El desconocido que me enseñó a arrodillarme
Nunca fui de contarle mis fantasías a nadie. Ni a mi mejor amiga, ni a las parejas que tuve, ni siquiera a mí misma en voz alta. Pero las tenía. Las tengo. Y cada día son más intensas, más detalladas, más difíciles de ignorar.
Empezó como algo controlable. Un pensamiento fugaz mientras me duchaba con el agua corriéndome entre las piernas, una imagen que se colaba en mi cabeza antes de dormir con la mano metida en las bragas. Un hombre sin rostro que me agarraba del pelo, me decía «abre la boca» y me la llenaba de polla hasta el fondo de la garganta. Yo obedecía sin dudar, y en esa obediencia encontraba algo que no sabía nombrar. Alivio, tal vez. O algo más profundo, algo que llevaba toda la vida necesitando sin saberlo.
Con el tiempo dejó de ser fugaz. Las fantasías empezaron a perseguirme a todas horas: en el trabajo mientras miraba la pantalla sin ver nada y notaba el coño hinchándose contra la costura del pantalón, en el supermercado mientras apretaba una fruta sin pensar y me imaginaba mamándosela a un desconocido en el almacén de atrás, en el metro cuando un hombre me rozaba el brazo por accidente y yo sentía un latigazo de calor entre las piernas que me dejaba las bragas pegadas a los labios. Me humedecía sin remedio. Llegué a masturbarme en el baño de la oficina dos veces en una misma tarde, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con dos dedos metidos en el coño hasta los nudillos y el clítoris hinchado contra el pulgar, corriéndome en silencio con las medias bajadas hasta los tobillos y el corazón en la garganta.
Lo que me excitaba no era el sexo en sí. Era la idea de entregarme. De que alguien me dijera «arrodíllate y abre la boca» y yo lo hiciera sin pensarlo. De sentir unas manos firmes en mi cintura obligándome a girar, posicionándome a cuatro patas, separándome las nalgas para mirarme el culo y el coño abiertos sin pedir permiso. De no tener que decidir nada, de soltar el peso de ser siempre la que controla todo en su vida. Quería ser usada, follada, abierta entera, y ese deseo me avergonzaba y me encendía a partes iguales.
Siempre imaginaba a un hombre mayor. No un anciano, pero sí alguien con canas en las sienes y manos grandes, alguien que supiera lo que hacía sin necesitar que yo le guiara. En mi fantasía, él me miraba como si pudiera leerme, como si supiera que debajo de mi ropa formal y mi sonrisa educada había una puta hambrienta esperando que alguien la sacara a la superficie.
También fantaseaba con ir más allá. Con que sus manos exploraran cada parte de mi cuerpo, incluso las que yo nunca había dejado que nadie tocase. Me imaginaba boca abajo, con el culo en pompa, ofreciéndome entera, y él reclamando cada agujero sin preguntar pero también sin hacerme daño. Me imaginaba la polla entrándome por delante y un dedo embadurnado entrándome por detrás al mismo tiempo, llenándome los dos huecos y dejándome sin aire. Esos pensamientos me hacían retorcerme en la cama a oscuras, con tres dedos hundidos en el coño empapado y la otra mano tapándome la boca para que no me oyeran corrirme los vecinos.
Un viernes de noviembre decidí que ya no aguantaba más. Llevaba una semana entera sin poder concentrarme, rozándome el coño contra el borde de la silla de la oficina como si tuviera quince años. Me puse un vestido negro que no usaba desde hacía meses, debajo unas bragas de encaje minúsculas y nada de sujetador, me pinté los labios de un rojo que no era mi estilo y salí a un bar del centro que alguien mencionó alguna vez. No tenía un plan. O quizás el plan era dejar que la primera polla decente que me cruzara la noche me partiera por la mitad.
El lugar estaba medio lleno. Música baja, luces cálidas, ese tipo de sitio donde la gente va a conversar, no a gritar. Me senté en la barra y pedí un gin-tonic. Intenté parecer tranquila, pero sentía el pulso en las muñecas, los pezones tiesos rozando la tela del vestido y una humedad entre los muslos que ya no podía atribuir al nerviosismo. Las bragas se me estaban empapando antes de hablar con nadie.
