Subí a reclamarle la nota y descubrí qué era el placer
Me llamo Camila, tengo veinte años y estudio Periodismo en la universidad. Hasta ese cuatrimestre había sido la chica buena del curso: notas altas, asistencia perfecta, ropa sin pretensiones. Pelo oscuro hasta los hombros, ojos castaños grandes, piel tostada. El cuerpo ya me llamaba la atención cuando me miraba en el espejo, pero todavía no había aprendido a usarlo.
El cambio empezó en febrero. Quería saber qué se sentía al ser mirada, al provocar, al perder un poco el control. Cambié el guardarropa entero. Faldas más cortas, camisetas finas sin sujetador, tangas que apenas existían. Me gustaba caminar por los pasillos y notar las miradas, escuchar el silencio que se hacía cuando me sentaba en clase y cruzaba las piernas. Sentía un poder nuevo y, sobre todo, una excitación que no sabía nombrar.
Empecé a acostarme con compañeros. Nada serio, pura curiosidad. El primero fue un chico de Comunicación, en un piso compartido después de una previa. Me besó contra la pared, me subió la falda con manos torpes, me metió los dedos sin saber muy bien qué buscaba. Yo me arrodillé, le hice una felación rápida y él se vino jadeando como si hubiera corrido una maratón. Me sentí usada, y por un instante me gustó. Pero cuando llegué a la residencia y me metí en la cama, todavía con el cuerpo caliente, me di cuenta de que no había sentido nada de lo que esperaba. Solo un cosquilleo que se apagó demasiado pronto.
Hubo más. Un compañero de carrera en el asiento trasero de un coche, una mañana de domingo. Me agarró las caderas con fuerza, gimió en mi oído y se vino en cuatro minutos. Yo me arreglé el tanga mojado y volví a casa frustrada. Otro chico en una fiesta de cumpleaños, contra la puerta del baño, con la música tapando todo. Lo mismo. Siempre lo mismo. Yo provocaba un huracán y recibía a cambio una llovizna.
En todos faltaba lo mismo: calma, paciencia, alguien que entendiera lo que era detenerse. Yo disfrutaba siendo la chica que se dejaba mirar, la que cruzaba las piernas sabiendo lo que provocaba, pero al final siempre me quedaba con un hueco entre las piernas y la sensación de haberme regalado por nada.
Y entonces, al empezar el segundo cuatrimestre, apareció él.
***
Hernán daba Literatura Latinoamericana los martes y los jueves. Tendría unos cuarenta y dos años. Alto, delgado, con canas en las sienes y unas gafas de montura fina que se quitaba cuando hablaba de Onetti o de Pizarnik. No era guapo de revista. Tenía algo mejor: una presencia que llenaba el aula sin esfuerzo, una voz grave y pausada que obligaba a callar.
Al principio fueron miradas. Yo en la última fila, él en la tarima. Nada descarado, pero cada clase se repetía. Yo cruzaba las piernas despacio, dejaba que la falda subiera un poco más de lo necesario, y notaba cómo sus ojos bajaban un segundo. Yo me inclinaba para recoger el bolígrafo del suelo y él perdía el hilo de la frase. Después de clase venían las consultas tontas. «¿Entendiste el tema de hoy?», «¿Te paso la bibliografía?», «El cuento que recomendaste me encantó».
Empecé a vestirme pensando en él. Falda corta los martes, camisa sin sujetador los jueves. Me gustaba sentir el roce de la tela en los pezones cuando caminaba por el pasillo del departamento. Una tarde me quedé rezagada y le pregunté algo sobre Cortázar. Él se apoyó en la mesa, me explicó con paciencia, y cuando me incliné un poco hacia delante vi cómo su mirada caía un instante en el escote y volvía a subir. Carraspeó. Siguió hablando como si nada. Yo sonreí por dentro.
Una semana después me senté directamente en su mesa, en la esquina, antes de que empezara la clase. Falda negra, piernas cruzadas, la piel del muslo visible casi hasta donde no debía. Él levantó la vista de los papeles y se quedó quieto un instante.
—Profesor, ¿me explica otra vez lo de ayer? No me quedó claro.
