La aventura de lunes que mi novio jamás supo
El domingo por la noche, Ramiro me escribió para recordarme que pasaría por mí antes de las diez. Llevábamos semanas sin vernos, desde aquella fiesta donde terminamos bailando demasiado cerca y él me susurró al oído cosas que no debería haberme dicho. Era el hombre de mi primera vez, de años atrás, y tenía esa habilidad de aparecer siempre en los momentos equivocados.
Acordamos que me llevaría a la plaza a hacer unos pagos y luego desayunaríamos juntos. Simple. Sin pretensiones. Eso me decía yo esa mañana mientras buscaba qué ponerme.
Elegí una falda corta, una blusa ligera y mis tenis de siempre. Para la ropa interior fui práctica: estaba a unos días de que me bajara, así que me puse mi calzón grande de tela suave, beige, de esos que no aprietan ni juzgan. No tenía ánimo de nada sofisticado esa mañana.
A las nueve y media sonó el claxon frente a mi casa.
Ramiro tenía el mismo gesto de siempre al verme subir al coche: esa mirada de arriba abajo que no intenta disimularse. Me saludó con el apodo que me puso de chavos, uno que nadie más usaba, y eso fue suficiente para que se me apretara el coño sin permiso.
Arrancó sin decir mucho. Al primer semáforo, noté que se había desabrochado el pantalón. Conducía con una mano mientras con la otra se sacaba la polla de los calzoncillos, despacio, sin ningún apuro, mirando al frente como si eso fuera lo más natural del mundo. La tenía hinchada, gorda, con la cabeza morada y brillante asomando entre sus dedos.
—Mira cómo amanecí —dijo, sin mirarse siquiera, dándose una pasada lenta con el puño.
—Eso es tu problema, no el mío —respondí, pero no aparté los ojos del parabrisas.
Mentira. Ya era mi problema también.
La verdad era que llevaba semanas en modo automático con mi novio: las mismas rutinas, los mismos silencios, la misma cama tibia sin sorpresas. Ramiro, en cambio, tenía esa cualidad molesta de encender todo lo que debería estar quieto, y siempre aparecía cuando más falta hacía. De reojo veía cómo se la trabajaba, cómo el prepucio le subía y bajaba descubriendo esa cabeza gruesa, y cómo una gota de presemen le brillaba en la punta.
—Tócala —dijo, sin pedirlo del todo—. Solo siente cómo está.
Estiré la mano sin pensarlo. La polla me llenó la palma, caliente y dura como un fierro envuelto en piel. La apreté de la base hasta la punta, sintiendo cómo latía bajo mis dedos, y él soltó el aire por la nariz como si llevara horas aguantándose.
—Así, cabrona —murmuró—. Mira cómo te recuerda.
Le solté antes de que se pusiera peor. Me limpié los dedos pegajosos contra la falda y miré por la ventana, fingiendo que no estaba mojada hasta las rodillas.
En el desayuno dentro de la plaza no paró. Hablaba bajito, con la boca rozando mi oreja, describiendo con una precisión casi clínica lo que haría si estuviéramos solos: cómo me iba a abrir las piernas, cómo me iba a meter la lengua hasta sacarme jugo, cómo me iba a coger contra la pared hasta que se me olvidara mi nombre. Pedimos huevos y café. Yo apenas probé el mío.
—Ya para —le dije en algún momento, mirando hacia las otras mesas.
—No puedo —respondió, completamente tranquilo—. Es que me desesperan tus piernas con esa falda. Tengo ganas de metértela hasta el cuello.
Sentí calor subiéndome desde la nuca. Y más abajo también: el coño me palpitaba debajo del calzón, y notaba cómo la tela se me había puesto pegajosa de tanto escucharlo. Eso no lo dije.
Hicimos los pagos en una ventanilla del segundo piso. Él estuvo detrás de mí todo el tiempo, con las manos en mis caderas cuando creía que nadie miraba, y en un descuido me pegó la verga dura contra el culo a través de la falda, una sola vez, restregándomela despacio. Cuando terminamos, en lugar de ir hacia la salida, me tomó de la muñeca y me dirigió hacia el estacionamiento subterráneo.
—¿A dónde vamos? —pregunté, aunque mi cuerpo ya lo intuía.
