Desperté atrapado entre las sábanas de Soledad
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
La primera vez que me arrodillé frente a mi primo dejé de ser quien era. Lo que vino después me cambió el cuerpo para siempre.
Amarrada en su sillón, con el vestido de princesa y la cara pintada, escuché que golpeaban la puerta. Y entendí que esa noche dejaría de ser solo suya.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Durante seis meses tuvimos la casa para nosotros, y el contrato que nos unía se volvió una rutina de la que ninguno de los dos quería escapar.
En cuanto el ascensor se cierra, mi hermana me besa como si llevara toda la semana esperándolo. Y la verdad es que los dos lo hacíamos.
Llevaba un bikini negro diminuto, dos triángulos atados con cordones, y me miró por encima del hombro como si ya supiera lo que iba a pasar entre nosotros.
Llevaba años mirándola cuando nadie miraba. Esa noche, con la casa vacía y una botella de vino entre los dos, dejé de fingir que solo era el marido de su hija.
Cada noche, antes de dormir, Carla me susurraba «buenas noches, princesa». Tardé meses en entender que esa palabra no era un juego, sino una orden.
Nadie en la discoteca sabía lo que llevaba debajo del pantalón. Yo tampoco sabía hasta dónde me llevaría esa pequeña prenda de encaje rojo.
Me afeitaba, me ponía la peluca y los tacones, y le hablaba a la cámara como si alguien fuera a venir de verdad. Una noche, alguien vino.
Me senté en la banca con el vestido más corto que tenía, esperando a un desconocido que solo me conocía por una pantalla. No sabía que esa noche dejaría de ser virgen.
Abrí la puerta a las tres de la madrugada y la encontré tambaleándose con los tacones en la mano. Ninguno de los dos imaginaba lo que esa noche iba a desatar.
Aquel beso en la mejilla giró hacia mi boca y, aunque no abrí los labios, sentí su lengua. Ahí supe que frenar a mi propio hijo iba a costarme más de lo que admitía.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
Llevaba años evitando mirarla, pero esa tarde, con el camisón pegado al cuerpo y los dos solos en su casa, supe que ya no iba a poder fingir que era solo mi tía.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Regresé a casa de mis padres con la maleta llena de ropa de chico y el cuerpo cambiando bajo las hormonas. No imaginé que mi primo notaría todo.
Cuando bajó por otro batido, la persona que le devolvió el espejo ya no se llamaba como él. Y, por primera vez, le gustó lo que vio.
Ella me miraba con esos ojos color miel desde el otro lado de la barra, y cuando por fin me besó en aquel rincón oscuro, sentí algo duro presionar contra mi pierna.