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Relatos Ardientes

La esposa del oficial me citó en un motel

Habían pasado apenas diez días desde la salida al cine con Mariana, y el recuerdo de aquella tarde en su casa todavía me visitaba cada vez que cerraba los ojos. Su marido, oficial de una comisaría en las afueras, había doblado turno otra vez, y ella se había aprovechado del descuido para abrirme la puerta de su cocina y, después, la de su dormitorio matrimonial.

Estaba acomodando mercancía nueva en mi negocio aquella mañana. La papelería iba pasable, no era boyante pero pagaba el alquiler del local y dejaba algo para mí. Etiquetaba cajas de marcadores cuando sonó el teléfono.

—Buenos días —contesté con el auricular contra el hombro y un fajo de etiquetas en la mano.

—Hola, hermosa voz. ¿Te acuerdas de mí?

Me reí solo de oírla.

—¿Cómo no me voy a acordar, Mariana?

—Pensé que ibas a llamarme tú —dijo ella—. Después de lo del otro día.

—He estado ocupado con cosas del negocio. No es excusa, pero te juro que no me había olvidado de ti.

—¿Seguro? Porque ya empezaba a creer que te había desilusionado.

—Para nada. ¿Te invito a comer hoy?

—Hoy no puedo, mi amor. Hugo llega temprano. Mejor sigamos como al principio, por chat. Es más seguro para mí.

—Como prefieras. Conéctate en una hora, deja que termine de acomodar esto.

—Una hora exacta. No tardes.

Colgué y me quedé mirando el teléfono más tiempo del que admitiría. La voz de Mariana tenía algo que se metía debajo de la piel: ese tono entre el miedo y la travesura, esa manera de bajar el volumen cuando quería que me acercara a la bocina. Terminé de etiquetar a las apuradas y, cuando entré al chat, ella ya estaba conectada.

Hablamos casi dos horas. Me confesó cosas que no le había contado a nadie. Que con su marido todo se reducía a quince minutos en posición misionero, dos veces por semana cuando había suerte y nada cuando él entraba a doblar turno. Que yo había sido el segundo hombre en su vida y que de la primera vez se acordaba todos los días. Que mi discreción frente a su comadre y sus hijas la había tranquilizado más de lo que esperaba. Que necesitaba volver a verme.

A los tres días me escribió un mensaje breve:

«Viernes. Hugo dobla turno y las niñas no van a la escuela. Las dejo con mi comadre. ¿Podemos vernos?»

Le contesté que la pasaba a buscar a las diez. Acordamos que me esperaría en la base de combis de la esquina, donde nadie miraba a nadie. Cerré la papelería, le dejé las llaves a mi madre con la excusa de unos proveedores nuevos y arranqué.

***

Llegué cinco minutos antes. Mariana apareció caminando despacio por la acera, como si fuera al mercado: vestido azul marino corto y escotado, medias del mismo tono, zapatos negros y un bolso pequeño colgado del hombro. Subió al auto sin mirar atrás.

—Buen día, papi —dijo, y me besó cerca de la comisura.

—Buen día, hermosa. ¿Adónde quieres ir?

—Adonde tú decidas. Pero lejos de aquí, por favor.

—Conozco un motel discreto, del otro lado de la avenida grande. Pasa desapercibido aunque tenga tráfico encima.

—Perfecto. Por ahí no anda nadie de la zona.

Apoyó la mano en mi muslo apenas arranqué. La fue subiendo poco a poco hasta dejarla a un palmo de mi entrepierna, y la dejó ahí, quieta, marcando territorio. En cada semáforo me besaba como si tuviera que ponerme un sello: lengua, mordida en el labio, una caricia rápida en el cuello. Yo no podía meterle la mano debajo del vestido todavía. Ella se cuidaba. Le subía la falda apenas dos dedos y me apartaba la mano con una sonrisa.

—Tranquilo. En el cuarto.

—¿Y los pechos?

—Los pechos sí.

Se los toqueteé en cada parada. Eran grandes, pesados, calientes incluso por encima de la tela.

—Me dijiste en el chat que sabías dar masajes —dijo de pronto.

—Sé un poco. Tengo aceites buenos en el maletín. Romero y sándalo.

—Llego toda contracturada. Hugo no me toca y los huesos se me agarrotan.

—De eso me encargo yo.

***

Entré al motel sin detenerme en la recepción más de lo necesario. Mariana se quedó muy quieta cuando se cerró la puerta de la habitación. Recuerdo que se pegó al marco, como si todavía pudiera dar la vuelta y salir.

—Tranquila, preciosa. Acá nadie nos va a ver.

—Ya lo sé. Es que no me había metido nunca a un hotel para esto. Eres el segundo hombre, ya te lo dije.

