La actriz madura que vino a verme jugar
Para muchos soy un jugador que supera la mediocridad. Debuté profesionalmente a los veinte años en un equipo que peleaba el descenso cada temporada. Estuve casi tres años jugando de forma esporádica, siendo la segunda opción del banco de suplentes. Todo cambió cuando me vendieron a un equipo de la segunda división con la amenaza de no volver a pisar el campo hasta que venciera mi contrato.
Me llamo Sebastián. No diré mi apellido por razones obvias. Después de creer que mi carrera estaba muerta, la suerte empezó a cambiar. En aquel equipo de la B fui el máximo asistidor de la temporada y anoté una cifra de goles nada despreciable. Bastó para atraer la atención de un club de primera, no de los grandes, pero sí de los que tienen hinchada apasionada y que siempre están a punto de serlo.
Llegué en el último mercado de pases y ya disputaba mis primeros partidos. La situación era irregular: un partido brillante, dos desaparecido. Los periodistas me catalogaban como «impredecible», pero esa misma irregularidad generaba debate, y el debate generaba seguidores. Mis cifras en Instagram crecían como espuma. Ya no era un jugador anónimo; era el nombre que todo el mundo mencionaba, para bien o para mal.
Aproveché ese momento. Pibe de barrio al fin, sabía que la popularidad dura lo que dura. Empecé a escribirle a todo lo que se movía en las redes. Las modelos de alto perfil me ignoraban. Las chicas del barrio respondían, y yo no desperdiciaba ninguna oportunidad. Era un juego simple: popularidad como moneda, departamento como destino, silencio al día siguiente como regla no escrita.
Hasta que apareció ella.
***
A mediados de temporada, la prensa deportiva enloqueció con la noticia: una actriz norteamericana reconocida en todo el mundo iba a venir al estadio a ver jugar a nuestro club. Mujer de unos cincuenta y muchos años, de esas que llevan décadas en las pantallas grandes. Pelo rubio siempre impecable. Figura que desmentía su edad con una convicción admirable. La rareza era que se declaraba hincha declarada de nuestro equipo, algo inaudito entre los famosos que siempre terminaban en los palcos de los equipos de moda.
Los portales deportivos le pusieron el apodo de «la Americana». Yo la conocía de dos o tres películas de acción, de esas con explosiones y persecuciones que uno ve en la televisión un domingo a la noche. En persona, descubriría que era otra cosa.
Ese domingo, por primera vez en mi carrera, anoté tres goles. Dos eran buenos de verdad; el tercero entró de rebote en un tiro que iba al lateral de la red. Pero nadie se fijaba en esos detalles. Tres goles son tres goles, y la cámara del estadio me capturó señalando al cielo con ambas manos, con la tribuna entera detrás. En uno de los palcos laterales se veía a Vanessa aplaudiendo con una sonrisa que no cuadraba del todo con alguien que supuestamente entendía de fútbol.
Las redes estallaron. Mis fotos y las de ella en el mismo partido. El algoritmo decidió por nosotros que éramos noticia.
Esa noche, sin pensarlo demasiado, le escribí un mensaje directo.
***
—Che, Vanessa. Soy Sebastián, el que hizo los tres goles el domingo. Vi que estuviste en la cancha. No es todos los días que alguien de tu nivel se sienta entre la hinchada.
No esperaba respuesta. Pero a las tres horas el teléfono vibró.
—The boy of the match. I was wondering if you'd write. It took you longer than expected.
No entendía nada, así que usé el traductor. La respuesta me arrancó una carcajada.
—Y vos tardaste más de lo que esperabas en venir al estadio. Estamos a mano. ¿Qué te pareció el partido?
—Honest? A bit slow in the first half. You woke up in the second. Those goals were real. The third... I'll give you the benefit of the doubt.
—Generosa. Para alguien que no vino a ver un partido de básquet, te manejaste bien con las reglas.
—I know the rules. I just don't care about them the same way you do. It's refreshing. You fight for every centimeter like it personally offends you to lose it.
