El abuelo de mi mejor amiga me esperaba esa madrugada
Me llamo Renata y acabo de cumplir veintidós años. Camila y yo nos conocemos desde el primer día de secundaria, cuando ella me prestó un lápiz en clase de matemáticas y nunca más nos separamos. Su familia vive en una casa grande del barrio sur, una de esas construcciones antiguas de techos altos y pisos de madera que crujen cuando alguien camina descalzo. Ahí también vive su abuelo, don Alfredo, un hombre al que he visto tantas veces como a mi propio padre.
Don Alfredo tiene cincuenta y ocho años y sigue siendo imponente. Alto, de hombros anchos, con el pelo completamente blanco y una barba corta que se recorta cada sábado por la mañana. Tiene esas manos enormes que parecen hechas para sostener herramientas o sujetar mujeres. Siempre fue cariñoso conmigo. Me llamaba «princesa» desde que yo tenía trece años, me recibía con un abrazo cada vez que cruzaba la puerta y me daba palmaditas en la espalda cuando estaba triste. Para mí era familia. Hasta esa noche.
Mis padres se fueron a un congreso en Córdoba y yo me quedé en casa de Camila. Estuvimos hasta tarde viendo una serie coreana, comiendo nachos con guacamole y discutiendo sobre cuál de los protagonistas era más guapo. Ella se durmió pasada la una, abrazada a su almohada y con el pelo hecho un desastre. Yo no podía dormir. El calor era insoportable y tenía una sensación rara en el pecho, como si algo fuera a pasar.
Me levanté en silencio. Solo llevaba puesta una remera blanca de dormir que me quedaba por encima del ombligo y una bombacha de algodón negra. No me puse corpiño. Mis pechos son grandes y me pesan bajo la tela fina. Bajé las escaleras descalza, sintiendo la madera fresca en las plantas de los pies.
La casa estaba en silencio absoluto. Solo se oía el zumbido de la heladera. Encendí la luz de la cocina y di un respingo.
Don Alfredo estaba ahí.
Sentado frente a la mesa, con una taza de té entre las manos y el torso desnudo. Llevaba solo un pantalón de pijama gris claro. Su pecho era ancho, firme todavía, con algunos vellos blancos. Me miró de arriba abajo, sin disimulo, y sonrió con esa calidez de siempre. Pero algo en esa sonrisa era distinto.
—Renata, princesa —dijo con voz grave—. ¿No podés dormir?
Me puse colorada de golpe. La remera era demasiado corta. La bombacha no alcanzaba a cubrirme bien. Sentí que sus ojos se detenían en mis pechos, en mi vientre, en mis muslos. Quise dar media vuelta y subir corriendo, pero también sentí otra cosa, algo que me clavó los pies al suelo.
—Hace mucho calor arriba —dije, cruzando los brazos sin pensarlo—. No puedo pegar un ojo.
Tomó un sorbo de su té, tranquilo.
—Bajá, sentate un rato conmigo. A veces conversar un poco ayuda a que se afloje la cabeza.
Dudé. Era don Alfredo. El abuelo de mi mejor amiga. El hombre que me ponía la mano en el hombro cuando me saludaba y me decía cosas bonitas. Pero era la primera vez que lo veía así, sin camisa, con esa luz cálida de la lámpara de la cocina dándole relieve a los músculos del pecho.
Me acerqué despacio.
Separó un poco las piernas y golpeó su muslo derecho con la palma de la mano.
—Acá, princesa. Sentate acá y contame qué te da vueltas.
Me quedé parada un segundo.
—Don Alfredo, peso demasiado para…
Él rió por lo bajo.
—Pero qué dice esta nena. Yo cargué bolsas de cincuenta kilos toda mi vida. Venga para acá. Y además —agregó, bajando la voz— a mí así me gustan las mujeres. Con carne de donde agarrar. Camila es un palito flaco. Usted, en cambio, es una belleza.
