Lo distraje mientras jugaba con el micrófono abierto
Hay noches en que el cuerpo no encuentra descanso. Me acuesto, apago la luz, y en lugar de dormirme me quedo mirando el techo con la mente encendida, recorriendo recuerdos que guardan demasiado calor para dejarlos ir sin más. Esta es una de esas noches. Las sábanas están tibias contra mi piel desnuda, la ventana entreabierta deja entrar un poco de aire fresco, y pienso en vos. En esa noche de hace algunas semanas que los dos guardamos como algo propio.
Mis dedos rozan distraídamente la curva de mi cadera mientras dejo que la memoria me arrastre. No es todavía un gesto deliberado, más bien el cuerpo siguiendo a la mente sin que yo lo decida. El recuerdo es preciso en los detalles que importan: la luz del monitor, el sonido de las teclas, el micrófono abierto, el sabor de tu verga en el fondo de mi garganta.
***
Llegaste del trabajo cargado de silencio. Ese tipo de silencio que conozco bien, el que no pide compañía sino espacio. Comiste algo de pie frente a la mesada de la cocina, me diste un beso breve en la frente sin decir nada, y después desapareciste al cuarto de al lado. Escuché cómo encendías el equipo, los sonidos de arranque, y luego tu voz cambiada, más liviana, saludando a los chicos al otro lado del micrófono.
Rodrigo y Damián. Siempre Rodrigo y Damián los viernes a la noche. Los conozco por el tono que usás con ellos, por la forma en que te reís de manera diferente, con más cuerpo, como si con ellos pudieras sacarle el peso a la semana sin esfuerzo. Me alegra que tengas eso.
Me quedé un rato en el sillón del living con un libro que no logré retener. Las palabras pasaban por mis ojos sin dejar nada. Desde el cuarto llegaban el ruido de las teclas, alguna exclamación corta, las instrucciones que le dabas a Rodrigo sobre algún movimiento que no terminaba de cerrar. Sonidos familiares de una noche normal.
No sé cuándo empezó la idea. Estas cosas no tienen un momento exacto, van tomando forma de a poco mientras uno hace otra cosa. Primero fue solo un pensamiento fugaz que pasé por alto —imaginarme de rodillas debajo del escritorio, con tu polla en la boca mientras vos hablabas por el micrófono—. Después se fue volviendo más concreto, más insistente. Cuando lo dejé terminar de formarse en mi cabeza ya era tarde para ignorarlo. Sentía el coño mojado apenas de pensarlo.
Me quité la remera lentamente. El corpiño después. Me quedé de pie en el medio del living, con el aire del ventilador poniéndome los pezones duros, y tomé la decisión. Me bajé también la bombacha, la dejé caer al piso y la pateé a un costado. Iba a entrar al cuarto completamente desnuda.
Entré descalza, caminando sobre las puntas de los pies para no crujir el piso. Vos estabas de espaldas a mí, completamente absorbido por la pantalla. La luz del monitor te iluminaba por detrás, proyectando sombras sobre tu cuello, sobre los auriculares, sobre tus manos que se movían rápido sobre el teclado. Solo llevabas puesta la ropa interior, y desde donde yo estaba se te marcaba ya un bulto duro contra la tela. Escuché a Rodrigo explicar algo sobre el tiempo que les quedaba antes del siguiente objetivo.
Me acerqué de a poco. Cuando apoyé las palmas sobre tus hombros, tu cuerpo se tensó un segundo, instintivamente, antes de reconocer mi tacto y aflojarse. No dijiste nada. Solo seguiste con la vista fija en la pantalla mientras yo empezaba a masajearte los hombros con lentitud, dejando que mis tetas te rozaran la nuca cada vez que me inclinaba un poco más.
—Sigo escuchando —le dijiste a Rodrigo, con una voz completamente neutral.
Empecé a darte besos en el cuello. Primero apenas rozando la piel, casi sin presión, sintiendo tu temperatura. Después más lentos, con más peso, dejando que los labios se abrieran un poco y que la punta de la lengua te dejara un rastro húmedo debajo de la oreja. Me aplasté contra tu espalda y sentí cómo tu respiración cambiaba, aunque no lo mostraste. Los pezones se me endurecieron todavía más contra tus omóplatos.