—Conozco un rincón que siempre está solo. Te voy a coger ahí mismo.
El nivel dos del estacionamiento olía a concreto húmedo y a motor apagado. Había un rincón al fondo, lejos de las cámaras, con el techo bajo y poca luz. Aparcó y apagó el motor.
Me pidió que me bajara la falda. Solo eso, solo para verme un momento, dijo. Yo miré a los lados, no había nadie, y accedí. Me bajé la falda hasta medio muslo y me acomodé de costado en el asiento del copiloto, con las piernas bien cerradas.
—Las piernas no, mamita —dijo, con esa voz ronca que se le ponía cuando ya no aguantaba—. Ábrete.
Las separé despacio, mordiéndome el labio. Él me miró el calzón empapado y soltó una risa baja.
—Mira nada más. Si estás chorreando, cabrona. Y todavía te haces la digna.
Se desplazó desde su asiento, inclinándose sobre mí. Me bajó el calzón sin mucha ceremonia, deslizándomelo por los muslos hasta dejármelo enredado en una rodilla. Hundió la cara entre mis piernas antes de que pudiera reaccionar y me pasó la lengua de abajo arriba, larga y plana, lamiéndome el coño entero, deteniéndose en el clítoris para chuparlo con los labios. Me arqueé contra el respaldo y solté un gemido que retumbó en el techo del coche.
—Cállate, que nos van a oír —dijo, sonriendo contra mi sexo, sin dejar de lamerme.
Me metió dos dedos de una vez, hasta los nudillos, mientras me chupaba el clítoris con saliva sobrante, y empezó a moverlos curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que él sí se sabía de memoria. Yo me agarré del tablero, jadeando con la boca abierta, sintiendo cómo el coño me apretaba alrededor de sus dedos y cómo la humedad me resbalaba hasta el ojete. Cuando me tuvo bien empapada y palpitando se enderezó, se sacó la polla del pantalón otra vez —dura, hinchada, lista— y empujó la punta gruesa contra mi entrada.
La metió de una sola metida, hincándomela entera, sin aviso ni delicadeza. El coche crujió cuando se acomodó encima de mí, pegando su cadera a la mía, y yo sentí cómo me llenaba de golpe, estirándome por dentro con esa mezcla de dolorcito y gusto sucio que hace que una se quede quieta solo para dejarlo entrar mejor.
—Ah, hijo de puta —gimoteé bajito, agarrándole los hombros—. Más despacio.
—Más despacio una chingada —resopló, y se salió hasta la punta para volverla a clavar de un solo golpe—. Esto es lo que querías desde la fiesta, no te hagas.
Era corto pero grueso. Cada embestida era completa y profunda, y la cabeza me golpeaba en el fondo con un ruido seco que me sacaba un quejido cada vez. Me tomó de la cintura con los dedos apretados y se movió con un ritmo que no tardó demasiado en romperse: la cogida pasó de marcada y constante a brutal, los muelles del asiento chillando, los vidrios empañándose, mis tetas brincándome dentro de la blusa con cada embestida.
Gruñó contra mi cuello.
—Así, cabrón —murmuró, casi entre dientes, mientras me clavaba la verga hasta el fondo y se salía apenas para volver a meterla con una fuerza obscena—. Así te gusta, ¿verdad, putita? Bien abierta, bien empalada. Dime que te gusta.
—Me gusta —jadeé, sin reconocerme la voz—. Cógeme, cógeme bien.
—Más fuerte, dilo más fuerte.
—Más fuerte, cógeme más fuerte.
Yo apreté los muslos alrededor de su cintura, sintiendo cómo la punta me golpeaba adentro una y otra vez, rozándome donde más sensible estaba. El aire del estacionamiento se me hizo insuficiente. Ramiro me agarraba duro, como si quisiera dejarme marcada, y cada vez que se hundía del todo soltaba un jadeo áspero que me vibraba en la nuca. Me mordió el cuello, me chupó un pezón a través de la blusa hasta dejarme la tela transparente de saliva, y volvió a hundirse contra mí con la verga reventándome por dentro.
—Me vengo, mamita —gruñó—. Me vengo adentro.
—No, no aquí —alcancé a decir, pero ya era tarde y los dos lo sabíamos.