—Es que me ofende. ¿Cenamos mañana? Yo invito. Te llevo a un lugar de verdad, no de esos restaurantes con porciones de museo.
—A real place. I'm curious what that means to you. Fine. You pick me up at nine. Don't be late.
***
Al día siguiente me compré una camisa que costaba lo mismo que el alquiler de mi primer departamento. No me puse mi perfume de siempre; entré a una perfumería cara y le pedí al vendedor que eligiera él. Llegué al hotel a las nueve en punto. Era de esas torres de vidrio del puerto que miran al río como si el mundo les debiera algo. El portero me evaluó de arriba abajo. Me ajusté el cuello de la camisa y entré.
Ella bajó dos minutos después.
Vestido negro, escote justo, pelo rubio suelto sobre los hombros. No sonreía. Me miró con esos ojos claros que tenía en los afiches de sus películas, pero de cerca eran más duros, más calculadores.
—Sebastián —dijo, con ese acento norteamericano que sonaba a película cara.
—Puntual —respondí.
—Eso me gusta. —Y empezó a caminar hacia la salida sin esperarme.
El restaurante era un sitio de luz baja, mesas de madera y olor a carne a las brasas en un barrio que ella nunca hubiera encontrado sola. El dueño casi se desmaya cuando nos vio entrar juntos. Pedí la mesa del rincón. Pedí el vino sin mirar la carta; era el de la casa, el de siempre, y era bueno.
Al principio el silencio era incómodo. Ella miraba el local como quien hace un inventario.
—¿Qué te parece? —pregunté.
—Honest? It smells like my grandmother's house in Ohio. That's not an insult.
—¿Mejor o peor que los restaurantes donde te llevan los agentes?
—Those places smell like money and anxiety. This smells like... food. —Tomó un sorbo de vino. —You did good.
El hielo se rompió con el segundo vaso. Le hablé de mi barrio, de la canchita de tierra donde aprendí a patear, de los años en la B donde casi lo dejé todo. No me puse sentimental; se lo conté como se lo contaría a un compañero en el vestuario, sin filtros. Ella escuchó. De verdad escuchó, y cuando terminé me hizo la pregunta que no esperaba.
—¿Y te asusta que esto se acabe? ¿Que en dos años nadie recuerde tu nombre?
Me quedé mirándola. —Me asusta más no haberlo intentado nunca.
Una sonrisa apareció en su cara. No era la sonrisa de las fotos de alfombra roja. Era algo distinto, más genuino.
La cena siguió y la tensión fue cambiando de naturaleza. Ya no era la incomodidad del principio, sino algo más denso, más deliberado. Cada vez que nuestras manos se rozaban al alcanzar la copa, ninguno de los dos la retiraba de inmediato. Cada vez que me miraba, la mirada duraba un segundo de más.
Pagué la cuenta y volvimos al hotel. El viaje fue en silencio. Un silencio que pesaba bien.
***
Paré frente a la torre de vidrio. El portero ya estaba en la puerta. Ella no se movió del asiento.
—Buenas noches, Vanessa. Fue una noche genial —dije, sintiendo que algo se me escapaba.
Se giró despacio. Su cara estaba a pocos centímetros de la mía. Olía a jazmín y a algo más oscuro que no sabía nombrar.
—La noche no tiene por qué terminar aquí —susurró. Su mano subió hasta mi corbata y la ajustó con una lentitud que era casi una pregunta. —Subí a tomar un trago. A ver si aguantás la presión.
Se bajó del auto. Antes de que el portero cerrara la puerta, se inclinó hacia mí una última vez.
—Subí, Sebastián. O te vas a arrepentir toda la vida de haber sido un buen chico.
Y se fue. La puerta del auto quedó abierta. Apagué el motor.
***
El ascensor era una caja de cristal que subía por el centro del edificio mientras la ciudad se convertía en un tapiz de luces debajo. La suite era enorme: techos altos, ventanales que daban al río, muebles blancos y obras de arte que costaban más que mi contrato. Olía a limpio, a silencio caro.
—Bienvenido a la jaula de oro —dijo ella, descalzándose en el medio de la sala y caminando hacia la barra. —¿Whisky?
