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Relatos Ardientes

La travesti de la oficina que los tuvo de rodillas

3.5(50)

Era pasadas las diez y cuarto de la noche cuando Camila cerró el cajón de recepción y apagó la última pantalla. El edificio había quedado casi vacío una hora antes: solo persistían el zumbido sordo de los fluorescentes sobre las mesas desiertas y el pitido lejano del ascensor respondiendo a alguna planta que nadie debería estar ocupando a esas horas. Sus tacones —quince horas sobre ellos, negros, de aguja, con la tira del talón que amenazaba con dejar una rozadura para el día siguiente— le habían convertido los pies en dos brasas. Cada paso desde el mostrador hasta la sala del personal era una tortura ascendente que le subía por los gemelos y terminaba hundiéndose en las caderas como un clavo fino.

Pero era la otra incomodidad, la que llevaba cosida al cuerpo desde la mañana, la que le ponía el estómago en tensión.

Bajo la falda de tubo color grafito, ajustada y profesional, la tela del tanga presionaba contra la polla semierecta que su cuerpo producía sin pedirle permiso. El glande pegajoso por el líquido que se le había escapado a lo largo del día, rozando contra el algodón húmedo cada vez que daba un paso. Los huevos sudados, apretados entre los muslos por la presión de la lencería ajustada. El recordatorio físico y constante de la distancia entre lo que proyectaba al mundo y lo que escondía debajo. Camila conocía esa sensación tan bien que había aprendido a ignorarla durante el día, a convertirla en una especie de combustible de baja intensidad que ardía despacio y sin llama visible. Lo había perfeccionado en siete años de trabajo cara al público.

Lo que nunca había conseguido ignorar era la forma en que algunos hombres la miraban.

No todos. Solo algunos. Y siempre de la misma manera: empezaban por la cara, bajaban al pecho, seguían más abajo, y terminaban levantando de nuevo la mirada con algo diferente en los ojos. Una pregunta sin formular. Una certeza a medias que no sabían si confirmar o dejar estar. La pregunta de si, debajo de la falda de tubo, lo que se adivinaba era lo que ellos sospechaban.

Marcelo fue el primero en aparecer en el pasillo. Cuarenta y tantos años, traje de rayas con la chaqueta desabrochada y la corbata aflojada hasta la mitad del pecho, barba de varios días que le daba ese aspecto de hombre que ya no necesita esforzarse delante de nadie. Lo había visto presidir reuniones con esa voz grave que no pedía validación ni la esperaba. Esa noche no iba a presidir nada.

—¿Te vas ya, Camila? —preguntó, apoyando el hombro en el marco de la puerta. Su mirada bajó un segundo, calculada y sin pretender disimularlo, deteniéndose justo donde la falda se tensaba sobre el bulto—. Iba a quedarme un rato con los chicos. Unas cervezas, algo de música. Sin agenda, ya sabes. Fuera del horario.

Detrás de él aparecieron dos más.

Sebastián, de marketing, con esa sonrisa ladeada de quien sabe que gusta y lo gestiona sin esfuerzo aparente. Julián, del departamento técnico, más callado, con los ojos oscuros fijos en ella con una atención que no tenía nada de inocente. Los tres llevaban semanas mirándola de esa misma manera, y Camila lo sabía porque prestaba atención a ese tipo de cosas. Había oído fragmentos de conversaciones cortadas cuando ella entraba en una sala. Había visto mensajes en pantallas mal giradas. Sabían lo suficiente para que su curiosidad se hubiera convertido en algo más concreto. Sabían que tenía polla y querían comprobarlo.

Camila sintió el calor subirle desde el esternón hasta la base del cuello. Y un poco más abajo, una sacudida que le tensó la tela del tanga.

—Los pies me están matando —dijo, y su voz salió más ronca de lo que pretendía, el cansancio mezclado con algo que prefería no identificar en voz alta—. Ha sido un día muy largo.