Lo vi al segundo trago. Estaba solo en una mesa cerca de la ventana, con un vaso de whisky y un libro que no estaba leyendo. Tendría unos cincuenta años, tal vez un poco menos. Pelo canoso cortado al ras, barba de tres días, hombros anchos bajo una camisa oscura. No era guapo de un modo convencional, pero tenía algo —una quietud, una seguridad— que me hizo cruzar y descruzar las piernas en el taburete frotándome los muslos para aliviar la presión en el coño.
Nuestras miradas se encontraron y él no apartó la vista. Yo tampoco. Fue un momento largo, incómodo, eléctrico. Sentí que me leía, que veía a través de mi vestido y mi lápiz labial y mi falsa calma. Tomó un sorbo de whisky sin dejar de mirarme y algo en mi estómago se contrajo. Los pezones me dolían de lo duros que estaban.
Se levantó y caminó hacia la barra. Se sentó en el taburete de al lado sin pedir permiso, sin preguntar si el asiento estaba libre. Olía a madera y a algo cítrico. De cerca tenía arrugas en los ojos que le daban un aspecto cansado pero interesante.
—Llevas veinte minutos mirándome —dijo, sin introducción ni sonrisa.
—Tú también me mirabas —respondí.
—Yo sé lo que busco. ¿Tú lo sabes?
No debería haber funcionado. Una frase así, dicha por cualquier otro, me habría parecido ridícula. Pero la forma en que lo dijo —sin sonreír, sin coquetear, como si hiciera una pregunta clínica— me dejó sin respuesta inteligente. Sentí el coño contraerse alrededor de nada.
—Creo que sí —dije, y mi voz salió más ronca de lo esperado.
Se llamaba Adrián. Me dijo poco de sí mismo y me preguntó mucho. No las preguntas habituales: no a qué me dedicaba ni de dónde era. Me preguntó qué me quitaba el sueño. Qué me hacía sentir incómoda. Cuándo había sido la última vez que había hecho algo que le diera verdadero miedo.
No sé si fue el alcohol o la forma en que me miraba, como si nada de lo que dijera pudiera escandalizarlo. Le confesé que tenía fantasías que no me atrevía a cumplir. Que me excitaba la idea de perder el control. Que llevaba meses pensando en un hombre que me dominara sin violencia pero sin contemplaciones. Le dije que soñaba con que me ataran, me follaran la boca hasta que se me corrieran las lágrimas y me llenaran cada agujero. Que a veces la excitación era tan fuerte que me metía los dedos en el culo en la ducha solo por probar, y que eso también me ponía como una perra.
Adrián asintió como si le hubiera dicho que afuera hacía frío.
—¿Y por qué no lo has hecho? —preguntó.
—No había encontrado a nadie que me inspirara la confianza suficiente.
—¿Y ahora?
Lo miré a los ojos. Eran grises, o tal vez verdes bajo aquella luz.
—Ahora no estoy segura, pero quiero averiguarlo.
No me invitó con palabras. Dejó un billete en la barra, se puso de pie y me tendió la mano. Abierta, con la palma hacia arriba. Una oferta, no una orden. Todavía no.
La tomé.
Su apartamento estaba a cuatro calles. Caminamos en silencio. Sentía el aire frío de noviembre en las piernas y un calor absurdo entre ellas. Las bragas se me habían empapado hasta el punto de notar la humedad bajándome por la cara interna del muslo. No me tocó en todo el camino. No hacía falta. La anticipación era como una cuerda tensándose con cada paso.
***
El apartamento era sobrio. Pocos muebles, muchos libros, una lámpara de pie que derramaba un charco de luz dorada sobre la sala. Adrián cerró la puerta y se apoyó contra ella. Me miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa algo antes de comprarlo.
—Antes de nada —dijo—, necesito que entiendas algo. No voy a hacer nada que tú no quieras. Si en algún momento quieres parar, dices «rojo» y paramos. Sin preguntas, sin drama. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza.