—Lo que vos tomes —respondí.
Me sirvió dos vasos con hielo y un líquido dorado que olía a turba y a dinero viejo. Me lo entregó. Nuestros dedos se rozaron y ninguno de los dos lo ignoró esta vez.
—Por los pibes de barrio que no saben cuándo rendirse —dijo, levantando su copa.
—Y por las actrices famosas que no saben cómo relajarse —respondí.
Ella se rio. Un sonido genuino, sin cálculo.
—¿Se me nota tanto?
—En la mandíbula y en los ojos. Como si esperaras que algo salga mal en cualquier momento.
Se apoyó en la barra y me miró fijamente. —Tengo a la prensa siguiendo cada movimiento. Tengo exmaridos que quieren dinero. Tengo directores que piensan que ya expiré. La tensión es mi estado natural.
—¿Y eso te hace feliz?
—La felicidad es para los cuentos de hadas. Yo prefiero la adrenalina.
Me acerqué un paso más. —La adrenalina de la cancha dura unos segundos. Lo tuyo es adrenalina de veinticuatro horas. Eso no es vivir, es sobrevivir.
Se quedó quieta, girando el vaso entre los dedos. La distancia entre nosotros había desaparecido casi sin que ninguno lo decidiera. Su perfume se mezclaba con el mío en el aire quieto de la suite.
—¿Y vos qué sabés de vivir, pibe? —susurró. Pero ya no era un desafío. Era una pregunta real.
—Sé que después de un mal partido, cuando la prensa te destroza y la tribuna te silba, lo único que querés es que alguien te mire sin contar los goles que metiste.
Su mano subió y me tocó la cara. Los dedos eran finos pero el toque era firme.
—No debería hacer esto —dijo, más para sí misma que para mí.
—Si no lo hacés, te vas a arrepentir —respondí, usando sus propias palabras.
Y me besó.
***
No fue un beso delicado. Fue hambre directa, sin rodeos. Sus labios se movieron con una urgencia que me desarmó por completo. La besé de vuelta con toda la frustración y las ganas que llevaba encima. Sabía a whisky y a algo que no sabía ponerle nombre.
Cuando nos separamos, los dos estábamos sin aliento. Sus ojos, que habían sido fríos toda la noche, ahora tenían otra temperatura.
—Vení —dijo, y tomó mi mano.
La habitación era como el resto de la suite: inmensa, ordenada, con una cama enorme cubierta de sábanas blancas. Se detuvo frente a mí y, con calma, se giró. La cremallera del vestido bajó con un siseo metálico que llenó el silencio. La tela cayó a sus pies.
Quedó ante mí en encaje negro y los aretes de diamante que brillaban bajo la luz tenue. Su cuerpo era el de una mujer que había vivido y que lo llevaba bien: curvas reales, piel bronceada, una firmeza que desmentía los años. Me quedé mirándola más tiempo del que me hubiera gustado admitir.
—¿Algún problema? —preguntó.
—Ninguno —respondí.
La alcé en brazos y la deposité sobre la cama. Soltó una risa breve, sorprendida. Me saqué la camisa y me arrodillé sobre ella, mis rodillas a ambos lados de sus muslos. Empecé por su cuello: besos lentos, mordiéndole la piel apenas. Ella arqueó la espalda y un gemido bajo salió de su garganta. No era actuado. Era el sonido de alguien que hacía tiempo que no dejaba de pensar.
Bajé por su clavícula, por el espacio entre sus pechos. Le quité el corpiño con dos dedos y lo aparté. Tomé su pezón en la boca y lo estimulé con la lengua mientras mi mano apretaba el otro con cuidado. Sus dedos se enredaron en mi pelo y me presionaron hacia ella.
—Sí... así... —murmuró.
Seguí bajando. Su estómago plano, su ombligo. Ella se movía bajo mis manos, las caderas levantándose en un movimiento que no parecía consciente. Le quité la ropa interior con los dientes, despacio, sin apartar los ojos de los suyos. Abrí sus piernas y me arrodillé entre ellas.
