Le confesé mi mayor fantasía a mi cuñado en el hotel
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Cuando entraron al boliche, Camila y Florencia querían pasarla bien. No sabían que esa noche terminaría con una apuesta que las dejaría sin nada que cubrir.
Cuando los últimos invitados se marcharon, ella sacó una botella fría y, sin avisar, empezó a quitarse el bañador dentro de la piscina.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Cuando lo vi entrar con los otros dos, supe que esa noche no me iba a contener. Mis zapatos rojos y su mirada bastaron para que todo cambiara en minutos.
Había pasado dos años trabajando para Adrián sin cruzar ninguna línea. Esa tarde en el Mediterráneo, entre el calor y el vino, todo cambió.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llegué primero a la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados y, cuando lo oí venir por el pasillo, supe que esa noche íbamos a hacerlo en silencio.
Tenía veinte años, una falda demasiado corta y la certeza de que podía manejarlo. Al cerrar la puerta del despacho descubrí que el control nunca había sido mío.
Salí de casa con un mandado simple: dejar plata al mecánico. No pensé que iba a volver con la tanga rota y el sobre todavía dentro de la mochila.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
Cuando lo vi salir entre los aplausos, supe exactamente lo que quería. No sabía que iba a hacerlo delante de treinta mujeres que no conocía.