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Relatos Ardientes

La actriz madura que vino a verme jugar

Para muchos soy un jugador que supera la mediocridad. Debuté profesionalmente a los veinte años en un equipo que peleaba el descenso cada temporada. Estuve casi tres años jugando de forma esporádica, siendo la segunda opción del banco de suplentes. Todo cambió cuando me vendieron a un equipo de la segunda división con la amenaza de no volver a pisar el campo hasta que venciera mi contrato.

Me llamo Sebastián. No diré mi apellido por razones obvias. Después de creer que mi carrera estaba muerta, la suerte empezó a cambiar. En aquel equipo de la B fui el máximo asistidor de la temporada y anoté una cifra de goles nada despreciable. Bastó para atraer la atención de un club de primera, no de los grandes, pero sí de los que tienen hinchada apasionada y que siempre están a punto de serlo.

Llegué en el último mercado de pases y ya disputaba mis primeros partidos. La situación era irregular: un partido brillante, dos desaparecido. Los periodistas me catalogaban como «impredecible», pero esa misma irregularidad generaba debate, y el debate generaba seguidores. Mis cifras en Instagram crecían como espuma. Ya no era un jugador anónimo; era el nombre que todo el mundo mencionaba, para bien o para mal.

Aproveché ese momento. Pibe de barrio al fin, sabía que la popularidad dura lo que dura. Empecé a escribirle a todo lo que se movía en las redes. Las modelos de alto perfil me ignoraban. Las chicas del barrio respondían, y yo no desperdiciaba ninguna oportunidad. Era un juego simple: popularidad como moneda, departamento como destino, silencio al día siguiente como regla no escrita. Cogía dos, tres veces por semana. Nunca la misma dos veces. Me gustaba así: culos distintos, tetas distintas, coños distintos, y a la mañana siguiente todas afuera antes del desayuno.

Hasta que apareció ella.

***

A mediados de temporada, la prensa deportiva enloqueció con la noticia: una actriz norteamericana reconocida en todo el mundo iba a venir al estadio a ver jugar a nuestro club. Mujer de unos cincuenta y muchos años, de esas que llevan décadas en las pantallas grandes. Pelo rubio siempre impecable. Figura que desmentía su edad con una convicción admirable. La rareza era que se declaraba hincha declarada de nuestro equipo, algo inaudito entre los famosos que siempre terminaban en los palcos de los equipos de moda.

Los portales deportivos le pusieron el apodo de «la Americana». Yo la conocía de dos o tres películas de acción, de esas con explosiones y persecuciones que uno ve en la televisión un domingo a la noche. En persona, descubriría que era otra cosa.

Ese domingo, por primera vez en mi carrera, anoté tres goles. Dos eran buenos de verdad; el tercero entró de rebote en un tiro que iba al lateral de la red. Pero nadie se fijaba en esos detalles. Tres goles son tres goles, y la cámara del estadio me capturó señalando al cielo con ambas manos, con la tribuna entera detrás. En uno de los palcos laterales se veía a Vanessa aplaudiendo con una sonrisa que no cuadraba del todo con alguien que supuestamente entendía de fútbol.

Las redes estallaron. Mis fotos y las de ella en el mismo partido. El algoritmo decidió por nosotros que éramos noticia.

Esa noche, sin pensarlo demasiado, le escribí un mensaje directo.

***

—Che, Vanessa. Soy Sebastián, el que hizo los tres goles el domingo. Vi que estuviste en la cancha. No es todos los días que alguien de tu nivel se sienta entre la hinchada.

No esperaba respuesta. Pero a las tres horas el teléfono vibró.

—The boy of the match. I was wondering if you'd write. It took you longer than expected.

No entendía nada, así que usé el traductor. La respuesta me arrancó una carcajada.

—Y vos tardaste más de lo que esperabas en venir al estadio. Estamos a mano. ¿Qué te pareció el partido?

—Honest? A bit slow in the first half. You woke up in the second. Those goals were real. The third... I'll give you the benefit of the doubt.

—Generosa. Para alguien que no vino a ver un partido de básquet, te manejaste bien con las reglas.

—I know the rules. I just don't care about them the same way you do. It's refreshing. You fight for every centimeter like it personally offends you to lose it.

—Es que me ofende. ¿Cenamos mañana? Yo invito. Te llevo a un lugar de verdad, no de esos restaurantes con porciones de museo.

—A real place. I'm curious what that means to you. Fine. You pick me up at nine. Don't be late.

