El secreto que compartí con el hombre del gimnasio
Siempre supe que había dos versiones de mí. La que el mundo veía de lunes a viernes —un tipo de veintisiete años con físico de gimnasio, ropa discreta y cara de no haber roto un plato— y la que existía en el silencio de mi cuarto, cuando cerraba la puerta con llave y me convertía en quien realmente quería ser.
Llevo años así. No lo cuento porque no puedo, al menos no todavía. La familia es la familia, y hay cosas que tienen su tiempo. Pero el secreto está ahí, vivo, y de vez en cuando necesita aire.
Desde muy pequeño tuve una atracción irresistible por todo lo femenino: la ropa, los gestos, la forma en que una mujer ocupa el espacio. Aprendí a encauzarlo en privado, a construir ese mundo paralelo con cuidado y paciencia, sabiendo que existiría siempre en los márgenes de mi vida visible. No me quejo. Hay algo intoxicante en llevar un secreto así.
Lo conocí en el gimnasio donde entreno desde hace tres años. Se llama Rodrigo. Tiene cincuenta y cinco, aunque los carga bien: espalda ancha, barba canosa bien recortada, manos de hombre que ha trabajado toda su vida. Cuando lo vi por primera vez en los vestidores —cambiándose con esa tranquilidad de quien no tiene nada que esconder, con una polla gruesa colgándole pesada entre los muslos que no pude evitar mirar de reojo— algo se me removió por dentro de una manera que no pude ignorarlo del todo. Lo ignoré igual. Uno aprende a disimular.
Las semanas siguientes nos fuimos haciendo del ambiente. Él siempre llegaba a la misma hora, entrenaba con la misma rutina y de vez en cuando intercambiábamos un par de frases entre serie y serie. Me contó que era divorciado, que vivía solo en un departamento al norte de la ciudad, que le gustaba el silencio y que a su edad ya no tenía paciencia para las complicaciones. Tenía esa tranquilidad particular de los hombres que ya no necesitan demostrarle nada a nadie.
Un viernes por la noche, cuando ya habíamos terminado la rutina y él estaba recogiendo sus cosas, me llamó desde el otro extremo del vestidor con la misma calma de siempre.
—Oye, tengo una cita esta noche —dijo, revisándose el reloj—. Con alguien especial.
—¿Tu novia? —pregunté, sin darle importancia.
—No, nada de novias. Es algo más puntual. —Hizo una pausa, esperó a que los otros dos tipos que había en el vestidor terminaran de salir, y bajó la voz—. La chica es transexual. ¿Has tenido algo con alguien así?
Me sostuve sin parpadear.
—No —respondí—. Pero dicen que vale la pena.
Rodrigo sonrió de un lado de la boca.
—Son una adicción. Una vez que probás una buena mamada de una de ellas, con la polla atragantándote a fondo y sin asco, ya no querés volver atrás. Desde que me separé decidí dejar de ponerle límites a lo que me gusta. A mi edad ya no tengo tiempo para hacerme el estrecho. Si me gusta cogerme un culo apretado, me lo cojo. —Se echó la bolsa al hombro—. Créeme que es de lo mejor.
Se fue apresuradamente, todavía sonriendo. Y yo me quedé ahí parado, con la polla medio dura dentro del short del gimnasio, mirando la puerta cerrarse, con una sola idea dándome vueltas en la cabeza: lo quería para mí.
***
El plan lo fui armando despacio, sin apuro. Soy discreto por necesidad, no por elección, y sabía que si esto iba a pasar tenía que ser natural. Nada forzado, nada que pudiera salir mal por impulsivo.
La oportunidad llegó un martes, sin que yo la buscara. Me había salido del trabajo un par de horas antes de lo habitual y estaba a punto de arrancar el coche cuando llegó su mensaje.
«Oye, tengo unos documentos laborales que no entiendo bien. ¿Me podrías orientar? Si quieres paso a recogerte y nos vamos juntos al gimnasio, así no llevamos los dos coches.»
