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Relatos Ardientes

El secreto que compartí con el hombre del gimnasio

4.1 (50)

Siempre supe que había dos versiones de mí. La que el mundo veía de lunes a viernes —un tipo de veintisiete años con físico de gimnasio, ropa discreta y cara de no haber roto un plato— y la que existía en el silencio de mi cuarto, cuando cerraba la puerta con llave y me convertía en quien realmente quería ser.

Llevo años así. No lo cuento porque no puedo, al menos no todavía. La familia es la familia, y hay cosas que tienen su tiempo. Pero el secreto está ahí, vivo, y de vez en cuando necesita aire.

Desde muy pequeño tuve una atracción irresistible por todo lo femenino: la ropa, los gestos, la forma en que una mujer ocupa el espacio. Aprendí a encauzarlo en privado, a construir ese mundo paralelo con cuidado y paciencia, sabiendo que existiría siempre en los márgenes de mi vida visible. No me quejo. Hay algo intoxicante en llevar un secreto así.

Lo conocí en el gimnasio donde entreno desde hace tres años. Se llama Rodrigo. Tiene cincuenta y cinco, aunque los carga bien: espalda ancha, barba canosa bien recortada, manos de hombre que ha trabajado toda su vida. Cuando lo vi por primera vez en los vestidores, algo se me removió por dentro de una manera que no pude ignorar del todo. Lo ignoré igual. Uno aprende a disimular.

Las semanas siguientes nos fuimos haciendo del ambiente. Él siempre llegaba a la misma hora, entrenaba con la misma rutina y de vez en cuando intercambiábamos un par de frases entre serie y serie. Me contó que era divorciado, que vivía solo en un departamento al norte de la ciudad, que le gustaba el silencio y que a su edad ya no tenía paciencia para las complicaciones. Tenía esa tranquilidad particular de los hombres que ya no necesitan demostrarle nada a nadie.

Un viernes por la noche, cuando ya habíamos terminado la rutina y él estaba recogiendo sus cosas, me llamó desde el otro extremo del vestidor con la misma calma de siempre.

—Oye, tengo una cita esta noche —dijo, revisándose el reloj—. Con alguien especial.

—¿Tu novia? —pregunté, sin darle importancia.

—No, nada de novias. Es algo más puntual. —Hizo una pausa, esperó a que los otros dos tipos que había en el vestidor terminaran de salir, y bajó la voz—. La chica es transexual. ¿Has tenido algo con alguien así?

Me sostuve sin parpadear.

—No —respondí—. Pero dicen que vale la pena.

Rodrigo sonrió de un lado de la boca.

—Son una adicción. Desde que me separé decidí dejar de ponerle límites a lo que me gusta. A mi edad ya no tengo tiempo para hacerme el estrecho. —Se echó la bolsa al hombro—. Créeme que es de lo mejor.

Se fue apresuradamente, todavía sonriendo. Y yo me quedé ahí parado, mirando la puerta cerrarse, con una sola idea dándome vueltas en la cabeza: lo quería para mí.

***

El plan lo fui armando despacio, sin apuro. Soy discreto por necesidad, no por elección, y sabía que si esto iba a pasar tenía que ser natural. Nada forzado, nada que pudiera salir mal por impulsivo.

La oportunidad llegó un martes, sin que yo la buscara. Me había salido del trabajo un par de horas antes de lo habitual y estaba a punto de arrancar el coche cuando llegó su mensaje.

«Oye, tengo unos documentos laborales que no entiendo bien. ¿Me podrías orientar? Si quieres paso a recogerte y nos vamos juntos al gimnasio, así no llevamos los dos coches.»

Respondí antes de pensarlo demasiado.

«Claro, acabo de salir. Puedo ir directo. Mándame la dirección.»

Me pasó el número de torre y el piso. Le dije al guardia que venía a verlo y subí con el corazón haciendo cosas raras que preferí no analizar. En mi mochila, como siempre, llevaba todo lo necesario. Soy de las personas que salen preparadas para cualquier escenario.

Rodrigo abrió la puerta con pants grises y playera blanca, cómodo como solo se está en la propia casa. El departamento olía a café y tenía las ventanas abiertas. Me hizo pasar a la mesa del comedor, donde ya tenía abiertos los documentos.

Eran contratos de arrendamiento, nada complicado. Mientras los revisaba, él se acomodó en el sillón y comenzó a hablar, sin que yo preguntara, de que aquella chica de la semana pasada lo había dejado con la cabeza en otro lado.

—El lunes no dejabas de ver a las chicas en el gimnasio —le dije, sin levantar la vista de los papeles—. Y a mí también me miraste más de la cuenta cuando hicimos pierna.

—¿Y cómo no? —respondió, sin pena—. Usas ropa muy pegada y con cada ejercicio ese trasero se marca de una manera que es difícil no notar.

Se levantó del sillón y se paró a mi lado. Cuando lo miré tenía una expresión seria, sin rastro de broma.

