El desconocido que me enseñó a arrodillarme
Nunca fui de contarle mis fantasías a nadie. Ni a mi mejor amiga, ni a las parejas que tuve, ni siquiera a mí misma en voz alta. Pero las tenía. Las tengo. Y cada día son más intensas, más detalladas, más difíciles de ignorar.
Empezó como algo controlable. Un pensamiento fugaz mientras me duchaba, una imagen que se colaba en mi cabeza antes de dormir. Un hombre sin rostro que me tomaba de la nuca y me decía exactamente qué hacer. Yo obedecía sin dudar, y en esa obediencia encontraba algo que no sabía nombrar. Alivio, tal vez. O algo más profundo, algo que llevaba toda la vida necesitando sin saberlo.
Con el tiempo dejó de ser fugaz. Las fantasías empezaron a perseguirme a todas horas: en el trabajo mientras miraba la pantalla sin ver nada, en el supermercado mientras apretaba una fruta sin pensar, en el metro cuando un hombre me rozaba el brazo por accidente y yo sentía un latigazo de calor entre las piernas. Me humedecía sin remedio. Llegué a masturbarme en el baño de la oficina dos veces en una misma tarde, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con el corazón en la garganta y los dedos empapados.
Lo que me excitaba no era el sexo en sí. Era la idea de entregarme. De que alguien me dijera «arrodíllate» y yo lo hiciera sin pensarlo. De sentir unas manos firmes en mi cintura obligándome a girar, posicionándome como quisiera. De no tener que decidir nada, de soltar el peso de ser siempre la que controla todo en su vida. Quería ser usada con cuidado pero sin pedir permiso, y ese deseo me avergonzaba y me encendía a partes iguales.
Siempre imaginaba a un hombre mayor. No un anciano, pero sí alguien con canas en las sienes y manos grandes, alguien que supiera lo que hacía sin necesitar que yo le guiara. En mi fantasía, él me miraba como si pudiera leerme, como si supiera que debajo de mi ropa formal y mi sonrisa educada había algo hambriento esperando que alguien lo sacara a la superficie.
También fantaseaba con ir más allá. Con que sus manos exploraran cada parte de mi cuerpo, incluso las que yo nunca había dejado que nadie tocase. Me imaginaba boca abajo, ofreciéndome entera, y él reclamando cada centímetro sin preguntar pero también sin hacerme daño. Esos pensamientos me hacían retorcerme en la cama a oscuras, con los dedos entre las piernas y la otra mano tapándome la boca.
Un viernes de noviembre decidí que ya no aguantaba más. Llevaba una semana entera sin poder concentrarme, rozándome contra la silla de la oficina como si tuviera quince años. Me puse un vestido negro que no usaba desde hacía meses, me pinté los labios de un rojo que no era mi estilo y salí a un bar del centro que alguien mencionó alguna vez. No tenía un plan. O quizás el plan era dejar que pasara lo que tuviera que pasar.
El lugar estaba medio lleno. Música baja, luces cálidas, ese tipo de sitio donde la gente va a conversar, no a gritar. Me senté en la barra y pedí un gin-tonic. Intenté parecer tranquila, pero sentía el pulso en las muñecas y una humedad entre los muslos que ya no podía atribuir al nerviosismo.
Lo vi al segundo trago. Estaba solo en una mesa cerca de la ventana, con un vaso de whisky y un libro que no estaba leyendo. Tendría unos cincuenta años, tal vez un poco menos. Pelo canoso cortado al ras, barba de tres días, hombros anchos bajo una camisa oscura. No era guapo de un modo convencional, pero tenía algo —una quietud, una seguridad— que me hizo cruzar y descruzar las piernas en el taburete.
Nuestras miradas se encontraron y él no apartó la vista. Yo tampoco. Fue un momento largo, incómodo, eléctrico. Sentí que me leía, que veía a través de mi vestido y mi lápiz labial y mi falsa calma. Tomó un sorbo de whisky sin dejar de mirarme y algo en mi estómago se contrajo.
Se levantó y caminó hacia la barra. Se sentó en el taburete de al lado sin pedir permiso, sin preguntar si el asiento estaba libre. Olía a madera y a algo cítrico. De cerca tenía arrugas en los ojos que le daban un aspecto cansado pero interesante.
—Llevas veinte minutos mirándome —dijo, sin introducción ni sonrisa.
—Tú también me mirabas —respondí.
—Yo sé lo que busco. ¿Tú lo sabes?
No debería haber funcionado. Una frase así, dicha por cualquier otro, me habría parecido ridícula. Pero la forma en que lo dijo —sin sonreír, sin coquetear, como si hiciera una pregunta clínica— me dejó sin respuesta inteligente.
—Creo que sí —dije, y mi voz salió más ronca de lo esperado.
Se llamaba Adrián. Me dijo poco de sí mismo y me preguntó mucho. No las preguntas habituales: no a qué me dedicaba ni de dónde era. Me preguntó qué me quitaba el sueño. Qué me hacía sentir incómoda. Cuándo había sido la última vez que había hecho algo que le diera verdadero miedo.