Marcelo esbozó una sonrisa lenta, de las que no llegan a ser una sonrisa del todo.

—Pues quítatelos. Aquí no hay nadie que juzgue nada.

Sebastián se cruzó de brazos. Camila notó perfectamente cómo el bulto en sus pantalones de vestir ya estaba marcándose contra la tela.

—Sabemos que eres diferente, Camila. Eso nos parece bien. Más que bien, de hecho.

Ella los miró en silencio, uno a uno. Marcelo con su arrogancia de ejecutivo desgastada por el día. Sebastián con esa confianza calculada que nunca se apagaba del todo. Julián, que no había dicho nada todavía, con los ojos clavados en ella como si ya estuviera contando cuánto tiempo faltaba para que tomara una decisión.

El corazón le latía con fuerza, pero la voz interior que a veces le advertía que se marchara, que no era buena idea, que el cuerpo no acompañaba, esa noche estaba llamativamente callada.

En su lugar había otra cosa. Más fría. Más limpia. Más caliente entre las piernas.

—Está bien —dijo al fin—. Pero las condiciones las pongo yo. Y si alguno se pasa, se va. ¿Entendido?

Los tres asintieron casi a la vez.

***

La sala de reuniones olía a café de la mañana y a papel impreso. Habían bajado las persianas antes de entrar. La única luz venía de las tiras de emergencia a ras del suelo y del brillo azulado de un portátil olvidado en la esquina de la mesa larga. En la pizarra del fondo todavía quedaba el residuo de una presentación del miércoles, medio borrada, con una gráfica de barras que ya no tenía ningún contexto ni ningún sentido.

Camila entró la última. Cerró la puerta con cuidado. Echó el pestillo. Se quitó un tacón con calma y lo dejó caer sobre la moqueta. El sonido fue seco, definitivo. El otro siguió. Después se sentó en el borde de la mesa de cristal, cruzó las piernas y los miró.

—Primero quiero veros a vosotros. Desnudos. Todos. Quiero ver con qué venís.

Los tres se miraron un segundo, ese momento de calibración masculina que a ella siempre le resultaba curioso, como si necesitaran confirmar entre ellos que la situación era real. Luego empezaron.

Marcelo fue el primero en soltar la corbata y deshacerse de la chaqueta. La camisa cayó al suelo sin doblarse. Se bajó el pantalón y los calzoncillos a la vez, con la torpeza apurada de quien lleva pensando en ese momento más tiempo del que está dispuesto a admitir. Su polla saltó hacia delante ya completamente dura, gruesa, con el glande oscuro asomando del prepucio recogido y una vena gorda recorriéndola por debajo. Sebastián se desabrochó la camisa desde arriba, botón a botón, con la eficiencia de quien lo ha hecho muchas veces sin pensar; debajo tenía el pecho liso y un tatuaje en el antebrazo que nunca había sido visible bajo las mangas largas de las reuniones formales. Cuando se bajó los pantalones, la suya era más larga que la de Marcelo, algo más fina, con el glande rosado y húmedo en la punta. Julián fue más torpe, o quizás más nervioso; se desabrochó el cinturón directamente y dejó caer los pantalones sin ninguna solemnidad. La que él tenía entre las piernas era la más oscura de las tres, más corta pero notablemente gruesa, con los huevos pesados y bajos.

Tres hombres de pie frente a ella. Tres pollas duras apuntándole. Y ninguno fingía que era otra cosa.

Camila los estudió sin prisa. El pecho de Marcelo, con ese vello oscuro que le bajaba hasta el ombligo y seguía hasta la mata espesa de su pubis. El cuerpo más delgado de Sebastián, los abdominales marcados, la polla rebotándole levemente contra el vientre cada vez que respiraba. Julián, más bajo y de hombros anchos, con la piel morena y las manos grandes y quietas a los lados, conteniéndose para no tocarse.

Se mordió el labio inferior un momento.

