Esa noche le mostré a Valentina lo que se perdía
Salimos a las tres de la mañana con la excusa de bailar. Valentina iba tensa, como si no terminara de creer que algo podía pasar. Yo sabía que sí.
Salimos a las tres de la mañana con la excusa de bailar. Valentina iba tensa, como si no terminara de creer que algo podía pasar. Yo sabía que sí.
Esa tarde de primavera bebimos demasiado ron. No imaginaba que Carla, siempre sumisa, iba a levantarse para llevarme a un árbol cercano y susurrar lo que iba a hacerme.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.
Cuando colgué el teléfono supe que el viernes no iba a quedarme en la papelería. Su voz traía la misma promesa de la primera vez, pero más segura.
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Cuando atendí el teléfono y escuché su voz supe que el viernes terminaríamos en una habitación con las cortinas cerradas y sus medias azules en el suelo.
Llovía sobre el techo de la cabaña y la chimenea ardía cuando entendí que Camila no había venido solo a tomar vino con nosotros esa noche.
Cuando ella me dijo «sí», supe que esa noche cambiaría todo. Tres cuerpos, una sola cama y una promesa entre los dos: nada de tabúes, nada de miedo.
Estaba concentrado en la partida, el micrófono abierto, sus amigos al otro lado. Yo entré descalza, sin que me oyera, y me arrodillé.