Nunca nadie me había comparado con Camila y ganado yo. Camila era la linda, la flaca, la que llamaba la atención. A mí me miraban después, si quedaba tiempo. Lo que dijo don Alfredo me golpeó en el pecho como un trago caliente. El corazón me empezó a latir tan fuerte que pensé que se iba a escuchar desde la cocina.
Me senté de costado sobre su muslo derecho. Apoyé la espalda contra su pecho desnudo. Sentí el calor de su piel atravesar la tela finita de la remera, el latido de su corazón en mi omóplato, el peso de su brazo cuando lo pasó por mi cintura.
—Así —susurró pegado a mi oreja—. Buena chica.
Su mano libre empezó a recorrerme la pierna. Muy despacio. La palma áspera subía desde la rodilla hasta la mitad del muslo, bajaba, volvía a subir. Sin apuro. Cerré los ojos sin darme cuenta y solté un suspiro que no tenía pensado soltar.
—¿Ves? —dijo bajito—. Solo necesitabas que alguien te relajara un poco.
Sus dedos subieron un poco más. Rozaron el borde de mi bombacha. Se me escapó un estremecimiento y él lo sintió.
—Tranquila, mi niña. Si no te gusta lo que hago, me decís y paramos. Nadie te va a obligar a nada.
No le dije que parara. No pude.
Sus dedos siguieron subiendo por la cara interna del muslo, cada vez más cerca de donde yo sabía que no debía dejarlo llegar. Mi respiración se había vuelto profunda y lenta. Sentía un calor que me bajaba del pecho al vientre, y más abajo también.
—Estás tensa justo acá —murmuró, rozándome por encima de la tela de algodón—. ¿Querés que te relaje de verdad?
Asentí. Apenas, pero asentí.
Metió la mano bajo la bombacha. Sus dedos gruesos separaron mis labios y me encontraron ya mojada. Me encontraron rendida antes de rendirme yo misma.
—Ay, princesa —gruñó bajito—. Qué calor tenés acá. ¿Hace cuánto que nadie te trata bien?
Empezó a hacer círculos lentos sobre mi clítoris. Tenía una paciencia que nunca había conocido con los chicos de mi edad, esos que apuran todo, que no saben dónde tocar, que terminan antes de que una pueda enterarse de que estaba empezando algo. Don Alfredo se tomaba su tiempo. Y sus manos sabían.
Solté un gemido sin querer. Él me tapó la boca con la otra mano, rápido, firme.
—Shhh. La casa entera puede escucharte, princesa.
Esa mano sobre mi boca me excitó como no esperaba. La fuerza controlada, la manera en que me sujetaba sin lastimarme pero sin permitirme hacer ruido, me encendió algo por dentro que no sabía que tenía. Me sentí suya de una forma inmediata y sin reparos.
Metió un dedo dentro de mí. Despacio. Luego dos. Se movía con una precisión que yo no había experimentado antes. Su pulgar seguía atento al clítoris, los dedos adentro buscaban un punto que yo ni siquiera sabía que existía.
—Qué chica rica —decía bajito, contra mi oreja—. Qué rica que sos, princesa.
Yo sabía que arriba dormían Camila, su padre y su madre. Sabía que cualquiera podía bajar, como había bajado yo. Sabía que todo estaba mal y que nada de esto se podía deshacer después. Pero mi cuerpo ya había decidido mucho antes que mi cabeza. Me corrí sobre su mano apretando los dientes, mordiéndome el labio, temblando contra su pecho. Él no paró. Siguió moviendo los dedos despacio, estirando el orgasmo hasta que creí que me iba a desmayar.
***
Cuando dejé de temblar, me levantó como si yo fuera de plumas. Me apoyó sobre la mesa fría de la cocina, al lado de su taza ya olvidada. Me abrió las piernas sin pedir permiso y se arrodilló entre ellas.
—Ahora te quiero probar —dijo.
Me sacó la bombacha empapada. La enroscó con los dedos y me la acercó a la boca.
