Mi primera vez con Mateo terminó como nunca imaginé
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Sonó la sirena de la patrulla justo afuera. Bruno seguía dentro de mí, jadeando, y apenas tuve segundos para meterlo en el clóset de los niños.
El panel del ascensor se apagó entre dos pisos. Ella sonrió, dio un paso hacia mí y dijo en voz baja que sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
La primera noche que salí sin ella me reencontré con Lucía, mi ex de siempre. Y ella conocía a todas las amigas correctas.
Solo fui a recoger el sostén que olvidé la noche anterior. Sofía me abrió con esa sonrisa, y supe que no iba a salir pronto de allí.
Cinco años después de aquellas pajas furtivas en la carpa, asomé la cabeza a un baño de obra y encontré a Mateo desnudo, gimiendo contra la pared con otro hombre detrás.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Cuando salí de la ducha con la toalla en la cintura, ella se acercó, me besó suavemente y dejó caer la tela. Su marido nos miraba desde el sofá con una sonrisa.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Instaló el escritorio enfrente a propósito, para poder mirarla sin excusa. Cuando el despacho quedó vacío, ninguno de los dos fingió que solo era trabajo.
Daniela eligió la falda más corta que tiene y entró al estudio como si fuera la dueña del lugar. Cuando salí, ellos no esperaron ni dos minutos para empezar.
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Tres días en París, cuatro hombres muertos en sus camas y un mensaje anónimo me citaba sobre el Sena. No imaginé que cruzar ese puente significaba dejar de ser quien era.
Cuando Tomás me dijo lo que quería ver, pensé que era una broma. La noche que llegaron sus dos amigos entendí que mi vida sexual nunca volvería a ser la misma.
Cuando apartó las ramas del sauce y me empujó contra el tronco, supe que ya no íbamos a volver al café por las cosas que habíamos olvidado.
Encendí la luz del salón y vi el caos de la fiesta. Fui al dormitorio buscando paz. Abrí la puerta y lo vi todo: él, desnudo, en mi cama.