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Relatos Ardientes

Tres en el piso hasta que sobraba uno

3.8(43)

Camila y Laura llevaban dos años compartiendo piso: un apartamento de techos altos y suelos de madera en el centro de la ciudad que habían convertido en un lugar habitable a base de plantas, libros y muebles recogidos en rastrillos de fin de semana. Camila diseñaba espacios para empresas de hostelería y tenía la manía de reorganizar los estantes cada vez que se aburría. Laura entrenaba a clientes particulares y llegaba a casa a las seis de la tarde con el hambre de quien ha pasado el día moviendo su cuerpo y el de otros. Su convivencia era cómoda, de esa clase que no exige demasiado y sin embargo da mucho.

Eso cambió en otoño, cuando Camila conoció a Marcos en un cóctel de empresa. Era abogado, tenía los hombros anchos y una manera de mirar que prometía cosas. La conversación que tuvieron duró hasta el cierre del bar, y lo que vino después duró hasta el amanecer. Camila llegó al piso al día siguiente con el abrigo mal abrochado, las bragas dentro del bolso y el coño todavía latiendo de la última corrida que él le había sacado contra el cabecero de la cama.

—¿Qué pasó? —preguntó Laura desde la cocina.

—Marcos —dijo Camila—. Me ha follado seis veces. Seis, Laura.

Y en cierta manera eso lo explicaba todo.

Durante los meses siguientes, Marcos fue tomando espacio en la vida de Camila. Era atento, sin dramas, con trabajo fijo y la clase de constancia que ella llevaba años buscando. Pero tenía una polla que no descansaba y un apetito a juego. Quería follar todas las noches, y muchas mañanas, y Camila —que trabajaba diez horas y llegaba a casa agotada— empezó a sentir que no podía con el ritmo. El deseo era real, pero el coño tiene límites que no negocia: lo tenía irritado de tanto uso, los pezones doloridos de las mordidas, y a veces se descubría rezando para que él se durmiera antes de empalmarse otra vez.

—Es como si no se cansara nunca —le confesó a Laura una tarde, mientras pelaban patatas para cenar—. Anoche me la metió tres veces. Tres. Y cuando me corrí la última y le pedí que ya, todavía estaba dura. Que conste que no me quejo, pero hay noches que lo miro y pienso: «Otra vez esa verga, en serio».

Laura removió la salsa sin decir nada durante un momento. Llevaba meses sin que nadie le tocara el coño que no fuera ella misma.

—Yo daría algo por tener ese problema —dijo al fin—. Los que conozco son lo contrario: mucho cuento, mucha promesa, y luego se corren a los dos minutos y se duermen.

Lo dijo sin amargura, pero con la precisión de quien ha llegado a la misma conclusión varias veces. Camila dejó el pelapatatas sobre la tabla y la miró.

—Tengo una propuesta absurda —dijo—. Escúchame antes de decir que no.

La propuesta era esta: Marcos se mudaría con ellas. Follaría una noche con Camila, la siguiente con Laura, alternando de lunes a sábado. Los gastos se repartirían en tres. Y la polla insaciable de Marcos —que a Camila la dejaba sin fuerzas— quedaría distribuida entre dos coños en lugar de uno. Laura tardó unos segundos en responder.

—¿Y tú de verdad estarías bien con que se folle a tu compañera de piso?

—Estaría mejor que ahora. Te lo juro, Laura. Cómete tú la mitad de su verga y a mí me devuelves la vida.

Marcos, cuando Camila se lo planteó esa misma noche con la polla todavía dentro de ella, aceptó con una sola condición: los domingos serían para los tres. Sin turnos, sin separaciones. Las dos a la vez, en la misma cama, abiertas para él.

***

La mudanza se hizo el viernes siguiente. Marcos llegó con dos maletas y una botella de vino, y esa primera noche se folló a Camila contra la pared del pasillo antes incluso de deshacer el equipaje, mientras Laura escuchaba desde el salón cómo su amiga gemía sin contención por primera vez en semanas.

La rutina se estableció con una naturalidad que sorprendió a las dos. Con Camila, Marcos conservaba el hambre de los primeros meses: la abría de piernas, le comía el coño hasta que ella le suplicaba que parara, y luego se la follaba boca abajo con las manos en sus caderas, soltándole la corrida dentro o sobre las nalgas según el día. Ella, descansada, agradecía ya no tener que cargar sola con esa polla.

