La lección que la madura Renata les reservó esa noche
Llevaba semanas pensando en los dos: el repartidor tímido y el fisioterapeuta serio. Esa noche los citó juntos, decidida a enseñarles algo que ninguno se atrevía a pedir.
Llevaba semanas pensando en los dos: el repartidor tímido y el fisioterapeuta serio. Esa noche los citó juntos, decidida a enseñarles algo que ninguno se atrevía a pedir.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Llevaba noventa noches despertándome con su nombre en los labios. Cuando lo vi cruzar la pista de aquella discoteca, supe que esta vez no me iría sin él.
Cuando me pidió ayuda con el lavarropas no imaginé que terminaría mirándola sin disimulo. Una mujer así no debería quedarse sola tan seguido.
Llevaba apenas un mes en la empresa cuando mi directora plantó la mano sobre mi muslo y me ordenó que subiera a tomar algo. No pensaba desobedecerla.
Llevaba medio año aferrada a un recuerdo y a mis noches a solas. El viernes me quité la ropa interior en un área de descanso y conduje el resto del camino temblando.
Nunca imaginé que la mujer elegante y serena que me crió escondiera, a las dos de la mañana, a otra completamente distinta sobre el sillón del salón.
Tenía quince años más que yo, un descapotable rojo y una idea muy clara de lo que quería esa noche. Yo solo tenía que obedecer y disfrutarlo.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Tenía novio, tenía un plan y tenía la promesa de portarme bien. Lo que no tenía era idea de lo que ese hombre iba a despertar en mí esa madrugada.
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
Carmen apareció en mi ventana como si esperara ese momento. No se fue. Me hizo bajar. Lo que vino después no fue lo que ninguno de los dos imaginaba.
El chico llegó con su camilla bajo el brazo y ella ya tenía dos copas de vino encima. Lo que siguió fue mucho más que un masaje de espalda.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Siempre fui invisible, la chica con lentes que nadie notaba. Esa tarde en el mercado, cuando las naranjas rodaron, todo cambió de golpe.
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.