—Con palabras.
—Entendido.
—Bien.
Se apartó de la puerta y caminó hasta el centro de la sala. Se sentó en un sillón de cuero oscuro, cruzó las piernas y me miró desde allí con una calma que contrastaba con el desorden que yo sentía por dentro.
—Quítate los zapatos.
Me los quité. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos.
—Ahora acércate.
Caminé hasta quedar frente a él. Desde el sillón, sus ojos quedaban a la altura de mi pecho.
—Arrodíllate.
Y ahí estaba. La palabra que había imaginado cientos de veces. Que había susurrado para mí misma con los dedos hundidos en el coño en la oscuridad de mi habitación. Pero escucharla de una voz real, grave, sin disculpas, era otra cosa completamente distinta. Era como si alguien hubiera abierto una puerta que yo llevaba años empujando sin llave.
Mis rodillas tocaron el suelo. Sentí el frío de las baldosas a través de las medias y algo se soltó dentro de mí, una tensión que cargaba sin saberlo, como exhalar después de contener la respiración demasiado tiempo. El coño me palpitaba ya solo con estar de rodillas frente a él.
Adrián alargó la mano y me acarició el pelo. Despacio, como se acaricia a un animal nervioso. Enrolló un mechón entre sus dedos y tiró suavemente, lo justo para que mi cabeza se inclinara hacia atrás y tuviera que mirarlo desde abajo. Algo en esa perspectiva, en esa vulnerabilidad, me encendió más que cualquier beso que me hubieran dado.
—Así —dijo—. Justo así.
Con la otra mano me recorrió la mandíbula, el cuello, la clavícula. Su pulgar se detuvo en el hueco de mi garganta donde latía el pulso. Presionó apenas, lo suficiente para que yo sintiera mi propio corazón golpeando contra su dedo. Después subió y me metió el pulgar en la boca. Yo lo chupé sin que tuviera que pedírmelo, cerrando los labios alrededor, lamiéndoselo despacio mirándolo a los ojos.
—Buena chica —murmuró, y sentí que se me contraía todo el coño.
—Estás temblando —observó.
—No es miedo.
—Lo sé.
Se desabrochó el cinturón sin prisa, con una sola mano, mientras la otra seguía sujetándome del pelo. El sonido de la hebilla en aquel silencio fue casi obsceno. Bajó la cremallera. Se sacó la polla y la dejó frente a mi cara: gruesa, dura, la cabeza ya brillante de líquido, una vena marcada recorriéndola por debajo. No me la metió. La pasó por mis labios, dejándome un rastro pegajoso de la comisura a la mejilla, marcándome como suya antes de usarme.
—Abre la boca —dijo.
La abrí. Empujó lento, sin violencia pero sin parar, hasta que me la metió hasta el fondo y la punta me chocó contra la garganta. Tuve una arcada, los ojos se me llenaron de lágrimas, y aun así empujé hacia él para tomar más. Adrián gimió por primera vez en toda la noche, un sonido bajo y satisfecho, y me sujetó la cabeza con las dos manos.
—Quieta —ordenó—. Déjame a mí.
Empezó a follarme la boca. Despacio al principio, sacándomela hasta los labios y volviéndomela a hundir hasta la nariz aplastada contra su vientre. La saliva me chorreaba por la barbilla, me caía sobre las tetas desnudas que ya se asomaban por encima del escote del vestido. Cada embestida me hacía gemir alrededor de la polla, y mis gemidos lo ponían más duro: la sentía hincharse contra la lengua, palpitar contra el paladar.
—Mírame —dijo.
Lo miré desde abajo, con la boca llena, los ojos llorosos, el pintalabios corrido por toda la barbilla. Él me sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, satisfecha, casi tierna en contraste con lo que estaba haciéndome.
—Eres una belleza con una polla en la boca —dijo—. Lo sabes, ¿no?