—Hagamos algo: hay un servibar con dos copas decentes. Tomamos un trago, picamos algo, te relajas. Y si en algún momento te sientes incómoda, nos vestimos y nos vamos. Sin drama.

Aceptó con un asentimiento corto y se sentó en el sillón pequeño que había frente a la cama. Yo serví dos tragos, abrí latas de maní, nueces y unos chocolates baratos del minibar y me senté a su lado.

—Por una amistad larga —dije, levantando la copa—. Y por que te animes a ser tú misma sin pedir permiso.

—Voy a tratar. No estoy acostumbrada. Hugo es muy posesivo. Muy dominante.

—De a poco. El primer paso ya está dado.

Sonrió y bajó los hombros. Hasta entonces los había mantenido tensos como una cuerda. Tomó un trago largo, dejó la copa en la mesita y se acomodó el cabello detrás de la oreja. Aproveché para alcanzarle un par de chocolates con la mano, y cuando ella se inclinó a recibirlos en la boca, le metí la otra mano debajo del vestido. La piel del muslo me recibió cálida y sin oponer resistencia.

—Fíjate qué dulce —le dije, acercándole un chocolate a los labios—. Espera.

Me metí otro a la boca y la besé en el momento exacto. El chocolate se fundió entre las dos lenguas. Mariana suspiró, me agarró de la nuca y me obligó a profundizar el beso. Mi mano llegó al pliegue de la cadera y encontró un encaje delgado, ya humedecido en el centro. Le aparté el borde con el dedo medio y empecé a recorrerla muy despacio, de adelante hacia atrás, sin entrar todavía.

—Ay, por favor —dijo contra mi boca—. Por favor.

El pulgar le encontró el clítoris. Le hice círculos suaves mientras el dedo medio le entraba apenas hasta la primera falange y lo curvaba para tocarle el punto exacto que había aprendido la primera vez. Ella se aferró a mi espalda y empezó a clavarme las uñas a través de la camisa. Le bajé los tirantes del vestido a tirones cortos y le descubrí los pechos, todavía contenidos por un sostén negro de media copa. Los pezones le sobresalían por encima del encaje, duros, sensibles. Se los lamí uno por uno y sentí cómo se le quebraba la voz.

***

La recosté en el sillón. El vestido se le subió a la cintura y quedó así, enrollado como un cinturón. Llevaba un liguero negro que le sostenía las medias y una tanga de encaje semitransparente, pegada al pubis por la humedad. Le bajé la prenda muy despacio, besándole los muslos y la curva del bajo vientre, y cuando la tuve a la vista le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba.

—Estoy toda contracturada —dijo de pronto, riéndose un poco de sí misma—. En serio.

—Para. Vamos a la cama.

Le di la mano y se levantó. El vestido le cayó al suelo de un solo movimiento y quedó parada frente a mí en sostén, liguero, medias y la tanga corrida apenas debajo de las nalgas. Saqué los aceites del bolso, calenté el frasquito entre las manos y le pedí que se acostara boca abajo en la cama.

Me quité la ropa y me dejé el bóxer. No quería asustarla antes de tiempo. Me arrodillé a un costado, le desabroché el sostén y empecé por los hombros. Le repartí aceite por la espalda y empecé a presionarle los músculos del cuello, los trapecios, el largo del dorso. Mariana fue cerrando los ojos y largó un suspiro de los que salen del medio del pecho, cuando una mujer se permite, por fin, dejar de cuidarse.

Bajé hasta los glúteos. La piel se le quedaba marcada por unos segundos cuando levantaba la palma. Le bajé un poco más la tanga al recorrerle el coxis, y cada vez que volvía hacia los hombros, mi miembro le rozaba el muslo y la curva de la nalga. Ella empezó a levantar la cadera, casi imperceptiblemente al principio, después con una intención clara.

Saqué el bóxer. La tanga ya le estaba en mitad de los muslos. Se la quité del todo, se la dejé sobre la espalda baja como una broma y volví a empezar el masaje. Solo que ahora le pasaba el sexo entre las nalgas en cada caricia larga, sin penetrarla, dejando que el roce hiciera el trabajo.

—Ya me siento mejor —dijo entre dientes.

—Bueno, ahora le toca el masaje a otro. Levántate.

***

La acompañé a sentarse en la cama. Le ofrecí mi miembro entre los pechos y ella, con la mirada todavía un poco asustada, fue cerrando las dos manos a mi alrededor para apretármelo. Sus pechos eran tan grandes que mi sexo se hundía entero entre ellos. Le acaricié la oreja y le metí dos dedos en la boca.

—¿Quieres probarlo?

—Nunca lo dejé terminar adentro.

—Pero en la boca, ¿lo probaste?

—Sí. Pero lo escupo. No me gusta.

—Si nunca lo has tragado, ¿cómo sabes que no te gusta?

