Los tacones que despertaron a Lola dentro de mí
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Mis pechos siempre fueron mi arma secreta, y aquel viernes con la oficina vacía decidí usarlos para conseguir de él lo que de verdad quería.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Cuatro compañeras de oficina, tacones nuevos y un jefe con un plan. Lo que ocurrió cuando la última copa quedó vacía nadie se atrevía a contarlo en voz alta.
Terminé de vestirme en el borde de esa cama y entendí que ya no había vuelta atrás: la esposa abnegada había muerto y quería más, mucho más.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
Él decidía cuándo me desnudaba, cuándo me ataba y delante de quién. Yo solo tenía que obedecer, y descubrí que obedecer me encendía más de lo que jamás admití.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.
Llevaba tres meses cuidando ese trabajo como oro. Esa mañana, sola con él antes de abrir, descubrí cuánto me gustaba que alguien me dijera qué hacer.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
La llamó «nena» con la misma voz de hacía veinte años, y Helena supo que el cheque de despido jamás saldría de aquel cajón. La deuda iba a cobrarse con su cuerpo.
Me ordenó esperarla en el compartimento, desnuda y con la regla sobre el regazo. Sabía que vendría; lo que no sabía era cuánto tardaría en hacerme sufrir.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Tenía las pruebas de todo sobre el escritorio. Podía hundirme con una sola llamada. En lugar de eso, cerró la puerta con llave y me ordenó que me arrodillara.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.