Intenté responder y solo me salió un gemido ahogado. Él se rió bajito y me la sacó de un tirón. Un hilo de saliva conectó mi boca con la punta, brillando bajo la luz dorada de la lámpara.
—Levántate.
Me costó. Las rodillas me ardían y las piernas me temblaban. Cuando estuve de pie me hizo girar. Bajó la cremallera del vestido con una lentitud insoportable, dejando que cada centímetro de tela separada fuera una pequeña tortura. El vestido cayó al suelo y me quedé en bragas frente a él, de espaldas, sin sujetador, sin poder verle la cara. Sentí su mirada como algo físico recorriéndome la columna, deteniéndose en el culo, en la curva de la cintura.
—Las manos detrás de la espalda —ordenó.
Obedecí. Crucé las muñecas en la zona lumbar y esperé. Mi respiración era lo único que se oía en el apartamento. Escuché un cajón abrirse. Algo suave me rodeó las muñecas, una tira de tela que no era áspera, quizás seda. Lo ató con firmeza pero sin apretar demasiado.
—¿Color? —preguntó.
—Verde.
Me giró. Ahora estaba frente a él, atada, casi desnuda, con la polla hinchada de él todavía sobresaliendo del pantalón abierto, mojada de mi saliva. Esa asimetría me excitó tanto que sentí cómo me chorreaba el coño por dentro del encaje. Adrián bajó la mirada hacia esa mancha oscureciéndose en las bragas y luego volvió a mis ojos con algo que parecía aprobación.
—Mira cómo me has puesto las bragas —dijo—. Estás chorreando, putita.
—Sí, señor.
—Te gusta que te miren así.
—Sí.
Me agarró un pezón entre el pulgar y el índice y lo retorció con calma medida. No fue suave. Tampoco fue cruel. Fue exactamente la presión que necesitaba para que se me escapara un gemido largo y se me doblaran las rodillas. Después hizo lo mismo con el otro pezón, mirándome a la cara mientras me lo apretaba, estudiando cada mueca, cada respiración rota.
—Tienes unas tetas preciosas —dijo, agachándose para chuparme un pezón y morderlo apenas—. Me las voy a follar otro día.
Me empujó suavemente hasta el borde del sillón y me hizo inclinarme sobre el respaldo, con las manos todavía atadas a la espalda. El cuero estaba frío contra mis tetas, contra el vientre. Me bajó las bragas despacio, deslizándolas por mis muslos hasta que cayeron a mis tobillos. Estaba completamente desnuda y expuesta, doblada sobre su sillón, con el culo en pompa y el coño abierto al aire, sin poder moverme ni cubrirme.
Su mano recorrió mi espalda, cada vértebra, la curva de la cintura, los costados, tomándose su tiempo como si estuviera memorizando la topografía de mi cuerpo. Cuando llegó a mis nalgas se detuvo y las separó con ambas manos. Sentí el aire frío en las partes más íntimas, el ojo del culo expuesto, el coño goteando entre los labios hinchados, y un escalofrío me recorrió entera.
—Mírate —dijo, y oí el clic de su teléfono. No me dejó ver. Solo me lo describió—. Tienes el culo apretado y el coño abierto chorreando. Tienes los labios brillantes de lo mojada que estás. Pareces hecha para esto.
Pasó dos dedos por la entrada de mi sexo, recogiendo la humedad, y luego me los metió en la boca por encima del respaldo. Los chupé sin que tuviera que decírmelo, lamiéndome a mí misma de sus dedos, gimiendo de la vergüenza y del deseo.
—Buena chica —repitió.
Volvió a abrirme las nalgas.
—Nadie te ha tocado aquí, ¿verdad? —preguntó, y su dedo recorrió la hendidura entre mis nalgas con una suavidad que me hizo apretar los puños detrás de la espalda.
—No —admití.
—Pero quieres que lo haga.
No era una pregunta. Sabía la respuesta antes de que yo la supiera.
—Sí —dije, y la palabra salió como un susurro ahogado contra el cuero.
—Dilo bien. Dime qué quieres.
—Quiero que me meta el dedo en el culo, señor. Por favor.