La voz le salió más ronca de lo normal. Me incliné hacia delante apoyando las manos en la mesa y la falda subió otro centímetro. Vi cómo tragó saliva. Vi, también, cómo se acomodaba detrás del escritorio para disimular algo que ya no se podía disimular. Sentí un calor entre las piernas tan intenso que casi me asustó. Yo, sentada en una mesa, había logrado eso en un hombre como él.
—Señorita Camila, por favor, vaya a su sitio. La clase está por empezar.
Me bajé de la mesa sin prisa. Al pasar a su lado le rocé el brazo y le dije bajito, casi al oído:
—Como usted mande, profesor.
Volví a mi pupitre con el corazón a mil. Por primera vez sentía que estaba jugando con fuego, y me encantaba.
***
Y entonces llegó la nota del primer parcial. Un seis pelado.
Me cabreé como pocas veces en mi vida. Sabía que lo había hecho bien, mejor que la mayoría de mis compañeros. Lo sentí como un castigo. Como si me estuviera cobrando las miradas, las faldas, el atrevimiento de no ser la alumna gris que había sido siempre.
Esa misma tarde subí a su despacho. Las escaleras del edificio de Letras estaban vacías a esa hora. Llevaba minifalda negra y camiseta de tirantes, sin sujetador. El pelo suelto, los hombros al aire. Golpeé la puerta más fuerte de lo que pretendía.
—Adelante.
Entré y cerré detrás de mí. El clic resonó en el silencio del pasillo. Hernán estaba sentado, lápiz en la mano, corrigiendo algo. Cuando me vio, se quedó quieto.
—Profesor, ¿un seis? ¿En serio? Sabe que merecía más.
Él dejó el lápiz, se quitó las gafas con calma y me miró con esa serenidad que me ponía de los nervios.
—Camila, la nota es la que es. El trabajo tenía errores conceptuales. Está perfectamente puntuado.
Apoyé las manos en la mesa, inclinándome hacia delante. La camiseta se abrió lo justo para que viera que no llevaba nada debajo.
—No me venga con ésas. Lo hizo a propósito. Le molesta cómo soy ahora, le molesta no poder concentrarse en clase.
Él se rió bajito, sin humor.
—¿Y cómo eres ahora, Camila? ¿Una alumna que se sienta en mi mesa y espera que le suba la nota por arte de magia?
El calor entre las piernas volvió, más fuerte. Su forma de hablarme, esa calma absoluta, me estaba afectando más de lo que quería admitir.
—Sabe perfectamente lo que pasa. Sabe lo que quiere. Y yo estoy dispuesta a dárselo. Solo tiene que admitirlo.
Hernán se levantó despacio. Rodeó la mesa y se quedó a un paso de mí. Su mirada bajó por mi cuerpo y volvió a mis ojos sin la menor prisa.
—Tú crees que tienes el control de la situación, ¿verdad? Crees que con una falda corta y una mirada me puedes conseguir lo que quieras.
Levanté la barbilla.
—Sé que sí.
Dio un paso más. Ahora sentía el calor de su cuerpo a través de la tela.
—Te equivocas. Tú no me puedes ofrecer nada. Pero si quieres, yo sí te puedo enseñar varias cosas.
Me quedé congelada. El control que creía tener se me escapó de las manos en un segundo. Él seguía mirándome, tranquilo, sin sonreír todavía. Sentí el corazón en los oídos, las piernas blandas, la boca seca.
Recién entonces sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa.
—La clase de hoy acaba de empezar.
***
Pasó a mi lado sin tocarme. Lo escuché echar el cerrojo de la puerta. Ese sonido me recorrió la espalda como una corriente.
Volvió hacia mí muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se colocó detrás. No me tocó. Solo se quedó ahí, respirando contra mi nuca. El silencio era ensordecedor. Después, con una delicadeza que no esperaba, me besó el cuello. Labios cálidos, besos lentos, una boca que sabía exactamente lo que hacía. Sus manos rodearon mi cintura, abiertas, sin prisa, como si estuviera memorizando el mapa de mi cuerpo. Subieron por los costados, rozaron mis pechos por fuera, los cubrieron al fin. Sus pulgares acariciaron los pezones, que se endurecieron al instante bajo la tela.
Todo era tan lento, tan distinto a cualquier cosa que hubiera vivido antes. Sentía el calor subiendo por el vientre, las piernas blandas, un cosquilleo entre los muslos como nunca había sentido.