Respondí antes de pensarlo demasiado.
«Claro, acabo de salir. Puedo ir directo. Mándame la dirección.»
Me pasó el número de torre y el piso. Le dije al guardia que venía a verlo y subí con el corazón haciendo cosas raras que preferí no analizar. En mi mochila, como siempre, llevaba todo lo necesario. Soy de las personas que salen preparadas para cualquier escenario.
Rodrigo abrió la puerta con pants grises y playera blanca, cómodo como solo se está en la propia casa. El bulto en la entrepierna se le marcaba sin que él hiciera nada por disimularlo, y yo me obligué a mantener la vista en su cara. El departamento olía a café y tenía las ventanas abiertas. Me hizo pasar a la mesa del comedor, donde ya tenía abiertos los documentos.
Eran contratos de arrendamiento, nada complicado. Mientras los revisaba, él se acomodó en el sillón y comenzó a hablar, sin que yo preguntara, de que aquella chica de la semana pasada lo había dejado con la cabeza en otro lado.
—Tenía un culo que era para mamarlo entero —dijo, sin filtros, como si comentara el tráfico—. Y la polla rica también, hay que reconocerlo. Esas chicas saben usar lo que tienen.
—El lunes no dejabas de ver a las chicas en el gimnasio —le dije, sin levantar la vista de los papeles—. Y a mí también me miraste más de la cuenta cuando hicimos pierna.
—¿Y cómo no? —respondió, sin pena—. Usas ropa muy pegada y con cada ejercicio ese trasero se marca de una manera que es difícil no notar. Tenés un culo que se te mete por debajo del short, y cuando hacés sentadilla se te abre la tela como si te lo estuvieras ofreciendo. Te lo digo en serio.
Se levantó del sillón y se paró a mi lado. Cuando lo miré tenía una expresión seria, sin rastro de broma.
—¿Me echas la mano con algo más? —dijo de frente, sin rodeos.
Sacó de la cartera unos billetes y los puso sobre la mesa.
Me quedé callada un momento.
—¿Hablas en serio?
—Si no te interesa, lo olvidamos ahora mismo y seguimos como siempre. No hay problema ninguno. Pero últimamente ando en un punto donde me resulta fácil ser directo. Quiero cogerte. Quiero ver qué hay debajo de esa ropa de oficina y meterte la verga hasta que no puedas hablar. Si te gusta la idea, decímelo. Si no, guardo el dinero y nada pasó.
Lo miré. Luego miré los billetes. Luego lo miré a él otra vez. Tenía la polla marcada bajo los pants, dura, larga, esperando una respuesta.
—Dame un momento —dije—. Voy por algo a mi coche y te sorprendes.
—No te me vayas a escapar.
—Qué te crees —respondí, ya de espaldas, camino a la puerta.
Bajé corriendo. Agarré la mochila del asiento trasero. Volví al departamento antes de que me diera tiempo de arrepentirme.
***
Cuando entré a su recámara para cambiarme, él puso algo en la pantalla del televisor de la sala. Pude escucharlo desde el pasillo: gemidos de mujer y el ruido inconfundible de una mamada bien hecha.
Me tomé mi tiempo, porque eso también es parte del ritual y la prisa lo arruina todo. Medias de encaje hasta el muslo, con liguero negro. Ropa interior satinada en color vino, con detalles de pedrería en los costados, lo suficientemente ajustada como para acomodarme la polla hacia atrás y dejar el frente liso, femenino, mentiroso. Falda de tubo negra que cae a media pierna. Blusa escotada con estampado de flores pequeñas, sin sostén, dejando que los pezones se marquen apenas contra la tela. Peluca castaña larga y lisa, que me cae sobre los hombros. Tacones de plataforma que me añaden unos centímetros de altura y cambian completamente la manera en que ocupo el espacio.
