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Relatos Ardientes

La jefa madura que llamó al conserje de noche

4.5(13)

Sandra tenía treinta y ocho años, un puesto de coordinadora administrativa en una empresa de distribución industrial y la costumbre de llegar al trabajo antes que todos. Cabello castaño oscuro hasta los hombros, cintura estrecha y caderas que el pantalón ajustado de los miércoles no disimulaba. Sus empleados la respetaban. Algunos la temían un poco. Ninguno se lo habría reprochado.

Esa mañana llegó con el vestido azul marino y el ánimo apretado. Diego, su marido de cuarenta y dos años, se había ido temprano sin desayunar y sin decir adónde. Arquitecto independiente con pocos proyectos y mucho silencio. Llevaba meses así: presente en el apartamento pero ausente en todo lo demás. En la cama sobre todo. Hacía casi cuatro meses que no la tocaba. Cuatro meses en los que Sandra se había acostumbrado a meterse dos dedos bajo las sábanas de madrugada, mordiendo la almohada para no despertarlo, y a terminar sola con la respiración entrecortada y una humedad tibia entre los muslos que nadie iba a probar.

Saludó a las secretarias con un «buenos días» que no invitaba a conversación y se encerró en su despacho de vidrio con el primer café del día y los reportes pendientes.

Don Augusto ya estaba en el pasillo principal cuando ella llegó. Cincuenta y siete años, uniforme gris, la barriga discreta de quien come lo que tiene y no protesta. Llevaba más de doce años en la empresa. Llegaba puntual, hacía su trabajo en silencio y nunca ponía excusas. También llevaba dos años mirándole el culo a Sandra de la forma en que miran los hombres que saben que no van a decir nada: de reojo, rápido, guardando cada detalle para algún lugar que no tenía nombre.

Le fascinaba todo de ella: el tono firme con que daba órdenes, la forma en que se cruzaba de brazos y le apretaba las tetas contra la tela del vestido, el movimiento preciso de sus caderas cuando caminaba por el pasillo. Muchas noches llegaba a casa, se acostaba al lado de su mujer —que dormía siempre de espaldas— y se la meneaba en el baño pensando en Sandra. En su voz. En la forma en que lo miraba cuando le mandaba hacer algo, directamente, sin dudar. Se corría en el lavabo imaginando esa boca de labios pintados diciendo su nombre, y después se lavaba la mano y se acostaba con la polla todavía sensible y la cabeza llena de ella.

A las once de la mañana, Sandra salió de su despacho con una carpeta y cara de pocos amigos. El pasillo central tenía huellas de barro fresco, seguramente del repartidor que había entrado sin limpiar los zapatos. Vio a don Augusto al fondo empujando el carrito de limpieza.

Lo llamó con voz alta y clara, la suficiente para que todos en el área abierta la escucharan:

—Don Augusto. Aquí. Ahora mismo.

Él se acercó rápidamente, dejando el carrito a un lado. La secretaria de contabilidad dejó de escribir. El mensajero que esperaba junto a la fotocopiadora miró hacia otro lado.

—¿Me explica esto? —Sandra señaló el suelo con el dedo, casi tocando la mancha—. Le dije ayer que el pasillo principal tenía que estar impecable. ¿Esto le parece impecable?

—Lo limpio ahora mismo, señora Sandra.

—Eso ya lo escuché ayer. —Su voz subió un tono—. Si no puede mantener el nivel que le exijo, tendré que hablar con el gerente para buscar a alguien que sí pueda. ¿Estamos de acuerdo?

—Sí, señora. Disculpe.

Sandra se dio la vuelta y se alejó. Don Augusto se agachó y comenzó a fregar con la cabeza baja, sin decir nada. Por dentro, algo ardía. No era ira. Nunca había sido exactamente ira. Se le había puesto dura solo con oírla hablarle así, y tuvo que quedarse en cuclillas fregando durante diez minutos hasta que la erección le bajó lo suficiente para poder ponerse de pie sin que se le marcara en el pantalón.

***

A las siete y cuarto de la tarde, la empresa estaba vacía.

Sandra seguía en su despacho terminando el informe mensual. Las luces del área común estaban al mínimo y desde el pasillo llegaba el zumbido lejano de la aspiradora. Apagó la pantalla del ordenador, estiró la espalda y se quedó quieta un momento.