Luego se puso de pie, metió los pulgares en el elástico del tanga y se lo bajó despacio, sin apartar la mirada de los tres. La tela se le quedó enredada un instante en el muslo. Levantó la falda con un gesto lento, recogiéndola hasta la cintura, y la sostuvo apretada contra el vientre.

Su polla salió a la vista. Dura, mediana, con la piel tirante y el glande mojado, una gota de líquido preseminal colgándole de la punta y resbalando despacio. Debajo, los huevos recogidos contra el cuerpo. Las piernas largas, depiladas, los muslos firmes de los tacones.

El silencio que siguió duró quizás cuatro segundos.

—Madre mía —murmuró Sebastián, y se llevó la mano a su propia polla sin pensarlo, apretándosela en la base.

Julián no dijo nada. Tragó saliva. Camila vio cómo se le movió la nuez en la garganta.

Marcelo dio un paso al frente.

—Para —dijo Camila.

Se detuvo en seco.

—Arrodíllate.

Y lo hizo. El ejecutivo que la semana anterior había presidido una reunión de resultados anuales se dejó caer de rodillas sobre la moqueta con esa misma naturalidad con la que firmaba documentos. Ahora miraba hacia arriba y ella hacia abajo, y ninguno de los dos fingió que aquello era otra cosa que lo que era.

—Chúpamela —dijo ella, y el verbo le salió limpio, sin titubeo—. Despacio. Quiero sentir la lengua, no los dientes. Si aceleras sin que yo te lo diga, paro y se la doy a otro. ¿Está claro?

—Sí —dijo Marcelo con la voz cambiada.

—Abre la boca.

La abrió. Camila le agarró la polla con una mano y se la apoyó sobre la lengua, sin meterla del todo todavía. El glande mojado le dejó un rastro brillante en el labio inferior. Marcelo cerró los ojos un instante.

—Mírame —ordenó ella.

Los abrió.

—Ahora.

El calor de la boca fue inmediato y completo. Camila apretó el borde de la mesa con la otra mano y dejó caer la cabeza hacia atrás un segundo, el pelo suelto rozándole los omóplatos, antes de volver a bajarla para no perderse el espectáculo. Marcelo había empezado por la punta, lamiendo el glande con cuidado, recogiendo el líquido preseminal con la lengua plana antes de meterse la polla en la boca hasta la mitad. La lengua trabajaba con torpeza honesta —demasiada presión en algunos momentos, demasiado ritmo en otros— pero con una voluntad evidente que compensaba lo demás.

—Más despacio —repitió Camila, y le agarró del pelo con la mano libre—. Ahuécala. Hazme un hueco con la lengua. Así.

Corrigió. La saliva empezó a chorrearle por las comisuras y a caerle por la barbilla hasta el pecho desnudo. Camila empujó las caderas hacia delante, dándole el control de cuánto entraba, y la polla le entró hasta el fondo de la garganta. Marcelo tragó. Tosió un segundo. Volvió a abrir más la boca.

—Eso es. Buen chico. Hasta el fondo.

Sebastián se acercó por detrás sin que se lo pidiera. Le apartó el pelo del cuello con dos dedos y le mordió la piel entre el hombro y la oreja, sus dientes dejando una presión que no llegaba a doler pero que tampoco desaparecía. Camila notó la polla durísima de Sebastián clavándosele en el bajo de la espalda a través de la falda subida, dejándole un rastro caliente de líquido en la piel desnuda de la cadera. Empezó a desabrocharle la blusa desde arriba, botón a botón, sin precipitarse. Cuando le abrió la tela, le agarró las tetas con las dos manos y le pellizcó los pezones a la vez, tirando de ellos con la fuerza justa para que Camila gimiera por encima de la polla que tenía Marcelo en la boca.

—Joder, qué duras las tienes —murmuró Sebastián contra su oreja, frotándole la polla contra el culo por encima de la falda—. Llevo meses imaginándotelas.