Las zonas que importan llevan tiempo depiladas: las piernas enteras, el pubis liso, el culo afeitado al ras para que cualquier dedo, cualquier lengua, cualquier polla encuentre piel limpia y sin obstáculos. El resto es trabajo en proceso, aunque cada vez queda menos.
Me miré en el espejo del baño. El resultado era exactamente el que buscaba.
Cuando salí al pasillo, el sonido de los tacones sobre el piso de parquet anticipó mi llegada con varios segundos de antelación. Rodrigo se asomó desde el umbral de la sala con una expresión que tardé un momento en descifrar. Era asombro, pero del bueno.
—Dios mío —dijo en voz baja, y se tocó la entrepierna sin pudor, ajustándose la polla que ya se le había puesto dura del todo.
—¿Esperabas otra cosa? —pregunté, ya con la voz en el registro que practico desde hace años.
—No esperaba esto. —Se me acercó despacio, mirándome sin disimulo—. Estás preciosa. En serio. Te voy a coger hasta dejarte sin maquillaje.
—Me llamo Valeria —dije—. Y llegó para quedarse un rato.
—Rodrigo —respondió él, tendiéndome la mano con una formalidad que me arrancó una sonrisa—. Encantado, señorita.
—El gusto es mío. Ahora siéntate, que voy a preparar algo de comer.
***
En su cocina había lo justo para improvisar algo decente. Mientras cocinaba, el sonido de mis tacones sobre el piso y el murmullo del televisor al fondo creaban una atmósfera que se sentía extrañamente real, casi doméstica, como si lleváramos años haciendo esto sin saberlo. Cada vez que me agachaba a sacar algo del refrigerador sentía sus ojos pegados a mi culo, y la falda se me subía lo justo para dejar ver el borde de la media y la piel desnuda del muslo. Lo hacía a propósito. Quería que la tuviera dura toda la noche.
Le serví un tequila y lo llevé hasta donde estaba sentado. No decía nada. Solo me miraba de arriba abajo con esa calma suya que siempre me había resultado tan atractiva. Me acomodé sobre sus rodillas sin pedir permiso y sentí la verga bajo la tela del pants, presionándome el culo a través de la falda, gruesa y caliente.
—Brinda conmigo —dijo—. Por ti, que estás preciosa, y por el secreto que acabas de compartir.
—Y por el hombre que me gustó desde el primer día que lo vi —añadí, alzando el vaso.
Brindamos tres veces. Yo casi no bebo y al tercero ya sentía el calor subiéndome por el pecho, quitándome capas de encima. Él me había puesto una mano en el muslo y la había ido subiendo despacio, debajo de la falda, hasta tocarme la liga, hasta acariciarme la piel por encima de la media. Cuando llegó a la ropa interior y sintió el bulto disimulado de mi polla atrapada bajo el satén, sonrió.
—Ahí está —dijo en voz baja, apretándomela con la mano abierta—. Ya pensaba que la habías escondido demasiado bien.
Se puso serio de repente, con esa seriedad suya que nunca resultaba amenazante, solo directa.
—Llevo tiempo buscando algo así —dijo—. Alguien con quien compartir esto, de manera discreta. Algo que sea solo nuestro.
—¿Qué tipo de algo? —pregunté.
—Una relación. Discreta, sí, pero real. No solo esta noche. —Me miró a los ojos—. ¿Quieres ser mi novia, Valeria?
No lo esperaba así, tan directo, tan pronto.
—Tengo una vida fuera de aquí —dije—. No puedo ser esto todo el tiempo.
—Lo sé. Yo también tengo la mía. Pero cuando estemos aquí, solos, podemos ser lo que queramos. —Hizo una pausa—. ¿Qué dices?
Le respondí acercándome y besándolo.
***
El beso empezó suave y fue ganando temperatura sin que ninguno de los dos lo forzara. Le abrí la boca con la lengua y él me la chupó con un hambre que no había mostrado hasta ese momento. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, el borde de la falda, hasta meterse debajo y agarrarme el culo con las dos manos, abierto, completo, levantándome del suelo. Las mías encontraron sus hombros, su nuca, la textura áspera de su barba contra mi cara, y bajaron hasta su entrepierna, donde la verga le saltaba dentro del pants como si pidiera salir.