Sentí el calor adentro antes de entender bien lo que había pasado: espeso, abundante, quedándose ahí dentro. Su cuerpo se tensó con varias sacudidas cortas, y la polla siguió empujando mientras él se corría, soltando el semen a pulsos profundos que me llenaron por completo. Cada chorro lo sentí distinto, caliente, golpeándome el fondo, hasta que ya no le quedó nada y aun así siguió moviéndose, restregándose contra mí, embarrándome bien la corrida por todas las paredes del coño.
Me quedé respirando por la boca, sintiendo cómo aquello me escurría por dentro, caliente y pegajoso, mientras él todavía se movía un poco más, como si quisiera asegurarse de no dejar ni una gota afuera. Cuando por fin sacó la polla, una hilera blanca me cayó por la entrepierna hasta la tela del asiento.
—Me vine dentro —dijo, como si me lo estuviera informando, agarrándomela todavía con la mano para vaciar las últimas gotas en la entrada de mi coño.
—Ya me di cuenta —respondí, todavía con la respiración rota—. Ahora me vas a comprar lo que se debe.
—Claro, claro —dijo, ya recomponiéndose.
Agarré mi calzón del tobillo y me lo subí sin limpiarme. Sentí cómo todo el semen se me embarraba en la tela apenas la tuve puesta. Yo no me había venido. Eso tampoco lo dije.
Salimos del estacionamiento sin hablar mucho más. Me dejó frente a la entrada de la escuela veinte minutos después, a unas cuadras del parque de la colonia. Caminé hacia la puerta sintiendo ese peso tibio entre las piernas, filtrándose despacio hacia la tela del calzón, recordándome con cada paso lo que acababa de pasar.
***
La escuela de diseño era un edificio de techos altos con luz de fluorescente que hacía todo parecer que duraba más de lo necesario. Llegué justo a tiempo para la primera clase y me senté al fondo, como siempre.
Sebastián estaba a mi lado. Era mi compañero más cercano desde el primer semestre: alto, delgado, con gafas de carey y esa costumbre de hablar bajito cuando decía algo que valía la pena escuchar. Era abiertamente gay, lo sabía todo el mundo, lo que le daba una especie de carta libre que los demás no teníamos.
A media tarde, mientras terminábamos de ajustar un maniquí juntos, le conté lo que había pasado. No con todos los detalles, pero sí los suficientes: que un amigo me había llevado a la plaza, que terminamos en el estacionamiento, que él se vino dentro y yo no, y que todavía traía la corrida embarrada en el calzón.
Sebastián dejó los alfileres sobre la mesa y me miró por encima de las gafas.
—¿En serio? ¿Y te quedaste así todo el día? —preguntó.
—Así quedé, sí. Chorreando.
Hizo una pausa pequeña. Luego dijo, con total naturalidad:
—Fíjate que yo llevo toda la mañana pensando que necesito que alguien me la mame. Alguien que sepa hacerlo bien.
Me reí. Era el tipo de comentario que solo podía venir de él, sin trampa ni pretensión oculta.
—¿Me estás pidiendo que te ayude, en serio? —dije.
—Solo digo que si alguien supiera, yo lo agradecería mucho. Y tú creo que sí sabes.
La clase había terminado. El pasillo estaba vacío. Cerramos la puerta del salón desde adentro y le puse el seguro.
Me arrodillé frente a él sobre la baldosa fría. Bajé el cierre de su pantalón despacio y le saqué la polla de los calzoncillos. Lo que encontré me sorprendió: largo, delgado, con una cabeza desproporcionadamente grande en relación con el resto, brillante y pronunciada, que apuntaba levemente hacia abajo con su propio peso. Era una verga rara y bonita, distinta a cualquiera que hubiera tenido en la boca.
La agarré de la base y le di una pasada lenta con la lengua desde el huevo hasta la punta, deteniéndome en el frenillo, dándole pequeños lengüetazos a esa cabeza enorme antes de metérmela completa en la boca. Empecé a chupársela con cuidado, tanteando los bordes, metiéndomela más profundo cuando él dejó escapar un sonido pequeño que me indicó que iba por buen camino.
Sebastián ponía la mano sobre mi cabeza con suavidad, sin presionar, pero los dedos se le crispaban en mi pelo cada vez que le pasaba la lengua por la hendidura. Hacía pequeños sonidos contenidos, los de alguien que no quiere que lo escuchen desde el pasillo.