***

Al día siguiente me compré una camisa que costaba lo mismo que el alquiler de mi primer departamento. No me puse mi perfume de siempre; entré a una perfumería cara y le pedí al vendedor que eligiera él. Llegué al hotel a las nueve en punto. Era de esas torres de vidrio del puerto que miran al río como si el mundo les debiera algo. El portero me evaluó de arriba abajo. Me ajusté el cuello de la camisa y entré.

Ella bajó dos minutos después.

Vestido negro, escote justo, pelo rubio suelto sobre los hombros. No sonreía. Me miró con esos ojos claros que tenía en los afiches de sus películas, pero de cerca eran más duros, más calculadores.

—Sebastián —dijo, con ese acento norteamericano que sonaba a película cara.

—Puntual —respondí.

—Eso me gusta. —Y empezó a caminar hacia la salida sin esperarme.

El restaurante era un sitio de luz baja, mesas de madera y olor a carne a las brasas en un barrio que ella nunca hubiera encontrado sola. El dueño casi se desmaya cuando nos vio entrar juntos. Pedí la mesa del rincón. Pedí el vino sin mirar la carta; era el de la casa, el de siempre, y era bueno.

Al principio el silencio era incómodo. Ella miraba el local como quien hace un inventario.

—¿Qué te parece? —pregunté.

—Honest? It smells like my grandmother's house in Ohio. That's not an insult.

—¿Mejor o peor que los restaurantes donde te llevan los agentes?

—Those places smell like money and anxiety. This smells like... food. —Tomó un sorbo de vino. —You did good.

El hielo se rompió con el segundo vaso. Le hablé de mi barrio, de la canchita de tierra donde aprendí a patear, de los años en la B donde casi lo dejé todo. No me puse sentimental; se lo conté como se lo contaría a un compañero en el vestuario, sin filtros. Ella escuchó. De verdad escuchó, y cuando terminé me hizo la pregunta que no esperaba.

—¿Y te asusta que esto se acabe? ¿Que en dos años nadie recuerde tu nombre?

Me quedé mirándola. —Me asusta más no haberlo intentado nunca.

Una sonrisa apareció en su cara. No era la sonrisa de las fotos de alfombra roja. Era algo distinto, más genuino.

La cena siguió y la tensión fue cambiando de naturaleza. Ya no era la incomodidad del principio, sino algo más denso, más deliberado. Cada vez que nuestras manos se rozaban al alcanzar la copa, ninguno de los dos la retiraba de inmediato. Cada vez que me miraba, la mirada duraba un segundo de más. En un momento, bajo la mesa, sentí su pie descalzo subir por mi pantorrilla y detenerse en mi rodilla. No cambió de expresión mientras lo hacía. Yo ya tenía la verga dura contra la costura del pantalón y ella lo sabía.

Pagué la cuenta y volvimos al hotel. El viaje fue en silencio. Un silencio que pesaba bien.

***

Paré frente a la torre de vidrio. El portero ya estaba en la puerta. Ella no se movió del asiento.

—Buenas noches, Vanessa. Fue una noche genial —dije, sintiendo que algo se me escapaba.

Se giró despacio. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía. Olía a jazmín y a algo más oscuro que no sabía nombrar.

—La noche no tiene por qué terminar aquí —susurró. Su mano subió hasta mi corbata y la ajustó con una lentitud que era casi una pregunta. —Subí a tomar un trago. A ver si aguantás la presión.

Se bajó del auto. Antes de que el portero cerrara la puerta, se inclinó hacia mí una última vez.

—Subí, Sebastián. O te vas a arrepentir toda la vida de haber sido un buen chico.

Y se fue. La puerta del auto quedó abierta. Apagué el motor.

***

El ascensor era una caja de cristal que subía por el centro del edificio mientras la ciudad se convertía en un tapiz de luces debajo. La suite era enorme: techos altos, ventanales que daban al río, muebles blancos y obras de arte que costaban más que mi contrato. Olía a limpio, a silencio caro.

—Bienvenido a la jaula de oro —dijo ella, descalzándose en el medio de la sala y caminando hacia la barra. —¿Whisky?

—Lo que vos tomes —respondí.

Me sirvió dos vasos con hielo y un líquido dorado que olía a turba y a dinero viejo. Me lo entregó. Nuestros dedos se rozaron y ninguno de los dos lo ignoró esta vez.

—Por los pibes de barrio que no saben cuándo rendirse —dijo, levantando su copa.

—Y por las actrices famosas que no saben cómo relajarse —respondí.