Se la apreté por encima de la tela y él gruñó dentro del beso. —Tócame —me dijo al oído, ronco—. Tócamela.
Le metí la mano dentro de los pants y dentro del bóxer, hasta que mis dedos se cerraron alrededor de su polla desnuda. Era gruesa, dura, con el glande hinchado y húmedo en la punta. Empecé a masturbarlo despacio, sintiendo cómo la piel se le movía bajo mi puño, cómo respiraba más hondo cada vez que apretaba un poco más.
—Qué rica la tenés —murmuré contra su boca—. Qué ganas de mamártela.
—Cogéme la boca —respondió—. Quiero verte chupándomela.
Me levantó de la silla sin esfuerzo visible y me fue llevando hacia el pasillo, besándome en el cuello, en el hombro, en el escote. Me bajó un tirante de la blusa y me sacó un pecho, me lo chupó ahí mismo en el pasillo, con la lengua áspera contra el pezón, mordiéndomelo apenas. Yo me había agarrado de su nuca con las dos manos para no caerme, gimiendo en voz baja, frotándole la polla contra el muslo.
Cuando llegamos a la recámara me recostó sobre la cama con una delicadeza inesperada para alguien de su tamaño.
Me bajó los tirantes de la blusa. Buscó el cierre de la falda con una mano mientras con la otra me sostenía la cara. Cuando quedé solo con la lencería y los tacones, se apartó un momento y me miró en silencio, con una atención que me dejó sin saber dónde poner las manos. El bulto bajo el satén color vino se me marcaba sin disimulo, la punta de la polla asomando por encima del elástico, mojada.
—Eres perfecta —dijo—. Una putita perfecta.
Luego se agachó y me recorrió el cuello, el pecho, el vientre, con una paciencia y una precisión que nunca nadie me había dedicado. Me chupó los pezones de a uno, mordiéndolos hasta hacerme arquear la espalda, y siguió bajando hasta la ropa interior. Me lamió la polla por encima del satén, mojando la tela con su saliva, y luego me la apartó con dos dedos y me sacó la verga. Se me había puesto dura, no enorme pero firme, brillando en la punta.
Me la lamió desde la base hasta el glande, con la lengua plana, sin asco, sin teatro. Se la metió entera a la boca, todavía con la barba canosa raspándome los muslos, y empezó a chupármela con un ritmo tranquilo, profesional, como quien sabe exactamente lo que hace. Yo gemía con la boca abierta, agarrándole la cabeza, sintiendo cómo su lengua me envolvía el glande cada vez que llegaba a la punta.
—Qué bien lo hacés —se me escapó—. Carajo, qué bien.
Se sacó la polla de la boca con un sonido húmedo y subió la lengua hasta mis huevos, los lamió uno por uno, y luego más abajo, separándome las piernas para llegarme al agujero. Sentí su lengua ahí, caliente, mojada, abriéndome el culo afeitado con una insistencia que me hizo retorcerme contra la cama. Nadie me había comido el culo así, con esa concentración. Me metía la lengua dentro, me lamía el borde, volvía a entrar, y mi polla goteaba sobre mi vientre sin que nadie la tocara.
—Date vuelta —me ordenó, y obedecí sin pensarlo.
Quedé boca abajo, con el culo al aire, las medias todavía puestas, la falda hecha un nudo en la cintura. Me agarró las nalgas con las dos manos, me las abrió, y se hundió contra mi agujero con la boca entera. Yo enterré la cara en la almohada y grité, no muy fuerte, pero grité. Me comió el culo durante minutos enteros, con la lengua, con dos dedos que se fue metiendo despacio, abriéndome, preparándome.
—Tenés el agujero más rico que he visto —dijo, con la voz ronca—. Apretado. Limpio. Una belleza.
