallera y dejé que mi polla saltara fuera, dura y palpitante contra el aire fresco del despacho. La punta brillaba húmeda, el prepucio echado hacia atrás dejando el glande hinchado y rojo. Él la miró sin disimulo, repasándola entera, calibrando el grosor, el largo, las venas que la recorrían.
—Entiendo lo que vio tu cuñado —dijo con la voz un tono más baja—. Tienes una polla preciosa, hijo. Empieza. Yo te absuelvo cuando termines.
Escupí en mi mano y comencé a masturbarme despacio, deslizando el puño arriba y abajo, sintiendo cómo el glande aparecía y desaparecía bajo el prepucio con cada movimiento. Él no apartaba la mirada. Tenía los nudillos blancos de apretar el borde de la mesa.
—Cuéntame más —pidió—. ¿Qué pasó después con tu cuñado?
—Esa misma noche volví a chupársela. En la habitación de invitados, con la puerta entornada. Me hizo arrodillarme entre sus piernas y meterme la verga entera en la boca hasta que la punta me tocaba la campanilla y se me llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Te la tragaste?
—Toda, Padre. Cada gota. La leche me llenó la boca caliente y espesa, y la tragué de un solo golpe. No quería dejar rastro. Mis suegros dormían en la habitación de al lado.
—¿Y te gustó el sabor? —Su voz se había vuelto ronca. Vi cómo su mano derecha descendía sin darse cuenta hacia su propio regazo, y se ajustaba el bulto bajo el pantalón.
—Lamí hasta la última gota. Le chupé los huevos también, uno por uno, después de que se corriera. Le besé la verga de arriba abajo hasta dejársela limpia.
—¿Hubo algo más?
—Al día siguiente salimos a correr por la mañana. Me llevó a un sendero apartado entre los pinos, me bajó los pantalones del chándal hasta las rodillas y me dobló contra un árbol.
—¿Te folló ahí mismo? —La sombra de su erección era ya innegable bajo el pantalón negro. Una verga gorda atrapada contra el muslo.
—Sí, Padre. Me escupió en el culo, se untó la polla con saliva y empezó a empujar. Al principio dolió, me ardía como si me estuviera abriendo en dos, pero después de unas embestidas el dolor se convirtió en otra cosa. Empezó a follarme duro, agarrándome de las caderas, golpeándome los huevos contra el culo. Yo me mordía el antebrazo para no gritar.
—¿Sin lubricante? —preguntó con la mandíbula apretada.
—Padre, cuando estoy así de excitado, con un poco de saliva basta. Mi culo lo recibe entero, sin resistirse. —Dejé de tocarme porque estaba al borde y no quería correrme todavía. Me di la vuelta en la silla, me bajé el pantalón hasta las rodillas y le mostré lo que quería mostrarle: el culo en pompa, las nalgas separadas, el agujero rosado contrayéndose solo. Me chupé los dedos, los empapé de saliva e introduje uno, luego otro, despacio, notando cómo me abría sin resistencia, follándome a mí mismo delante de él.
Oí su respiración cambiar. Un jadeo grave, animal. Me giré para mirarlo. Estaba paralizado, con las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos. La marca de su polla bajo el pantalón era ahora descomunal. Le tomé la mano sin pedir permiso y la llevé hacia mi culo. Sus dedos recorrieron mi piel, primero con cautela, luego con intención. Se los llevó a la boca, los humedeció con saliva abundante y volvió a tocarme. Cuando lo sentí entrar, hundiéndome dos dedos hasta los nudillos, un escalofrío me sacudió de la cabeza a los pies y se me escapó un gemido largo.
—Así, Padre, así —jadeé—. Métamelos hasta el fondo.
Empezó a moverlos dentro de mí, abriéndolos como una tijera, estirándome. Encontró un punto en mi interior que me hizo arquear la espalda y soltar un grito ahogado. Sonrió al notarlo, y volvió a apretar ahí, una y otra vez, hasta que el precum me caía a hilo entre las piernas.
