Lo que pasó con el señor maduro en la oficina vacía
Camila se ajustó el vestido gris frente al espejo del recibidor. Veintisiete años, rubia natural, casada y, según ella misma, demasiado inteligente para sentirse así de aburrida un martes por la mañana. El vestido era nuevo, ajustado, con un escote en V que no era estrictamente apropiado para una oficina. Ese día le importaba poco lo apropiado.
Mateo salió del baño con la toalla en la cintura, todavía con el pelo mojado. Tenía los ojos rojos de haber dormido mal y un fajo de carpetas bajo el brazo.
—Te ves preciosa —murmuró sin mucha convicción, dándole un beso en la frente—. ¿A qué hora vuelves hoy?
—Tarde. Tengo que cerrar el reporte mensual.
—Yo también. El caso de los Aranda se complicó. —Suspiró—. Si pierdo este, no sé qué hago.
Ella le acarició la mejilla. Llevaban tres años casados, sin hijos, y los últimos seis meses habían sido una sucesión de noches en las que él se quedaba dormido sobre el portátil y ella se duchaba sola pensando en cosas que no le contaba a nadie.
—Vas a salir adelante.
Él asintió, le besó el cuello sin ganas y volvió al cuarto a vestirse. Camila terminó su café mirando por la ventana, sintiendo ese vacío conocido que llevaba meses creciéndole en el pecho.
***
La distribuidora editorial olía a papel y a café recién hecho. Camila era la coordinadora administrativa: organizaba agendas, supervisaba al personal y, sobre todo, mandaba. A los veintisiete daba órdenes a contadores, secretarias y al personal de mantenimiento con una autoridad que a veces a ella misma le sorprendía.
Esa mañana la sorprendió por mal motivo. A las once vio una mancha grande de café viejo en la alfombra del pasillo principal. Don Eulogio, el intendente, empujaba su carrito al fondo. Cincuenta y tres años, barriga prominente, pelo entrecano peinado con gel barato y un uniforme gris que le quedaba flojo en los hombros y tirante en la cintura.
—Eulogio. Aquí. Ahora.
El hombre se acercó arrastrando los zapatos. Bajó la cabeza por costumbre.
—Diga, doña Camila.
—¿Esto te parece limpio? —Señaló la mancha con el zapato—. Te dije ayer que limpiaras este pasillo. ¿Estás ciego o no te importa hacer bien tu trabajo?
Había secretarias mirando. Un mensajero. Dos contadores que disimularon una sonrisa.
—Lo siento, doña Camila. Lo limpio ahora mismo.
—Eso dijiste ayer. —Avanzó un paso. Sus pechos quedaron casi a la altura de los ojos del intendente—. Si no puedes hacer tu trabajo, voy a tener que pedir que contraten a alguien más joven. Más competente. ¿Necesito explicártelo más despacio?
Don Eulogio agarró con fuerza el mango de la fregona. La cara morena se le encendió de vergüenza, pero no levantó la voz. Solo asintió.
—Va a quedar perfecto, doña Camila. Disculpe.
Ella se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, los tacones repiqueteando con violencia. Don Eulogio se quedó arrodillado frotando la mancha. Por dentro le ardía la humillación, pero también esa otra cosa que llevaba dos años creciéndole sin que nadie supiera: el deseo absurdo, imposible, por esa rubia mandona que cada mañana llegaba más guapa que el día anterior.
***
A las ocho menos cuarto de la noche la oficina ya estaba vacía. Camila terminaba el reporte cuando se dio cuenta de que llevaba diez minutos sin escribir nada. Pensaba en la cara de Don Eulogio. En el silencio de los demás cuando ella levantó la voz. En cómo ese hombre, cumpliendo sin protestar desde hacía años, había bajado la cabeza como un perro regañado.
No soy así, pensó. Estoy estresada. Mateo. El reporte. Pero eso no justifica.
Tomó el teléfono interno y marcó la extensión de mantenimiento.
—Eulogio. ¿Puedes venir a mi oficina, por favor?
Apareció dos minutos después. Tocó suavemente el cristal con los nudillos.
—Pasa. Cierra.
El hombre cerró la puerta con cuidado. La oficina estaba en penumbra, solo iluminada por la lámpara del escritorio.
—Quería disculparme por lo de esta mañana —dijo ella, cruzándose de brazos sin darse cuenta de que el gesto le subía el escote—. Me pasé. Te hablé delante de todos como si fueras un inútil y no lo eres. Llevas años aquí cumpliendo. Lo siento.
Don Eulogio tenía los ojos en el suelo.
—No tiene que disculparse, doña Camila. Usted es la jefa. Yo soy el que limpia. Está bien así.
—No, no está bien. —Suspiró—. Quiero compensarte de alguna forma. Dime qué puedo hacer.