—Pues mírame ahora —dijo ella, girando la cabeza para mirarle—. Y aprende.

Julián se quedó donde estaba, mirando, con la polla en la mano apretándose despacio. Esperando instrucciones.

—Ven —dijo Camila, señalándole con dos dedos un punto justo delante de su cara—. Quiero la tuya en la boca mientras este me chupa la mía.

Julián obedeció sin hablar. Se acercó hasta dejarle el glande grueso a un palmo de los labios. Camila sacó la lengua y se lo lamió en la punta, recogiendo la gota de preseminal que tenía colgando, y después se la metió entera en la boca de un solo movimiento que le hizo cerrar los ojos a Julián y soltar el primer gemido de la noche.

—Eso, así —murmuró Camila al sacársela un segundo—. Tienes la polla preciosa. Bien ancha. Métela hasta el fondo.

Y se la volvió a meter ella sola.

***

Lo que siguió fue una coreografía sin ensayo. Camila la dirigió con indicaciones cortas y precisas, y los tres la escucharon con una atención que no tenía nada de servicial: era algo más cercano al reconocimiento, ese que se produce cuando alguien sabe exactamente lo que quiere y no tiene ninguna duda al pedirlo.

—Siéntate ahí —le dijo a Marcelo, separándole la polla de la boca con un hilo de saliva colgando entre ellos. Señaló la silla del fondo con respaldo recto—. Esa.

Obedeció. Se sentó con las piernas abiertas y la polla apuntándole al techo, brillante de su saliva, hinchada y palpitándole al ritmo del pulso.

—Mójala bien —dijo Camila, escupiéndose en la palma y bajándose a por ella. Le agarró la polla con la mano llena de saliva y se la frotó despacio, de la base al glande, repartiéndole el lubricante natural por toda la longitud—. No quiero ir seca.

Se subió la falda hasta la cintura. Le dio la espalda a Marcelo y se colocó encima de él de espaldas, una mano en el reposabrazos de la silla para estabilizarse, la otra guiándole la polla hasta su ojete. Apoyó el glande contra el agujero y se quedó así un segundo, respirando, dejando que el calor del prepucio le abriera un poco la entrada antes de empujar.

—No te muevas —murmuró—. El ritmo lo llevo yo. Si te corres antes de que te lo diga, no vuelves a follarme nunca. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Marcelo con la voz rasposa.

Empezó a bajar. Centímetro a centímetro. El glande presionó, cedió el primer anillo de músculo y empezó a entrar. El calor fue intenso, la fricción más, el ardor justo en el límite entre el dolor y el placer. Apretó los dientes y soltó el aire por la nariz muy despacio, midiendo cada segundo, dejando que su cuerpo se acostumbrara a tenerlo dentro. Cuando llegó hasta el fondo y sintió los huevos de Marcelo contra el culo, gimió largo, los ojos entrecerrados.

—Joder —murmuró—. Qué gorda la tienes.

Su propia polla había vuelto a ponerse durísima delante de ella, asomando entre la falda subida y el vientre, goteando.

Sebastián se arrodilló detrás de ella sin que se lo pidiera, intuyendo. La lengua que sintió entre las caderas fue fría al principio, explorando con cautela, lamiéndole los huevos por debajo mientras la polla de Marcelo seguía clavada en su culo. Camila apretó los músculos sin querer en respuesta, y Marcelo soltó un quejido por debajo de ella. Después la lengua de Sebastián subió por el perineo, recorriendo el espacio entre los huevos y el agujero, lamiendo en círculos alrededor del punto donde la polla de Marcelo le abría el ojete.

—Ay, joder, sigue ahí —gimió Camila—. Justo ahí.

Sebastián siguió. Le metió la lengua entre el culo y la polla de Marcelo, le lamió los huevos a Marcelo de paso, volvió a subir hasta el agujero estirado, lamiéndole los bordes donde la piel se tensaba con la penetración. Cada pasada de lengua le mandaba un latigazo por la columna.