Se rió bajito, satisfecho.
—Aprendes rápido.
Escuché el clic de un frasco. Sus dedos volvieron, ahora tibios y resbalosos, acariciando en círculos lentos alrededor de mi ano. No empujó, no forzó. Solo acarició hasta que mi cuerpo dejó de resistir y empecé a empujar hacia atrás buscando más presión, ofreciéndole el culo como una puta. Su otra mano se deslizó entre mis muslos y me encontró empapada. Dos dedos entraron en mi coño sin esfuerzo, hasta los nudillos, mientras el pulgar seguía dibujando círculos atrás, presionando apenas, entrando un centímetro y retirándose, haciéndome enloquecer.
Gemí contra el cuero del sillón. No fue un sonido bonito ni calculado. Fue algo animal, gutural, un ruido que me habría avergonzado en cualquier otro lugar del mundo. Aquí no. Aquí era exactamente lo que se esperaba de mí.
—Más —pedí, y la palabra salió como una súplica—. Por favor, más.
—¿Más qué? Habla claro.
—Más dedos. Métamelos hasta el fondo. Fólleme con los dedos, señor.
Adrián no aceleró. Mantuvo el mismo ritmo, la misma presión enloquecedora, y me obligó a quedarme ahí, al borde del orgasmo sin dejarme caer. Su pulgar finalmente se deslizó dentro de mi culo, despacio, milímetro a milímetro, mientras los otros dos dedos seguían moviéndose dentro de mi coño curvándose hacia arriba para arañar ese punto que me hacía ver luces. La sensación de estar llena por ambos lados me arrancó un grito que no intenté contener.
—Mira qué bien te abres —murmuró—. Mírate cómo aprietas mis dedos con el coño. Me los estás chupando entera.
—Sí, señor.
—Y el culo apretándome el pulgar como una virgen. Imagínate cuando te meta la polla aquí. Otro día. Hoy no.
Gemí solo de pensarlo. La idea de volver, de que él decidiera cuándo y cómo, me puso al borde.
—Todavía no —dijo con voz firme—. Cuando yo diga.
Perdí la noción del tiempo. Podían haber sido cinco minutos o treinta. Todo era sus manos, su voz dándome órdenes cortas que yo obedecía sin pensar —«no te muevas», «respira», «aguanta», «aprieta mis dedos», «más fuerte»—, el cuero pegándose a mi mejilla sudada, el tirón de la atadura en las muñecas cada vez que intentaba retorcerme. Me mantenía exactamente donde quería, justo en el borde, y cada vez que me acercaba demasiado retiraba la presión lo suficiente para hacerme retroceder. El coño me chorreaba por los muslos, una mancha brillante en el cuero debajo de mí.
—Eres una puta perfecta —dijo, y la frase, lejos de ofenderme, me hizo apretar todo a su alrededor—. Mi puta. ¿Verdad?
—Sí, señor. Su puta.
—Por favor —pedí con la voz rota—. Por favor.
—¿Por favor qué?
—Déjeme acabar.
—Dilo entero.
Cerré los ojos. El orgullo, la vergüenza, los restos de la mujer que había llegado al bar con su vestido negro y su falsa seguridad: todo se evaporó. Solo quedaba yo, desnuda y atada y empapada y desesperada, y la única verdad que importaba.
—Por favor, señor, déjeme correrme. Déjeme correrme en sus dedos. Por favor.
Sus dedos se curvaron dentro de mí, encontrando ese punto que me hizo arquear la espalda y apretar los dientes. El pulgar empujó un poco más profundo en mi culo. La otra mano se movió a mi clítoris hinchado y presionó con firmeza, sin piedad, frotando con un ritmo que no me dejaba escapar.
—Córrete —dijo—. Ahora.