No sé si fue el alcohol o la forma en que me miraba, como si nada de lo que dijera pudiera escandalizarlo. Le confesé que tenía fantasías que no me atrevía a cumplir. Que me excitaba la idea de perder el control. Que llevaba meses pensando en un hombre que me dominara sin violencia pero sin contemplaciones. Que a veces la excitación era tan fuerte que tenía que tocarme en lugares donde no debía, y que eso también me ponía.
Adrián asintió como si le hubiera dicho que afuera hacía frío.
—¿Y por qué no lo has hecho? —preguntó.
—No había encontrado a nadie que me inspirara la confianza suficiente.
—¿Y ahora?
Lo miré a los ojos. Eran grises, o tal vez verdes bajo aquella luz.
—Ahora no estoy segura, pero quiero averiguarlo.
No me invitó con palabras. Dejó un billete en la barra, se puso de pie y me tendió la mano. Abierta, con la palma hacia arriba. Una oferta, no una orden. Todavía no.
La tomé.
Su apartamento estaba a cuatro calles. Caminamos en silencio. Sentía el aire frío de noviembre en las piernas y un calor absurdo entre ellas. No me tocó en todo el camino. No hacía falta. La anticipación era como una cuerda tensándose con cada paso.
***
El apartamento era sobrio. Pocos muebles, muchos libros, una lámpara de pie que derramaba un charco de luz dorada sobre la sala. Adrián cerró la puerta y se apoyó contra ella. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa algo antes de comprarlo.
—Antes de nada —dijo—, necesito que entiendas algo. No voy a hacer nada que tú no quieras. Si en algún momento quieres parar, dices «rojo» y paramos. Sin preguntas, sin drama. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza.
—Con palabras.
—Entendido.
—Bien.
Se apartó de la puerta y caminó hasta el centro de la sala. Se sentó en un sillón de cuero oscuro, cruzó las piernas y me miró desde allí con una calma que contrastaba con el desorden que yo sentía por dentro.
—Quítate los zapatos.
Me los quité. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos.
—Ahora acércate.
Caminé hasta quedar frente a él. Desde el sillón, sus ojos quedaban a la altura de mi pecho.
—Arrodíllate.
Y ahí estaba. La palabra que había imaginado cientos de veces. Que había susurrado para mí misma con los dedos entre las piernas en la oscuridad de mi habitación. Pero escucharla de una voz real, grave, sin disculpas, era otra cosa completamente distinta. Era como si alguien hubiera abierto una puerta que yo llevaba años empujando sin llave.
Mis rodillas tocaron el suelo. Sentí el frío de las baldosas a través de las medias y algo se soltó dentro de mí, una tensión que cargaba sin saberlo, como exhalar después de contener la respiración demasiado tiempo.
Adrián alargó la mano y me acarició el pelo. Despacio, como se acaricia a un animal nervioso. Enrolló un mechón entre sus dedos y tiró suavemente, lo justo para que mi cabeza se inclinara hacia atrás y tuviera que mirarlo desde abajo. Algo en esa perspectiva, en esa vulnerabilidad, me encendió más que cualquier beso que me hubieran dado.
—Así —dijo—. Justo así.
Con la otra mano me recorrió la mandíbula, el cuello, la clavícula. Su pulgar se detuvo en el hueco de mi garganta donde latía el pulso. Presionó apenas, lo suficiente para que yo sintiera mi propio corazón golpeando contra su dedo.
—Estás temblando —observó.
—No es miedo.
—Lo sé.
Me hizo levantarme y girar. Bajó la cremallera del vestido con una lentitud insoportable, dejando que cada centímetro de tela separada fuera una pequeña tortura. El vestido cayó al suelo y me quedé en ropa interior frente a él, de espaldas, sin poder verle la cara. Sentí su mirada como algo físico recorriéndome la columna, deteniéndose en cada curva.
—Las manos detrás de la espalda —ordenó.
Obedecí. Crucé las muñecas en la zona lumbar y esperé. Mi respiración era lo único que se oía en el apartamento. Escuché un cajón abrirse. Algo suave me rodeó las muñecas, una tira de tela que no era áspera, quizás seda. Lo ató con firmeza pero sin apretar demasiado.
—¿Color? —preguntó.
—Verde.
Me giró. Ahora estaba frente a él, atada, en ropa interior, y él seguía completamente vestido. Esa asimetría me excitó tanto que sentí cómo se me empapaba la tela entre las piernas. Adrián bajó la mirada hacia esa mancha oscureciéndose en el encaje y luego volvió a mis ojos con algo que parecía aprobación.
—Te gusta que te miren así —no era una pregunta.
—Sí.
Me empujó suavemente hasta el borde del sillón y me hizo inclinarme sobre el respaldo, con las manos todavía atadas a la espalda. El cuero estaba frío contra mi vientre. Me desabrochó el sujetador con una mano y lo dejó caer. Después bajó las bragas despacio, deslizándolas por mis muslos hasta que cayeron a mis tobillos. Estaba completamente desnuda y expuesta, doblada sobre su sillón, sin poder moverme ni cubrirme.