Hundí la cara en ella sin aviso. Mi lengua encontró su clítoris y empecé a moverla en círculos lentos, sin ningún apuro. El sonido que hizo fue un grito contenido. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, sus talones clavados en mi espalda.
—Dios... no pares... —dijo, y esta vez el español le salió sin esfuerzo.
Introduje dos dedos mientras seguía con la boca, buscando el ángulo que la hacía moverse más. Lo encontré pronto. Sus músculos se contrajeron alrededor de mis dedos y su respiración se cortó en seco.
—Ahora —exigió, con la voz rota. —Quiero que estés adentro ahora.
Me coloqué sobre ella y la penetré de un solo movimiento, hasta el fondo. Lanzó un gemido largo y grave, mezcla de dolor y placer. Me quedé quieto un segundo, sintiendo cómo pulsaba a mi alrededor. Luego empecé a moverme.
Lento al principio, cada embestida deliberada. Sus piernas se enroscaron en mi cintura. Nuestros cuerpos chocaban con un ritmo que fue acelerando solo. Sus gemidos eran constantes, una cadencia que me llenó de un orgullo que no tenía nada que ver con el fútbol.
—Más fuerte —pidió, arañándome la espalda.
La giré. La tomé de las caderas y la penetré desde atrás con una fuerza que hizo que sus manos buscaran la cabecera para apoyarse. Desde ahí podía ver toda su espalda, el arco de su cuello, la forma en que se perdía en lo que estaba pasando entre los dos.
—¡Sí! —gritó. —¡Así! ¡Me voy a venir!
Sentí los espasmos antes de que terminara de decirlo. Un temblor largo, incontrolable. Un grito ronco que se ahogó contra la almohada. La mantuve así hasta que el último sacudón la recorrió entera.
Cuando acabé, me dejé caer a su lado. Los dos nos quedamos en silencio, escuchando nuestra propia respiración. El olor a sexo llenaba la habitación. Después de un momento, ella giró la cara hacia mí y me dio un beso lento, sin urgencia. Un beso distinto a todos los de la noche.
—Nada mal para un pibe de barrio —susurró contra mi boca.
—Y vos nada mal para una señora con Globo de Oro —respondí.
Sonrió. Esta vez era una sonrisa sin capas, sin cálculo.
***
Me dormí con la luz de la ciudad entrando por los ventanales. Cuando me desperté, la cama estaba vacía y todavía tibia. Sobre la barra había una tarjeta del hotel escrita con una caligrafía impecable: «Tuve que irme. Una llamada de trabajo. Gracias por la velada. V.»
Me vestí con la ropa del día anterior, que ahora olía a perfume ajeno y a algo mío. Bajé, tomé el auto y me fui. En el camino no pensé en el entrenamiento ni en el próximo partido. Pensé en la forma en que me había mirado al final, cuando ya no había nada que demostrar.
Esa noche le escribí.
—Buen día, estrella. Espero que el trabajo no sea tan aburrido como para hacerte olvidar anoche. Cuando quieras repetir, el pibe de barrio sigue disponible.
Las palomitas azules nunca aparecieron. Una semana después, busqué su nombre en los portales y encontré la nota: había salido del país rumbo a Los Ángeles para una preproducción. Sin declaraciones. Sin fotos del viaje.
Nunca más supe de Vanessa. Su Instagram seguía activo: rodajes, alfombras rojas, premios internacionales. Ninguna foto ni mención de su paso por acá. Era como si la noche en la suite no hubiera existido, como si yo hubiera sido una escala más en una agenda siempre llena.
La vida siguió. Mi rendimiento se disparó. Pasé de irregular a promesa confirmada. Mejores contratos, más plata, más fama. Salí con otras mujeres, modelos, actrices locales. Ninguna me desafiaba de la misma forma. Ninguna me hacía sentir tan vivo y tan descartable al mismo tiempo.
Guardo la conversación en el teléfono. A veces la abro, leo mis mensajes sin respuesta y me río solo. Fue una turista de emociones y yo fui la atracción del día. No me arrepiento. Fue una noche fuera de mi liga, y la verdad es que jugué bien.