La tarde que decidí darle la razón a su esposa
Hay cosas que una mujer aguanta por educación, por trabajo, o porque sencillamente no le importan. Las miradas de los hombres dejaron de molestarme hace mucho. A los treinta y cinco aprendí que tener el cuerpo que tengo —piernas firmes de quince años de pilates, caderas anchas, cintura trabajada a fuerza de disciplina, tetas grandes que ninguna blusa disimula del todo— implica ser observada. Uno se acostumbra, o aprende a disfrutarlo. Lo mío siempre fue lo segundo.
Lo que no aprendí a tolerar fue que me llamaran puta por escrito, como si fuera un diagnóstico.
Pero empiezo por el principio.
Entré hace poco más de un año como asistente ejecutiva en una consultora de seguros. Me asignaron al despacho de Damián, uno de los subdirectores, un hombre de cuarenta y dos años, casado, con dos hijos y una mujer que aparecía sin avisar por la oficina al menos dos veces por semana. Elisa, se llamaba. Rubia delgada, elegante, con esa sonrisa tensa de quien no está tranquila. Yo la saludaba con respeto. Le ofrecía café. Le preguntaba por los niños. Nunca le di un motivo.
Y sin embargo, desde el primer día, me trataba como a un animal peligroso detrás de una reja.
Entiendo los celos. Me miro al espejo y los entiendo. Damián no disimulaba: los comentarios, los chistes pesados, el «qué buena estás hoy» cada vez que pasaba frente a su escritorio. Al principio le respondía con una sonrisa seca y seguía trabajando. Con el tiempo aprendí a ignorarlo del todo, porque la ignorancia era más humillante para él que cualquier respuesta. Elisa también lo notaba. Lo notaba todo.
Pero yo no iba a meterme con un hombre casado. No por moral —mi moral en ese terreno es flexible— sino por orgullo. Jamás había necesitado robarle el marido a nadie. Si quería que me follaran, tenía una agenda propia, con nombres, teléfonos y horarios.
Todo cambió un jueves a las cinco de la tarde.
Damián había salido a una reunión fuera y me dejó el portátil abierto para que respondiera unos correos. «Lo que entre, contéstalo tú, ya sabes cómo hablo», me dijo. Un gesto de confianza que incluía, por descuido, acceso a su cuenta de mensajería. En la pantalla seguía abierta la conversación con Elisa. Iba a minimizarla, pero mi nombre apareció en un mensaje reciente y no pude evitarlo.
Lo leí entero. No tendría que haberlo hecho, pero lo leí entero.
«La perra esa cómo se vistió hoy.»
«Putita barata, no entiendo por qué no la despides.»
«Seguro ya se te ofreció, esas zorras son todas iguales.»
«La próxima vez que vaya te quiero ver alejado de ella, me oíste.»
Y la respuesta de Damián, dos palabras vacías —«tranquila amor»— seguidas de un emoji, como quien le habla a un perro para que deje de ladrar.
Cerré la pestaña. Me senté. Respiré.
No era el insulto lo que me dolía —los insultos me resbalan—. Era la certeza de que había sido impecable durante un año entero. Que había sostenido distancia, profesionalismo, ropa discreta dentro de lo que mi cuerpo permite. Que había renunciado a un flirteo fácil con un hombre que me habría dado un aumento con solo dejar caer una blusa. Y aun así, para ella, yo era una zorra. Para ella yo era «la perra esa».
Está bien, pensé.
Muy bien.
Si iba a ser una perra de todas formas, al menos que lo fuera con causa.
***
Esperé. Lo hice todo ese viernes con una calma quirúrgica. Atendí a Damián como siempre, le sonreí como siempre, me dejé mirar como siempre. Me fijé en qué horarios salían las chicas del piso, en a qué hora se iba el de mantenimiento, en cuánto tardaba la última auxiliar en cerrar la cocina. Calculé que después de las siete y media no quedaría nadie en la planta.
A las siete y cuarenta y cinco, los pasillos estaban vacíos.
Damián seguía en su escritorio, escribiendo sin prisa, con la corbata aflojada y el saco en el respaldo de la silla. Me acerqué por detrás, sin ruido. Apoyé las dos manos sobre sus hombros. Él se tensó al principio, pensando que era una broma, hasta que bajé la boca a la altura de su oreja.