Su mano recorrió mi espalda, cada vértebra, la curva de la cintura, los costados, tomándose su tiempo como si estuviera memorizando la topografía de mi cuerpo. Cuando llegó a mis nalgas se detuvo y las separó con ambas manos. Sentí el aire frío en las partes más íntimas y un escalofrío me recorrió entera.
—Nadie te ha tocado aquí, ¿verdad? —preguntó, y su dedo recorrió la hendidura entre mis nalgas con una suavidad que me hizo apretar los puños detrás de la espalda.
—No —admití.
—Pero quieres que lo haga.
No era una pregunta. Sabía la respuesta antes de que yo la supiera.
—Sí —dije, y la palabra salió como un susurro ahogado contra el cuero.
Escuché el clic de un frasco. Sus dedos volvieron, ahora tibios y resbalosos, acariciando en círculos lentos alrededor de mi ano. No empujó, no forzó. Solo acarició hasta que mi cuerpo dejó de resistir y empecé a empujar hacia atrás buscando más presión. Su otra mano se deslizó entre mis muslos y me encontró empapada. Dos dedos entraron en mi sexo sin esfuerzo mientras el pulgar seguía dibujando círculos atrás, presionando apenas, entrando un centímetro y retirándose.
Gemí contra el cuero del sillón. No fue un sonido bonito ni calculado. Fue algo animal, gutural, un ruido que me habría avergonzado en cualquier otro lugar del mundo. Aquí no. Aquí era exactamente lo que se esperaba de mí.
—Más —pedí, y la palabra salió como una súplica.
Adrián no aceleró. Mantuvo el mismo ritmo, la misma presión enloquecedora, y me obligó a quedarme ahí, al borde del orgasmo sin dejarme caer. Su pulgar finalmente se deslizó dentro de mi culo, despacio, milímetro a milímetro, mientras los otros dos dedos seguían moviéndose dentro de mi sexo. La sensación de estar llena por ambos lados me arrancó un grito que no intenté contener.
—Todavía no —dijo con voz firme—. Cuando yo diga.
Perdí la noción del tiempo. Podían haber sido cinco minutos o treinta. Todo era sus manos, su voz dándome órdenes cortas que yo obedecía sin pensar —«no te muevas», «respira», «aguanta»—, el cuero pegándose a mi mejilla sudada, el tirón de la atadura en las muñecas cada vez que intentaba retorcerme. Me mantenía exactamente donde quería, justo en el borde, y cada vez que me acercaba demasiado retiraba la presión lo suficiente para hacerme retroceder.
—Por favor —pedí con la voz rota.
—¿Por favor qué?
—Déjame acabar.
—Dilo entero.
Cerré los ojos. El orgullo, la vergüenza, los restos de la mujer que había llegado al bar con su vestido negro y su falsa seguridad: todo se evaporó. Solo quedaba yo, desnuda y atada y mojada y desesperada, y la única verdad que importaba.
—Por favor, señor, déjeme acabar.
Sus dedos se curvaron dentro de mí, encontrando ese punto que me hizo arquear la espalda y apretar los dientes. El pulgar empujó un poco más profundo en mi culo. La otra mano se movió a mi clítoris y presionó con firmeza, sin piedad, con un ritmo que no me dejaba escapar.
—Ahora —dijo.
El orgasmo me atravesó como una descarga eléctrica. Grité contra el respaldo del sillón, apretando los puños detrás de la espalda, temblando de pies a cabeza. Fue largo, violento, casi doloroso en su intensidad. Oleada tras oleada mientras él no retiraba las manos, sosteniéndome en ese pico, obligándome a sentir cada segundo hasta que mi cuerpo dejó de sacudirse y me quedé jadeando con las piernas flojas y los ojos húmedos.
***
Me desató las muñecas con cuidado. Me frotó las marcas donde la tela había dejado líneas rosadas en la piel. Me envolvió en una manta que olía a suavizante, me sentó en el sillón a su lado y me dio un vaso de agua fría.
—¿Estás bien? —preguntó. Su voz era diferente ahora, más suave, casi tierna.
—Estoy perfecta —dije, y por primera vez en mucho tiempo era completamente cierto.
Nos quedamos así un rato largo, en silencio. No hicimos nada más esa noche. No hacía falta. Lo que había pasado era más que suficiente para procesar, para digerir, para cambiarme.
Me vestí alrededor de la una. Adrián me pidió un taxi y esperó conmigo en el portal. El aire frío de noviembre me golpeó la cara y sentí que todo era más nítido, los colores de los semáforos, el ruido de un coche lejano, el latido de mi propio cuerpo todavía vibrando.
—¿Esto va a repetirse? —pregunté antes de subir al coche.
—Eso depende de ti —respondió.
En el taxi, con las luces de la ciudad desfilando por la ventanilla, me toqué las muñecas donde habían estado las ataduras. Todavía sentía la presión fantasma de la seda. Me miré en el cristal oscuro y vi a una mujer que ya no necesitaba esconder lo que quería.
Lo que quiero es volver. Y esta vez, quiero que me pida más.
Saqué el teléfono y guardé su número. Sabía que lo llamaría antes de que terminara la semana.