De pronto se detuvo. Bajó la cabeza, las manos quietas sobre sus rodillas. El peso de su voto de celibato flotaba en el aire como incienso.
Alargué la mano hacia su pantalón.
—Hijo, vamos a ver... —murmuró, pero no me apartó. Mis dedos recorrieron el contorno de su erección a través de la tela, arriba y abajo, calibrándola. Era larga, gorda, y se curvaba hacia el ombligo. Él dejó escapar un suspiro largo, rendido, y abrió un poco más las piernas.
Le abrí la cremallera. Su polla apareció gruesa y curvada hacia arriba, con una gota gorda de líquido brillando en la punta, los huevos colgándole bajos y pesados dentro del escroto cubierto de vello negro. La miré un instante, calibrándola. Era más gruesa que la de Marcos, y el glande tenía un color violáceo de tan hinchado. Me gustaban demasiado las pollas, ya no podía controlarme ni quería hacerlo.
Me la metí en la boca de un solo movimiento, hasta sentir el vello púbico contra mi nariz.
Él gimió y echó la cabeza hacia atrás. Su mano encontró mi nuca y empujó con suavidad, hundiéndome la verga más allá del paladar, hasta la garganta.
—Joder, joder, hijo —jadeó—. ¿De verdad acabas de aprender a hacer esto?
Asentí sin sacar su polla de mi boca, subiendo y bajando con un ritmo que se me había vuelto natural, como si llevara toda la vida esperando hacerlo. Lamía la cara inferior de la verga con la lengua plana, succionaba la punta con los labios apretados, volvía a hundírmela hasta que las arcadas me ahogaban y luego respiraba un segundo antes de tragármela otra vez. Él empujó un poco más, guiándome por la nuca, follándome la boca con embestidas cortas y rítmicas.
—No pares —jadeó—. Trágala entera, así, todo el rato.
Le saqué la polla un segundo para lamerle los huevos, uno y luego el otro, metiéndomelos en la boca y chupándolos hasta que él soltó un gruñido. Subí por la cara inferior de la verga con la lengua, lentamente, hasta volver a engullir el glande. Me aparté otro segundo para respirar y lo miré desde abajo, con los labios brillantes de saliva y precum.
—Padre, esto me lo tiene que perdonar en cuanto acabemos.
—Sí, pero no pares. Mama, mama, hijo de puta, qué bien lo haces.
Le desabroché la camisa botón a botón mientras seguía lamiéndolo. Su torso apareció cubierto de vello oscuro, un cuerpo de hombre que trabajaba la tierra o cargaba peso, no de alguien que posaba frente a un espejo. Los pezones duros, marrones, asomando entre el vello. Pasé la lengua por su abdomen, hundí la nariz en su ombligo, le mordí suavemente la cadera y volví a engullirle la verga hasta el fondo, sintiendo cómo le palpitaba contra mi lengua.
—Necesito algo más —dije levantándome, y me giré, apoyando las manos en la mesa, ofreciéndole el culo en pompa con las piernas separadas.
Se arrodilló detrás de mí. Lo que hizo entonces nadie me lo había hecho antes: separó mis nalgas con las dos manos y metió su lengua directamente en mi agujero. El placer me subió desde la base de la columna hasta la coronilla, caliente y eléctrico, y cada lametón lo multiplicaba. Sentía su barba raspándome las nalgas, su lengua entrando y saliendo, sus labios besándome el ojete con hambre.
—Así, así, cómame el culo, Padre —gemí apoyando la frente contra la madera de la mesa—. No pare, no pare.
Se separó un instante para escupir directamente sobre mi agujero, y la saliva caliente me resbaló entre las nalgas. Volvió a hundir la cara entre ellas, follándome con la lengua, alternando con la punta dura sobre el ojete contraído. Metía y sacaba la lengua, jugaba alrededor, succionaba el agujero con los labios y luego volvía a clavarla dentro. Yo movía el culo contra su cara, restregándome, completamente entregado.