Bajó los tirantes con una calma exasperante. Crucé los brazos sobre el pecho por reflejo, una resistencia mínima que él apartó sin esfuerzo, solo con autoridad. La camiseta cayó al suelo. Me quedé desnuda de cintura para arriba, los pechos al aire, la piel temblando bajo la luz fría del despacho. Se agachó, me quitó las zapatillas una por una, como quien desarma algo frágil. Sus manos subieron por mis piernas, encontraron el tanga y lo bajaron centímetro a centímetro hasta los tobillos.
Me llevó hasta la mesa con una caballerosidad casi incomprensible para lo que estábamos haciendo. Me hizo recostar la espalda sobre los papeles. Yo estaba muy nerviosa. Pensaba que todo se solucionaría con una felación rápida, lo único que sabía hacer bien. Pero él me miró con esos ojos serenos.
—Tranquila, Camila. Disfruta. No tienes que hacer nada.
Empezó a recorrerme con la lengua. Primero el cuello, después el escote, los pezones. Lamía despacio, los chupaba, los mordía con suavidad. Yo ya estaba mojada y todavía no me había tocado abajo. Bajó por el estómago, por el ombligo, y entonces se desvió a propósito. Se concentró en el interior de los muslos, lamiendo cerca, cada vez más cerca, sin tocarme nunca donde más lo necesitaba.
Yo daba pequeños respingos, gemía sin querer. El fuego se encendía en oleadas lentas. Quise agarrarle la cabeza y empujar.
Por fin su lengua entró en contacto con mi sexo. Recorrió cada pliegue con una calma exquisita, como si tuviera horas para saborearme. Lamió de abajo hacia arriba, encontró el clítoris y dibujó círculos perfectos con la punta, suaves al principio, después más firmes, presionando justo donde tenía que presionar. Yo temblaba, las piernas abiertas de par en par, las caderas levantándose de la mesa sin que pudiera evitarlo. Metió un dedo, lento, curvándolo hacia arriba para encontrar ese punto que me hacía gemir. Después otro. Dos dedos moviéndose con un ritmo constante mientras la lengua seguía trabajando arriba.
—Hernán… no pares… —supliqué con la voz rota.
Él gruñó contra mí, el sonido vibrándome dentro. El orgasmo me subió desde el vientre, lento y enorme. Cuando llegó, me corrí como nunca antes. Largo, profundo, brutal. Grité sin control, el cuerpo entero convulsionando. Las piernas me temblaban en oleadas que no terminaban. Él no paró: siguió lamiendo, más suave ahora, prolongando el orgasmo hasta que ya no pude más. Cuando por fin me dejó respirar, me quedé jadeando, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos llenos de lágrimas.
***
Me acarició la mejilla con el pulgar y sonrió con esa elegancia que me desarmaba.
—Esto era para el notable. Habrás venido a por el sobresaliente, ¿no?
No supe qué contestar. Estaba completamente desnuda sobre su mesa, con las piernas separadas, el sexo palpitando, los pechos subiendo y bajando. Mis polvos siempre habían sido a oscuras, con prisa, con vergüenza. Y ahora estaba allí, abierta de par en par, bajo la luz blanca del despacho, completamente expuesta.
—¿Quieres más, Camila? ¿O dejamos la lección acá?
Me costó hablar. Pero el cuerpo me traicionaba.
—Más… más…
Pensé que se abalanzaría sobre mí. Me equivoqué otra vez. Sin quitarme la vista de encima, empezó a desnudarse con una lentitud insoportable. La camisa, doblada con cuidado sobre la silla. Los pantalones. Los calcetines, hasta los calcetines doblados. Cuando llegó a los calzoncillos vi el bulto. Era grande. Y cuando se los bajó y la vi entera, gruesa y dura, sentí un nuevo latido entre las piernas.
Me dio la vuelta con cuidado, me dejó boca abajo sobre la mesa, los pies en el suelo, las manos apoyadas en la madera. Era una postura nueva para mí. Me sentía expuesta, abierta, vulnerable. Y eso me ponía aún más.
Me besó la espalda despacio, bajando por la columna. Sus manos me rodearon, encontraron mis pechos, bajaron al sexo, se aseguraron de que estaba lista. Después colocó la punta en la entrada y empezó a entrar, centímetro a centímetro. Yo creía que me iba a romper. No fue así. Entró despacio, dejándome sentir cada vena, cada milímetro de piel, estirándome de una manera que nunca había sentido. Era intenso, casi demasiado, una presión profunda que me obligaba a contener la respiración. No era dolor. Era otra cosa. Era como descubrir mi cuerpo otra vez.