Julián se colocó frente a ella de pie. Tenía la polla a la altura justa para que Camila pudiera lamerla sin agacharse demasiado. La agarró con la mano y empezó a chupársela, marcando ella el ritmo, hundiendo la cabeza despacio hasta dejarle el glande golpeándole el fondo de la garganta y volviendo a subir. Julián le puso una mano en la nuca, sin empujar, solo dejándola.

Empezaron a moverse.

Lento al principio. El ritmo lo marcaba ella: cuándo subía las caderas dejando salir la polla de Marcelo hasta el glande, cuándo bajaba de golpe hasta empalarse hasta el fondo, cómo inclinaba la pelvis para sentirla más profunda, qué era permitido y qué no. Los tres respondían a su cuerpo con esa concentración que ella solo había encontrado en los hombres que tenían claro que el placer no era un derecho sino una consecuencia de prestar atención.

—Así —decía cuando algo funcionaba.

—Para —decía cuando no.

Y paraban.

—Más fuerte —le ordenó a Marcelo en un momento, agarrándose de los reposabrazos con las dos manos para tomar impulso—. Empuja desde abajo. Fóllame de verdad.

Marcelo le clavó las manos en las caderas y empezó a empujar desde abajo, levantándole el culo del asiento con cada embestida. El golpe seco de los huevos contra ella, el ruido húmedo de la penetración, los gemidos de los cuatro mezclándose. Sebastián tuvo que apartarse un segundo, pero volvió enseguida, ahora lamiéndole los pezones desde atrás, una mano por delante apretándole la polla a Camila y masturbándosela despacio al ritmo de las embestidas de Marcelo.

—Joder, te corre tanto líquido como si fueras a correrte ya —murmuró Sebastián contra su cuello, mostrándole los dedos brillantes que acababa de retirar del glande de Camila.

—Chúpate los dedos —dijo ella sin dejar de chupar a Julián.

Sebastián se metió los dos dedos en la boca y los lamió.

—Buen sabor.

—La próxima vez te la trago entera.

Camila volvió a centrarse en Julián. Lo tenía a punto. Lo notaba en la tensión de los huevos cada vez que se los apretaba con la mano libre, en la forma en que se le sacudían las caderas sin querer.

—Tú no te corras todavía —le advirtió, sacándosela un segundo, mirándole a los ojos—. Quiero la corrida en la cara, no en la boca. Y la quiero al final, no ahora.

—Joder —murmuró él—. Está bien.

Lo apartó un momento. Le hizo señas a Sebastián.

—Tú, ven aquí. Quítate de detrás. Ponte delante.

Sebastián se levantó del suelo, con la polla colgándole pesada y goteando, brillante de saliva propia. Se puso de pie frente a ella, en el mismo sitio donde estaba Julián un segundo antes.

—La tuya también —dijo Camila, agarrando las dos pollas a la vez con una mano y la otra. Las apretó una contra otra y empezó a chupar el glande de Sebastián primero, después el de Julián, alternando, lamiendo la juntura, metiéndose las dos puntas en la boca a la vez cuando podía—. Quiero las dos juntas.

Mientras tanto, Marcelo seguía follándola desde abajo, ahora más lento porque ella se lo había ordenado para que no acabara antes de tiempo, pero hundiéndole la polla hasta el fondo con cada embestida y haciéndola gemir por encima de las pollas que tenía en la boca.

El sudor le formó un hilo en la columna que le bajaba hasta el coxis. Sus propios gemidos se mezclaron con los de los tres hombres, todos distintos en timbre y urgencia. Marcelo gruñendo desde el pecho con cada embestida desde abajo, Sebastián jadeando con los dientes apretados, Julián con un quejido grave casi continuo. La sala de reuniones llenó ese espacio habitual de silencio institucional con una densidad que la habitación nunca había tenido en sus horas de uso regular. La gráfica de ventas seguía en la pizarra, indiferente al ruido húmedo de las pollas entrando y saliendo, al olor a sexo y a sudor que ya empezaba a impregnar la moqueta.