—Te lo voy a dar —respondí, con la voz quebrada—. Todo entero.
Me senté al borde de la cama. Lo miré a los ojos. Él entendió sin que dijera nada.
Bajé despacio hasta quedar de rodillas frente a él y le aflojé el pants con calma. Lo que encontré debajo era exactamente lo que había imaginado durante semanas: un hombre sin pretensiones, sin artificios, completamente real. Le bajé la ropa interior y su polla quedó delante de mí, gruesa, dura, pesada, caliente, con el glande ya húmedo y palpitando por la excitación. Me la pasé por la cara primero, por las mejillas, por los labios pintados, sintiendo su peso, marcándome la piel con la humedad de la punta.
—Mírame —le pedí.
Me miró. Y entonces abrí la boca y me la tragué entera, hasta el fondo, hasta que la punta me tocó la garganta y me dieron arcadas. Me la saqué con un hilo de saliva colgando, respiré, y se la volví a meter. Otra vez. Otra. Le tomaba los huevos con una mano mientras con la otra le sostenía la base, y le mamaba la polla con la concentración total de quien lleva demasiado tiempo deseando exactamente eso.
—Así —dijo en algún momento, con la voz espesa—. Justo así, no pares. Mamámela toda, putita, eso es.
No paré. Le alterné la boca y la mano, le lamí los huevos con cuidado, me los metí los dos a la vez en la boca y los chupé hasta hacerlo gemir. Le bajé la lengua por debajo, por el perineo, y le volví a subir hasta la punta. Le besé el glande, me lo metí solo la cabeza, lo enrosqué con la lengua haciendo círculos, y después me lo tragué entero otra vez. La saliva me chorreaba por la barbilla, me caía en las tetas, me manchaba la blusa. No me importaba. Le quería sacar la corrida ahí mismo, en la boca, y tragármela.
Cuando sentí que estaba a punto de explotar —se le pusieron los huevos duros como piedras y la polla le latía contra mi lengua— me apartó con un gesto lento y firme, como quien quiere guardar lo mejor para después.
—Quieta —jadeó—. Que me la sacás ya. Y todavía te tengo que coger el culo.
***
Cuando volvimos a la cama fue diferente. Más pausado al principio, más intenso después. Me acomodé con las almohadas bajo la espalda, instintivamente, levantando las piernas con las medias todavía puestas y los tacones colgándole de los pies. Él se quedó de rodillas entre mis muslos, sacó un preservativo del cajón de la mesa de noche y se lo puso despacio mientras yo lo miraba con la polla agarrada en su puño.
Se tomó su tiempo. Me abrió las piernas con las manos grandes y se inclinó otra vez sobre mí. Me chupó la polla un momento más, solo para que yo viera cómo entraba y salía de su boca con la barba mojada de saliva, y después subió hasta mis tetas, hasta mi boca, dejándome saborear mi propio sabor en su lengua. Yo le había abierto el culo con los dedos, ofreciéndoselo, y él entendió.
Se escupió en la mano. Se untó el preservativo con saliva. Y empujó.
Entró despacio, esperó, avanzó un poco más. Sentí la presión en la entrada del culo, ese momento exacto en que el cuerpo decide si se abre o se cierra, y mi cuerpo decidió abrirse. La cabeza de su polla me entró con un empujón firme y lento, y solté un gemido largo, agudo, que no parecía mío.
—Tranquila —murmuró—. Despacio. Que te lo voy a meter todo.
No hubo dolor, solo una presión que fue cediendo hasta convertirse en algo completamente distinto: un calor profundo, continuo, que fue creciendo desde adentro hacia afuera.
Sentí su polla hundirse en mí de a poco, llenándome con una firmeza que me hizo arquear la espalda. Centímetro a centímetro. Cuando lo tuve todo dentro me quedé quieta, con los ojos cerrados, sintiendo cómo me palpitaba el culo alrededor de su verga. Él se quedó quieto un instante, respirándome cerca del oído, dejando que mi cuerpo se adaptara a él antes de moverse otra vez.