Ella se rio. Un sonido genuino, sin cálculo.

—¿Se me nota tanto?

—En la mandíbula y en los ojos. Como si esperaras que algo salga mal en cualquier momento.

Se apoyó en la barra y me miró fijamente. —Tengo a la prensa siguiendo cada movimiento. Tengo exmaridos que quieren dinero. Tengo directores que piensan que ya expiré. La tensión es mi estado natural.

—¿Y eso te hace feliz?

—La felicidad es para los cuentos de hadas. Yo prefiero la adrenalina.

Me acerqué un paso más. —La adrenalina de la cancha dura unos segundos. Lo tuyo es adrenalina de veinticuatro horas. Eso no es vivir, es sobrevivir.

Se quedó quieta, girando el vaso entre los dedos. La distancia entre nosotros había desaparecido casi sin que ninguno lo decidiera. Su perfume se mezclaba con el mío en el aire quieto de la suite.

—¿Y vos qué sabés de vivir, pibe? —susurró. Pero ya no era un desafío. Era una pregunta real.

—Sé que después de un mal partido, cuando la prensa te destroza y la tribuna te silba, lo único que querés es que alguien te mire sin contar los goles que metiste.

Su mano subió y me tocó la cara. Los dedos eran finos pero el toque era firme.

—No debería hacer esto —dijo, más para sí misma que para mí.

—Si no lo hacés, te vas a arrepentir —respondí, usando sus propias palabras.

Y me besó.

***

No fue un beso delicado. Fue hambre directa, sin rodeos. Sus labios se movieron con una urgencia que me desarmó por completo. La besé de vuelta con toda la frustración y las ganas que llevaba encima. Sabía a whisky y a algo que no sabía ponerle nombre. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, buscó la mía y la enredó con una destreza de mujer que había besado mucho y bien. Mi mano se cerró en su nuca, tirando apenas de su pelo, y ella soltó un gemido bajo dentro de mi boca que me hizo apretar la mandíbula.

La empujé contra la barra. Su culo chocó con el mármol y ella abrió las piernas casi por instinto para que yo me acomodara entre ellas. La agarré del muslo y le levanté la pierna hasta mi cadera. El vestido se le subió y mi mano encontró piel caliente. Le apreté el culo por encima de la bombacha de encaje y la escuché gemir contra mi cuello.

—Mierda... —murmuró en inglés. —You don't waste time.

—Vos tampoco —le contesté, y le mordí el lóbulo de la oreja.

Cuando nos separamos, los dos estábamos sin aliento. Sus ojos, que habían sido fríos toda la noche, ahora tenían otra temperatura.

—Vení —dijo, y tomó mi mano.

La habitación era como el resto de la suite: inmensa, ordenada, con una cama enorme cubierta de sábanas blancas. Se detuvo frente a mí y, con calma, se giró. La cremallera del vestido bajó con un siseo metálico que llenó el silencio. La tela cayó a sus pies.

Quedó ante mí en encaje negro y los aretes de diamante que brillaban bajo la luz tenue. Su cuerpo era el de una mujer que había vivido y que lo llevaba bien: curvas reales, piel bronceada, una firmeza que desmentía los años. Las tetas le llenaban el corpiño con generosidad, los pezones marcándose contra el encaje. El culo, alto y redondo, era de alguien que se cuidaba a fondo. Me quedé mirándola más tiempo del que me hubiera gustado admitir.

—¿Algún problema? —preguntó.

—Ninguno —respondí, y me abrí el cinturón sin dejar de mirarla.

Me bajé los pantalones ahí mismo, de pie. Mi verga saltó dura contra la tela del bóxer y ella se lamió el labio de abajo despacio, mirándomela.

—Well, well —dijo—. El pibe de barrio viene bien equipado.

—Vení y comprobalo.

Se acercó dos pasos, se arrodilló en la alfombra y me bajó el bóxer con las dos manos. Mi verga le rebotó contra la cara y ella soltó una risita ronca antes de tomarla con la mano. Era una mano firme, entrenada, que sabía apretar en el lugar justo. Me miró de abajo hacia arriba y, sin cortar el contacto visual, se metió la punta en la boca.

Fue caliente, húmedo, perfecto. Su lengua rodeó el glande, chupó el prepucio hacia atrás, y después empezó a bajar por el tronco hasta que sentí que la punta le tocaba el fondo de la garganta. No tuvo náuseas. Se quedó ahí un segundo, tragando, y después subió despacio, con las mejillas hundidas por la succión. Un hilo de saliva le colgó del labio cuando llegó a la punta.