—Joder, qué rico —murmuró—. Mira cómo me la chupas. No pares, por favor, no pares.
Yo le mamaba la polla despacio, luego más rápido, tragándomela hasta que la cabeza brillante me rozaba el fondo de la garganta y me daba arcadas. Cada vez que sentía que se le hinchaba más, me la sacaba para escupirle saliva en la punta y volver a hundírmela toda. Él soltaba respiraciones cortas, moviendo apenas las caderas, mientras yo le pasaba la lengua por la hendidura y le mojaba el prepucio con saliva. Le agarré los huevos con una mano y se los amasé suavemente mientras con la otra le bombeaba la base sincronizada con mi boca.
La verga se le endureció todavía más entre mis labios y el peso de ella me llenó la boca de un sabor salado y fuerte que me hizo apretar las piernas sin querer. Sentía cómo se me empapaba el calzón otra vez, mezclando lo nuevo con lo que ya traía de Ramiro. Le saqué la polla un momento para chuparle los huevos uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca, y él soltó un gemido entrecortado y me empujó la cabeza para que volviera a la punta.
A la mitad me detuvo y me miró con los ojos entornados, las gafas un poco caídas sobre la nariz.
—Dame más —susurró—. Quiero metértela. Solo un momento, por favor.
—Por el coño no —dije, todavía con la voz pastosa por la saliva—. Traigo todo lleno.
Sebastián me miró un segundo y se humedeció los labios.
—Por el otro lado, entonces.
Tragué saliva. Me levanté. Me volteé y me apoyé en la mesa de trabajo con las palmas abiertas. Él me bajó la falda y el calzón de un movimiento lento, y soltó un siseo cuando vio cómo lo traía todo embarrado por dentro.
—Mira nada más cómo te dejaron —murmuró, casi para sí mismo, y antes de que pudiera decir nada, sentí su boca en un lugar completamente inesperado: la lengua explorando el borde del ano con una concentración que casi hacía reír de lo metódica que era. Me separó las nalgas con las dos manos y se hundió ahí, lamiéndome el ojete con la punta de la lengua, dando vueltas alrededor, empujándola adentro.
—No hagas eso —dije, pero me salió más suave de lo que quería.
No me hizo caso. Siguió con paciencia, sin apurarse, ensartándome la lengua dentro del culo y sacándola para volver a lamerme entera, mezclando la saliva con lo que me chorreaba del coño. Lo que yo sentía era una mezcla de vergüenza y algo más difícil de nombrar, algo que se iba abriendo paso con cada segundo que pasaba. Me apreté contra su cara sin querer y él soltó una risa pequeña, satisfecha, antes de meterme un dedo lubricado con su propia saliva.
—Tranquila —dijo, moviéndolo despacio—. Te voy a abrir bien primero.
Me metió un segundo dedo y empezó a hacerlos girar, abriéndome de a poco, mientras con la otra mano me pellizcaba un pezón por debajo de la blusa. El culo me ardía y palpitaba, y yo me mordía el antebrazo para no gemir tan fuerte. Cuando me preguntó si podía, yo ya estaba en otro estado. Dije que sí sin terminar de pensarlo bien.
Escupió, lubricó esa enorme cabeza con cuidado, untándola bien, y se escupió otra vez en la mano para embarrársela toda. Apoyó la punta contra mi ojete y empezó a entrar muy despacio. Sentí el momento en que la resistencia cedía: dolió con esa intensidad que quema y sorprende al mismo tiempo pero que no hace que uno pida que pare. Cada milímetro de esa cabeza abriéndose paso fue concreto e inequívoco, una presión enorme que me partía en dos.
—Ay, espérate, espérate —gemí, agarrándome de la mesa con las uñas clavadas en la madera.
—Aguanta, mamita, ya casi entra todo —jadeó él, agarrándome las caderas, empujando un poquito más con cada exhalación.
Cuando estuvo adentro del todo me quedé quieta un momento, respirando, sintiendo ese miembro larguísimo plantado hasta el fondo del culo. Era una sensación que no se parecía a ninguna otra: el ardor mezclado con una plenitud sucia que me hacía temblar las piernas.