—Tu mujer piensa que soy una perra —le dije, muy despacio—. Así que esta noche vas a follarte a una perra de verdad.
No respondió. Se quedó inmóvil frente a la pantalla, como si un movimiento en falso fuera a romper algo. Mis dedos ya estaban bajando, pasando por encima del cinturón, apretando por fuera del pantalón lo que encontré duro desde el primer roce. La tenía tiesa, hinchada contra la tela, marcando el bulto como un adolescente. Le apreté la polla por encima del pantalón con toda la mano y le mordí el lóbulo de la oreja.
—¿Estás… estás segura de esto? —consiguió articular.
—No estoy segura —le contesté—. Estoy decidida. Es distinto.
Rodeé la silla y me arrodillé entre sus piernas. Le solté la hebilla, le bajé la cremallera, le bajé también el calzoncillo y le saqué la polla con una lentitud que sentí hasta en los dientes. La tenía gruesa, venosa, con el glande morado y una gota espesa asomando por la punta. La miré de cerca, pasé la lengua desde la base hasta arriba, muy lento, recogiendo esa gota con la punta de la lengua. Lo miré desde abajo. Él me miraba con una mezcla de culpa y de estupor, como si todavía no terminara de creer que el pecado iba a pasarle a él.
—Mírame bien —le dije—. Esto es lo que tu mujer se imagina todas las noches.
Me la metí en la boca entera. No suave. No con ternura. Hasta el fondo, hasta que la garganta me dio esa arcada seca de las primeras veces y los ojos se me humedecieron sin querer. La saqué, respiré, escupí sobre la verga y la agarré con la mano, masturbándolo despacio mientras le lamía los huevos uno por uno, chupándoselos con la boca abierta, dejando que se me llenara la barbilla de saliva. Se la volví a meter. Hasta el fondo otra vez. Y otra. Marcando un ritmo obsceno, sacándola y metiéndomela hasta que los mocos se me mezclaban con la saliva y le caían por la polla en hilos brillantes. Damián se aferró al borde del escritorio y cerró los ojos.
—Mírame mientras te la mamo —le ordené, sacándomela un segundo—. No cierres los ojos. Mírame.
Abrió los ojos. Se los sostuve todo el tiempo, con la boca llena de él, con la mejilla deformada por el bulto de la polla empujando por dentro. Le pasé la lengua por la corona, por el frenillo, hice el vacío con los cachetes y lo escuché soltar un gemido ronco. Tenía las manos tan apretadas al escritorio que los nudillos se le habían puesto blancos.
—No te atrevas a correrte —le advertí, levantando la boca apenas unos centímetros, con un hilo de saliva colgando del labio a la punta de su verga—. Todavía no.
Me puse de pie. Me desabroché la blusa sin apuro, botón por botón, y la dejé caer sobre la alfombra. La falda bajó después, y las medias, y el sujetador se soltó con un gesto de la espalda que me tomó dos segundos. Me quedé con las bragas puestas, negras, ya empapadas por delante, y me las bajé mirándolo, muy lento, hasta que las dejé caer sobre el zapato. Lo último que me quedó encima fue el ruido del tráfico afuera. Él seguía sentado, con los pantalones por los tobillos, la polla erguida contra el vientre, mirándome como si yo fuera una película que no había pagado por ver.
—Levántate —ordené.
Obedeció.
Me apoyé de bruces sobre su escritorio, sobre las carpetas con membretes y los informes que yo misma había impreso esa mañana. Aplasté las tetas contra la madera fría, arqueé la espalda y saqué el culo hacia atrás, bien alto, con las piernas separadas. Giré la cabeza hacia él por encima del hombro.
—Antes de metérmela, quiero que me comas todo. El coño y el culo. Despacio.
Damián se arrodilló detrás de mí y cumplió la orden sin chistar. Tenía la lengua más atenta de lo que me esperaba. Me abrió los cachetes del culo con las dos manos, con los pulgares, y hundió la cara entre mis piernas como si llevara meses ahogándose por hacerlo. La lengua entró plana contra el coño, me recorrió lento, buscando el centro, chupando los labios, envolviéndome el clítoris con una succión suave que me hizo apretar los puños contra el escritorio. Después subió. La sentí lamerme el culo, sin miedo, sin asco, con la punta de la lengua empujando contra el anillo, dando vueltas alrededor, mojándomelo entero. Bajó otra vez al coño. Me metió dos dedos, curvados hacia arriba, mientras la lengua seguía trabajándome el culo, y yo me tuve que morder el antebrazo para no gritar. No era el momento de hacer ruido.