Con Laura, el primer encuentro fue de tanteo. Él la desnudó despacio en el cuarto, le besó los pechos pequeños y firmes, le bajó las bragas con los dientes y le metió la lengua entre las piernas hasta que Laura, que llevaba meses tocándose ella sola, se corrió tan fuerte que tuvo que taparse la boca con el antebrazo. Después él se puso encima y le metió la polla de una sola embestida, y Laura sintió cómo se la abría centímetro a centímetro hasta el fondo. La folló durante casi una hora, cambiando de postura cada vez que ella se acercaba al borde, hasta que se vino dentro de ella con un gruñido y Laura sintió el semen caliente llenándola por dentro. Era directa, sin rodeos ni preámbulos, y Marcos se adaptó. Al amanecer, mientras él dormía con la verga floja apoyada contra su muslo, Laura se quedaba mirando el techo con algo sin terminar de resolver.

Los domingos cumplieron la promesa. Después de cenar, los tres pasaban al salón. Marcos se instalaba en el sofá, ya con la polla marcada bajo el pantalón, los ojos fijos en las dos mujeres. Camila y Laura empezaban con lo que él había pedido desde el primer domingo: un beso entre ellas. Al principio era una actuación consciente: Laura tomaba la cara de Camila entre las manos y sus bocas se encontraban con la deliberación de quien sabe que está siendo observado. Pero el cuerpo tiene su propia lógica. Al tercer domingo, el beso ya no era para Marcos.

Camila notaba la textura del labio inferior de Laura, cómo cedía bajo el suyo. Laura sentía las manos de Camila en su cintura con una presión que ya reconocía pero que ahora decía algo diferente. Los domingos siguieron escalando: Camila desnudaba a Laura, le chupaba los pezones hasta dejárselos duros como piedras, le metía dos dedos en el coño y la masturbaba mirándola a los ojos. Laura le devolvía el favor abriéndole las piernas en el sofá, hundiendo la lengua entre sus labios mojados, lamiéndole el clítoris con una concentración que Camila no había sentido nunca con ningún hombre. Marcos, mientras tanto, se la cascaba en el sillón de enfrente con la polla durísima, esperando su turno.

Cuando él se sumaba —y siempre acababa sumándose— las follaba a las dos por turnos. Una de rodillas chupándosela mientras él comía el coño de la otra. Camila a cuatro patas recibiendo embestidas mientras Laura le sostenía la cara y le hacía morder sus tetas. Laura empalada sobre la verga de Marcos mientras Camila, sentada detrás, le mordía el cuello y le pellizcaba los pezones. Él se corría siempre dos veces antes de quedarse seco, una vez en una boca y otra en un coño, repartiendo sin protestas.

El placer era genuino —ninguna de las dos lo fingía—, pero había un momento en que todo cambiaba de foco: cuando Camila cerraba los ojos con la polla de Marcos dentro, lo único que procesaba era el calor de Laura contra ella, sus dedos jugando con su clítoris al mismo tiempo que él la follaba, la manera específica en que Laura jadeaba en su oído cuando algo la encendía de verdad. En esos momentos, Marcos era el fondo de un cuadro donde Laura era lo único enfocado. El placer llegaba desde ese lado.

Después, cuando él se dormía con la verga vacía y satisfecha, las dos se quedaban despiertas. No decían nada. Pero tampoco dormían enseguida. A veces Camila sentía la mano de Laura buscando la suya entre las sábanas.

***

El martes de la tercera semana, con Marcos en el trabajo y la tarde disolviéndose en lluvia al otro lado de la ventana, Laura entró al salón donde Camila leía y se sentó en el brazo del sillón. Camila levantó la vista. Laura bajó la cabeza y la besó, despacio, sin urgencia, sin el guión de los domingos. Cuando Camila le devolvió el beso, Laura le metió la lengua hasta el fondo y le agarró un pecho por encima de la blusa, y Camila soltó un gemido bajo que sonó como una rendición.