—Cogéme —le pedí en un susurro—. Por favor.
Empezó a moverse. Despacio al principio, sacándola casi entera y volviendo a metérmela hasta el fondo, una y otra vez, en un ritmo que me iba abriendo más con cada embestida. Mi propia polla, atrapada entre los dos cuerpos, se había puesto dura otra vez y rozaba contra su vientre cada vez que él bajaba.
—Mírate —dijo en algún momento, señalando el espejo de cuerpo entero que había junto al armario.
Me miré. Una chica con medias y tacones, recostada sobre las sábanas blancas de un hombre que la estaba haciendo suya con una calma envidiable. Las piernas abiertas en el aire, el culo levantado, una verga gruesa entrándole y saliéndole sin tregua. La peluca medio desordenada, el rímel corrido, los pechos rebotando con cada embestida. La imagen era exactamente lo que había imaginado tantas veces en privado, excepto que ahora era real y tenía el peso de alguien encima, el vaivén de sus caderas empujándome contra el colchón, el ruido húmedo de nuestros cuerpos encontrándose sin pausa.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.
—Sí —respondí, y era una verdad sin matices—. Cógeme más fuerte. Por favor. Más fuerte.
Y me cogió más fuerte. Aceleró el ritmo, me agarró las dos piernas por detrás de las rodillas y se las puso sobre los hombros, doblándome casi en dos, hundiéndomela desde arriba con todo el peso de su cuerpo. El choque de su pelvis contra mi culo sonaba seco, rítmico, llenando la habitación.
—Qué culo tenés —jadeó—. Qué culo apretado, hija de puta. Te voy a romper.
—Rómpeme —le supliqué—. Todo lo que quieras.
Cambiamos de posición varias veces. Él dirigía sin necesidad de muchas palabras, con el peso de su cuerpo y la dirección de sus manos. Me dio vuelta, me puso a cuatro patas en la cama, con el culo levantado y la cara contra la almohada, y se la volvió a meter desde atrás con una sola embestida que me hizo gritar. Me agarró por las caderas y me cogió así, perro, hasta que las rodillas no me sostenían y el sudor me corría por la espalda. Me daba palmadas en el culo, no fuertes pero firmes, y cada palmada me hacía contraerme alrededor de su polla.
—Decime que te encanta —ordenó—. Decímelo.
—Me encanta —gemía contra la almohada—. Me encanta tu polla, me encanta cómo me la metes, no pares, no pares.
En un momento me pidió que me pusiera encima y me mirara en el espejo mientras lo hacía. Lo hice. Lo que vi desde ahí fue la imagen más desinhibida de mí misma que había visto nunca, con mis tetas moviéndose bajo la blusa medio abierta, mis muslos tensos, la falda subida en la cintura, y me gustó sin reservas.
Me monté sobre él, le acomodé la polla entre las nalgas y me senté de a poco, bajando hasta tragármela entera. Sentí cómo se me hundía hasta el fondo, cómo me llenaba por completo, y empecé a moverme con lentitud al principio, dejándolo entrar y salir hasta encontrar el ángulo exacto. Luego me dejé llevar por el ritmo, rebotando sobre su polla mientras él me sostenía por las caderas y me miraba como si se estuviera comiendo con los ojos cada reacción de mi cara. El espejo devolvía una escena que me encendía más de lo que quería admitir: yo abierta, deshecha, hermosa, follándolo con todas las ganas, mi propia polla saltando contra mi vientre sin que nadie la tocara, golpeándome la piel a cada bote.
—Tocátela —me dijo—. Pajeátela mientras me cogés.
Me agarré la verga con una mano y empecé a masturbarme al ritmo de los rebotes, sintiendo cómo todo se acumulaba al mismo tiempo: la polla suya entrándome el culo hasta el fondo, mi mano sobre la mía, su mirada fija en el espejo. Estaba a punto de correrme y se notaba.