Comenzó a moverse. Profundo. Lento al principio, sacándose la verga casi entera para volverla a hundir milímetro a milímetro, luego con más determinación. Me agarró de las caderas y me fue empujando contra la mesa, marcando un ritmo pesado que me hacía temblar las piernas. La polla me abría por dentro con cada vaivén, entrando y saliendo con un sonido húmedo, sucio, de carne contra carne. Yo tenía las manos clavadas en la madera y la cara ardiendo, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo de ese espesor caliente.
—Así —dijo él, respirando fuerte—. Así, no te me vayas a mover. Quiero sentirte bien apretada. Dios, qué culo tan rico.
Me bajó la mano por delante hasta meterla entre mis piernas, y empezó a frotarme el clítoris al ritmo de las embestidas mientras seguía cogiéndome por detrás. El coño todavía me chorreaba semen ajeno, y sus dedos chapoteaban en esa humedad mientras me clavaba la verga en el otro agujero. Era demasiado: dos sensaciones distintas tirando para lados opuestos, y yo entre las dos sin poder pensar en nada.
Cuando se puso más brusco, el golpe de su cadera me arrancó un gemido que me obligué a morderme. Él siguió, clavándose hasta el fondo, soltando esos jadeos contenidos que se le escapaban entre dientes.
—Me vengo —dijo de pronto, con la voz ahogada—. Me vengo, mamita, ¿puedo adentro?
—Sí, ya, vente —jadeé, sin poder articular más.
Aferró mis caderas con los dedos y se quedó ahí, en espasmos, vaciándose bien adentro, más profundo que nada que yo hubiera sentido antes en ese lugar. Sentí la corrida caliente expandirse dentro de mí, espesa y abundante, llenándome por detrás mientras su respiración se volvía entrecortada y su cuerpo se tensaba sobre el mío. Cada chorro lo sentía subir por toda esa verga larga hasta soltarse en el fondo, y él seguía empujando despacio, gimiendo bajito contra mi nuca, vaciándomela a fondo.
—Dios —murmuró al salir, con la frente apoyada en mi espalda. La polla le salió cubierta de su propia corrida, y por mi ojete bajó un hilo blanco y pegajoso que me corrió por el muslo.
Me dio un beso suave en la nuca. Recogió su ropa y yo la mía. Me limpié como pude con un trapo que encontré en la mesa, pero la sensación de tenerlos a los dos adentro no se iba a ir tan fácil. Nos despedimos en la puerta sin decir nada más, uno por un pasillo y yo por el otro, como si hubiéramos estado trabajando hasta tarde.
Salí a la calle con dos cargas distintas en el cuerpo y cero orgasmos propios. Era una estadística que me parecía completamente injusta.
***
El camino a casa fue largo. Tomé el metro hasta el distribuidor y de ahí el camión. Me tocó sentada, lo cual fue un alivio. Sentía el cuerpo de una manera particular, esa sensación de algo que no termina de cerrarse del todo, de espacio que va cediendo de a poco. Cada movimiento del camión me recordaba lo que tenía adentro.
Llegué a mi cuarto antes de que nadie me viera bien la cara.
Sobre el cajón de la cocina había un pepino que llevaba días esperando su uso correcto. Era grueso, con una superficie irregular que no era exactamente lo que un agricultor imagina, pero que para lo que yo necesitaba esa tarde servía perfectamente.
Me quité la falda y el calzón, que para ese punto ya tenían toda la historia del día guardada en la tela: una mancha amarillenta atrás y otra al frente, mezcladas. Me acosté en la cama con las piernas bien abiertas y me pasé un dedo por el coño para ver qué tan empapada seguía. Todavía me salía de adentro un hilo de semen tibio cada vez que apretaba los muslos.
Me chupé los dedos —tenían sabor a Ramiro, a sal y a algo más fuerte— y agarré el pepino. Lo pasé primero por mi propia humedad para lubricarlo, restregándomelo contra el clítoris hasta que se me escapó un suspiro largo. Luego empecé despacio: lo metí por el coño centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría con esa textura áspera, distinta a la de una polla, pero igual de satisfactoria por gruesa.