Se movieron al dormitorio de Camila. Era media tarde y la luz entraba horizontal por las persianas, dibujando franjas sobre el suelo. Laura desabrochó el vestido botón a botón, sin apresurarse, descubriendo cada centímetro de piel como si lo estuviera memorizando. Le bajó el sujetador hasta liberarle las tetas y se quedó un momento mirándoselas, pesándolas con las manos, frotando los pezones con los pulgares hasta que se le pusieron tan duros que dolían. El cuerpo de Laura era conocido desde los domingos, pero así, sin la mediación de Marcos, sin el rol que cada una ocupaba en esa dinámica, era distinto. Era solo el cuerpo de Laura, y solo para ella.

Laura la recorrió con los labios desde el hombro hasta la cadera, deteniéndose en los pezones para chupárselos uno a uno con esa atención que Marcos nunca había tenido tiempo de aprender. Le mordió el costado, le lamió el ombligo, le bajó las bragas tirando con los dientes. Cuando le abrió las piernas y vio el coño afeitado, brillante y ya empapado, Laura sonrió.

—Mírate cómo estás —murmuró.

Y bajó la cabeza.

La primera lamida fue lenta, de abajo arriba, recogiendo todo el flujo de Camila en la lengua. La segunda se demoró en el clítoris, dando vueltas a su alrededor sin tocarlo aún. Cuando por fin se lo metió en la boca y empezó a chuparlo despacio, Camila arqueó la espalda y soltó un gemido que se le rompió en la garganta. Laura le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo, doblándolos hacia adelante para tocar ese punto que ella conocía bien en sí misma y que Marcos nunca encontraba. Trabajó con la lengua y los dedos en un ritmo que no buscaba el final rápido sino la acumulación lenta, que es una clase distinta de placer. Camila la guiaba con la presión de las manos en su nuca, sin palabras, sintiendo cómo el orgasmo crecía no como una ola sino como una marea que iba subiendo y subiendo y no terminaba nunca de romper. Cuando llegó, llegó por dentro: un espasmo profundo que le contrajo todo el coño alrededor de los dedos de Laura, las caderas levantándose del colchón, la voz saliéndole sin que pudiera contenerla. Laura no paró. Siguió lamiendo y chupando hasta sacarle un segundo orgasmo encima del primero, y Camila acabó con los ojos húmedos, la respiración rota y los muslos temblando alrededor de la cara de su amiga.

Camila tardó un poco en volver. Luego rodó hacia Laura y se tomó el tiempo que Laura había tomado con ella. La desnudó con paciencia, descubriendo su cuerpo conocido pero nunca a solas: las tetas pequeñas con los pezones rosados, el vientre plano de entrenadora, la mata oscura de vello en el pubis que Laura, a diferencia de Camila, no se afeitaba. Le besó los pechos, mordiéndolos suave, chupándole los pezones hasta dejárselos hinchados. Bajó por el vientre, por el interior de los muslos, sin apresurarse, lamiendo la piel a centímetros del coño sin tocarlo todavía.

—Por favor —dijo Laura, y Camila le sonrió contra el muslo.

Cuando metió la lengua, Laura cerró los ojos y soltó un sonido que no era para nadie más. Camila la lamió de arriba abajo, separándole los labios mojados con la lengua, chupándole el clítoris hasta que Laura empezó a moverse contra su boca sin poder evitarlo. Le metió un dedo, luego dos, luego tres, y la sintió cerrarse alrededor caliente y apretada. Sus dedos apretaron la nuca de Camila. No la soltó hasta que se corrió con el cuerpo encorvado hacia adelante y los labios apretados para no hacer ruido, el coño contrayéndose en oleadas alrededor de los dedos de Camila, los muslos cerrándose sobre su cabeza.

Después, tumbadas, Camila le puso una mano en el vientre todavía agitado por las réplicas. Estuvieron así un rato largo, con la tarde entrando por las persianas, oliendo a sexo de mujer las dos.

—¿Esto complica todo? —preguntó Laura.

—Ya estaba complicado —dijo Camila.