Giré lentamente por el costado de tu silla hasta quedar frente a vos. Me agaché. Me arrodillé en el espacio entre la silla y el escritorio, con las palmas apoyadas en tus muslos, mirándote desde abajo. Vos me devolviste una mirada rápida —solo eso, una fracción de segundo— antes de volver a la pantalla.
Ese control tuyo siempre me desafió.
Me incliné y empecé a mordisquearte el abdomen. Despacio, sin apuro, siguiendo la línea justo por encima de la pretina. Sentí cómo contraías el estómago sin querer, ese reflejo involuntario que delata lo que el resto del cuerpo intenta disimular. Tu mano izquierda bajó lentamente hasta mi cabeza y se quedó ahí, sin presionar, apenas rozando el pelo. Tu polla ya estaba completamente dura debajo de la tela y me marcaba la forma exacta —el largo, el grosor, la vena que corre por el costado— a un centímetro de mi boca.
Tiré hacia abajo de tu ropa interior. Tu verga saltó hacia afuera, dura, la punta ya brillando con una gota espesa que se me pegó al labio inferior apenas la rocé.
Escuché el clic del micrófono siendo silenciado exactamente un segundo antes de que te escapara cualquier sonido. Ese detalle me pareció agotador y adorable al mismo tiempo: la determinación que ponías en mantener el control mientras yo hacía lo que quería hacerte. Un juego dentro del juego.
Lo tomé con los labios despacio. Primero solo la cabeza, chupándola como un caramelo, moviendo la lengua en círculos alrededor de la corona, saboreando el líquido preseminal que no paraba de salir. Después fui bajando de a poco, tragándote entero, dejando que el calor se instalara entre los dos hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta. Me quedé ahí un instante, con la nariz apretada contra tu pubis, sintiendo cómo tu polla pulsaba dentro de mi boca. Tu cuerpo respondió de inmediato. Sentí el cambio, la respuesta que no podías controlar aunque controlaras todo lo demás. Sobre el escritorio, la pantalla seguía mostrando la partida en curso. Rodrigo acababa de hacer una broma y Damián se reía.
Volviste a activar el micrófono y dijiste dos palabras. Dos palabras perfectamente normales que no correspondían a ninguno de los pensamientos que tenías en ese momento. Ese talento para compartimentar que a veces me exaspera y otras veces me parece el juego más erótico que existe.
Empecé a moverme con ritmo. Lento al principio, subiendo hasta la punta y bajando otra vez hasta la base, alternando la presión, dejando espacio entre cada movimiento para que anticipar el siguiente se convirtiera en parte de lo que sentías. La saliva empezó a chorrearme por la comisura, cayendo en gotas gruesas sobre tus huevos, y yo la usaba para masajeártelos con una mano mientras la otra te la envolvía y la subía y bajaba al mismo tiempo que mi boca. Te miraba de tanto en tanto mientras lo hacía. Algunos de esos momentos me los devolvías con los ojos, otros los usabas para concentrarte en la pantalla y recuperar el hilo de la partida.
—Flanco derecho —dijiste en un momento, con una voz admirablemente estable.
Aumenté la presión exactamente en ese instante. Te la metí entera de golpe, hasta que el mentón me chocó contra tus huevos, y me quedé ahí ahogándome un segundo con los ojos llorando. Tu mano sobre mi cabeza apretó apenas, sin querer, y después se aflojó de nuevo como si no hubiera pasado nada. Desde el otro lado del micrófono, Rodrigo confirmó el movimiento sin notar nada.
Bajé una mano entre mis propias piernas. El coño me chorreaba, tenía la parte interna de los muslos completamente mojada. Empecé a tocarme mientras continuaba con lo que hacía, dos dedos entrando y saliendo con facilidad, el pulgar dibujando círculos apretados sobre el clítoris. Encontré el punto que conocía bien y lo mantuve, dejando que el calor se fuera acumulando en ondas lentas. Había algo en ese secreto compartido —el micrófono como única frontera entre lo privado y lo que escuchaban los demás— que me encendía casi más que cualquier otra cosa. Mientras te chupaba la polla y me cogía con los dedos, sentía cómo se me contraía el coño alrededor de mis propios nudillos.