Lo fui metiendo y sacando con cuidado, buscando el ángulo que me daba ese roce sucio y profundo que me hacía arquear la espalda. La cabeza del pepino me golpeaba el fondo con cada empuje y yo lo apretaba con las paredes del coño, sintiendo cómo la humedad me resbalaba por los dedos y manchaba la sábana de abajo. Con la otra mano empecé a tocarme el clítoris con dos dedos, dando círculos rápidos, pellizcándomelo de vez en cuando para sentir esa chispa de dolor que mejora todo.
Después me lo saqué, todavía chorreando, y lo bajé hasta el ojete. Estaba abierto, tibio, todavía un poco lubricado por la corrida de Sebastián. Le di vueltas a la punta contra el borde y empujé hacia adentro despacio, sintiendo el ardor familiar volver, esa sensación de plenitud sucia. Una vez adentro, lo moví con calma, sacándolo casi entero para volver a hundirlo, mientras seguía dándome círculos en el clítoris cada vez más rápido.
Con una mano me separé mejor las nalgas y con la otra apreté el pepino contra mí, sintiendo cómo la humedad me resbalaba por los dedos. Me mordí el labio y seguí, más rápido, hasta que el cuerpo me empezó a temblar por completo. La presión se fue acumulando en el centro, como un nudo que de pronto se rompe.
Pensé en Ramiro conduciéndome hacia el rincón oscuro del estacionamiento con esa tranquilidad suya de quien sabe lo que quiere, en cómo me había clavado la polla sin avisar y se había vaciado adentro sin preguntar. Pensé en la voz de Sebastián diciéndome solo un momento, y en cómo ese momento fue bastante más, en su verga larguísima abriéndome el culo contra la mesa del taller. Pensé en cómo ninguno de los dos se había preocupado especialmente por si yo llegaba o no, en cómo me habían usado como una putita complaciente, y en cómo eso, de alguna manera que no podía justificarse, era parte de lo que lo hacía excitante.
Lo que no llegó en todo el día llegó en cuestión de minutos. Me aferré a la almohada con la otra mano, apretando el pepino bien hundido en su sitio mientras el orgasmo me sacudía desde adentro hacia afuera. El coño se me contrajo en oleadas, el culo se me apretó alrededor del pepino, y los dos agujeros palpitaron al mismo tiempo, expulsando lo que les quedaba de los dos hombres. Gemí contra la tela, bajito, con la puerta cerrada y la tarde cobrándose lo que me debía.
Me dio un segundo orgasmo casi enseguida, más corto pero igual de fuerte, cuando me imaginé a los dos ahí al mismo tiempo, uno en cada lado, embistiéndome a la vez. Saqué el pepino con cuidado y lo dejé sobre una servilleta. Me quedé un rato respirando con las piernas todavía abiertas, sintiéndome vacía y satisfecha por primera vez en todo el día.
Después me bañé. El agua caliente fue lo más honesto del día. Vi cómo se me iba todo por el desagüe, todo lo de ellos, todo lo mío, mezclado y desapareciendo.
Me puse la pijama: una blusa larga y un calzón limpio. Bajé a cenar.
***
Mi mamá estaba poniendo la mesa cuando entré a la cocina. Mi papá leía en la sala. Mi hermana menor veía el teléfono sentada en la silla de siempre.
—Hija, tienes la cara muy colorada —dijo mi mamá, mirándome con esa atención de madre que no deja pasar nada—. ¿Te pegó el sol?
—Anduve caminando bastante —respondí, sirviéndome un vaso de agua—. Hace calor afuera.
Mi papá entró y se sentó frente a mí. Comimos los cuatro con la conversación de siempre: la escuela, el tráfico, si había comido bien. Respondí con monosílabos. En algún momento noté que mi papá me miraba fijo, sin el teléfono, con una fijeza que no era la de siempre. Me cubrí un poco y seguí comiendo.
Qué día tan raro había sido.
Nadie sabía nada y eso era lo más extraño de todo: que uno podía cargar un día entero lleno de cosas que no deberían haber pasado, llegar a casa, sentarse a esa misma mesa de siempre y que todo pareciera completamente igual.
Mi mamá con su preocupación por el sol. Mi hermana con el teléfono. Mi papá con esa mirada que yo fingía no ver.
Y yo, ahí en el centro de esa mesa, con el día entero guardado por dentro como algo que solo me pertenecía a mí.
Terminé de cenar, di las buenas noches y subí a dormir.