—Más adentro —le dije apretando los dientes—. Métemela toda la lengua. Cómeme como si nunca hubieras comido un coño en tu vida.
Movió los dedos más rápido, los sacaba brillantes y me los volvía a meter, y la lengua le patinaba por todos lados, entre el clítoris y el culo, y yo empecé a mojar el escritorio, a mojarle los dedos, a mojarle la barbilla. Sentía el jugo bajándome por el interior del muslo. Me mordió suave la cara interna del muslo, chupó y dejó una marca, y volvió a subir.
Cuando sentí que ya no aguantaba más, le hablé sin mirarlo.
—Ahora sí. Métemela. Despacio la primera vez.
Entró de golpe. Por supuesto que entró de golpe. Los hombres dicen que sí a cualquier cosa hasta que llega el momento. Sentí la embestida entera, la polla abriéndome de un solo empuje, y me tuve que morder el antebrazo para no gritar. No por dolor. Por orgullo. Porque una mujer que decide ser perra no le da al hombre la satisfacción de oírla gemir en la primera embestida.
—Así —le dije, cuando recuperé el aire—. Así, muy bien. Sigue.
Sus manos se cerraron sobre mis caderas, los dedos clavándose en la carne. La segunda embestida ya fue más lenta, más medida, más mía. Sentía cómo entraba hasta el fondo, cómo la punta me golpeaba dentro, cómo se retiraba casi entera dejándome vacía un segundo antes de volver a llenarme. Empecé a moverme yo también, a buscarlo, a marcarle el ritmo con la espalda arqueada, empujando el culo contra su pelvis, escuchando el ruido húmedo y sucio del choque de piel contra piel.
—Más fuerte —le pedí—. Fóllame como te gustaría follármela cuando ella no está.
Me la empezó a meter con ganas, con esas embestidas secas que hacen sonar la carne. Me agarró del pelo con una mano y me tiró la cabeza hacia atrás, sin soltarme la cadera con la otra. Los pechos me rebotaban contra la madera del escritorio con cada envión. La polla entraba y salía con un ruido líquido que me estaba encendiendo más que cualquier caricia.
—¿Así es como te la imaginabas? —le pregunté entre respiraciones entrecortadas.
—Mejor —contestó, jadeando—. Mil veces mejor.
—Dime qué dice tu mujer de mí.
Dudó, sin dejar de embestirme.
—No pares ahora —insistí, echándole el culo aún más atrás—. Dime.
—Dice que eres una puta.
—Dilo otra vez.
—Dice que eres una puta.
—Pues fóllame como se folla a una puta. Con las dos manos.
Me clavó los dedos en las caderas y aceleró. Las embestidas empezaron a sonar por todo el despacho, secas, brutales, con el escritorio arrastrándose un centímetro cada tres empujones. Se agachó sobre mí, me mordió el hombro, me lamió la nuca, me metió dos dedos en la boca y yo se los chupé como si fueran otra polla.
—¿Y tú qué piensas? —le pregunté con los dedos aún dentro de la boca.
Damián se inclinó hasta pegar el pecho a mi espalda, sin dejar de moverse, sin sacármela. Me habló al oído, con la voz más baja y más honesta que le escuché en todo el año que llevaba trabajando con él.
—Pienso que es la mujer más afortunada del mundo y no se da cuenta.
Cerré los ojos.
Esa frase, más que la embestida, fue la que me hizo perder el primer orgasmo.
Me estremecí entera hacia adelante, las piernas temblándome, el coño apretándose alrededor de él en espasmos que sentí uno por uno, manchando el informe trimestral con un chorro de jugo tibio, y él tuvo que sostenerme por las caderas para que no me cayera contra el mármol. Grité contra mi propio antebrazo, largo, con la boca abierta. Damián quiso salir en ese momento. Lo paré.
—No. Todavía no te corriste tú.
—Un segundo —pidió—. Déjame… un segundo o me vengo.
Esperamos. Sentí cómo se sostenía por dentro, cómo la polla le latía en pulsos calientes dentro de mí, cómo intentaba volver de donde estaba. Apoyé la frente sobre mis propios brazos y esperé con él, sintiéndolo palpitar, apretándolo yo misma con los músculos del coño para torturarlo un poco.
