Aquella despedida de soltera que no olvidaré
La invitación llegó un domingo a mediodía, cuando yo ya ni recordaba que Andrea tenía mi número. Habíamos trabajado juntas en la misma agencia de publicidad durante casi tres años, hasta que ella renunció y el contacto se fue diluyendo de la manera en que se diluyen casi todas las amistades del trabajo: sin drama, sin pelea, simplemente por inercia.
Pero ahí estaba su nombre en mi teléfono. La invitación era breve, sin adornos: te invito a mi boda, espero que puedas ir.
Podría haber ignorado el mensaje. Era la opción más cómoda. Pero llevaba meses en lo que yo misma llamaba modo supervivencia: había terminado con Rodrigo después de cuatro años que se fueron volviendo cada vez más grises hasta que ya no valió la pena sostenerlos, y encima estaba peleada con Catalina, mi mejor amiga desde la universidad, por algo que empezó siendo pequeño y se fue haciendo grande sin que ninguna de las dos lo manejara bien. No tenía ánimo para nada. Así que, paradójicamente, dije que sí.
Confirmé asistencia a la boda.
Tres semanas después llegó la segunda invitación: la despedida de soltera. Fue Andrea en persona quien me la mandó por mensaje, con esa mezcla de entusiasmo y disculpa de quien sabe que te está sumando un compromiso más. Me aclaró que iba a ser solo chicas, en un bar del centro que habían reservado completo para la noche.
Dije que sí por segunda vez.
***
El local tenía paredes de ladrillo visto y una iluminación cálida que lo hacía parecer más acogedor de lo que era. Llegué quince minutos tarde —los suficientes para no ser la primera— y Andrea me recibió en la puerta con un abrazo genuino y la efusividad de alguien que ya llevaba un par de horas de champán encima. Me presentó a varias personas cuyos nombres no retuve, y ellas fueron simpáticas con la calidez automática de quien está en modo fiesta.
No conocía a nadie. No me importó tanto como pensé que iba a importarme.
Me serví una copa de la barra y me acomodé en un rincón para observar. La decoración era explícita pero con gracia: globos en formas sugestivas, guirnaldas con palabras que hacían reír, una torta cuya decoración yo no hubiera esperado de la Andrea que conocía de la oficina. La música estaba a un volumen que permitía conversar sin gritar, al menos de momento.
Los juegos empezaron alrededor de las nueve. Todos tenían algún componente sexual, desde los más inocentes hasta los que ya no lo eran en absoluto. Al principio participé de manera periférica, riendo pero sin meterme del todo, porque no conocía a nadie y me parecía precipitado. De a poco fui cediendo. El alcohol ayudaba. El ambiente ayudaba más: hay algo en la desinhibición colectiva que es contagioso de una manera que no tiene nada de negativo.
Para las diez y media, las cosas habían escalado de manera considerable. Una chica que yo no conocía sacó de una caja envuelta un vibrador bastante grande, y después de que todo el grupo lo identificara al tacto entre carcajadas, ella directamente se quitó la ropa de la cintura para abajo y lo usó frente a todas sin el menor pudor, mientras el grupo la alentaba a gritos. En el sillón del rincón, dos mujeres se estaban besando con una concentración total que excluía al resto del mundo. Varias tenían la ropa parcialmente quitada. El nivel de desinhibición había alcanzado un punto de no retorno.
Mi cabeza también estaba en otro lugar. Uno más relajado que hacía meses.
Estaba en un taburete junto a la barra, con la copa en la mano, cuando la amiga de Andrea que había organizado todo pidió silencio con el tono de quien va a anunciar algo importante.
—Y ahora —dijo, estirando las palabras con teatralidad—, la sorpresa que todas estaban esperando.
Salieron tres.
Llevaban únicamente los bóxers y calzaban deportivas blancas, lo cual era el único detalle algo ridículo en algo que de ridículo no tenía nada. Eran tres hombres perfectamente construidos, de esos cuerpos que son el resultado de años de constancia. Uno rubio con tatuajes en los antebrazos, otro de piel oscura con rasgos mediterráneos y una mandíbula que podría haber sido esculpida, y el tercero.
El tercero era negro, alto, con los hombros anchos y una musculatura que era proporcional y no exagerada, del tipo que se ve bien en cualquier contexto y mejor en ninguno. Tenía la expresión de alguien que está completamente acostumbrado a exactamente esta situación: tranquilo, presente, sin el esfuerzo visible de quien está actuando para un público. Eso era, paradójicamente, lo más interesante de todo.
No aparté la vista de él.
***
La dinámica entre los tres y el grupo siguió una progresión bastante ordenada: bailes primero, contacto físico después, besos luego. Todo con el ruido de fondo de varias mujeres que gritaban y reían y se empujaban para estar más cerca de alguno de los tres.
Yo los observaba desde la barra.
Estaba calculando el momento.
Cuando él terminó de besar a una de las chicas y dio un paso atrás para reubicarse, bajé del taburete. Me acerqué sin dudar: no hay nada peor que el titubeo cuando uno ya tomó una decisión. Puse una mano en su hombro antes de pararme frente a él. Era bastante más alto de lo que había parecido desde lejos.
Le tomé la nuca con ambas manos y lo besé. Él tardó exactamente un segundo en corresponder, y cuando lo hizo, lo hizo bien: sin apuro, sin el exceso de lengua de quien no sabe medir. Bajé una mano por su torso mientras seguíamos besándonos y lo toqué por encima de la tela del bóxer. Era evidente lo que había ahí.