—¿Me echas la mano con algo más? —dijo de frente, sin rodeos.

Sacó de la cartera unos billetes y los puso sobre la mesa.

Me quedé callada un momento.

—¿Hablas en serio?

—Si no te interesa, lo olvidamos ahora mismo y seguimos como siempre. No hay problema ninguno. Pero últimamente ando en un punto donde me resulta fácil ser directo.

Lo miré. Luego miré los billetes. Luego lo miré a él otra vez.

—Dame un momento —dije—. Voy por algo a mi coche y te sorprendes.

—No te me vayas a escapar.

—Qué te crees —respondí, ya de espaldas, camino a la puerta.

Bajé corriendo. Agarré la mochila del asiento trasero. Volví al departamento antes de que me diera tiempo de arrepentirme.

***

Cuando entré a su recámara para cambiarme, él puso algo en la pantalla del televisor de la sala. Pude escucharlo desde el pasillo.

Me tomé mi tiempo, porque eso también es parte del ritual y la prisa lo arruina todo. Medias de encaje hasta el muslo, con liguero negro. Ropa interior satinada en color vino, con detalles de pedrería en los costados. Falda de tubo negra que cae a media pierna. Blusa escotada con estampado de flores pequeñas. Peluca castaña larga y lisa, que me cae sobre los hombros. Tacones de plataforma que me añaden unos centímetros de altura y cambian completamente la manera en que ocupo el espacio.

Las zonas que importan llevan tiempo depiladas. El resto es trabajo en proceso, aunque cada vez queda menos.

Me miré en el espejo del baño. El resultado era exactamente el que buscaba.

Cuando salí al pasillo, el sonido de los tacones sobre el piso de parquet anticipó mi llegada con varios segundos de antelación. Rodrigo se asomó desde el umbral de la sala con una expresión que tardé un momento en descifrar. Era asombro, pero del bueno.

—Dios mío —dijo en voz baja.

—¿Esperabas otra cosa? —pregunté, ya con la voz en el registro que practico desde hace años.

—No esperaba esto. —Se me acercó despacio, mirándome sin disimulo—. Estás preciosa. En serio.

—Me llamo Valeria —dije—. Y llegó para quedarse un rato.

—Rodrigo —respondió él, tendiéndome la mano con una formalidad que me arrancó una sonrisa—. Encantado, señorita.

—El gusto es mío. Ahora siéntate, que voy a preparar algo de comer.

***

En su cocina había lo justo para improvisar algo decente. Mientras cocinaba, el sonido de mis tacones sobre el piso y el murmullo del televisor al fondo creaban una atmósfera que se sentía extrañamente real, casi doméstica, como si lleváramos años haciendo esto sin saberlo.

Le serví un tequila y lo llevé hasta donde estaba sentado. No decía nada. Solo me miraba de arriba abajo con esa calma suya que siempre me había resultado tan atractiva.

—Brinda conmigo —dijo—. Por ti, que estás preciosa, y por el secreto que acabas de compartir.

—Y por el hombre que me gustó desde el primer día que lo vi —añadí, alzando el vaso.

Brindamos tres veces. Yo casi no bebo y al tercero ya sentía el calor subiéndome por el pecho, quitándome capas de encima.

Se puso serio de repente, con esa seriedad suya que nunca resultaba amenazante, solo directa.

—Llevo tiempo buscando algo así —dijo—. Alguien con quien compartir esto, de manera discreta. Algo que sea solo nuestro.

—¿Qué tipo de algo? —pregunté.

—Una relación. Discreta, sí, pero real. No solo esta noche. —Me miró a los ojos—. ¿Quieres ser mi novia, Valeria?

No lo esperaba así, tan directo, tan pronto.

—Tengo una vida fuera de aquí —dije—. No puedo ser esto todo el tiempo.

—Lo sé. Yo también tengo la mía. Pero cuando estemos aquí, solos, podemos ser lo que queramos. —Hizo una pausa—. ¿Qué dices?

Le respondí acercándome y besándolo.

***

El beso empezó suave y fue ganando temperatura sin que ninguno de los dos lo forzara. Sus manos recorrían mi espalda, mis caderas, el borde de la falda. Las mías encontraron sus hombros, su nuca, la textura áspera de su barba contra mi cara.

Cuando nos separamos para respirar, me miraba de una manera que hizo que algo en mí cediera por completo.

Me levantó de la silla sin esfuerzo visible y me fue llevando hacia el pasillo, besándome en el cuello, en el hombro, en el escote. Cuando llegamos a la recámara me recostó sobre la cama con una delicadeza inesperada para alguien de su tamaño.

Me bajó los tirantes de la blusa. Buscó el cierre de la falda con una mano mientras con la otra me sostenía la cara. Cuando quedé solo con la lencería y los tacones, se apartó un momento y me miró en silencio, con una atención que me dejó sin saber dónde poner las manos.

