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Relatos Ardientes

La noche que dejamos entrar a un tercero

Hace meses que Lucía y yo veníamos hablando de eso. Empezó como un juego, como esas conversaciones que se susurran en la cama después del sexo, cuando uno se atreve a decir cosas que de día parecen imposibles. Una fantasía. Solo una fantasía, repetíamos los dos. Hasta que una madrugada, ella se incorporó sobre el codo, me miró fijo y dijo:

—Hagámoslo.

No tuve que preguntarle a qué se refería.

***

Diego llegó a las once de la noche, como habíamos quedado. Lo conocíamos del gimnasio, llevábamos meses cruzando palabras con él en el café de al lado, midiéndonos los tres, sabiendo sin decirlo que algo iba a terminar pasando. Era discreto, callado, con esa sonrisa que no necesita explicarse. Nos pareció el indicado.

Cuando le abrí la puerta, Lucía estaba arriba. Le había pedido que me dejara recibirlo a mí, que necesitaba ese minuto a solas con él para confirmar que los tres seguíamos seguros. Le serví un whisky, brindamos en silencio y subimos juntos.

—¿Estás tranquilo? —me preguntó él en el rellano.

—Sí —respondí—. ¿Y tú?

Asintió. Empujé la puerta.

***

Lucía estaba sentada en el centro de la cama, con la luz tenue de la lamparita de noche tiñéndole el cuerpo de un naranja suave. Llevaba solo un tanga azul de tiras finas, esos que se le pierden entre las nalgas y que sabe que me vuelven loco. Tenía el pelo recogido con descuido y el cuello largo expuesto, como una invitación.

Diego se quedó un segundo en el umbral, mirándola sin avanzar. Yo me senté al borde de la cama, le tendí la mano a ella y la atraje hacia mí. La besé despacio, sin prisa, como si los dos estuviéramos solos. Ella respondió con la misma calma, pero noté en sus dedos un temblor leve cuando me agarró la nuca.

—Está bien —le susurré contra los labios—. No tienes que hacer nada que no quieras.

—Quiero —contestó—. Te juro que quiero.

Diego se acercó y se sentó al borde del colchón, todavía vestido, esperando una señal. Lucía giró la cabeza hacia él y le sonrió. Esa sonrisa fue la señal.

***

Las primeras caricias fueron lentas. Yo seguí besándola en la boca mientras él pasaba la palma por su espalda, dibujando líneas largas desde la nuca hasta la cintura. Ella se arqueó entre los dos, dejándose hacer, respirando más rápido cada vez que las manos se nos cruzaban sobre su piel. Le bajé un tirante del tanga con el dedo índice, despacio, y él aprovechó para inclinarse y besarle el hombro.

Lucía cerró los ojos.

—Más —murmuró.

Mis manos bajaron hasta sus caderas y rocé la tela del tanga por encima del clítoris, dibujando círculos lentos, sintiendo cómo se humedecía a través del algodón. Diego, detrás de ella, le acarició el contorno del culo con la yema del pulgar, sin entrar, solo presionando suave en círculos cada vez más amplios.

Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido grave, que se le quedó atrapado en la garganta. La conozco bien. Sabía que ese gemido significaba que ya no había vuelta atrás.

***

Le quité el tanga de un solo movimiento, deslizándolo por sus piernas hasta dejarlo caer al suelo. Diego se desnudó al mismo tiempo, sin teatralidad, dejando los boxers blancos sobre la silla. Lucía no le quitaba los ojos de encima, recorriéndole el pecho, el vientre, lo que había debajo. Yo no le quité los ojos a ella. Verla mirar a otro hombre mientras me deseaba a mí era una sensación nueva, eléctrica, peligrosa.

La acosté boca arriba en el centro de la cama y me coloqué entre sus piernas. La penetré despacio, sintiendo cómo me apretaba, cómo su cuerpo se abría con esa familiaridad que solo dan los años. Ella gimió contra mi boca y me clavó las uñas en los hombros.

Diego se acercó por el costado y le rozó los pechos con la mano abierta, primero con la palma, después con los dedos. Le pellizcó el pezón con suavidad y ella tembló entre los dos.

—Mírame —le pidió él.

Ella giró la cara y lo miró. Yo seguí moviéndome dentro de ella, lento, profundo, mientras él le besaba la boca por primera vez. Verlos besarse fue lo que más me sorprendió: no sentí celos, sentí orgullo. Era mi mujer eligiendo, decidiendo, abriéndose con los dos.

***

Después nos cambiamos de posición. Fue ella la que lo pidió, con esa voz ronca que pone cuando ya no piensa con la cabeza.

—Quiero sentirlo a él ahora —dijo, sin dejar de mirarme—. Y a ti aquí, conmigo.

Diego se colocó entre sus piernas y la penetró despacio, cuidando cada centímetro, como si supiera que un movimiento brusco lo arruinaría todo. Lucía se arqueó y soltó un gemido más fuerte que los anteriores. Yo me eché a su lado, le besé la sien, la mejilla, el cuello, mientras le acariciaba el pelo.

—¿Estás bien? —le pregunté al oído.

—Estoy increíble.

Le pasé la mano por el vientre, por los pechos, por los labios. Ella me chupó dos dedos sin apartar la mirada de la mía. Diego empezó a moverse con un ritmo más constante y ella ajustó la respiración a la suya. La habitación se llenó de un sonido húmedo, denso, que era ella entregándose.

***

Le acaricié el contorno del ano con el dedo lubricado por su propia saliva. No entré, solo presioné en círculos lentos, en esa zona que sabe que la vuelve loca. Ella temblaba entre los dos, atrapada en una doble corriente: la suya, profunda, dentro; la mía, superficial, alrededor.