Me separé apenas un centímetro de su boca.
—Me gusta lo que tenés —le dije, y lo miré a los ojos mientras me mordía el labio inferior.
Él sonrió. No fue una sonrisa de trabajo, de esas ensayadas para el contexto. Fue una sonrisa de alguien que me acababa de ver de verdad por primera vez en toda la noche.
Volví a mi taburete.
***
Las chicas les bajaron los bóxers a los tres casi al mismo tiempo, con el caos coordinado de un grupo que ya no tenía frenos. Yo me quedé donde estaba, observando desde la barra.
Él era exactamente lo que había intuido. Grande, pero de una manera que no intimidaba sino que hipnotizaba. El tipo de presencia que uno no olvida fácilmente.
El grupo empezó a turnarse para acercarse. Cuando decidí que era mi turno, me fui directamente hacia él.
Me arrodillé en el suelo de madera y lo tomé con la mano derecha. Lo miré desde abajo. Él me devolvió la mirada con calma, pero ya no era la calma de antes. Era atención plena.
Empecé despacio, con la lengua primero, aprendiendo la forma antes de abrirme más. Era grande y exigía concentración, lo cual hacía que me gustara más, no menos. Usé la mano al mismo tiempo, sintiéndole cambiar el ritmo de la respiración. En algún momento lo escuché emitir un sonido breve y profundo que me llegó directo al estómago.
No lo quería dejar ir. Lo quería solo para mí.
Me separé lo suficiente para hablar.
—Quedate conmigo esta noche —le pedí—. Solo conmigo.
Él frunció ligeramente el ceño, como si no hubiera escuchado bien o como si no hubiera esperado exactamente eso.
—¿Cómo? —dijo.
No lo repetí. Me puse de pie, me quité el vestido por la cabeza —era un vestido negro corto de tirantes, sin nada debajo— y me senté en el borde de un sillón bajo con las piernas abiertas. Me dejé los zapatos puestos. Eran stilettos de tiras rojas, de tacón alto, y esa noche resultaron ser la mejor elección posible.
Lo miré.
—Métemelo —le pedí.
El grupo estalló. Alguien subió el volumen de la música. Se escuchaban gritos desde todas partes, algunas coreando instrucciones, otras simplemente animando sin saber muy bien qué decir.
Él me miró durante unos segundos que se sintieron considerablemente más largos de lo que fueron. Luego se arrodilló frente al sillón.
***
Empezó despacio, con esa lentitud que es deliberada y no insegura. Me sostuvo las caderas con las manos y fue entrando de a poco, y yo sentí cada centímetro con una nitidez que me sorprendió. Dolía, sí, pero era el dolor correcto: el que pide más en lugar del que dice para.
—Así —le dije—. Seguí.
Encontró un ritmo firme. Yo dejé de escuchar al grupo y de pensar en todo lo demás. Solo existía eso: el sillón, sus manos en mis caderas, la sensación de estar llena de una manera que hacía muchas semanas que no experimentaba y que casi había olvidado. Me aferré a sus hombros. Él inclinó la cabeza y me mordió suavemente la curva del cuello, justo donde termina el hombro.
No había esperado ese detalle. Fue lo que más me quedó de esa noche.
Me cambió de posición sin preguntar: me dio vuelta y me acomodó de rodillas sobre el asiento del sillón, apoyada en el respaldo. Desde atrás la sensación era distinta, más profunda, y el sonido de sus caderas contra las mías se mezclaba con el ruido del local de una manera completamente irreal, como si todo estuviera pasando en una dimensión que no tenía nada que ver con el resto de mi vida.
En ningún momento me importó que hubiera gente mirando. No era exhibicionismo en el sentido calculado de la palabra. No lo había buscado. Pero tampoco me molestó. El único foco que existía era él y lo que me estaba haciendo, y todo lo demás era ruido sin relevancia.
Cuando se corrió, yo estaba arrodillada frente a él. Recibí todo sin apartarme. El grupo aplaudió desde algún rincón del local.
***
Después de eso bebí más de lo que debería.
No tengo un recuerdo nítido del final de la noche. Hay imágenes sueltas: Andrea bailando con una corona de flores artificiales, una chica llorando de risa en el baño, el frío de afuera cuando alguien me metió en un taxi. Sé que llegué a mi departamento y me quedé dormida encima de la cama sin quitarme los zapatos. A la mañana siguiente me desperté con la cabeza pesada y los recuerdos fragmentados, y los fui ensamblando de a uno mientras me tomaba el primer café.
Me acordé de todo. Con suficiente detalle.
Unos días después le pregunté a Andrea por su nombre. Me dijo que se llamaba Mateo. Que lo habían contratado a través de una agencia y que no tenía más datos de contacto.
Lo busqué con el poco contexto que tenía. No lo encontré.
La boda fue un mes después. Fui, por supuesto. Estuve sentada en una mesa con gente que no conocía, bebí vino tinto y bailé en la pista cuando la música lo pedía. Le deseé a Andrea una felicidad genuina, porque ella se la merecía, y en ningún momento de esa tarde pensé en lo de la despedida.
Pero sí pienso, de vez en cuando. En sus manos en mis caderas, en esa mordida inesperada en el cuello, en esos stilettos de tiras rojas en el suelo de madera.
Mateo, si lees esto por alguna razón: era yo, la de los zapatos rojos. Hablame.