Había sido dura esa mañana. Más de lo necesario. Don Augusto siempre cumplía, nunca protestaba, nunca se defendía aunque la culpa no fuera suya. Y ella lo había humillado frente a cuatro personas porque necesitaba descargar algo que no tenía nada que ver con él.

Tomó el teléfono interno y marcó la extensión de mantenimiento.

—¿Don Augusto? ¿Puede venir un momento a mi despacho, por favor?

Llegó dos minutos después. Uniforme gris, manos limpias, mirada baja. Se detuvo frente al escritorio con las manos juntas.

—Buenas noches, señora Sandra.

—Siéntese, por favor.

Él parpadeó, como si la silla fuera un objeto que no le correspondía usar.

—Esta mañana me excedí —dijo ella—. Usted hace bien su trabajo y yo le hablé de una forma que no era correcta. Quería pedirle disculpas.

Don Augusto levantó la vista un segundo y la bajó enseguida.

—No se preocupe, señora. Usted tiene mucha presión.

—No es una excusa.

Silencio. El despacho en penumbras, las persianas entreabiertas con el pasillo oscuro al otro lado.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted? Para compensar.

Don Augusto la miró durante más tiempo del habitual. Sus manos callosas descansaban sobre las rodillas. Cuando habló, lo hizo despacio, como quien saca algo que lleva demasiado tiempo guardado en un lugar incómodo.

—Mi mujer no me toca desde hace años. Me dice que estoy gordo, que me ve viejo. Mis hijos ya no me necesitan para nada. Llego a casa y soy el que paga los recibos y no se le habla. Aquí al menos... —hizo una pausa larga— aquí al menos usted me mira cuando me habla. Aunque sea para reñirme.

Sandra no dijo nada.

—Le pido disculpas —continuó él—. No era lo que usted quería escuchar. Me retiro.

—No se levante todavía.

En ese momento vibró su teléfono sobre el escritorio. Era un mensaje de Diego: «Esta noche salgo con los del estudio. No me esperes despierta. Besos.» Sin llamar. Sin preguntar cómo había ido el día.

Sandra lo dejó boca abajo sobre el escritorio.

—Cierre las persianas —dijo.

Don Augusto no se movió de inmediato.

—¿Señora Sandra?

—Las persianas. Por favor.

Él se levantó despacio y fue cerrando las lamas una a una hasta que la oficina quedó completamente aislada. La única luz era la lámpara del escritorio. Ahora estaban solos y el silencio tenía otra textura.

Sandra se levantó también. El vestido azul marino se ajustó a sus curvas con el movimiento. Se acercó a él hasta quedar a menos de un metro.

—Usted me desea —dijo en voz baja. No era una pregunta.

Don Augusto no respondió. No hacía falta. Tenía la polla dura desde hacía diez minutos y ella podía verla marcada bajo el pantalón gris del uniforme.

Ella tomó sus manos callosas y las colocó sobre su cintura. Después las bajó despacio hasta que él le agarraba el culo con las dos manos por encima del vestido.

—¿Cuántas veces se ha imaginado esto? —preguntó ella, muy cerca de su boca.

—Todas, señora. Todas las noches.

—Enséñeme.

***

Don Augusto no la besó primero en los labios. La besó en el cuello, justo debajo del oído, y Sandra sintió el raspón de la barba de dos días contra la piel. Bajó la boca por la clavícula, por el escote del vestido, mientras las manos le apretaban las nalgas con una fuerza contenida que llevaba dos años acumulándose.

—Despacio —murmuró ella.

—Como usted diga.

Le buscó el cierre del vestido a la espalda y lo bajó centímetro a centímetro. Los dedos gruesos le temblaban un poco. Cuando la tela cedió y el vestido cayó al suelo formando un charco azul a sus pies, Sandra quedó frente a él con el sujetador negro de encaje y la braga a juego. Don Augusto tragó saliva de un modo audible.

—Dios mío —dijo, y la voz le salió ronca.

Le desabrochó el sujetador con más torpeza de la que hubiera querido. Cuando las tetas de Sandra quedaron al aire, blancas y llenas, con los pezones ya duros y oscuros por el frío del aire acondicionado, él soltó un gemido bajo y se agachó a chupárselos sin pedir permiso.