Se quedó quieto un momento, completamente dentro, dejándome adaptar. Sentía su calor, su latido, mi propio sexo abrazándolo. Después empezó a moverse con un ritmo lento y profundo. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus venas rozaban justo donde tenían que rozar.
—Joder… cómo me llenas… —gemí, agarrada al borde de la mesa.
Él gruñó grave y siguió. Alternaba: penetraciones largas que llegaban al fondo, y otras más cortas que insistían en el punto exacto. Esta vez sí estaba disfrutando. No era torpe. No era rápido. No era egoísta. Era preciso.
Me corrí la primera vez en esa postura. Largo y profundo, un orgasmo que empezó en el vientre y se extendió por todo el cuerpo. Él no paró. Siguió moviéndose con la misma calma, alargándolo hasta que ya casi no podía soportarlo. La segunda vez fue más fuerte. Aceleró un poco, las penetraciones más profundas, golpeando ese punto que me hacía ver luces. Grité contra la madera, las uñas clavadas en el borde, las piernas temblando. El orgasmo duró mucho, oleadas que no se terminaban.
Cuando pensaba que se iba a venir dentro, me dio la vuelta otra vez con cuidado, me besó por primera vez en la boca —un beso lento, profundo, con lengua— y me miró a los ojos.
—Y ahora, por la matrícula —dijo con esa voz pausada que me deshacía.
Con un gesto que entendí sola, me indicó que me arrodillara frente a él. Me arrodillé. Estaba completamente erecto, gruesa la base, la punta brillante. De cerca era todavía más imponente que cuando me había penetrado. Me ayudó con la mano, guiándome con suavidad.
—Despacio. Quiero que lo sientas todo.
Empecé lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando lo que ya brotaba. Después lo metí en la boca, poco a poco. Hernán me puso una mano en la nuca, no para empujar, sino para guiarme con delicadeza. Me dejaba marcar el ritmo, pero cuando quería más profundidad ejercía una presión suave y firme.
—Así. Muy bien. Más profundo. Relaja la garganta.
Obedecí. Las lágrimas me subieron a los ojos, pero no me aparté. Me gustaba la sensación de ser dirigida con tanta calma. Hernán empezó a mover las caderas con lentitud controlada, sin perder nunca esa autoridad serena. Yo gemía alrededor de él, la saliva me chorreaba por la barbilla. Él me miraba desde arriba, los ojos oscuros de placer, pero siempre dueño de la escena. De vez en cuando me acariciaba el pelo con el pulgar, como premiándome.
—Mírame.
Levanté los ojos llorosos. Verlo así, contenido y a la vez al borde, me excitó otra vez. Sentí mi sexo palpitar, mojado de nuevo, solo por tenerlo en la boca.
Aumentó un poco el ritmo, siempre con elegancia. Me sostuvo la cabeza con las dos manos. Yo me esforzaba, succionaba, quería darle todo. Sentía cómo crecía, cómo latía contra mi lengua.
—Me voy a venir. No te apartes.
Y se vino. El primer chorro fue tan abundante que casi me ahogué. Tragué como pude. Parte se me escapó por las comisuras y cayó sobre los pechos. Él seguía pulsando contra mi lengua, y yo gemía alrededor, sintiéndolo llenarme. Cuando por fin terminó, me quedé arrodillada, jadeando, los labios hinchados, todavía con él en la boca para limpiarlo. Lo miré desde abajo.
Me acarició la mejilla con el pulgar.
—Buena chica.
Volví a casa esa noche sin saber muy bien qué me había pasado. Tardé días en recomponerme. Pero algo había cambiado de raíz. Hasta entonces yo creía que tenía que correr para sentir, que el sexo era una urgencia que se apagaba en cuatro minutos. Esa tarde aprendí que el placer también podía ser lento, profundo, controlado. Que alguien podía detenerse, mirarme, y construir paso a paso lo que los chicos de mi edad despachaban en un suspiro.
Volví a su despacho otras tardes. Volví a aprender. Pero esa primera lección, la de la nota injusta, sigue siendo la única que recuerdo entera.