—Mierda, Vanessa... —solté, y la mano se me fue sola al pelo rubio.

—Chsss —dijo, con la verga contra los labios—. Callate y mirá.

Y volvió a metérsela entera. Empezó a subir y bajar en un ritmo constante, mamándome con una hambre que no cuadraba con la mujer distante del restaurante. Su otra mano subió y me agarró los huevos, apretándolos con delicadeza mientras chupaba. La saliva chorreaba por el tronco y ella la usaba para acariciarme con la mano lo que no le entraba en la boca. Cada vez que llegaba abajo, me hacía un giro con la lengua que me hacía apretar los dientes.

La dejé un rato largo. Le miré la cara: los ojos entrecerrados, el rímel corriéndose apenas, la mandíbula trabajando. Una actriz reconocida en todo el mundo de rodillas mamándome la verga en su propia suite. Ese pensamiento por poco me hace acabar en su boca.

La detuve con una mano en el pelo. La saqué despacio.

—Para arriba —le dije.

La alcé por los brazos y la deposité sobre la cama. Soltó una risa breve, sorprendida. Me saqué la camisa y me arrodillé sobre ella, mis rodillas a ambos lados de sus muslos. Empecé por su cuello: besos lentos, mordiéndole la piel apenas. Ella arqueó la espalda y un gemido bajo salió de su garganta. No era actuado. Era el sonido de alguien que hacía tiempo que no dejaba de pensar.

Bajé por su clavícula, por el espacio entre sus pechos. Le abrí el corpiño con dos dedos y lo aparté. Las tetas le saltaron libres, más grandes de lo que el encaje dejaba adivinar, con los pezones duros y oscuros. Tomé uno en la boca y lo chupé fuerte, tirando de él con los dientes mientras mi mano apretaba el otro con firmeza, pellizcándole la punta entre el pulgar y el índice. Sus dedos se enredaron en mi pelo y me presionaron hacia ella.

—Sí... así... más fuerte —murmuró.

Le mordí el pezón con más ganas y ella soltó un gritito. Le pasé la lengua alrededor, dibujando círculos, y después chupé con toda la boca. Cambié al otro y repetí. Los dos pezones le quedaron rojos, brillantes de saliva, apuntando al techo.

Seguí bajando. Su estómago plano, su ombligo. Ella se movía bajo mis manos, las caderas levantándose en un movimiento que no parecía consciente. Le quité la bombacha con los dientes, despacio, sin apartar los ojos de los suyos. La tela salió empapada. Abrí sus piernas y me arrodillé entre ellas.

Su coño estaba prolijamente depilado, brillante de humedad, los labios ya hinchados y separados. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, en un solo movimiento largo, y probé el sabor de una mujer que llevaba toda la noche esperando esto.

—Fuck —siseó, arqueándose entera.

Hundí la cara en ella sin aviso. Mi lengua encontró su clítoris y empecé a moverla en círculos lentos, sin ningún apuro. El sonido que hizo fue un grito contenido. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, sus talones clavados en mi espalda. La chupé con toda la boca, cerrando los labios sobre el clítoris y succionando, para después soltarla y volver a lamer. Cada vez que cambiaba, ella pegaba una sacudida.

—Sos un hijo de puta —jadeó en español, riéndose sin aire—. ¿Dónde aprendiste eso?

No le contesté. Introduje dos dedos mientras seguía con la boca, buscando el ángulo que la hacía moverse más. Curvé los dedos hacia arriba, hacia esa zona esponjosa que me habían enseñado a encontrar hace años, y empecé a moverlos con un vaivén lento pero insistente. Lo encontré pronto. Sus músculos se contrajeron alrededor de mis dedos y su respiración se cortó en seco.

—Ahí... ahí, no pares...

Aceleré con la lengua sobre el clítoris mientras los dedos seguían el ritmo adentro. Le agregué un tercer dedo y la sentí abrirse para acomodarlo. Su coño chorreaba y el sonido húmedo que hacía cada vez que sacaba y metía los dedos llenaba la habitación. La miré: tenía una mano apretándose la teta, la otra agarrada de la sábana, la cabeza hacia atrás y el cuello estirado.

—Me voy a venir en tu boca —avisó, con la voz rota—. No pares, no pares, no pa...

Se corrió con un grito largo, las caderas empujando contra mi cara, el coño apretándome los dedos en espasmos que se sentían por todo el brazo. Le lamí el clítoris más despacio mientras terminaba, sacándole hasta el último temblor. Cuando por fin me apartó la cabeza con una mano floja, tenía la cara pegajosa de ella y me la limpié con el dorso.