—No pares —me pidió.

No paré. Diego aceleró un poco, y mis dedos siguieron el mismo compás. Lucía cerró los ojos y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero no salió ninguna palabra, solo un sonido entrecortado que me erizó la piel.

***

Entonces ella abrió los ojos y me miró con una sonrisa torcida, esa que solo aparece cuando se le ocurre algo que no debería decir.

—Ahora quiero verte a ti —susurró—. Quiero verte recibirlo mientras tú me lo haces a mí.

Diego salió de ella con cuidado y yo ocupé su lugar otra vez. La penetré despacio, recuperando el ritmo, sintiendo cómo me apretaba con esa fuerza renovada que da la anticipación. Él se colocó detrás de mí. Sentí sus manos en mis caderas, firmes, pidiéndome permiso sin palabras.

—Despacio —le pedí.

—Despacio —repitió.

Empezó por fuera, con los dedos, recorriendo la zona en círculos pacientes, presionando suave hasta que el cuerpo cede. Después uno solo, lubricado, girando despacio, abriéndome poco a poco. La sensación era nueva y antigua a la vez, como si llevara años imaginándola sin saberlo.

Lucía me miraba desde abajo, con los ojos muy abiertos, mordiéndose el labio.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—No tengo palabras —contesté.

Me reí, y ella se rió conmigo, y Diego también se rió detrás de mí, y por un instante los tres fuimos cómplices de algo que no se puede explicar.

***

Cuando él entró del todo, yo entré más profundo en ella. El movimiento se sincronizó solo. Diego empujaba y yo empujaba con él, dentro de Lucía, que apretaba los muslos contra mis costados y movía las caderas para encontrarme.

—Más —dijo ella.

—Más —pidió él.

Más, pensé yo, pero no pude decirlo, porque la boca se me había quedado seca.

Los tres nos perdimos en ese vaivén durante un tiempo que no supe medir. Lucía marcaba el ritmo con la respiración: cuando inhalaba lento, los dos íbamos despacio; cuando exhalaba con un gemido corto, los dos acelerábamos. Era ella, en realidad, la que mandaba, aunque tuviera el cuerpo de los dos sobre el suyo.

***

El final llegó casi al mismo tiempo, como si hubiéramos firmado un acuerdo en silencio.

Diego se corrió primero, dentro de mí, con un gemido grave que le salió desde el pecho. Sentí su calor por dentro y eso me empujó al borde. Yo me corrí en ella un segundo después, vaciándome con espasmos profundos, mordiéndole el cuello para no gritar.

Lucía llegó al orgasmo justo después, apretándome con tanta fuerza que casi me deja sin aire. Tembló entre los dos, con la espalda arqueada, las uñas clavadas en mi nuca y la otra mano agarrando la muñeca de Diego.

Nos quedamos así unos segundos, los tres encajados, jadeando, sin hablar.

***

Diego salió primero, despacio, y se sentó al borde de la cama dándonos la espalda. Yo me dejé caer sobre Lucía, agotado, y ella me abrazó. Él entendió que ese abrazo no le incluía. Se vistió en silencio, con esa elegancia de quien sabe cuándo sobra. Antes de irse, se inclinó sobre la cama, le besó la frente a Lucía y me apretó el hombro a mí.

—Gracias —dijo solo eso.

Lo escuché bajar las escaleras y cerrar la puerta de calle. El silencio que se quedó después fue distinto a cualquier silencio. No era incómodo. Era pleno.

***

Lucía me besó en la boca, despacio, sin prisa, como aquella primera vez en el coche, hace seis años, cuando todavía no sabíamos que íbamos a llegar a esto.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Estoy mejor que bien.

—¿Lo repetirías?

Me lo pensé un segundo. Sí, lo repetiría. Pero no esta noche, no mañana. Quizás dentro de un mes. Quizás solo cuando los dos volvamos a sentir que nos sobra el deseo.

—Lo repetiría contigo —contesté—. Solo contigo.

Ella sonrió y me apoyó la cabeza en el pecho. Nos quedamos así, sudados, respirando al mismo ritmo, hasta que se durmió.

Yo tardé un poco más en cerrar los ojos. Pensé en Diego bajando las escaleras, en mi novia abrazada a mí, en que había confesado mi fantasía más privada y, en lugar de perderla, la había encontrado más mía que nunca.

Esto es lo que nunca le conté a nadie. Hasta ahora.

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Comentarios (9)

LucasBaires

Increible!! me quede sin palabras, tremendo relato

SofiRios22

por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio todo entre ustedes despues

Mauri_Cba

Esto me hizo acordar de una charla que tuve con mi pareja hace un tiempo sobre lo mismo. Nunca llegamos a animarnos, pero leer esto da ganas de reconsiderar jaja

CarlosRD

Como quedaron los dos despues? todo bien entre la pareja? pregunto en serio, siempre me pregunto eso con este tipo de experiencias

Ceci_BA

De las mejores confesiones que lei aca. Se nota que es genuino porque no cae en detalles forzados ni exagerados. Asi da gusto leer

nochero91

tremendo valor, yo no me animaria ni loco jajaja pero lo disfrute leyendolo de principio a fin

soleada33

Buenisimo! Eso de acordar las reglas de antemano es clave, lo mas inteligente que pudieron hacer. Chapeau a los dos

DiegoFan22

se hizo corto, quiero mas!! sigue compartiendo por favor

Valentina_sf

me encanto como lo contaste, sin rodeos y muy honesto. no es facil encontrar algo asi por aca

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