Camila siempre sonreía, incluso de rodillas
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llegué primero a la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados y, cuando lo oí venir por el pasillo, supe que esa noche íbamos a hacerlo en silencio.
Tenía veinte años, una falda demasiado corta y la certeza de que podía manejarlo. Al cerrar la puerta del despacho descubrí que el control nunca había sido mío.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
Cuando lo vi salir entre los aplausos, supe exactamente lo que quería. No sabía que iba a hacerlo delante de treinta mujeres que no conocía.