—Ahora —exigió, jadeando—. Quiero que estés adentro ahora. Ya.

Me coloqué sobre ella. Le puse la verga contra la entrada y pasé la punta por sus labios empapados un par de veces, mojándome bien. Ella se retorció.

—No juegues conmigo, Sebastián.

Y la penetré de un solo movimiento, hasta el fondo. Lanzó un gemido largo y grave, mezcla de dolor y placer. Me quedé quieto un segundo, sintiendo cómo pulsaba a mi alrededor, cómo me apretaba con esos músculos que todavía temblaban del primer orgasmo. Estaba caliente, mojada, tensa. Luego empecé a moverme.

Lento al principio, cada embestida deliberada, salía casi entera y volvía a hundirme del todo. Sus piernas se enroscaron en mi cintura. Nuestros cuerpos chocaban con un ritmo que fue acelerando solo. Sus gemidos eran constantes, una cadencia que me llenó de un orgullo que no tenía nada que ver con el fútbol. Le agarré las dos muñecas con una mano y se las clavé por encima de la cabeza contra el colchón.

—Más fuerte —pidió, arañándome la espalda con la mano libre—. Más fuerte, carajo.

Empecé a cogerla en serio. Cada embestida hacía sonar la cama contra la pared y sus tetas rebotar entre nosotros. Bajé la cabeza y le mordí uno de los pezones sin dejar de moverme. Ella gritó y me clavó las uñas más hondo.

—Así, así, así...

Le solté las manos y la agarré de la cadera para hundirme más profundo. Le levanté una pierna y se la puse sobre mi hombro. El ángulo cambió y ella pegó un grito distinto.

—¡Ahí! —gritó—. Ahí es, no te muevas de ahí.

La cogí en esa posición hasta que ella empezó a temblar otra vez. Podía sentir cómo se armaba el segundo orgasmo, cómo los músculos internos me apretaban en oleadas cada vez más rápidas.

Antes de que se corriera, salí. Ella soltó un quejido de protesta.

—Date vuelta —le ordené.

Se giró en un segundo, poniéndose en cuatro patas frente a mí. El culo respingón en el aire, la espalda arqueada, el pelo rubio cayéndole a un costado. Le pasé una mano por la nalga y le di una palmada seca. Sonó fuerte y ella soltó una risa ronca.

—Otra —pidió.

Le pegué otra, más fuerte. La nalga le quedó marcada de rojo y ella arqueó más el culo hacia mí.

La tomé de las caderas y la penetré desde atrás con una fuerza que hizo que sus manos buscaran la cabecera para apoyarse. Desde ahí podía ver toda su espalda, el arco de su cuello, la forma en que se perdía en lo que estaba pasando entre los dos. La cogí a un ritmo brutal, sin bajar la intensidad ni un segundo, mis huevos golpeándole el clítoris con cada embestida. Le agarré el pelo con una mano y tiré hacia atrás, obligándola a arquearse más. Con la otra le busqué la teta que colgaba y se la apreté fuerte.

—¡Sí! —gritó—. ¡Así! ¡Me voy a venir, me voy a venir!

—Vení, vení en mi verga —le gruñí al oído, inclinándome sobre su espalda sin dejar de embestirla.

Sentí los espasmos antes de que terminara de decirlo. Un temblor largo, incontrolable. Un grito ronco que se ahogó contra la almohada. Su coño se cerró sobre mí en pulsaciones que casi me hacen acabar ahí mismo. La mantuve así hasta que el último sacudón la recorrió entera, cogiéndola despacio mientras se corría, sacándole hasta la última onda del orgasmo.

Cuando ella terminó, se dejó caer boca abajo, respirando entrecortado. Pero yo todavía la tenía dura y ella lo sabía.

—Vení —murmuró contra la almohada, girando la cara—. Vení en mi cara. Quiero verte.

Me subí a horcajadas sobre su pecho y ella se acomodó contra la cabecera. Me agarró la verga con las dos manos y empezó a masturbármela con esa saliva de ella y ese jugo que la cubría entera. Se metió la cabeza en la boca y chupó fuerte, mirándome desde abajo con esos ojos claros ahora encendidos.

—Corréte —me exigió, sacándomela un segundo—. Corréte donde quieras. En mi cara, en mis tetas. Todo tuyo.

