El fan de mi webcam apareció un lunes en mi oficina
Cada tarde me ponía un antifaz y me convertía en otra mujer para cientos de desconocidos. Lo que jamás imaginé es que uno de ellos sabría mi verdadero nombre.
Cada tarde me ponía un antifaz y me convertía en otra mujer para cientos de desconocidos. Lo que jamás imaginé es que uno de ellos sabría mi verdadero nombre.
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Acepté un trago después del trabajo pensando que sería algo inocente. Tres horas más tarde entendí que nunca había querido que lo fuera.
Sabía exactamente lo que provocaba al cruzar las piernas frente a su escritorio. Lo que él no sabía era la sorpresa que escondía debajo de mi falda.
Llevaba un mes en recepción cuando la fiesta de viernes lo cambió todo: una mano bajo la mesa, una decisión que no pensé, y un lunes que ya no fue trabajo.
Quedaban dos candidatas para el puesto, pero Renata sabía exactamente cómo desempatar antes de que el director dijera una sola palabra.
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Mis pechos siempre fueron mi arma secreta, y aquel viernes con la oficina vacía decidí usarlos para conseguir de él lo que de verdad quería.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Terminé de vestirme en el borde de esa cama y entendí que ya no había vuelta atrás: la esposa abnegada había muerto y quería más, mucho más.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
Él decidía cuándo me desnudaba, cuándo me ataba y delante de quién. Yo solo tenía que obedecer, y descubrí que obedecer me encendía más de lo que jamás admití.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.
Llevaba tres meses cuidando ese trabajo como oro. Esa mañana, sola con él antes de abrir, descubrí cuánto me gustaba que alguien me dijera qué hacer.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.