***

Las semanas siguientes funcionaron en dos planos. De cara a Marcos, nada había cambiado: la rutina de noches alternas, los domingos en común, su verga repartida entre las dos. Pero en los huecos que él no ocupaba, Camila y Laura construían algo sin nombre todavía. Se buscaban por las mañanas antes de que él se levantara: Camila se metía en la cama de Laura cuando Marcos dormía con ella y le comía el coño en silencio, tapándole la boca con la mano para que no gimiera. Laura le devolvía el favor a media tarde, encerrándose con ella en el cuarto cualquier excusa, las bragas bajadas hasta los tobillos antes de cerrar la puerta.

Una tarde, Camila entró al cuarto de baño mientras Laura se duchaba, sin llamar, y se quedó apoyada en el lavabo hablando de cualquier cosa hasta que la conversación se fue apagando y lo que quedó fue el vapor y el ruido del agua y la mampara entre ellas que ninguna hacía ademán de abrir.

Luego Laura la abrió.

—Métete —dijo, sin más.

Camila se desnudó sin decir nada y entró en la ducha. Laura ya tenía los pezones duros, los pechos brillantes de agua. Le pasó las manos enjabonadas por las tetas a Camila, le frotó los pezones con los dedos resbaladizos hasta dejárselos endurecidos, le bajó la mano por el vientre hasta el coño afeitado y le hundió dos dedos sin preámbulos. En el agua, los cuerpos tienen otra textura. Camila apoyó la espalda en los azulejos fríos y abrió las piernas. Laura la besó en el cuello, bajó por la clavícula, por el pecho, con esa misma lentitud que Camila ya reconocía como suya. Le chupó los pezones uno por uno mientras los dedos seguían entrando y saliendo del coño, encontrando el ritmo justo, ese que solo otra mujer encuentra a la primera. Sus dedos masajearon el clítoris al mismo tiempo que los otros la follaban por dentro, y Camila soltó el aire que había estado reteniendo. El agua caía sobre las dos sin distinción. Cuando Camila se corrió, fue con los dientes apretados, una pierna levantada y enganchada en la cadera de Laura, y la mano de Laura en su cintura para que no perdiera el equilibrio. Sintió cómo el coño le pulsaba alrededor de los dedos de su amiga y cómo el orgasmo le subía por la columna hasta hacerle ver puntitos negros.

Luego Camila se arrodilló en el suelo húmedo. El plato de la ducha era duro contra sus rodillas, pero no le importaba. Levantó la cara hacia Laura, que apoyó la espalda en la pared y entrelazó los dedos en el pelo mojado de Camila. Le separó los labios del coño con los pulgares y se hundió. Lamió despacio, chupándole el clítoris, metiéndole la lengua tan adentro como podía, masturbándola con la boca con una técnica que había aprendido en las últimas semanas. Le metió un dedo en el coño mientras seguía chupando, luego le subió el dedo mojado por el periné y le rozó el agujero del culo. Laura abrió más las piernas y empujó las caderas hacia adelante.

—Méteme el dedo ahí —jadeó.

Camila se lo metió. Le penetró el culo con un dedo mientras le chupaba el clítoris, y Laura se vino casi de inmediato con un grito que se perdió en el ruido del agua, las caderas empujando contra la boca de Camila, el coño y el culo apretándose al mismo tiempo. Camila no la soltó hasta que Laura le tiró del pelo para apartarla, demasiado sensible para seguir.

En los domingos, Marcos seguía mirando. Pero lo que veía ya no era para él, aunque todavía no lo supiera.

***

Lo hablaron un jueves por la noche, tarde, con Marcos dormido al fondo del pasillo después de haberse follado a Laura durante una hora. Camila entró en el cuarto de Laura y cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama. Laura todavía estaba desnuda bajo la sábana, con el coño lleno del semen de Marcos.

—Tenemos que hablar de Marcos —dijo Camila.

—Lo sé —dijo Laura.

No necesitaron muchas palabras. Marcos era bueno, tenía buena polla, sabía usarla, pero no era lo que buscaban. Lo que tenían ellas dos no podía seguir siendo el relleno de otra cosa. Querían que fuera lo principal.

—Lávate primero —dijo Camila, sonriendo a medias—. No te como con la corrida de otro dentro.

Laura se rió bajo y se fue al baño. Cuando volvió, limpia, Camila ya estaba desnuda en la cama, abriéndose el coño con los dedos para ella.