Camila sintió el orgasmo construirse desde abajo, lento y sin prisa, como una presión que fuera llenando un depósito que tardara mucho en colmarse. Le subía desde el ojete que tenía abierto y palpitando alrededor de la polla de Marcelo, le recorría las pelotas, se le concentraba en la base de la polla. Se quedó en el borde más tiempo del que habría podido anticipar, saboreando esa tensión que era mitad sensación física y mitad algo más difícil de nombrar: el placer de que tres hombres acostumbrados a ocupar espacio, a que el mundo girara alrededor de sus decisiones, esperaran ahora sus instrucciones con atención genuina, con las pollas duras en sus manos o dentro de su cuerpo, sin moverse hasta que ella decidiera.

Se sacó las dos pollas de la boca. Se apoyó en los reposabrazos. Se incorporó un poco para coger ángulo.

—Ahora todos —ordenó—. Marcelo, fóllame fuerte. Como si no hubiera mañana. Vosotros dos, en la cara, los dos a la vez. Os corréis cuando yo me corra.

No era necesario añadir más. Los tres lo entendieron.

Marcelo le clavó los dedos en las caderas y empezó a embestir desde abajo a un ritmo que ella ya no controlaba, levantándole el culo del asiento con cada empujón, la polla entrándole hasta el fondo, los huevos golpeándole los suyos con un sonido húmedo y constante. Sebastián y Julián se pusieron uno a cada lado de su cara, masturbándose rápido, las pollas a centímetros de sus labios y sus mejillas.

Camila se agarró su propia polla con la mano que le quedaba libre y empezó a sacudírsela rapidísimo, sincronizándose con las embestidas de Marcelo desde abajo. El orgasmo llegó largo, con sacudidas que le recorrieron la espalda desde las caderas hasta los hombros. El primer chorro le salió por encima del hombro de Sebastián y le manchó la pizarra de la presentación, dejando un goterón blanco encima de la gráfica de barras. El segundo le cayó sobre el propio vientre. Siguió corriéndose con espasmos, gimiendo abierta de boca.

Sintió a Marcelo tensarse debajo de ella al mismo tiempo, la polla hinchándosele dentro un segundo antes de que llegara el calor interno que reconoció sin palabras: el primer chorro de semen contra la pared del culo, después el segundo, después un tercero más débil, la polla palpitándole con cada descarga.

—Joder, joder, joder —jadeaba Marcelo contra su nuca—. Joder, qué culo, joder.

Sebastián fue el siguiente. Lo había visto venir por la forma en que se le había acelerado la mano. Le cayó el primer chorro sobre la mejilla y el labio, caliente, espeso, deslizándosele por la barbilla. El segundo le manchó el cuello. Camila sacó la lengua y le lamió el glande para sacarle las últimas gotas, mirándolo a los ojos.

—Buen chico —murmuró—. Mucho aguante.

Sebastián se rio agitado, sin aire.

Julián fue el último; Camila lo miró directamente cuando sucedió, sin apartar los ojos, la boca abierta y la lengua fuera. El primer chorro le entró directo en la boca y se lo tragó. El segundo le cayó sobre la otra mejilla, mezclándose con el de Sebastián. El tercero le manchó el pecho. Camila no dejó de mirarle ni un segundo, y eso pareció ser exactamente lo que faltaba para que Julián se sacudiera con un gemido grave que le salió de las tripas y se le doblaran las rodillas hasta tener que apoyarse en la mesa.

Camila se quedó así un momento. La cara llena de semen de los dos, el suyo propio resbalándole por el vientre, la polla de Marcelo todavía hundida en el culo perdiendo lentamente la dureza, palpitando los últimos restos del orgasmo dentro de ella. Cerró los ojos. Soltó el aire muy despacio.