—¿Quieres seguir? —me preguntó, cuando respiró de nuevo.
—Quiero que me des la vuelta —le dije.
Me levantó por la cintura. Me sentó de espaldas al escritorio, con las piernas abiertas alrededor de su cadera. Las carpetas cayeron al suelo, un vaso rodó. Me apoyé sobre los codos, con las tetas al aire, los pezones tan duros que me dolían. Se agachó y me chupó uno, mordiéndomelo, jalándolo con los dientes hasta que solté un quejido, y después el otro. Le agarré la polla con la mano, se la guié yo misma hasta la entrada del coño, y me la fui metiendo sola, mirándolo a los ojos, viendo cómo desaparecía centímetro a centímetro dentro de mí.
Volvió a entrar del todo y esta vez fue distinto. Esta vez me miró a los ojos, y yo a él. No era venganza ya. Era otra cosa. Algo que no tenía intención de nombrar.
—Más fuerte —le dije.
Me obedeció. Me agarró por detrás de las rodillas, me abrió las piernas más y me empezó a coger de frente, con embestidas que me levantaban del escritorio.
—Más.
Me obedeció otra vez. Ahora me estaba destrozando. Los papeles caían, mis tetas rebotaban con cada envión, yo me agarraba al borde de la mesa para no salir volando. Sentía cómo se me acumulaba otro orgasmo, más denso, más lento, empujando desde adentro.
—Chúpame las tetas mientras me la metes —le ordené entre jadeos.
Se agachó sin dejar de embestirme y me atrapó un pezón con la boca, chupando fuerte, mientras seguía follándome de pie. La lengua le patinaba de una teta a la otra, mordiéndolas, dejándolas rojas. Bajé una mano entre los dos cuerpos, me busqué el clítoris con dos dedos y empecé a frotarme mientras él me la metía. Duró treinta segundos. Me corrí otra vez, más largo, mordiéndome el labio hasta sangrar, sintiendo el segundo orgasmo trepándome por la espalda como una descarga eléctrica.
—Sácala —jadeé, apretándole la cara contra mis tetas—. Sácala y córrete encima. Ahora.
La sacó a tiempo. Se agarró la verga con la mano derecha, se la sacudió tres, cuatro veces, con la punta apuntando a mi vientre, y terminó sobre mi vientre en chorros gruesos y calientes que me salpicaron hasta las tetas, porque no le di otra opción; no iba a cometer la tontería de dejarlo terminar dentro, ni siquiera en medio de una venganza bien planeada. Me quedé mirándolo mientras se vaciaba, viendo cómo la polla le latía en la mano, cómo la última gota le colgaba de la punta. Me pasé un dedo por el vientre, recogí un poco de semen, me lo llevé a la boca y se lo chupé sin sacarle los ojos de encima.
Me miró con esa expresión de hombre recién arruinado que tienen todos después, sin excepción, desde el primero hasta el último. Me incorporé, tomé un pañuelo del cajón, me limpié con la naturalidad de quien guarda un archivo.
—Mañana te comportas como si nada de esto hubiera pasado —le dije mientras me vestía—. Y el lunes también. Y todos los días después.
—Pero…
—No hay peros.
Se sentó en la silla, desnudo, exhausto, con la polla todavía brillante y a medio bajar, mirándome como si hubiera asistido a su propio funeral. Terminé de abotonarme la blusa frente al espejo del pasillo. Me acomodé el pelo. Respiré.
—Y una cosa más —añadí desde la puerta.
—Dime.
—A tu mujer no vas a decirle nada, obviamente. Pero si alguna vez vuelves a responderle «tranquila amor» después de un mensaje como los de ayer, te juro que te va a ir peor que esta noche.
Apagué la luz del despacho.
***
El lunes siguiente, Elisa vino a la oficina. Me saludó con la misma frialdad de siempre. Le ofrecí café. Lo aceptó. No me tembló la mano al servirlo.
Damián firmó mi aumento dos semanas después. Nunca pedí nada. Él nunca dijo nada. Yo tampoco.
Una vez leí que la venganza es un plato que se sirve frío. Yo prefiero servirlo tibio, justo a la temperatura de un cuerpo vivo, y asegurarme de que el otro se lo coma completo sin derecho a réplica.
Al fin y al cabo, si una mujer es una perra, que al menos sea una perra que elige con quién ladrar.