El orgasmo me atravesó como una descarga eléctrica. Grité contra el respaldo del sillón, apretando los puños detrás de la espalda, temblando de pies a cabeza. Sentí el coño contraerse en oleadas violentas alrededor de sus dedos, mojándole la mano entera, chorreando por la muñeca. Fue largo, brutal, casi doloroso en su intensidad. Oleada tras oleada mientras él no retiraba las manos, sosteniéndome en ese pico, frotándome el clítoris hinchado hasta hacerme suplicar entre los dientes apretados, obligándome a sentir cada segundo hasta que mi cuerpo dejó de sacudirse y me quedé jadeando con las piernas flojas, el culo todavía en alto y los ojos húmedos.
Sacó los dedos despacio. Sentí el vacío de golpe, la pérdida. Me dio la vuelta sin desatarme y me hizo arrodillarme otra vez frente a él. Tenía la polla afuera todavía, durísima, brillante de líquido preseminal en la punta.
—Abre la boca —dijo, y empezó a masturbarse a centímetros de mi cara—. Y saca la lengua.
Saqué la lengua, miré hacia arriba, y esperé. Tres golpes de su muñeca después se corrió: el primer chorro me cayó en la lengua, caliente y espeso; el segundo me marcó la mejilla y la comisura; el tercero me salpicó las tetas, escurriéndome por entre los pechos. Mantuve la boca abierta hasta que él me agarró del mentón, me cerró la mandíbula con suavidad y me dijo:
—Trágate.
Tragué. Sentí su semen bajándome por la garganta, salado y caliente, mientras él me limpiaba la mejilla con el pulgar y me lo metía en la boca para que terminara de chuparlo.
—Buena chica —repitió en voz baja, mirándome con una ternura que no encajaba con lo que acababa de pasar y que aun así era exactamente lo que necesitaba.
***
Me desató las muñecas con cuidado. Me frotó las marcas donde la tela había dejado líneas rosadas en la piel. Me llevó al baño, me limpió la cara y el pecho con una toalla tibia, me peinó hacia atrás el pelo pegado en sudor a la frente. Me envolvió en una manta que olía a suavizante, me sentó en el sillón a su lado y me dio un vaso de agua fría.
—¿Estás bien? —preguntó. Su voz era diferente ahora, más suave, casi tierna.
—Estoy perfecta —dije, y por primera vez en mucho tiempo era completamente cierto.
Nos quedamos así un rato largo, en silencio. Él me acariciaba el pelo. Yo sentía el semen todavía bajándome por la garganta y un latido sordo entre las piernas, satisfecha y dolorida a la vez. No hicimos nada más esa noche. No hacía falta. Lo que había pasado era más que suficiente para procesar, para digerir, para cambiarme.
Me vestí alrededor de la una. Las bragas seguían empapadas, así que me las guardé en el bolso y me puse el vestido sobre el cuerpo desnudo. Adrián me pidió un taxi y esperó conmigo en el portal. El aire frío de noviembre me golpeó la cara y sentí que todo era más nítido, los colores de los semáforos, el ruido de un coche lejano, el latido de mi propio coño todavía vibrando.
—¿Esto va a repetirse? —pregunté antes de subir al coche.
—Eso depende de ti —respondió—. La próxima vez te follo. Por los tres agujeros, si te portas bien.
Sentí un tirón en el bajo vientre tan fuerte que tuve que agarrarme a la puerta del taxi.
—Me portaré bien —prometí.
Sonrió apenas y me cerró la puerta.
En el taxi, con las luces de la ciudad desfilando por la ventanilla, me toqué las muñecas donde habían estado las ataduras. Todavía sentía la presión fantasma de la seda. Me pasé la lengua por los labios y noté un resto salado de él. Me miré en el cristal oscuro y vi a una mujer que ya no necesitaba esconder lo que quería: una puta hambrienta y satisfecha y dispuesta a volver por más.
Lo que quiero es volver. Y esta vez, quiero que me llene entera. Por delante, por detrás y por la boca. Hasta que no me quede ni un hueco sin marcar.
Saqué el teléfono y guardé su número. Sabía que lo llamaría antes de que terminara la semana. Y mientras lo guardaba, con el coño todavía palpitando y el sabor de él en la lengua, supe también que aquella noche no había sido un final. Había sido la primera vez que me dejaba ser exactamente lo que era.