Sandra se aferró a sus hombros. La lengua caliente de don Augusto le rodeaba el pezón, se lo mordisqueaba con cuidado, se lo chupaba entero hasta hacerla arquear la espalda. Pasaba de una teta a la otra sin prisa, dejando la piel brillante de saliva, y con las manos le apretaba las dos al mismo tiempo, hundiéndole los dedos en la carne.

—Qué hermosa es usted —murmuró contra la piel—. Qué tetas tan bonitas. Perdóneme, señora, pero es que llevo dos años pensando en esto.

—Cállese y siga.

Sandra le agarró la cabeza y se la apretó contra el pecho. Sentía la humedad acumulándose entre las piernas, empapando la braga negra que todavía llevaba puesta. Notó también el bulto duro del pantalón del uniforme presionándole el muslo, y bajó una mano para apretárselo por encima de la tela.

Don Augusto gimió con la boca todavía llena de teta.

Ella lo empujó suavemente hacia atrás hasta que él entendió. Se puso de rodillas frente a ella sobre la moqueta, en su uniforme gris de conserje, mientras Sandra se apoyaba contra el borde del escritorio en tacones y braga. Con dedos torpes de deseo él le enganchó los pulgares en la cinturilla y le bajó la braga negra hasta los tobillos. Ella la pisó y la apartó con un movimiento del pie.

Don Augusto se quedó quieto un segundo mirándole el coño depilado y brillante, con los labios ya hinchados y separados. La miró desde abajo con una cara de agradecimiento casi doloroso.

—Ábrase de piernas, señora Sandra. Por favor.

Ella obedeció. Puso un tacón sobre el reposabrazos de la silla y le mostró todo. Don Augusto se acercó despacio y le dio un primer lametón largo, plano, de abajo hacia arriba, recogiendo toda la humedad que había estado goteándole desde que él había cerrado las persianas.

—Ah —soltó ella, y se agarró al borde del escritorio.

Él la comió sin prisa. La lengua le recorrió los labios de arriba abajo, se metió entre ellos, encontró la entrada del coño y la penetró un par de veces antes de subir hasta el clítoris. Cuando llegó ahí se quedó. Empezó a lamer en círculos lentos, después con la punta, después chupándoselo entero con los labios cerrados alrededor.

Sandra le enredó los dedos en el pelo entrecano y le apretó la cara contra su coño.

—Ahí. Ahí, no se mueva de ahí.

Don Augusto obedecía como llevaba doce años obedeciéndole en el pasillo. Le comía el coño con la misma disciplina paciente con la que fregaba el suelo. Le metió dos dedos gruesos y callosos sin dejar de chuparle el clítoris, y los curvó hacia arriba buscándole el punto por dentro. Cuando lo encontró, Sandra soltó un gemido que se le escapó de la garganta sin que pudiera controlarlo.

—Dios, Augusto. Así. Justo así.

El nombre sin el «don» le hizo cerrar los ojos a él. Aceleró los dedos, aumentó la presión de la lengua, y siguió sin parar aunque sentía a Sandra tirar del pelo hasta hacerle daño. Ella dejó de respirar durante un segundo entero y después se corrió con un temblor que le subió desde los muslos hasta el pecho, apretándole la cara con los dos muslos, montándole la boca sin control mientras las contracciones le recorrían el coño alrededor de sus dedos.

—Ah, joder, joder, joder... —jadeó, sin reconocer su propia voz.

Don Augusto no la soltó hasta que ella misma le apartó la cabeza. Se levantó despacio, con la boca y la barbilla brillantes de ella, y la miró con una mezcla de reverencia y hambre que Sandra tampoco recordaba haber visto nunca en Diego.

—Ahora usted —dijo ella, con la voz todavía entrecortada.

Le desabrochó el cinturón, le bajó la cremallera y le tiró del pantalón hasta los tobillos junto con los calzoncillos blancos de algodón. La polla de don Augusto saltó hacia afuera, más grande de lo que ella se había imaginado en las pocas veces que se lo había preguntado sin querer: gruesa, oscura, con la punta ya mojada por el líquido que le había estado goteando durante todo el rato.

Sandra sonrió despacio.

—Vaya, don Augusto. Esto no lo tenía yo previsto.

—Perdóneme, señora.

—No se disculpe por esto.

