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Relatos Ardientes

Me arrodillé ante ella sin que nadie me lo pidiera

Toc, toc. ¿Se puede?

—Pasa.

Al descorrer la cortina del probador, Adriana estaba ahí. Despampanante, como siempre. Esta vez llevaba una minifalda de látex negra con una abertura frontal que dejaba entrever unas braguitas color coral y esas piernas que parecían esculpidas por alguien que entiende de proporciones exactas. El aire del pequeño cubículo olía a su perfume, algo entre madera y vainilla que se me quedó grabado desde la primera vez.

Mi reacción fue instintiva: arrodillarme. No fue un acto pensado ni una orden recibida. Fue algo que me nació del centro del pecho, una necesidad casi física de decirle sin palabras que la admiraba. Que admiraba su seguridad, su forma de ocupar cada espacio como si le perteneciera, esa determinación que llevaba puesta igual que el látex. Me arrodillé a sus pies como un gesto de devoción auténtica, y desde esa posición le ayudé a probarse el primer corsé.

Le quedaba grande. Salí a buscar una talla menos.

***

La primera vez que vi a Adriana fue tres meses atrás, en un encuentro organizado en un bar del barrio gótico de Barcelona. Yo llevaba semanas leyendo sobre ese tipo de reuniones, convenciéndome de que no pasaba nada por ir, de que no tenía que explicarle a nadie por qué sentía lo que sentía. Entré con las manos húmedas y el pulso acelerado, esperando encontrar algo que no sabía definir.

Lo encontré en cuanto ella abrió la boca.

—Hola, soy Adriana. Muchas gracias por haber venido a este primer encuentro.

Parece una frase banal. Una presentación de cortesía, nada más. Pero dicha por ella, con ese acento venezolano que convertía cada palabra en una caricia lenta, adquiría otra dimensión. Había una autoridad natural en su voz, una calidez que no pedía permiso para instalarse en tu cabeza y quedarse ahí dando vueltas durante días.

Ya había visto su perfil en la plataforma donde se organizaban estos eventos. Sabía que era dominante, que llevaba años en el ambiente, que tenía una filosofía muy clara sobre el consentimiento y los protocolos. Lo que no sabía era que fuera a cautivarme así desde el primer segundo. No fue solo atracción. Fue algo más profundo, algo que me hizo sentir que todas las piezas sueltas de mi interior por fin tenían un lugar donde encajar.

Hablamos unos minutos. Me preguntó qué me había llevado hasta allí y le contesté con una honestidad que me sorprendió a mí mismo. Le dije que llevaba tiempo sintiendo una necesidad que no sabía nombrar, que me costaba explicar por qué la idea de servir a alguien me generaba tanta paz. Ella asintió despacio, como si lo que le decía fuera lo más normal del mundo, y justo cuando iba a preguntarle algo más, se acercaron otras personas y la conversación se diluyó.

La observé el resto de la noche desde lejos. Vi cómo se movía entre la gente con una elegancia que no era impostada. Hablaba con todos, escuchaba con atención, tocaba el brazo de alguien para enfatizar una frase. Era una reina. No porque se lo propusiera, sino porque era su condición natural, y todo a su alrededor parecía orbitar en torno a ella sin esfuerzo. Hablé con otras personas aquella noche. Algunas interesantes, otras bastante menos. Pero mi atención ya estaba clavada en Adriana.

***

Volví al probador con la talla M del corsé y me arrodillé para presentárselo. Le ayudé a colocarlo, ajustando los enganches laterales con cuidado de no rozarle la piel más de lo necesario, aunque cada roce accidental me atravesaba como una descarga. No sé de dónde sacaban esas tallas en aquella tienda, pero la M también le quedaba holgada. Revisé la percha y no había una S por ningún lado.

—Espera —le dije—. Déjame buscar algo diferente.

Deambulé por la tienda con la urgencia de quien quiere resolver un problema que no es suyo pero que siente como propio. Había varios corsés en los expositores. Algunos de ellos Adriana ya los había descartado, otros ni siquiera les había dedicado una mirada. Me esforcé hasta dar con uno completamente distinto: negro con detalles en burdeos, un trenzado elegante en la espalda y una estructura que intuí se ajustaría mejor a su figura.

Volví al probador. De rodillas, le presenté la pieza.

***

En el segundo encuentro logré hablar con ella un poco más. Sin intentar acapararle más tiempo del que me correspondía, intercambiamos unas palabras que se quedaron rebotando en mi cabeza durante toda la semana. Le dije que quería conocerla mejor, que sentía algo difícil de explicar, que no buscaba nada que ella no quisiera dar.

Adriana me miró con esos ojos oscuros que parecían leer cada intención detrás de las palabras.

—Si quieres que nos veamos fuera de aquí, necesito un permiso por escrito —dijo con naturalidad, como quien pide que le pases la sal.

—¿Un permiso?

—De tu pareja. Firmado. No me interesa ser el secreto de nadie.

Aquella condición no era trivial. Yo tenía el permiso de forma verbal, llevábamos tiempo hablando de estas cosas en casa, pero nunca me habían pedido que lo formalizara por escrito. Requería un esfuerzo importante de mi parte. No por el contenido, sino por lo que implicaba: convertir algo íntimo y difuso en un documento concreto, con palabras que no dejaran lugar a la ambigüedad.