—Esperá —jadeó, agarrándome la muñeca—. Conmigo. Quiero que te corras conmigo.
Cuando sintió que estaba llegando al límite, me pidió que me arrodillara frente a él. Salí de él con cuidado, me bajé de la cama y me arrodillé en la alfombra, con la boca abierta y la lengua afuera, esperando. Me quitó el preservativo con cuidado, agarró su polla con la mano derecha y empezó a sacudírsela rápido, apuntándome a la cara. Yo seguía pajeándome al mismo ritmo, mirándolo desde abajo.
—Abrí la boca —me ordenó—. Bien abierta, putita.
La abrí. Sacó la lengua. Y lo que vino después fue un final generoso, real, sin teatro: terminó sobre mí y yo lo recibí sin apartarme, con la misma calma con que él había conducido todo lo demás. El primer chorro me cayó caliente sobre la mejilla, el segundo en la lengua, el tercero en los pechos, el cuarto en la lencería ya manchada. Sentí su corrida densa sobre la cara, en los labios pintados, escurriéndome por el cuello hasta el escote, y lo sostuve por las caderas mientras terminaba de temblar. Yo me corrí casi al mismo tiempo, salpicándole el muslo con mi propio semen, con la respiración rota y la mano todavía aferrada a su pierna.
Me lamí lo que me había caído cerca de la boca. Lo miré desde abajo, embarrada, satisfecha, con su corrida todavía goteándome por la barbilla. Él sonrió, despacio, y me pasó el pulgar por el labio inferior, recogiendo lo que quedaba y metiéndomelo en la boca para que se lo chupara.
Después nos quedamos recostados en silencio. Me había limpiado un poco con una toalla húmeda que él me trajo del baño, y ahora estábamos abrazados sobre la cama deshecha. Su mano en mi espalda, mi cabeza apoyada en su pecho. El televisor seguía encendido en la sala y desde aquí llegaba solo como ruido de fondo, sin forma.
—Eres increíble —dijo.
—Tú tampoco te quedas atrás.
Se rió, grave, desde el pecho.
—¿Tienes fantasías? Cosas que quieras probar algún día.
—Muchas —admití—. ¿Y tú?
—También muchas. Tenemos tiempo para explorarlas. Algún día te voy a coger sin condón, así, a pelo, y te voy a llenar el culo de leche por dentro. Para que te vayas a tu casa con mi corrida adentro.
—Cuando quieras —respondí, y se la chupé apenas, sin malicia, solo porque me gustaba la idea.
—¿Y si empezamos por la más sencilla?
—Dime cuál es.
—Volver a hacer esto. La semana que viene.
—Eso no es una fantasía —dijo—. Eso ya es un plan.
***
Esa noche no fuimos al gimnasio. La cena que había preparado la terminamos tarde, a medias, sentados en la encimera de su cocina con los platos sobre las rodillas como si fuera lo más normal del mundo. Yo me había puesto una camisa suya, sin ropa interior, y él me miraba las piernas cada vez que cruzaba o descruzaba las rodillas. Hablamos de cosas sin importancia y de cosas que importaban mucho, moviéndonos entre los dos registros con la facilidad que da la confianza recién estrenada. En algún momento, antes de los postres, me cogió contra la encimera de la cocina, rápido, sin condón, sin terminar dentro, solo porque ninguno de los dos se aguantaba más.
Cuando me fui, ya con mi ropa de siempre, con el culo todavía marcado por su polla y el sabor de su corrida apenas escondido bajo el enjuague bucal, Rodrigo me acompañó hasta el elevador. Éramos otra vez los dos tipos del gimnasio, discretos, sin rastro visible de lo que había pasado en las últimas horas.
—Cuídate —dijo.
—Tú también.
El ascensor tardó un momento en llegar. Antes de que se cerraran las puertas, me miró de esa manera suya, tranquila y directa, y dijo sin más:
—La semana que viene.
No era una pregunta.
—La semana que viene —confirmé.
Y las puertas se cerraron.