Se puso de rodillas frente a él sobre la moqueta. Le agarró la polla con la mano derecha —tuvo que abarcarla del todo para poder cerrar los dedos— y se la meneó lentamente un par de veces. Después se inclinó y le pasó la lengua por la punta, recogiéndole el líquido preseminal, saboreándolo.

Don Augusto soltó un gruñido y apoyó una mano contra el escritorio para no perder el equilibrio.

Ella se la fue metiendo poco a poco. Primero solo la punta, chupándola con los labios apretados y la lengua girando alrededor. Después más adentro, tragándose la mitad, mientras con la mano trabajaba la base. Se le llenaba la boca de esa polla gruesa que llevaba dos años imaginándola sin darse cuenta.

—Señora —jadeó él—. Señora Sandra, por Dios...

Ella la sacó con un ruido húmedo y le miró desde abajo, con los ojos brillantes.

—Sandra. Nada de señora. Ahora Sandra.

—Sandra —repitió él, obediente, como si le costara pronunciarlo sin el título delante.

Se la volvió a tragar, más profundo esta vez, hasta que la punta le chocó contra el fondo de la garganta y le arrancó una arcada corta que le hizo saltar las lágrimas. No paró. Empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás, mamándosela entera, con las dos manos ahora, una en la base y otra masajeándole los huevos por debajo.

Don Augusto tenía una mano temblando encima de su cabeza, sin apretar, sin atreverse a marcarle el ritmo. Gemía en voz baja, sordo, con la boca cerrada, y a veces se le escapaba el nombre de ella en un susurro roto.

Sandra sintió que él empezaba a hincharse un poco más en su boca y la sacó a tiempo, con un beso final en la punta.

—Todavía no —dijo—. Todavía no se me corra.

Se incorporó, se dio la vuelta y se apoyó contra el escritorio con las manos por delante, arqueando la espalda para ofrecerle el culo. El vestido azul yacía en el suelo, ella todavía llevaba los tacones puestos, y en la penumbra su piel blanca brillaba bajo la lámpara.

—Ahora fólleme —dijo, sin girarse—. Fuerte.

Don Augusto no necesitó más instrucciones. Se puso detrás de ella, le agarró la cadera con la mano izquierda y con la derecha se guió la polla hasta la entrada del coño empapado. La rozó una vez, dos, pasándose la punta de arriba abajo entre los labios, y después empujó.

Entró de un solo golpe hasta el fondo, con un gruñido gutural que le salió desde el pecho.

Sandra soltó un grito corto, apretó los dedos contra la madera del escritorio y bajó la cabeza. Él se quedó quieto un momento, dentro de ella hasta el tope, respirando fuerte, dándole tiempo para acostumbrarse a la grosura.

—Muévase —jadeó ella—. Muévase ya.

Empezó a follársela despacio, con embestidas largas y profundas. Cada vez que la sacaba casi entera y volvía a meterla de golpe, el sonido húmedo del choque llenaba la oficina vacía. El escritorio empezó a crujir bajo las manos de Sandra. Ella se dejó follar así un rato, con la mejilla apoyada contra la carpeta del informe mensual, mirando de reojo su propio teléfono boca abajo.

—Más fuerte —dijo—. Más fuerte, joder.

Don Augusto obedeció. Aumentó el ritmo, le agarró las dos caderas con las manos y empezó a metérsela con embestidas duras que la empujaban contra el escritorio. La carne del culo de Sandra le rebotaba contra las ingles con cada golpe. Ella soltó los papeles y se agarró al borde del mueble con las dos manos.

—Ah, sí, así, sí...

Él la agarró del pelo, sin tirar, solo enredando los dedos, y siguió golpeándola por detrás. Sandra sentía cómo esa polla gruesa la abría entera, cómo le entraba hasta el fondo cada vez, cómo el placer se le acumulaba en el vientre otra vez. Se acordó por un segundo de Diego, del último polvo apurado y sin ganas hace meses, y ese recuerdo hizo que echara el culo más hacia atrás para recibirlo mejor.

—No pare —jadeó—. No pare, no pare.

Don Augusto no paró. Le puso una mano por delante, entre las piernas, y con el dedo del corazón le buscó el clítoris y empezó a frotárselo en círculos rápidos mientras seguía metiéndosela por detrás con el mismo ritmo. Sandra abrió la boca en un gemido mudo y sintió cómo el segundo orgasmo se le venía encima, más fuerte que el primero, más largo, imparable.