El resto de esa noche lo pasaron juntas, sin prisa, explorando sin el peso de lo que vendría. Camila recorrió el cuerpo de Laura con las manos y los labios, le chupó los pezones hasta que Laura le rogó que no parara, le metió la cara entre las piernas y la lamió hasta que Laura se corrió dos veces seguidas con las manos enredadas en su pelo. Laura hizo lo mismo: se perdió entre las piernas de Camila con una concentración que convertía el placer en algo preciso y continuo, lamiendo el clítoris en círculos lentos, metiéndole tres dedos en el coño y curvándolos hacia adelante, hasta que Camila dobló las rodillas, le agarró la cabeza con las dos manos y se corrió contra su boca con un gemido largo y profundo. Después se pusieron en tijera, los coños mojados encajados uno contra el otro, frotándose con un ritmo que las dos encontraron sin hablar, mirándose a los ojos mientras se masturbaban una a la otra con sus propios cuerpos. Se corrieron juntas al final, enredadas, la frente de una apoyada en el hombro de la otra, los dos coños latiendo al mismo tiempo, el sudor mezclándose entre los pechos.

***

El sábado, Marcos volvió del gimnasio y las encontró sentadas en la cocina. Camila habló. Laura se mantuvo a su lado, sin retroceder.

—Esto no funciona. No para nosotras. Lo hemos pensado bien.

Marcos intentó entender, luego negoció, luego se enfadó. Ofreció follárselas mejor, más despacio, lo que quisieran. Buscó en los ojos de Laura algo que contradijera lo que Camila decía. No lo encontró.

—Lo hemos pensado bien —repitió Laura—. Y preferimos comernos el coño la una a la otra que volver a tener tu polla dentro.

Lo dijo sin crueldad, pero sin dejarle ninguna puerta abierta. La caja con su ropa ya estaba en el pasillo. Marcos la cogió, maldijo algo en voz baja y salió dando un portazo que hizo vibrar el marco de la puerta.

El silencio que dejó fue limpio e inmediato. Camila y Laura se miraron. Luego se rieron, sin poder evitarlo, de todo lo raro que había sido ese año y de la solución mucho más simple que estaba ahí desde el principio. Abrieron el vino que guardaban sin ocasión especial, cocinaron pasta, pusieron música que ninguno de los dos habría elegido.

Más tarde, en el dormitorio que ahora era de las dos, Laura apagó la luz. Camila se acercó a ella en la oscuridad y le buscó la boca primero, las tetas después, el coño al final. Laura ya estaba mojada antes de que la tocara. Se desnudaron sin prisa, se acariciaron sin prisa, se lamieron sin prisa. Camila se sentó sobre la cara de Laura y dejó que ella le comiera el coño hasta hacerla correrse dos veces, frotándose contra su lengua, agarrándose al cabecero. Luego rodaron y fue Laura la que abrió las piernas, y Camila se quedó entre ellas el tiempo que hizo falta, lamiéndola despacio, metiéndole los dedos en el coño y en el culo a la vez como había aprendido que le gustaba, hasta que Laura se vino con un grito sin freno, sin tapadera, sin nadie en la casa al que ocultarle nada. No había nada que demostrar, ningún turno que cumplir, nadie mirando. Solo el piso de siempre y ellas dos, desnudas y empapadas, que habían tardado un año en llegar a una respuesta que siempre había estado ahí.

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Comentarios(9)

CuriosaLectora34

buenisimo!!! lo lei sin parar hasta el final

Nico_BA99

hay segunda parte? justo cuando se ponia bueno termino jaja, quedé con ganas de mas

SilvanaMdz

Me encantó como está narrado. Se siente real, no forzado. Muy bien escrito.

LetterFan91

el titulo ya te engancha antes de empezar jeje, y el relato cumple la promesa

duncan74

me recordo una situacion parecida que viví hace años, diferente pero con esa misma tension rara entre todos. Excelente.

MarianoLP

se hizo cortísimo, queria que siguiera y siguiera. esperando el proximo!

Roxana_lec

Buenísimo! La situacion inicial está muy bien planteada, te metés en la historia enseguida.

PatricioR7

tremendo. la dinamica entre los personajes te lleva sin que te des cuenta al final. ojalá haya continuacion

CarlosM_85

las confesiones son las que mas me gustan, parecen de verdad. Este no es la excepción, muy bien.

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