Hubo viajes de por medio, semanas de agenda imposible. Llegué al tercer encuentro con la tarea casi resuelta pero sin cerrar. Al día siguiente obtuve la firma, la escaneé, se la envié. Adriana lo leyó, lo aprobó, y me propuso escoger un atuendo para lo que sería nuestra primera sesión.

Nuestra primera sesión.

Las palabras me dieron vueltas durante días. Las repetía mentalmente mientras conducía, mientras cocinaba, mientras intentaba concentrarme en cualquier cosa que no fuera ella.

***

Ya habíamos estado juntos antes buscando ropa para esa sesión. En otra ocasión le había comprado un conjunto de sujetador y braguitas en rojo que le quedaba espectacular, e intentamos encontrar unos zapatos de tacón alto que nunca aparecieron en la talla correcta. Aquella tarde, mientras ella se probaba los zapatos sentada en un banco de la tienda, tuve la oportunidad de arrodillarme y saborear sus pies. Fue un momento breve pero devastador. La suavidad de su piel, el arco de su empeine, la forma en que me miró desde arriba con una mezcla de diversión y aprobación.

Todo se emplazaba hacia esa sesión prometida, en la que me aseguró que desplegaría todo su hedonismo.

***

El corsé con el trenzado en la espalda le quedó perfecto. Más que perfecto. Sus pechos empujaban contra el borde superior de la tela, y se veía el filo del sujetador color coral asomando por debajo. Era una imagen que me dejó sin aire.

—Quítatelo —le dije, y al escucharme a mí mismo corregí de inmediato—. Perdón. Quiero decir, el sujetador. Si quieres probarte el corsé sin él, creo que te quedará aún mejor.

Adriana arqueó una ceja. Una sonrisa casi imperceptible le cruzó los labios.

—¿Crees?

—Estoy seguro.

Se lo quitó. Y el resultado fue algo que no tengo vocabulario suficiente para describir con justicia. El corsé se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido cosido directamente sobre su piel. Sus pechos, libres del sujetador, llenaban la copa del corsé con una naturalidad obscena. Era una diosa. No como metáfora ni como halago gratuito. Era, literalmente, la imagen de algo ante lo que uno no tiene más opción que caer de rodillas.

Y eso hice. Otra vez.

Se quedó con el corsé puesto. Se miró en el espejo del probador, giró a un lado y al otro, y con un gesto que no necesitó palabras decidió que era suyo. Salimos de la tienda y caminamos juntos por el Paseo de Gracia bajo la luz de la tarde.

Adriana caminaba como si la calle fuera una pasarela diseñada exclusivamente para ella. El escote del corsé bajo la chaqueta entreabierta atraía miradas de todos los ángulos. Hombres que giraban la cabeza, mujeres que bajaban los ojos al cruzarse con ella, parejas que interrumpían su conversación durante medio segundo. Las miradas eran palpables, casi táctiles, y yo no podía evitar sentir un orgullo que no me correspondía pero que me llenaba por completo.

Estoy caminando al lado de esta mujer. Al lado de esta diosa que podría estar con cualquiera y ha elegido que yo esté aquí.

Soy perfectamente consciente de que entregar mi absoluta adoración a Adriana me coloca en una posición vulnerable. Lo sé. No soy ingenuo. Sé que la devoción sin límites puede ser peligrosa, que abrirse así ante alguien es como presentarse desnudo en medio de una tormenta. Pero mi entrega es auténtica. No puedo luchar contra lo que siento, y ya dejé de intentarlo hace tiempo. Solo espero que ella lo note, que lo valore, que no lo confunda con debilidad.

Porque no es debilidad. Es la cosa más valiente que he hecho en mi vida.

También soy consciente de que no puedo ocupar todo su espacio. Adriana es libre, y su libertad incluye compartir su hedonismo con otras personas. No solo respeto esa realidad, sino que la admiro. Hay algo hermoso en su capacidad de establecer vínculos sin posesión, de recibir devoción sin exigirla y de devolverla transformada en algo que se siente como un privilegio.

Solo espero que mantenga reservado un espacio para mí. Aunque sea pequeño. Aunque sea un rincón al fondo de su vida donde pueda arrodillarme de vez en cuando y sentir que pertenezco a algo más grande que yo mismo.

***

El camino nos alejó del paseo principal y nos adentramos por las calles estrechas del Born hasta llegar a una plaza pequeña donde los árboles filtraban la última luz del día. Entramos en el bar acordado, un local con las paredes de ladrillo visto y la barra de madera oscura, y nos ubicamos en una mesa cerca de la ventana. Pedí dos cervezas. Ella no tocó la suya.

Poco tiempo después empezaron a llegar los primeros asistentes. Uno a uno, con esa mezcla de curiosidad y timidez que reconocía perfectamente porque yo mismo la había sentido tres meses atrás. Adriana se puso de pie, se alisó la chaqueta sobre el corsé y caminó hacia la entrada con esa elegancia cálida que la definía.

—Hola, soy Adriana. Gracias por asistir a este cuarto encuentro.

La frase era la misma de siempre. Pero dicha por ella, con ese acento que acariciaba cada sílaba, seguía golpeándome en el mismo lugar exacto del pecho. Me quedé sentado, observándola desde mi silla, sintiendo cómo el bar entero se reorganizaba a su alrededor.

Esto es solo el comienzo, pensé.

Y por primera vez en mucho tiempo, la espera no me pesó.

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