Mis gemidos eran pequeños todavía, apenas sonidos que se escapaban ahogados alrededor de tu verga y que yo controlaba apretando los labios contra tu carne. Los tuyos eran inexistentes hacia afuera, pero los sentía en la tensión de tus músculos, en la forma en que tu cadera se movía levemente sin que lo decidieras, embistiendo apenas contra mi boca, en la presión variable de tu mano sobre mi pelo.
Aumenté el ritmo. Mis dedos encontraron el punto exacto y lo mantuvieron con movimientos circulares que fueron volviéndose más precisos a medida que el placer crecía. Cerré los ojos un momento y los volví a abrir. Te miré desde abajo, con la boca llena, los labios estirados alrededor de tu polla, la baba cayéndome por el mentón. Me mirabas. En esa fracción de segundo pasó algo sin palabras que valía más que cualquier conversación.
El orgasmo llegó antes de lo esperado. Tuve que apoyar la mano libre en tu muslo para no caerme hacia adelante, porque los dedos que tenía metidos en el coño se contrajeron con tanta fuerza que las piernas casi me dejan de responder. Un sonido salió de mi garganta que fue directo a tus auriculares, un gemido gutural que rebotó contra tu verga, pero ya habías silenciado el micrófono con tiempo. Me temblaron las rodillas contra el piso. Cerré los ojos y dejé que pasara, mordiéndome el labio en un costado de tu polla, dejando que las ondas me recorrieran completas. Sentí cómo un hilo de mi propio flujo me caía por la cara interna del muslo hasta el piso.
Cuando los abrí, los auriculares ya estaban sobre el escritorio.
—Chicos, ya entro —dijiste a la pantalla, y cerraste el chat sin esperar respuesta.
***
Lo que vino después ya no tenía nada de silencioso.
Tus manos tomaron mi cabeza con una firmeza diferente. No brusca, pero sin lugar a dudas. El control pasó de mí a vos y yo lo cedí sin resistencia, que era exactamente lo que quería desde el principio. Me clavaste los dedos en el pelo, cerraste el puño, y me empezaste a coger la boca a tu ritmo. Empujabas la cadera hacia adelante mientras me tirabas la cabeza hacia vos, metiéndomela hasta el fondo cada vez, sin darme respiro entre embestida y embestida. Sentía la punta chocándome contra la garganta, cerrándome el aire por segundos, y cada vez que me soltaba apenas para tomar aliento vos ya estabas metiéndomela otra vez.
El ritmo que marcaste era otro, más directo, sin los juegos de anticipación que yo había manejado hasta entonces. Los ojos se me llenaron de lágrimas, la saliva me caía en chorros pegajosos entre las tetas, y yo abría la boca todo lo que podía para que entraras sin obstáculos. Desde las bocinas todavía llegaba el sonido del juego, abandonado en la pantalla de inicio, pero ya nadie le prestaba atención.
Me dejé hacer completamente. Hay algo en esa entrega que a veces es más intensa que cualquier otra cosa: no hacer nada, no decidir nada, solo recibir lo que me estás dando y dejar que el cuerpo responda solo. Ser un agujero para tu verga hasta que decidieras terminar. Tu respiración llenó el cuarto, sin filtros, sin micrófonos, sin nadie escuchando. Los gruñidos que se te escapaban con cada embestida, los "así, mamá, chupámela así" dichos entre dientes, eran sonidos que te pertenecían a vos, solo a vos, que no habrías podido disimular aunque hubieras querido.
Cuando llegaste al límite, lo hiciste sin aviso. Tu voz se quebró en algo que no era una palabra, un sonido gutural desde adentro, y sentí cómo la polla se te hinchaba una fracción más entre mis labios antes de reventar. Yo me quedé completamente quieta recibiendo todo. El primer chorro me golpeó el fondo de la garganta con fuerza, denso y caliente, y lo tragué de reflejo. El segundo lo dejé en la lengua para saborearlo, espeso y salado, antes de tragarlo también. Después saqué la punta apenas de la boca y dejé que los últimos hilos me pintaran los labios, el mentón, el cuello, hasta que uno largo bajó lento por el medio del pecho y se me quedó colgando de un pezón. No me moví hasta que sentí que habías terminado del todo, hasta que la última contracción de tu polla se descargó contra mi lengua.