—Augusto —gritó, sin cuidar la voz—. Augusto, me corro, me corro...

Se corrió apretando el coño alrededor de la polla de él, con espasmos que le sacudieron todo el cuerpo. Don Augusto sintió esas contracciones alrededor suyo y no pudo aguantar más. Le agarró las caderas con las dos manos, le dio tres embestidas más profundas y frenéticas, y en la cuarta se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, temblando.

—Sandra —gruñó—. Sandra, ah, joder...

Ella sintió el chorro caliente dentro. Notó cómo la polla se le sacudía dentro del coño, cómo la iba llenando de corridas espesas mientras él le apretaba las caderas hasta dejarle marcas. Don Augusto se descargó entero dentro de ella, gimiendo su nombre en voz baja, casi rezándolo.

Se quedaron así un momento largo. Él doblado sobre su espalda, apoyando la frente entre sus omóplatos, respirando fuerte. Ella con la mejilla contra la carpeta, sintiendo cómo la corrida caliente le empezaba a resbalar por dentro del muslo cuando él por fin sacó la polla.

***

Después, el silencio era diferente. Más pesado, de otra textura.

Don Augusto se vistió despacio, sin hablar. Sandra también, recogiendo la braga del suelo y sintiendo el calor pegajoso de él todavía bajándole por la cara interna de los muslos. Cuando se abotonaba el vestido, él la miró con una expresión difícil de descifrar: gratitud, algo parecido al orgullo, algo parecido a la tristeza, todo junto.

—Esto no puede repetirse —dijo ella.

Él asintió.

—Lo sé, señora Sandra.

El «señora» había vuelto. Ambos lo notaron y ninguno dijo nada al respecto.

—No dice nada. A nadie.

—Claro que no.

Salió cerrando la puerta con cuidado. Sandra abrió las persianas, recogió su bolso y apagó la lámpara.

***

Llegó a su apartamento casi a las diez y media.

Al abrir la puerta la recibió el olor a ajo sofrito y algo que se había quedado tibio en el horno. Diego estaba dormido en el sofá con el mando a distancia en la mano. Sobre la mesa había un plato tapado con papel de aluminio y un vaso limpio. Había cocinado para ella.

Sandra se quedó parada en el umbral durante un momento que se hizo largo.

Fue al baño sin encender las luces del salón. Se desnudó y se metió bajo la ducha con el agua muy caliente. Apoyó la frente contra los azulejos fríos mientras el vapor llenaba el espacio. Se lavó entre las piernas con la mano abierta, sintiendo cómo el semen de don Augusto se disolvía y se iba por el desagüe junto con el agua jabonosa.

El arrepentimiento no llegó de golpe. Llegó despacio, como llegan las cosas que van a quedarse. La imagen de don Augusto mirándola con esa reverencia, el peso de algo prohibido que ya había ocurrido sin posibilidad de deshacerse, y Diego dormido en el sofá con la cena preparada.

Lo hice de todas formas, pensó. Y él estaba aquí, esperándome.

Cuando salió del baño fue hasta el sofá y le tapó los hombros a Diego con la manta del respaldo. Él murmuró algo sin despertarse del todo.

Sandra se metió en la cama en silencio y miró el techo durante mucho tiempo.

La oscuridad era completa. El único sonido era la respiración lenta de su marido al otro lado del pasillo, ajena a todo lo que había ocurrido esa noche.

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4.5(13)

Comentarios(8)

RodriMDQ

buenisimo!!! de los mejores que lei ultimamente

Carmencita78

Esa tension desde el principio esta muy bien lograda. Sabes que algo va a pasar pero te deja en suspenso hasta el final

Gastón_86

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de mas

viajero77

Me recordo a cosas que uno ve en el trabajo y piensa... aca esta pasando algo jaja. Muy real el ambiente que describe

NightOwl33

tremendo, 10 puntos

martuchaBA

la segunda llamada al mantenimiento jajaja ese detalle lo dice todo. Muy bueno

SantiMH

Me encanto como esta contado, se siente natural sin ser forzado. Sigan subiendo de esta categoria

Ruben

Muy bien escrito, se nota que cuidan los detalles. Espero mas relatos asi

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