Tres en el piso hasta que sobraba uno
Camila y Laura llevaban dos años compartiendo piso: un apartamento de techos altos y suelos de madera en el centro de la ciudad que habían convertido en un lugar habitable a base de plantas, libros y muebles recogidos en rastrillos de fin de semana. Camila diseñaba espacios para empresas de hostelería y tenía la manía de reorganizar los estantes cada vez que se aburría. Laura entrenaba a clientes particulares y llegaba a casa a las seis de la tarde con el hambre de quien ha pasado el día moviendo su cuerpo y el de otros. Su convivencia era cómoda, de esa clase que no exige demasiado y sin embargo da mucho.
Eso cambió en otoño, cuando Camila conoció a Marcos en un cóctel de empresa. Era abogado, tenía los hombros anchos y una manera de mirar que prometía cosas. La conversación que tuvieron duró hasta el cierre del bar, y lo que vino después duró hasta el amanecer. Camila llegó al piso al día siguiente con el abrigo mal abrochado y una expresión que Laura no le había visto antes.
—¿Qué pasó? —preguntó Laura desde la cocina.
—Marcos —dijo Camila, como si eso lo explicara todo.
Y en cierta manera lo explicaba.
Durante los meses siguientes, Marcos fue tomando espacio en la vida de Camila. Era atento, sin dramas, con trabajo fijo y la clase de constancia que ella llevaba años buscando. Pero tenía un apetito que no descansaba. Quería todas las noches, y muchas mañanas, y Camila —que trabajaba diez horas y llegaba a casa agotada— empezó a sentir que no podía seguirle el ritmo. El deseo era real, pero el cuerpo tiene límites que no negocia.
—Es como si no se cansara nunca —le confesó a Laura una tarde, mientras pelaban patatas para cenar—. Que conste que no me quejo, pero hay noches que lo miro y pienso: «Otra vez, en serio».
Laura removió la salsa sin decir nada durante un momento. Llevaba meses sin tener a nadie que valiera la pena.
—Yo daría algo por tener ese problema —dijo al fin—. Los que conozco son lo contrario: mucho cuento y luego nada.
Lo dijo sin amargura, pero con la precisión de quien ha llegado a la misma conclusión varias veces. Camila dejó el pelapatatas sobre la tabla y la miró.
—Tengo una propuesta absurda —dijo—. Escúchame antes de decir que no.
La propuesta era esta: Marcos se mudaría con ellas. Dormiría una noche con Camila, la siguiente con Laura, alternando de lunes a sábado. Los gastos se repartirían en tres. Y la energía desbordante de Marcos —que a Camila la dejaba sin fuerzas— quedaría distribuida entre dos. Laura tardó unos segundos en responder.
—¿Y tú de verdad estarías bien con eso?
—Estaría mejor que ahora.
Marcos, cuando Camila se lo planteó esa misma noche, aceptó con una sola condición: los domingos serían para los tres. Sin turnos, sin separaciones. Las dos a la vez.
***
La mudanza se hizo el viernes siguiente. Marcos llegó con dos maletas y una botella de vino. La rutina se estableció con una naturalidad que sorprendió a las dos: con Camila, Marcos conservaba la hambre de los primeros meses, y ella agradecía ya no cargarlo sola. Con Laura, el primer encuentro fue de tanteo, él aprendiéndola, ella dejándose aprender. Laura era más directa, sin rodeos ni preámbulos, y Marcos se adaptó. Al amanecer, mientras él dormía, Laura se quedaba mirando el techo con algo sin terminar de resolver.
Los domingos cumplieron la promesa. Después de cenar, los tres pasaban al salón. Marcos se instalaba en el sofá con los ojos fijos en las dos mujeres. Camila y Laura empezaban con lo que él había pedido desde el primer domingo: un beso entre ellas. Al principio era una actuación consciente: Laura tomaba la cara de Camila entre las manos y sus bocas se encontraban con la deliberación de quien sabe que está siendo observado. Pero el cuerpo tiene su propia lógica. Al tercer domingo, el beso ya no era para Marcos.
Camila notaba la textura del labio inferior de Laura, cómo cedía bajo el suyo. Laura sentía las manos de Camila en su cintura con una presión que ya reconocía pero que ahora decía algo diferente. Marcos participaba y el placer era genuino —ninguna de las dos lo fingía—, pero había un momento en que todo cambiaba de foco: cuando Camila cerraba los ojos, lo único que procesaba era el calor de Laura contra ella, la manera específica en que se movía cuando algo la encendía de verdad, el sonido bajo y concreto que hacía solo cuando estaba bien. En esos momentos, Marcos era el fondo de un cuadro donde Laura era lo único enfocado. El placer llegaba desde ese lado.
Después, cuando él se dormía satisfecho, las dos se quedaban despiertas. No decían nada. Pero tampoco dormían enseguida.
***
El martes de la tercera semana, con Marcos en el trabajo y la tarde disolviéndose en lluvia al otro lado de la ventana, Laura entró al salón donde Camila leía y se sentó en el brazo del sillón. Camila levantó la vista. Laura bajó la cabeza y la besó, despacio, sin urgencia, sin el guión de los domingos.