Después, silencio. Tu respiración recuperándose. La pantalla todavía encendida, la partida abandonada, el cursor parpadeando sobre el menú de inicio.
Me separé despacio y tomé mi tiempo limpiándote. Pasé la lengua de abajo hacia arriba por todo el largo de tu verga, sin apurarme, recogiendo cada gota que había quedado, chupándote los huevos uno por uno hasta dejarte limpio. Mientras vos me mirabas desde la silla con los codos sobre las rodillas y una expresión que mezclaba el agotamiento con algo más cálido. Llevé mis dedos a mi pecho, donde el semen todavía tibio me chorreaba entre las tetas, lo recogí con dos dedos y me los llevé a la boca. Los chupé mirándote fijo. Después esa misma mano bajó de nuevo entre mis piernas y hundí los dedos en el coño, restregándome el resto de tu corrida contra el clítoris.
Me quedé sentada en el piso frente a vos, con las piernas bien abiertas para que vieras todo. No me moví hacia la cama. No dije nada. Solo empecé de nuevo, despacio al principio, dos dedos entrando y saliendo, el pulgar apretado contra el clítoris hinchado, dejando que te quedaras mirando. Que observaras cada movimiento sin apartar la vista. Que no apuntaras a ningún lado más que a mi coño abierto para vos.
Me metí un tercer dedo. Se escuchaba el ruido húmedo, obsceno, cada vez que los sacaba y los volvía a meter. Levanté las caderas del piso para que te llegara mejor la vista. Me pellizqué un pezón con la otra mano, tirando fuerte, mientras me clavaba los dedos en el fondo. Eso fue lo que detonó el segundo orgasmo, más que cualquier otra cosa: tu mirada fija, siguiendo cada gesto de mis manos, cada contracción del coño alrededor de mis dedos. El placer que crecía porque sabías exactamente lo que sentía y no decías nada, solo mirabas. Llegué al clímax con un grito que ya no me importó controlar, doblándome hacia adelante con las palmas en el suelo, el coño chorreando sobre el parqué, dejando que el temblor me recorriera hasta los dedos de los pies. Me saqué los dedos empapados y te los pasé por los labios para que los chuparas. Los abriste sin dudar y me lamiste hasta el último rastro.
Cuando me enderecé, tenías una sonrisa lenta en la boca.
—Desde cuándo lo tenías planeado —dijiste. No fue una pregunta.
—Desde las nueve —respondí.
Volviste los ojos a la pantalla apagada un momento, como haciendo el cálculo.
—Dos horas —dijiste.
—Y valió cada minuto.
***
Vuelvo al presente. Estoy en nuestra cama y el recuerdo me dejó con el cuerpo encendido de nuevo, el coño empapado, los pezones duros contra la sábana. Los dedos se mueven solos siguiendo el mismo camino de esa noche: dos adentro, el pulgar apretando el clítoris en círculos, y la memoria hace el resto. Me imagino tu polla en lugar de mis dedos, entrando hasta el fondo, y aprieto más. Cierro los ojos y me dejo ir sin resistir: el orgasmo me barre por completo, las piernas se mueven sin control, un temblor que empieza en el centro y se expande hacia afuera hasta que el cuerpo agota todo lo que tenía acumulado. Siento cómo el flujo me chorrea sobre la mano y cae sobre la sábana debajo mío, formando una mancha oscura y tibia.
Cuando vuelvo, noto las sábanas mojadas debajo de mí. Sonrío sola en la oscuridad del cuarto.
Sé que en algún momento vas a llegar. Vas a abrir la puerta, encender la luz del pasillo, entrar al cuarto. Y cuando veas las sábanas, cuando huelas mi coño en el aire, vas a entender exactamente qué estuve haciendo mientras te esperaba.
Quizás, si tengo suerte, decidas que eso merece consecuencias. Que me des vuelta boca abajo, me levantes el culo y me cojas hasta que no pueda caminar mañana.