—Mordé esto, princesa. No quiero que despertés a nadie.
Abrí la boca. La mordí. Nunca había hecho algo así, pero con él me resultaba natural, casi fácil, como si hubiera estado esperando toda mi vida que alguien me enseñara este juego.
Bajó la cabeza entre mis piernas y empezó. Su lengua era caliente, paciente, exacta. Recorrió cada pliegue, se detuvo en el clítoris con una presión justa, me penetró con la punta, subió otra vez. Me tomaba los muslos con las dos manos, firmes, abiertas. Me sujetaba para que no me escapara de su boca.
Me corrí por segunda vez con la bombacha entre los dientes, temblando entera, con las caderas subiendo en el aire y sin poder parar. Él siguió, ahora más suave, lamiendo todo, bebiéndome sin dejar nada. Gruñía bajito mientras lo hacía, como si lo estuviera disfrutando más que yo misma.
Cuando se incorporó, me miró a los ojos y yo supe que todavía no habíamos terminado. Se bajó el pantalón de pijama. Estaba duro de una manera que los chicos de mi edad no sabían estar, con una forma que me intimidó y me atrajo al mismo tiempo.
—Ahora vas a saber lo que es un hombre de verdad, princesa.
Se abrió paso entre mis piernas. Me puso la mano bajo la cadera, me atrajo hacia el borde de la mesa y entró despacio, centímetro a centímetro. Quise gritar. Él me cubrió la boca con la palma otra vez, sin dejarme aire, mirándome a los ojos.
—Respirá por la nariz. Despacio. Así, princesa. Así.
Me fui acostumbrando. El dolor inicial se convirtió en un placer espeso, cerrado, distinto a todo lo que había conocido. Empezó a moverse despacio, saliendo casi entero y volviendo a entrar hasta el fondo. La mesa crujía bajo mi espalda. Mis pechos rebotaban con cada embestida y él los miraba como si fueran lo único que existía en el mundo.
—Qué mujer —decía—. Qué mujer hermosa me viniste a buscar a la cocina esta noche.
Yo no había venido a buscarlo. Yo había bajado por agua. Pero ya no importaba.
Aceleró. Me agarró los pechos con las dos manos, me los apretó, me pellizcó los pezones. Me mordió el cuello, justo en la curva, sin marcar, cuidando no dejar huella. Cada embestida me sacudía la mesa entera. Me corrí por tercera vez apretándolo adentro, temblando, clavándole las uñas en los hombros.
—Voy a llenarte, princesa —me dijo al oído, agitado—. Voy a dejarte algo para que te acuerdes de esta noche.
Se vació dentro de mí con un gemido profundo, contenido, animal. Sentí cada pulsación, cada oleada caliente llenándome, y un placer distinto, raro, que todavía no tenía nombre.
Cuando terminó, se quedó un momento quieto, apoyando la frente en la mía. Después me besó, suave, largo, en la boca. Un beso que no era de abuelo.
—Esto es apenas el principio, Renata —susurró—. Cada noche que te quedes en esta casa, yo voy a estar acá esperándote. Si vos querés.
Me ayudó a bajar de la mesa. Me puso la bombacha en la mano y me acomodó la remera. Me acarició la cara con una ternura que no cuadraba con lo que acabábamos de hacer, y esa ternura fue la que terminó de hundirme.
Subí las escaleras en silencio, con las piernas todavía temblando y el cuerpo caliente por dentro. Entré al cuarto de Camila y me acosté a su lado. Ella ni se movió. Seguía durmiendo con el pelo revuelto y los labios entreabiertos, ajena a todo.
Cerré los ojos.
Y antes de caer dormida, ya sabía que iba a volver a bajar la noche siguiente. Porque tenía razón él, el muy desgraciado. Ningún chico de veinte años me había hecho sentir lo que me hizo sentir don Alfredo esa madrugada. Y yo no pensaba privarme de volver a sentirlo.