—Eres perfecta —dijo.

Luego se agachó y me recorrió el cuello, el pecho, el vientre, con una paciencia y una precisión que nunca nadie me había dedicado. Nadie me había tratado así, con esa mezcla de urgencia y cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna intención de desperdiciarlo.

Me senté al borde de la cama. Lo miré a los ojos. Él entendió sin que dijera nada.

Bajé despacio hasta quedar de rodillas frente a él y le aflojé el pants con calma. Lo que encontré debajo era exactamente lo que había imaginado durante semanas: un hombre sin pretensiones, sin artificios, completamente real.

Lo tomé con las manos y con la boca y me entregué a eso con una concentración total. Sus manos en mi cabello, sus murmullos por encima de mí, la cadencia que construimos entre los dos sin ponernos de acuerdo.

—Así —dijo en algún momento, con la voz espesa—. Justo así, no pares.

No paré.

***

Cuando volvimos a la cama fue diferente. Más pausado al principio, más intenso después. Me acomodé con las almohadas bajo la espalda, instintivamente, y él supo exactamente cómo continuar desde ahí. Se tomó su tiempo. Entró despacio, esperó, avanzó un poco más. No hubo dolor, solo una presión que fue cediendo hasta convertirse en algo completamente distinto: un calor profundo, continuo, que fue creciendo desde adentro hacia afuera.

—Mírate —dijo en algún momento, señalando el espejo de cuerpo entero que había junto al armario.

Me miré. Una chica con medias y tacones, recostada sobre las sábanas blancas de un hombre que la estaba haciendo suya con una calma envidiable. La imagen era exactamente lo que había imaginado tantas veces en privado, excepto que ahora era real y tenía el peso de alguien encima.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Sí —respondí, y era una verdad sin matices.

Cambiamos de posición varias veces. Él dirigía sin necesidad de muchas palabras, con el peso de su cuerpo y la dirección de sus manos. Yo seguía con la misma naturalidad con que se sigue la corriente de un río que ya sabes adónde va. En un momento me pidió que me pusiera encima y me mirara en el espejo mientras lo hacía. Lo hice. Lo que vi desde ahí fue la imagen más desinhibida de mí misma que había visto nunca, y me gustó sin reservas.

Cuando sintió que estaba llegando al límite, me pidió que me arrodillara frente a él. Me quitó el preservativo con cuidado y lo que vino después fue un final generoso, real, sin teatro: terminó sobre mí y yo lo recibí sin apartarme, con la misma calma con que él había conducido todo lo demás.

Después nos quedamos recostados en silencio. Su mano en mi espalda, mi cabeza apoyada en su pecho. El televisor seguía encendido en la sala y desde aquí llegaba solo como ruido de fondo, sin forma.

—Eres increíble —dijo.

—Tú tampoco te quedas atrás.

Se rió, grave, desde el pecho.

—¿Tienes fantasías? Cosas que quieras probar algún día.

—Muchas —admití—. ¿Y tú?

—También muchas. Tenemos tiempo para explorarlas.

—¿Y si empezamos por la más sencilla?

—Dime cuál es.

—Volver a hacer esto. La semana que viene.

—Eso no es una fantasía —dijo—. Eso ya es un plan.

***

Esa noche no fuimos al gimnasio. La cena que había preparado la terminamos tarde, a medias, sentados en la encimera de su cocina con los platos sobre las rodillas como si fuera lo más normal del mundo. Hablamos de cosas sin importancia y de cosas que importaban mucho, moviéndonos entre los dos registros con la facilidad que da la confianza recién estrenada.

Cuando me fui, ya con mi ropa de siempre, Rodrigo me acompañó hasta el elevador. Éramos otra vez los dos tipos del gimnasio, discretos, sin rastro visible de lo que había pasado en las últimas horas.

—Cuídate —dijo.

—Tú también.

El ascensor tardó un momento en llegar. Antes de que se cerraran las puertas, me miró de esa manera suya, tranquila y directa, y dijo sin más:

—La semana que viene.

No era una pregunta.

—La semana que viene —confirmé.

Y las puertas se cerraron.

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4.1 (50)

Comentarios (8)

Roxana_lec

excelente!!! de los mejores que lei en esta categoria, me encanto

josebh

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como continuo todo despues

Ramiro1987

Muy bien escrito, se siente real y no se hace pesado. Segui asi!

nocheslocas22

me enganche desde la primera linea, el ritmo esta muy bien llevado

SilencioNocturno

A la espera del proximo. Un placer leerlo

MarisolK

Me gusto mucho, hay algo en como esta narrado que lo hace diferente a los demas. Ojala que sigas escribiendo mas historias asi, se necesitan mas relatos de este tipo

Tomas_lee

jaja la tension de las primeras semanas es lo mejor del relato, muy buena construccion

Marcos_99

Buenisimo!! se hizo corto :)

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