Hubo un silencio raro. El hombre se rascó la nuca con una mano áspera. Levantó muy poco la mirada y volvió a bajarla.
—No, doña Camila. Nada. Yo no…
—Vamos. Lo que sea.
Tragó saliva. Cuando por fin habló, su voz era apenas un susurro avergonzado.
—Si de verdad… solo me gustaría ver un poquito más de su piel. De aquí. —Miró un instante el escote—. Solo mirar. Nada más. Sé que está mal pedir eso. Discúlpeme.
Camila se quedó muda. Sintió cómo le subía el calor a la cara. Cruzó los brazos sobre el pecho instintivamente.
—¿Qué? Eulogio, eso es completamente inapropiado. Yo solo quería disculparme.
El hombre dio un paso atrás, encogido.
—Perdóneme, perdóneme. No sé en qué pensaba. Es que… —Se le quebró la voz—. Hace años que mi mujer no me deja siquiera tocarla. Mis hijos me ven como un mueble viejo. Soy un hombre feo, gordo, con esta cara y esta barriga, y usted… usted es lo único bonito que veo cada día. Cuando me regaña al menos me mira. Por eso me atreví. Pero tiene razón. Mejor me voy.
Se giró hacia la puerta.
—Espera.
Camila no supo en qué momento decidió. Solo escuchó su propia voz diciéndolo. La culpa de la mañana le pesaba en el estómago, mezclada con algo más que llevaba meses ignorando.
—Cierra las cortinas.
El hombre se quedó quieto un segundo, sin entender.
—Ciérralas, Eulogio.
Lo hizo. Una a una, jalando las cortinas verticales que daban al área común. Cuando terminó, la oficina quedó completamente aislada del resto del piso.
Camila respiró hondo. Sus dedos temblaron al ir hasta el primer botón del vestido.
—Solo voy a abrir un poco. Nada más. ¿Entendido?
—Sí, doña Camila. Como usted diga.
Empezó a desabotonar. Uno. Dos. Tres. El sostén negro asomó. Cuatro. Cinco. La curva superior de los pechos quedó completamente expuesta. Se detuvo con las manos sosteniendo los bordes del vestido.
—Esto. Solo esto.
El intendente la miraba como si tuviera frente a él algo sagrado. No se movió. Apenas respiró.
—Doña Camila… es lo más hermoso que he visto en años.
***
El teléfono de Camila vibró sobre el escritorio. Lo ignoró un segundo. Volvió a vibrar. Miró: Joaquín, un amigo de Mateo. Contestó por reflejo.
—¿Sí?
La voz de Joaquín salió pastosa, con música de fondo.
—Camila. Mira, no quería llamarte. Estamos en un club. De strippers. Mateo está bien borracho. Yo intenté que no entráramos pero…
Ella sintió cómo se le encendía la cara de rabia.
—¿Qué?
—Lleva varias rondas. Está mirando a las chicas. Pensé que tenías que saberlo.
Cortó la llamada sin contestar. Tiró el teléfono sobre el escritorio. Le temblaban las manos. Mateo no toma. Mateo se queda dormido sobre las carpetas. Mateo. La rabia le subió por el pecho hasta dejarla sin aire. Que se divierta con putas baratas. Si él no me valora, alguien sí lo hará.
Don Eulogio seguía allí, con la camisa gris arrugada y los ojos clavados en ella, sin saber qué pasaba.
Camila lo miró. Miró ese cuerpo torpe, esa barriga, esa cara común, esos ojos de hombre cansado que la deseaba como Mateo no la había deseado en meses.
—Acércate.
—¿Doña Camila?
—Que te acerques.
***
Lo que vino después fue rápido, animal, sin pensar. La boca de Don Eulogio cerrándose sobre uno de sus pechos como si llevara años hambriento. Sus manos callosas subiéndole la falda hasta la cintura, separándole las nalgas, encontrando la humedad por encima del tanga negro. Camila apoyada contra el escritorio, gimiendo bajito al principio y después sin poder evitarlo, empujando las caderas contra esa mano áspera que la conocía mejor de lo que tenía derecho a conocerla.
Cuando él se arrodilló entre sus piernas y le pasó la lengua por primera vez, ella ahogó un grito mordiéndose el dorso de la mano. La barba mal afeitada le raspaba la piel del muslo. La lengua era torpe pero hambrienta, y los dedos gruesos que le entraron mientras le chupaba el clítoris encontraron un punto que Mateo nunca había sabido tocar bien.
—Así, sí, ahí no pares —jadeó ella, agarrándolo del pelo entrecano y empujándolo más contra su sexo.
Se corrió contra esa boca con un gemido largo, las piernas temblando. Antes de que ella recuperara el aire, el hombre ya estaba de pie, pasándole el dorso de la mano por la barbilla para limpiarse.