—Tienes el culo más limpio y rico que he probado en mi vida —gruñó separándose para tomar aire—. Te lo voy a abrir entero.
Volvió a hundir la lengua, y esta vez añadió un dedo. Luego dos. Me follaba la entrada con los dedos mientras su lengua jugaba alrededor, y yo gemía contra la mesa, soltando hilos de baba sobre la madera.
Me giré, le bajé los pantalones hasta los tobillos y lo empujé hasta que su espalda quedó contra la mesa. Le lamí la punta, saboreando el líquido salado que no paraba de manar, le hundí la verga entera hasta la garganta una vez más, y luego me apoyé boca arriba sobre la superficie de la mesa, abriéndome las piernas con las manos por detrás de las rodillas, mostrándole el agujero abierto y empapado de saliva.
—Padre —lo miré directamente a los ojos—, métamela. Hasta el fondo. Sin piedad.
Algo cambió en su expresión. Una sombra oscura cruzó sus ojos verdes. Me agarró por las caderas, escupió generosamente sobre mi agujero, escupió sobre su propia verga, se la untó bien hasta que brilló, apoyó el glande contra mi entrada y empujó de una sola vez, hasta el fondo, hasta que sentí sus huevos golpeándome el culo.
El grito que se me escapó empezó como dolor y terminó como algo completamente distinto. Me tapó la boca con la palma y comenzó a embestir, primero lento, encontrando el ángulo, sacándola casi entera y volviendo a hundírmela despacio, hasta que mi agujero se acostumbró a su grosor. Luego cambió de ritmo: empezó a follarme con embestidas firmes, profundas, que hacían temblar la mesa contra la pared. Cada estocada me arrancaba un gemido ahogado contra su mano.
—Cómo me aprieta tu culo —gruñó entre dientes, el sudor empezando a brillarle en la frente y a resbalarle por el pecho velludo—. Joder, qué culo de puta tienes.
—Fólleme, Padre —le supliqué quitándole la mano de la boca y abrazándolo por los hombros—. Más fuerte. Por favor, rómpame.
Y no paró. Alternaba estocadas rápidas y secas con otras lentas y profundas, hasta el fondo, y yo lo sentía entrar y salir, llenándome cada vez más, golpeando ese punto interior que me hacía ver chispas. Me agarró las piernas por debajo de las rodillas, me las levantó hasta apoyarlas sobre sus hombros y me dobló casi en dos para clavarme la polla en un ángulo nuevo, brutal, que me sacó un grito que él volvió a callarme con la mano.
Lo agarré por los hombros, él me sujetó por las nalgas y me levantó de la mesa con mi verga atrapada entre nuestros vientres. Me sostuvo en el aire mientras me penetraba, mis piernas alrededor de su cintura, su polla entrando y saliendo de abajo a arriba, su fuerza era real, de hombre que no necesitaba un gimnasio para tenerla. Cada vez que me bajaba contra su verga, sus huevos golpeaban contra mi culo con un chasquido húmedo.
—Es usted un toro, Padre —jadeé entre embestidas.
—Tú me has hecho esto, hijo. Tú y ese culo apretado.
Lo empujé hasta que su espalda tocó el tablero de la mesa. Me monté sobre él como un jinete, eligiendo la velocidad, eligiendo cuánto quería tragar de él. A veces solo la punta, sintiendo cómo el glande me abría y se quedaba dentro de los primeros centímetros, jugando ahí. Casi siempre todo entero, hasta notar sus huesos contra mi piel, los huevos pesados aplastándose bajo mi culo. Subía y bajaba, contrayendo el agujero alrededor de su verga, mirándolo a los ojos. Ambos sudábamos a chorros. El despacho olía a cuerpo, a sudor y a sexo, mezclado con el aroma dulzón de la cera. Mi propia polla daba latigazos entre nuestros vientres, dejando huellas de precum sobre su abdomen velludo.
