Mi prima Lucía y el límite que cruzamos esa tarde
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Le abrí el portón a las ocho y media con stilettos, medias negras y la falda más corta que tenía. Llevaba cuarenta días sin tenerme y no pensaba hacerle esperar más.
Cuando entré al salón, él ya tenía la orden lista: yo debía seducir a Daniela antes de que él la abordara. La pantalla del cuarto de invitados estaría encendida.
Subí a conocer el piso nuevo y a brindar con cava. No bajé hasta la mañana siguiente, con su perfume todavía pegado a la piel y un secreto que nadie debía saber.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.
Entré a esa habitación con la rabia de quien ya sabe la verdad. Lo que encontré me dejó clavada en el sitio durante cuarenta minutos que no pienso olvidar.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.