Lo que hicimos en el sótano de la facultad
Nunca creí que arrodillarme frente a él, en silencio y a escondidas, terminaría siendo mi placer favorito. Pero esa hora libre lo cambió todo.
Nunca creí que arrodillarme frente a él, en silencio y a escondidas, terminaría siendo mi placer favorito. Pero esa hora libre lo cambió todo.
Lo había bloqueado de todas partes porque esa era la regla. Entonces sonó un número desconocido en mitad de la calle y supe que estaba a punto de fallarme a mí misma.
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
La Licenciada que me hacía firmar contratos millonarios apareció con dos valijas y la cara descompuesta: su casa estaba bajo el agua y necesitaba dónde dormir.
La contraté para que me ordenara la casa. Nunca imaginé que la primera mirada que cruzamos iba a desordenarme a mí por completo.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
Lo que más me ponía era ver cómo otros la miraban. Aquella tarde, en la arena, dejé de mirar y le hice un gesto al desconocido para que se acercara.
Nadie en aquella casa sabía lo que escondía bajo el vestido negro. Nadie excepto él, el desconocido de la máscara al que se lo entregué en un pasillo a oscuras.
Cuando Mateo se quitó el bañador, vi cómo mi mujer dejaba de mover los ojos. Yo iba demasiado borracho para detener lo que esa mirada empezaba a prometer.
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Cuando entraron al boliche, Camila y Florencia querían pasarla bien. No sabían que esa noche terminaría con una apuesta que las dejaría sin nada que cubrir.
Cuando los últimos invitados se marcharon, ella sacó una botella fría y, sin avisar, empezó a quitarse el bañador dentro de la piscina.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Cuando lo vi entrar con los otros dos, supe que esa noche no me iba a contener. Mis zapatos rojos y su mirada bastaron para que todo cambiara en minutos.
Había pasado dos años trabajando para Adrián sin cruzar ninguna línea. Esa tarde en el Mediterráneo, entre el calor y el vino, todo cambió.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llegué primero a la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados y, cuando lo oí venir por el pasillo, supe que esa noche íbamos a hacerlo en silencio.