Sonrió a su pesar. Le acerqué la punta a los labios. Me miró fijo a los ojos antes de sacar la lengua y rescatar la primera gota. Apenas sintió el sabor, abrió los labios y se metió la mitad. Cuando empezó a moverse, me agarró los testículos con la otra mano y se rio bajito.

—Qué pesados los tienes.

—Sigue.

La acomodé en la cama y me incliné yo también sobre ella. Le abrí las piernas y le pasé la lengua por el clítoris, primero suave, después con más presión. Le metí dos dedos. Ella largó un alarido que se debe haber escuchado en el pasillo y enseguida se mordió la mano para apagarlo. La sentí temblar de los pies a las costillas.

—Dámelo —dijo cuando recuperó el aire—. Por favor, dámelo.

La giré, la arrastré hasta la orilla de la cama y la penetré de un solo empujón. Me quedé quieto unos segundos, con todo el largo adentro, para que se acostumbrara. Le acaricié los pechos, ahora libres del sostén, y empecé a moverme con un ritmo lento que se fue acelerando a medida que ella misma lo pedía con la cadera.

—Más, más.

Le di más. Volvió a correrse, con un grito ronco que terminó en risa nerviosa. La abracé y la giré para que quedara encima. Cabalgaba como si tuviera años de práctica, aunque me había dicho que nunca lo había hecho así. Se miraba en el espejo lateral, se subía el pelo con las dos manos, se reía. Le agarré las nalgas y la ayudé a bajar más fuerte. Cuando se desplomó sobre mi pecho, sin aire, supe que faltaba poco. Terminé adentro y la sostuve con todas mis fuerzas hasta que se nos normalizó la respiración.

***

No sé si fue por el morbo de saber que me estaba acostando con la mujer del oficial Hugo o por las ganas acumuladas de los días de chat, pero acabé más de lo normal. Ella se rio cuando se levantó y vio el desastre.

—Tengo que pasar a buscar a las niñas a las dos.

—Una más —le pedí, y la giré de costado.

Le levanté la pierna derecha, la apoyé sobre mi cintura y la fui penetrando despacio, besándole el cuello. Mi sexo seguía duro. Mariana al principio se quejó, dijo que se sentía irritada, y le bajé el ritmo. Después le humedecí el dedo medio en su propia humedad y se lo apoyé en la entrada de atrás. Hizo presión, instintiva. Le pedí que aflojara, que respirara. A los dos minutos el dedo entraba con facilidad y ella no sabía si reírse o gemir.

—¿Te gusta la sensación?

—Nunca lo había hecho. Pero sí.

Cuando saqué el sexo de la vagina, ella lo agarró con las dos manos y se puso seria.

—Por ahí no estoy lista.

—Otra vez. Con tiempo. Para que sea bonito.

—Otra vez —repitió, y me besó la palma de la mano.

Me acerqué a su cara y le pasé el sexo por los labios.

—Necesito terminar. Quiero tu boca.

Abrió. Me agarró por la base con una mano y se la fue llevando hasta el fondo. Esta vez, cuando me sintió palpitar, no se apartó. Empujé apenas el último centímetro y descargué dentro. Tuvo un amago de arcada, pero tragó. Siguió chupando hasta sacarme la última gota, y después me lamió todo, despacio, como quien limpia una copa que le gustó.

Me miró con una sonrisa nueva.

—No saben mal.

Nos bañamos rápido. La dejé a dos cuadras de la casa de la comadre, le di un beso seco y pactamos que nos veríamos por chat al día siguiente. Mientras la veía caminar hacia la esquina, con el bolso pequeño y los zapatos negros, supe que no iba a ser la última vez.

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Comentarios (10)

Fernanda_Lect

Dios mio, que forma de empezar!! me enganche desde la primera oracion

Nahuel_BA

Las medias azules en el suelo... ese detalle lo dice todo. Muy buen relato, espero la continuacion!!

MarcosLibre

jajaja el oficial ni se imagina. Me mato el detalle del telefono, uno ya sabe desde ahi como termina todo

patri88

Me encanto como esta narrado, se siente confesion real y no cuento inventado. Seguí compartiendo mas!!

ChicoNocturno99

Algo similar me paso hace años. No con la esposa de un oficial pero si con alguien que no debia. Esos nervios son inconfundibles, te entiendo perfectamente jaja

epsilon22

Buenisimo!! uno de los mejores que lei esta semana sin dudas

CarlaRdl

Me pregunto si el oficial sospechaba algo... esos detalles que no contas son los que mas intrigan. Muy buena narracion

RobertoQuilmes

Excelente relato. Saludos desde el conurbano

lector_ansioso

Las confesiones reales son siempre las mejores. Gracias por animarte a contarlo

NightReader7

Me quede con ganas de saber mas, espero que pongas la segunda parte con lo que paso despues de cerrar las cortinas!!

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