Mi novia le ofreció un trabajo a cambio de una mamada
Nunca la soporté, pero cuando me escribió pidiendo ayuda para encontrar trabajo se me ocurrió una idea. Mi novia decidió llevarla mucho más lejos de lo que yo planeaba.
Nunca la soporté, pero cuando me escribió pidiendo ayuda para encontrar trabajo se me ocurrió una idea. Mi novia decidió llevarla mucho más lejos de lo que yo planeaba.
Durante años fuimos amantes sin ataduras y siempre mandó ella. El día que me firmó el despido decidí que, por una vez, las condiciones las ponía yo.
Crucé la mirada con una mujer al otro lado de la barra. Me sonaba muchísimo, pero no sabía de qué. Hasta que se acercó y dijo dos palabras que lo cambiaron todo.
Nunca hablamos. Solo miradas que se cruzan dos paradas después de la mía. Pero en mi cabeza ya pasó todo, y vuelve a pasar cada mañana que lo veo subir.
Hacía más de cuatro años que no la veía. Reservé una localidad para su obra sin sospechar lo que pasaría después, ya de madrugada, en mi casa.
No quería que me tomara. Quería que me reclamara, despacio, hasta que dejara de reconocerme. Esa noche aprendí que rendirse también es una forma de poder.
Tenía dos opciones: frenar todo y alejarla de él, o darle vía libre para que se quedara con lo que yo más quería. Elegí la peor de las dos.
Llevaba veinte años durmiendo entre las estrellas. La primera mujer que me sonrió en tierra firme me arrastró a un baño sin que yo pudiera decir que no.
Llevo meses bajo llave, sin derecho a tocarme. Esa noche ella me sentó en el suelo y me ordenó mirar cómo otro hombre la hacía gozar como yo nunca pude.
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
No me parecía atractivo, pero me prendía sentirme deseada. Cuando se subió al banco a revisar el ventilador, supe exactamente cómo iba a pagarle el favor.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Nadie en la fiesta sospechaba nada: para todos éramos solo amigos. Pero esa madrugada Adrián desvió el coche hacia la finca de la colina, y supe que ya no íbamos a seguir disimulando.
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Estaba casado, era hetero y estaba seguro de quién era. Esa madrugada, dentro de un coche aparcado junto a la playa, dejé de estarlo.
Su mano subió por mi muslo mientras yo conducía. —Dicen que en esas áreas la gente no para a estirar las piernas —susurró. Y supe que esta vez iba en serio.
Llegó en ropa interior negra, abrió la manguera y dejó que el agua le corriera por la piel. Supe entonces que esa noche de agosto no íbamos a comportarnos como amigos.
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Me lo contó al día siguiente, todavía con la voz ronca y una sonrisa que no sabía si era de orgullo o de culpa. Lo que me dijo no me lo esperaba.
La primera vez me avisó que estaba por acabar y, aun sabiendo lo que significaba, no aparté la boca. Esa noche empezó algo que tardé en confesarme.