Él me agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestirme desde abajo, con fuerza, follándome a un ritmo brutal mientras yo me dejaba clavar. La mesa crujía bajo nosotros. El crucifijo de la pared temblaba contra el clavo.
—Me voy a correr —me avisó con la mirada vidriosa.
—Córrase dentro, Padre —dije, y aceleré el ritmo, hundiéndomela hasta el fondo en cada movimiento, deseando sentir cómo me llenaba—. Lléneme el culo entero, Padre. Quiero llevármelo dentro.
Se quedó rígido un segundo. Me clavó las uñas en las caderas. Gruñó desde el fondo del pecho, un sonido animal que reverberó en las paredes del despacho, me dio tres embestidas lentas, profundas, brutales, casi levantándome del suelo en cada una, y entonces lo sentí vaciarse dentro de mí, caliente y abundante, chorro tras chorro de semen llenándome el interior. Notaba cada espasmo de su polla descargando dentro de mí, y cada uno me arrancaba un gemido nuevo. Su cuerpo se relajó bajo el mío, y el mío se dejó caer sobre él, juntando abdomen con abdomen, pecho con pecho, sudor con sudor, mi polla todavía dura y palpitante atrapada entre los dos.
Su boca buscó la mía. Nos besamos. Era mi primer beso con un hombre. Noté su barba raspándome la cara, su lengua jugando con la mía, profunda y voraz, su polla todavía dentro de mí, cada vez más blanda pero sin querer salir. Su semen empezaba a escurrirse hacia afuera, calentito, resbalándome por el perineo.
Se separó despacio, sacándome la verga del culo con un sonido húmedo y obsceno. Un hilo de semen y saliva me chorreó por la entrepierna. Me miró.
—Necesito algo más —dijo, y se arrodilló frente a mí. Mi polla seguía durísima, apuntando directamente a su cara, la punta brillante de precum. Él abrió los labios y sacó la lengua, esperando.
Comencé a masturbarme con el puño cerrado apuntando hacia su boca. Golpeaba suavemente mi verga contra sus labios entreabiertos y él la besaba cada vez que la acercaba, jugando con la punta de su lengua sobre el glande, lamiéndome el precum que no paraba de manar. Le pasé la polla por la barba, por las mejillas, por los labios, marcándole la cara con mi líquido preseminal. Él tenía los ojos cerrados y la boca abierta como un comulgante.
—Padre, abra bien la boca —jadeé—. Sáqueme la lengua, Padre.
Obedeció. Sacó la lengua entera, plana, ofreciéndomela como un cáliz. Aceleré la mano en mi polla, frotándomela rápido, sintiendo cómo se acumulaba todo en la base. Cuando ya no pude aguantar más, me tensé entero, gruñí y me corrí sobre su lengua abierta. El primer chorro le salpicó la cara desde la frente hasta la barbilla. El segundo le cayó dentro de la boca, espeso y blanco. El tercero le manchó el labio inferior y la barba. Seguí descargando sobre su lengua hasta que no me quedó nada, y él tragó la leche con los ojos cerrados, como si fuera un sacramento, sin perder una gota.
Me miró desde abajo. Los ojos verdes, brillantes. La barba manchada de mi semen. Pasó la lengua por sus labios y se relamió lo que le había quedado en la cara.
La culpa me invadió como un balde de agua fría.
Se levantó, me rodeó con sus brazos y me apretó contra su pecho desnudo. Su corazón latía tan fuerte como el mío. Notaba su polla blanda y pegajosa contra mi cadera.
—Ahora sí —dijo con la voz calmada, volviendo a ser el sacerdote—. Vamos con la penitencia, hijo.
Yo sabía que ninguna penitencia del mundo iba a borrar lo que acababa de descubrir sobre mí mismo: que había nacido para tener una verga dentro, en la boca o en el culo, y que volvería a aquel despacho cada miércoles por la tarde mientras el Padre Nicolás me dejara entrar.