—Ahora me toca a mí, doña Camila.
Lo dijo distinto. Sin la voz sumisa de la mañana. Como si en algún momento de los últimos minutos las jerarquías se hubieran invertido y los dos lo supieran.
Ella se dejó tumbar boca arriba sobre el escritorio. Sintió cómo le levantaba las piernas, cómo se desabrochaba el cinturón con torpeza, cómo se acomodaba entre sus muslos. La punta gruesa, caliente, presionando.
—No tan fuerte —susurró, asustada de pronto—. Despacio.
—Despacio —repitió él.
Y entró despacio. Pero entero. Camila apretó los dientes, sorprendida del peso de ese hombre, de la sensación de ser literalmente abierta por alguien al que esa misma mañana había llamado inútil delante de todos.
Don Eulogio empezó a moverse. Embestidas largas, profundas, pesadas. Le sostenía las caderas con una fuerza que ella no había imaginado en esos brazos viejos.
—Mírate —murmuraba con la voz ronca—. Mira cómo te tengo. La jefa. La que me regañó delante de todos. Abierta para mí en su propio escritorio.
Ella debería haberle dicho que se callara. No lo hizo. Cerró los ojos y dejó que las palabras la atravesaran como las embestidas.
—Más fuerte —pidió en cambio.
Él aceleró. El escritorio crujía. Los archivos se movían con cada golpe de caderas. Camila se aferró al borde de la madera con las dos manos, gimiendo sin disimular ya, sintiendo cómo todo lo que había contenido durante meses —la frustración con Mateo, el aburrimiento, el cuerpo que nadie tocaba— salía por su boca en gemidos que llenaban la oficina vacía.
—Dilo —jadeó él contra su oído—. Dime que tu marido no te folla así.
—No me folla así —repitió ella sin pensar, oyéndose como si fuera otra.
—Otra vez.
—No me folla así.
Se corrió por segunda vez con un grito que ella misma no reconoció. Don Eulogio salió a tiempo, le agarró el pelo con la mano grande y se vino sobre sus pechos en un chorro espeso que se quedó allí brillando bajo la luz de la lámpara.
Después hubo silencio. El silencio raro de cuando dos personas vuelven a darse cuenta de quiénes son.
***
Camila se incorporó despacio. Buscó pañuelos en el cajón. Se limpió como pudo. Se subió el sostén. Se abrochó el vestido con dedos torpes que no le obedecían.
—Esto no pasó —dijo sin mirarlo.
—Sí, doña Camila.
—Vístete. Vete.
—Sí, doña Camila.
La voz volvía a ser sumisa, pero algo en ella ya no convencía a ninguno de los dos.
Salió de la oficina con el bolso al hombro y el pelo recogido como pudo. En el pasillo casi chocó con Daniel, el contador joven, que volvía por algo que se había olvidado. Se quedó mirándola un segundo de más. Ella apretó los labios.
—Buenas noches, Daniel.
—Doña Camila.
Pasó de largo sin detenerse. Por encima del hombro alcanzó a ver al intendente saliendo de su oficina con el carrito. Daniel también lo vio. Frunció el ceño. No dijo nada.
***
Llegó a su departamento pasadas las once. La luz de la sala estaba encendida. En la mesa, un plato cubierto con papel aluminio y un vaso. En el sofá, Mateo dormido con el control remoto en la mano y la televisión apagada. No olía a alcohol. No había rastro de nada de lo que Joaquín había dicho por teléfono.
Camila se quedó parada en la puerta, sin moverse. Sintió cómo se le rompía algo por dentro.
Mateo había llegado temprano. Había cocinado. Le había dejado la cena lista. Se había quedado dormido esperándola. Y ella…
Se le humedecieron los ojos. Se quitó los tacones en silencio para no despertarlo. Caminó descalza al baño, se desnudó y se metió bajo la ducha. El agua caliente le cayó encima durante mucho rato. Se enjabonó dos veces. Tres. Como si pudiera lavarse algo más que la piel.
Pero en cuanto cerraba los ojos volvían las manos callosas de Don Eulogio en sus caderas. La voz contra su oído. El crujido del escritorio. Sus propios gemidos delatándola en la oficina vacía. El cuerpo le palpitó otra vez, traidor, en sitios donde no debería palpitarle.
Cuando salió, envuelta en la toalla, miró otra vez hacia la sala. Mateo seguía allí, con la boca entreabierta y el pelo revuelto, indefenso como un niño.
No tengo cara, pensó.
Se metió en la cama dándole la espalda a la puerta. Se quedó mirando la pared a oscuras. Cerró los ojos con fuerza y pidió, sin saberle a quién, no soñar esa noche con nada.
Soñó igual.