Después, sin prisa, levantó las caderas y sintió la polla blanda saliéndole del agujero, seguida de un hilo de semen tibio que le bajó por la cara interior del muslo. Se lo recogió con dos dedos y se llevó los dedos a la boca, mirando a Marcelo mientras se los lamía.

***

Cuando todo terminó, la sala olía a calor humano, a sudor, a semen y a esfuerzo. Camila se tomó su tiempo. Cogió un par de pañuelos de papel de la caja que había en la mesa de cristal y se limpió la cara con calma, recogiéndose el semen de la mejilla, del cuello, del labio. Otro pañuelo para el vientre. Otro para el interior del muslo. Los dobló y los tiró a la papelera junto con el envoltorio de un caramelo que llevaba allí desde el lunes. Recogió el tanga del suelo, lo dobló y lo guardó en el bolso —no pensaba volver a ponérselo así—. Ajustó la falda con las dos manos. Se abrochó la blusa, dos botones del centro que habían quedado abiertos, otro de arriba que se le había saltado en algún momento. Recogió los tacones de la moqueta y se los puso de pie, primero uno, luego el otro, con la misma calma con la que los había quitado media hora antes.

Los tres hombres seguían sentados o recostados, las pollas blandas colgando, el agotamiento visible en sus posturas y en la forma en que evitaban mirarse entre ellos.

Marcelo fue el primero en hablar.

—Eso fue…

—Ya sé —dijo Camila, sin girarse.

Se revisó el pelo en el reflejo oscuro de la pantalla apagada de la pizarra digital. Quedaba aceptable. Luego recogió el bolso del suelo y se lo colgó al hombro.

—El jueves tienen reunión de equipo —dijo, mirándolos de frente—. No lleguen tarde.

Sebastián soltó una carcajada baja, de las que salen cuando algo resulta más verdad de lo que debería.

Julián se pasó una mano por la cara —se manchó la palma con un resto de su propio semen que se le había quedado en la barbilla— y sonrió despacio.

Marcelo asintió, sin apartar los ojos de ella.

Camila apagó la tira de emergencia al salir. En el pasillo, los fluorescentes seguían zumbando con la misma indiferencia de siempre, ajenos a todo lo que había sucedido al otro lado de esa puerta. Pulsó el botón del ascensor y esperó con el bolso colgado en el antebrazo, mirando los números encima de las puertas. Notaba el semen de Marcelo todavía dentro, escurriéndosele despacio en cada paso.

Cuando las puertas se abrieron y entró, se vio reflejada en el espejo de acero cepillado del interior: el cuello marcado por los dientes de Sebastián, el pelo suelto, la blusa que no quedaba del todo igual que por la mañana. La rozadura del tacón podía esperar hasta mañana.

Sonrió.

La tensión de antes había desaparecido. No había presión, no había el peso sordo de llevar el cuerpo como un traje que no terminaba de quedar bien. Solo el cansancio limpio de quien sabe exactamente lo que quiere y esa noche lo ha conseguido.

Las puertas se cerraron.

El ascensor bajó en silencio hacia la planta baja.

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3.5(50)

Comentarios(8)

Marce2k

Buenisimo!! Camila es un personaje increible, que carisma tiene

LorenaBA

Por favor una segunda parte!!! quede con muchas ganas de mas

DeltaLector

Me engancho desde el principio, muy buen ritmo. Se lee en un suspiro

NorbertoW

excelente relato, de los mejores que lei ultimamente

PescadorNocturno

Jaja la dinamica de la oficina quedo perfecta. Ya quiero leer el proximo

Silvina_77

Me encanto como esta escrito, se nota la tension desde el primer parrafo. Sigan asi!

Aguante79

No lo esperaba tan bueno, tremendo

Rodrigo_K

El personaje de Camila esta muy bien construido. Ojala vuelva en otra historia, le agarre carinño jaja

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