Mi sobrino me arrinconó en la despensa esa mañana
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Estaba lista desde las cuatro de la tarde, empapada y necesitada, cuando aquel hombre bajito tocó a mi puerta sin imaginar que yo descubriría su apodo a la fuerza.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Salí de casa siendo su alumna y volví convertida en su mujer. Todo empezó con una clase de manejo que llegó tarde, una tarde de viernes y una mirada que no se despegaba de mis piernas.
Mi hermano de diecisiete años llevaba dos semanas sin levantarse de la cama. Yo decidí que la cura era acostarme con él. Lo que no imaginé fue lo que vendría después.
Bajo mi camisa de botones hay encaje. Bajo el pantalón formal, medias de red y ligueros. Mis compañeros ven a Matías. Yo sé quién soy en realidad.
Dos copas de vino, una bata de seda y el timbre a las diez de la noche. Era Ernesto, y esa mirada suya decía que no venía a pedir azúcar.
Me vestí para impresionar a nadie, o eso creía. Dos guardias me cortaron el paso con una sonrisa que decía que sabían exactamente quién era yo.
Llevaba meses intercambiando correos con él, sin saber si me atrevería. El día llegó y subí al taxi con las manos temblando y las medias en la mochila.
Cerré la puerta con llave y me quité la bata. Marcos me miró desde la cama con los ojos abiertos y algo que no era solo gratitud.
Llevábamos semanas escuchándonos a través de las paredes. Esa noche ella apareció en el salón con un camisón blanco y una sonrisa que no tenía nada de inocente.
La esperé media hora en el salón. Cuando volvió, llevaba un vestido blanco corto, medias a juego y un velo en el moño. Sonrió y me dijo: vamos a jugar a que eres mi marido.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Le abrí el portón a las ocho y media con stilettos, medias negras y la falda más corta que tenía. Llevaba cuarenta días sin tenerme y no pensaba hacerle esperar más.
Cuando entré al salón, él ya tenía la orden lista: yo debía seducir a Daniela antes de que él la abordara. La pantalla del cuarto de invitados estaría encendida.
Subí a conocer el piso nuevo y a brindar con cava. No bajé hasta la mañana siguiente, con su perfume todavía pegado a la piel y un secreto que nadie debía saber.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.