Se movieron al dormitorio de Camila. Era media tarde y la luz entraba horizontal por las persianas, dibujando franjas sobre el suelo. Laura desabrochó el vestido botón a botón, sin apresurarse. El cuerpo de Laura era conocido desde los domingos, pero así, sin la mediación de Marcos, sin el rol que cada una ocupaba en esa dinámica, era distinto. Era solo el cuerpo de Laura.
Laura la recorrió con los labios desde el hombro hasta la cadera, aprendiendo con atención lo que Marcos nunca había tenido tiempo de aprender. Luego bajó entre sus piernas y trabajó con la lengua y los dedos en un ritmo que no buscaba el final rápido sino la acumulación lenta, que es una clase distinta de placer. Camila la guiaba con la presión de las manos en su nuca, sin palabras. Cuando llegó el orgasmo no fue un estallido sino una marea que la dejó con los ojos húmedos y la respiración rota.
Camila tardó un poco en volver. Luego rodó hacia Laura y se tomó el tiempo que Laura había tomado con ella. Bajó por su vientre, por el interior de sus muslos, sin apresurarse. Cuando metió la lengua, Laura cerró los ojos y soltó un sonido que no era para nadie más. Sus dedos apretaron la nuca de Camila. No la soltó hasta que se corrió con el cuerpo encorvado hacia adelante y los labios apretados para no hacer ruido.
Después, tumbadas, Camila le puso una mano en el vientre. Estuvieron así un rato largo, con la tarde entrando por las persianas.
—¿Esto complica todo? —preguntó Laura.
—Ya estaba complicado —dijo Camila.
***
Las semanas siguientes funcionaron en dos planos. De cara a Marcos, nada había cambiado: la rutina de noches alternas, los domingos en común. Pero en los huecos que él no ocupaba, Camila y Laura construían algo sin nombre todavía. Se buscaban por las mañanas antes de que él se levantara. Una tarde, Camila entró al cuarto de baño mientras Laura se duchaba, sin llamar, y se quedó apoyada en el lavabo hablando de cualquier cosa hasta que la conversación se fue apagando y lo que quedó fue el vapor y el ruido del agua y la mampara entre ellas que ninguna hacía ademán de abrir.
Luego Laura la abrió.
En el agua, los cuerpos tienen otra textura. Camila apoyó la espalda en los azulejos fríos y cerró los ojos. Laura la besó en el cuello, bajó por la clavícula, por el pecho, con esa misma lentitud que Camila ya reconocía como suya. Sus dedos encontraron el lugar preciso entre las piernas de Camila y ella soltó el aire que había estado reteniendo. El agua caía sobre las dos sin distinción. Cuando Camila se corrió, fue con los dientes apretados y la mano de Laura en su cadera para que no perdiera el equilibrio.
Luego Camila se arrodilló en el suelo húmedo. Levantó la cara hacia Laura, que apoyó la espalda en la pared y entrelazó los dedos en el pelo mojado de Camila. Trabajó despacio, sin prisa, hasta que Laura empujó las caderas hacia adelante con un movimiento involuntario y se vino con un jadeo que se perdió en el ruido del agua.
En los domingos, Marcos seguía mirando. Pero lo que veía ya no era para él, aunque todavía no lo supiera.
***
Lo hablaron un jueves por la noche, tarde, con Marcos dormido al fondo del pasillo. Camila entró en el cuarto de Laura y cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama.
—Tenemos que hablar de Marcos —dijo.
—Lo sé —dijo Laura.
No necesitaron muchas palabras. Marcos era bueno, pero no era lo que buscaban. Lo que tenían ellas dos no podía seguir siendo el relleno de otra cosa. Querían que fuera lo principal.
El resto de esa noche lo pasaron juntas, sin prisa, explorando sin el peso de lo que vendría. Camila recorrió el cuerpo de Laura con las manos y los labios hasta que Laura le pidió que no parara, y no paró. Laura hizo lo mismo: se perdió entre las piernas de Camila con una concentración que convertía el placer en algo preciso y continuo, hasta que Camila dobló las rodillas y tuvo que morderse el labio para no hacer ruido. Se corrieron juntas al final, enredadas, la frente de una apoyada en el hombro de la otra.
***
El sábado, Marcos volvió del gimnasio y las encontró sentadas en la cocina. Camila habló. Laura se mantuvo a su lado, sin retroceder.
—Esto no funciona. No para nosotras. Lo hemos pensado bien.
Marcos intentó entender, luego negoció, luego se enfadó. Buscó en los ojos de Laura algo que contradijera lo que Camila decía. No lo encontró.
—Lo hemos pensado bien —repitió Laura.
La caja con su ropa ya estaba en el pasillo. Marcos la cogió, maldijo algo en voz baja y salió dando un portazo que hizo vibrar el marco de la puerta.
El silencio que dejó fue limpio e inmediato. Camila y Laura se miraron. Luego se rieron, sin poder evitarlo, de todo lo raro que había sido ese año y de la solución mucho más simple que estaba ahí desde el principio. Abrieron el vino que guardaban sin ocasión especial, cocinaron pasta, pusieron música que ninguno de los dos habría elegido.
Más tarde, en el dormitorio que ahora era de las dos, Laura apagó la luz. Camila se acercó a ella en la oscuridad y no había nada que demostrar, ningún turno que cumplir, nadie mirando. Solo el piso de siempre y ellas dos, que habían tardado un año en llegar a una respuesta que siempre había estado ahí.