Me volvió a chupar y ese fue el final. Sentí el tirón que subía de los huevos y apenas tuve tiempo de sacármela de la boca. La primera chorreada le cayó en la mejilla y le llegó hasta el pelo. Ella cerró los ojos y sacó la lengua. La segunda le cayó en el labio y en la barbilla. Las siguientes le mancharon el cuello y las tetas. La verga me quedó pulsando en mi propia mano y ella me la volvió a agarrar para sacarme hasta la última gota, apretándome desde la base hasta la punta con una firmeza que me hizo temblar las piernas.

Cuando abrí los ojos, la vi acostada bajo mío, cubierta de semen, sonriendo con una mezcla de saciedad y arrogancia que no le había visto en toda la noche.

—Mierda —dije—. Perdón por el pelo.

—Ni se te ocurra pedir perdón —contestó, pasándose un dedo por la mejilla y llevándoselo a la boca—. Hacía años que no me hacían acabar así.

Se levantó despacio y desapareció en el baño. La escuché abrir la ducha. Cuando volvió, envuelta en una toalla blanca, la cama olía a sexo y las sábanas estaban arruinadas. Me tiré a un costado y ella se acurrucó contra mi pecho, todavía con el pelo mojado.

Después de un momento, giró la cara hacia mí y me dio un beso lento, sin urgencia. Un beso distinto a todos los de la noche.

—Nada mal para un pibe de barrio —susurró contra mi boca.

—Y vos nada mal para una señora con Globo de Oro —respondí.

Sonrió. Esta vez era una sonrisa sin capas, sin cálculo.

***

Me dormí con la luz de la ciudad entrando por los ventanales. Cuando me desperté, la cama estaba vacía y todavía tibia. Sobre la barra había una tarjeta del hotel escrita con una caligrafía impecable: «Tuve que irme. Una llamada de trabajo. Gracias por la velada. V.»

Me vestí con la ropa del día anterior, que ahora olía a perfume ajeno y a algo mío. Bajé, tomé el auto y me fui. En el camino no pensé en el entrenamiento ni en el próximo partido. Pensé en la forma en que me había mirado al final, cuando ya no había nada que demostrar.

Esa noche le escribí.

—Buen día, estrella. Espero que el trabajo no sea tan aburrido como para hacerte olvidar anoche. Cuando quieras repetir, el pibe de barrio sigue disponible.

Las palomitas azules nunca aparecieron. Una semana después, busqué su nombre en los portales y encontré la nota: había salido del país rumbo a Los Ángeles para una preproducción. Sin declaraciones. Sin fotos del viaje.

Nunca más supe de Vanessa. Su Instagram seguía activo: rodajes, alfombras rojas, premios internacionales. Ninguna foto ni mención de su paso por acá. Era como si la noche en la suite no hubiera existido, como si yo hubiera sido una escala más en una agenda siempre llena.

La vida siguió. Mi rendimiento se disparó. Pasé de irregular a promesa confirmada. Mejores contratos, más plata, más fama. Salí con otras mujeres, modelos, actrices locales. Ninguna me desafiaba de la misma forma. Ninguna me hacía sentir tan viva la verga como esa noche en la suite del puerto.

Guardo la conversación en el teléfono. A veces la abro, leo mis mensajes sin respuesta y me río solo. Fue una turista de emociones y yo fui la atracción del día. No me arrepiento. Fue una noche fuera de mi liga, y la verdad es que jugué bien.

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Comentarios(10)

RobertoBA

Tremendo relato, me tenia pegado a la pantalla de principio a fin!!!

SebasLector

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber mas de ella. Segunda parte urgente!

CarlitosNoc

increible, de las mejores historias que lei por aca

Marcos_78

Me recordó a algo que me paso hace años con una mujer mayor, nada tan cinematografico pero igual de intenso jajaja. Muy buen relato.

Angie_lect

¿Es real o es ficcion? Se siente muy autentico, eso es lo que mas me gusto.

guillermo2024

Lo mejor es como describis la tension antes de que pase todo. Se nota que sabes escribir, no solo contar anecdotas. Sigue asi!

LectorNocturno77

Que envidia sana jajaja. En serio, la forma en que lo narraste hace que uno se imagine estar ahi. Las mujeres de esa edad tienen algo especial que este relato captura perfecto, ojalá hubiese mas así en la pagina.

ToniGzz

Excelente!!! Sigue subiendo cosas asi

Fede_Norte

Buenísimo, corto pero intenso. Justo como debe ser.

MaritoRd

El titulo me engancho de entrada y el relato no decepciono. Buen trabajo!

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