Lo que pasó con el señor maduro en la oficina vacía
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.
Siempre había ignorado sus miradas y sus comentarios. Hasta que abrí por error la conversación con su mujer y leí, palabra por palabra, todo lo que pensaba de mí.
Cuando encendí la luz de la cocina lo vi sentado, con el torso desnudo y una taza de té en la mano. Dijo mi nombre y supe que no iba a subir igual.
Era famosa, perfecta y cincuentona. Yo era el delantero del momento. Esa noche subí a su suite y entendí lo que es jugar fuera de tu liga.
Cuando marcó la extensión de mantenimiento por segunda vez esa noche, ya sabía que no era para pedirle que limpiara nada.