Ese mediodía en el taller no debí quedarme
Esto pasó dos veranos atrás, justo antes del viaje de egresados. No había clases esa semana; todo giraba alrededor de la lista de cosas que íbamos a llevar y de las fiestas que planeábamos. Bajé a desayunar y mi papá me pidió un favor: que le acercara un sobre al taller donde estaba el auto. Mi mamá andaba de viaje por trabajo al litoral y él tenía que irse en unos días a una obra grande en el norte. No recuerdo si era Tucumán o Jujuy. El caso es que el mecánico necesitaba la plata ese día para arrancar con el arreglo.
—¿Puedo ir al mediodía? —le pregunté, bostezando.
—Me da igual, pero tiene que ser hoy. Si no, se me cae la obra.
Agarré los dos sobres sujetos con una bandita elástica y los metí en una mochila chica.
Hacía un calor pegajoso, de esos que te obligan a elegir ropa suelta. Me puse una pollera blanca que me llegaba a mitad de muslo y una musculosa negra sin corpiño. Tenía los pezones marcados, pero me daba fiaca el encaje apretándome con ese clima. Estrené una tanga de algodón; la sentí acomodarse entre las nalgas y me puso la piel de gallina. Chatitas en los pies, anteojos oscuros, y una bandita elástica en la muñeca por si el pelo me molestaba.
Apenas pisé la vereda, algo cambió. Me sentí distinta. Un día de semana, sin uniforme, con un mandado importante en la mochila. Adulta. Los anteojos oscuros me tapaban la mirada y me daban una seguridad rara. Caminé lento, disfrutando cómo el viento se colaba por debajo de la tela y me rozaba los muslos. Nunca me habían mirado tanto. Los hombres giraban la cabeza cuando pasaba. Mis caderas encontraron una cadencia nueva. Sonreía sin querer.
En una esquina, una ráfaga me levantó la pollera casi hasta la cintura. La bajé a manotazos, riéndome sola.
—¡Qué cola tenés, hermosa! —gritó el acompañante de un auto detenido en el semáforo.
Me puse colorada, pero sonreí con la cabeza baja. Seguí caminando.
Hacía años que no pisaba el taller, pero reconocí la entrada al toque. Me pegó el olor primero: grasa, metal caliente, nafta. Adentro estaba oscuro en contraste con el sol de afuera. Un tipo con mameluco manchado soltó la herramienta apenas me vio y caminó hacia mí. Me miró las piernas sin disimular.
—¿Sí? ¿Te puedo ayudar?
—Busco a Roberto. Vengo a dejarle algo de parte de mi papá.
—Roberto no está, pero está Matías —me miró como si debiera entender—. El hijo.
—Ah, perfecto.
—Está arriba, en la oficina. Subí, ya le aviso.
Subió por una escalera de metal angosta. Vi cómo los demás mecánicos dejaron de trabajar para mirarme. Me saqué los anteojos y los enganché en el escote de la musculosa. Cada golpe de llave contra chapa me hacía dar un salto. Arriba había una oficina con ventanal de persianas americanas y una puerta con vidrio esmerilado. Vi una silueta moverse, asomarse al ventanal, y después el tipo que me había atendido volvió bajando los escalones como un perrito.
—Subí, te está esperando.
Miré la escalera. La base era de reja, diamantes de metal por donde cualquiera que estuviera abajo podía ver hacia arriba. Me agarré la pollera con las dos manos y la pegué a la cola, pero era poca tela para tanta abertura. Subí despacio, sintiendo las miradas clavadas entre mis piernas. No me animé a bajar la vista. Llegué arriba y golpeé el vidrio.
—Dale, pasá.
La puerta tenía el picaporte flojo. Cuando entré, él estaba parado sobre una silla, descolgando un póster. Alcancé a ver una modelo rubia en bikini.
—Ja. Lo saco para que no se ponga celosa de vos.
Me reí sin pensar. Bajó de la silla de un salto. Era mucho más joven que Roberto: treinta y pocos, flaco, con una camisa arremangada hasta el codo. Tenía un tatuaje tribal en el antebrazo izquierdo y una sonrisa ancha, de dientes muy blancos.
—Vengo de parte de Stanislav Kowal.
—El polaco, sí. Ya sé.
—Ucraniano —lo corregí.
—Es lo mismo. Además, se te nota. Sos una rusita, blanca y rubia. Imposible más clara.
Nos reímos. Se sentó en el borde del escritorio.
—¿No te acordás de mí?
Me estrujé la cabeza. Sí, recordaba haber ido al taller de chica, diez u once años, acompañando a mi papá. Pero de él no me acordaba.
—Eras re chiquita. Venías y te sentabas ahí a dibujar mientras tu viejo charlaba abajo. Siempre dije que ibas a ser hermosa. Se te oscureció un poquito el pelo, pero la piel de porcelana está intacta. Antes eras un fideo. Ahora tenés más curvas que una ruta de montaña.
Me reí otra vez, un poco nerviosa.
—Dejá la mochila allá, en el sillón. Sentate.
Fui hasta el fondo y dejé la mochila apoyada. Volví y me senté enfrente. Arrancó a preguntarme del colegio, del viaje. Cuando le conté que me iba de egresados, largó una carcajada.
—Uff. El descontrol que te espera.
Me dijo que todos los mecánicos estaban almorzando abajo y que él tenía pedido algo de la rotisería. Que si quería me invitaba. Dudé un segundo, pero le dije que sí. Cuando llegó la comida —milanesas con ensalada— preparó la mesa sobre el escritorio de vidrio y me sirvió agua helada. La tomé de un sorbo y un hilito se me escapó por la comisura, cayendo en la pollera. Él miró, bufó, se paró y me trajo un trapo para que me secara. Me pasó la mano por el muslo, muy al pasar, para quitar una gota.
Me acomodé en la silla, apretando la cola más adentro. Arqueé un poco la espalda. Miré de reojo su pantalón y noté el bulto tenso contra la tela. Un calor me subió desde los pies hasta los muslos.
—Está rica, ¿no? —me preguntó mientras cortaba—. Decime, ¿cuántos novios tenés?
Me atraganté. Me sirvió más agua, riendo. Esta vez el agua me manchó otra vez la pollera y un poco la pierna. Se paró, me trajo otro trapo, se agachó y me secó la gota con la mano, rozándome con el dorso la parte interna del muslo.
—Era sólo una pregunta.
—No —dije, acomodándome—. No tengo novio.
Levantó las cejas. Su mirada se deslizó al triángulo que formaban mis piernas cruzadas y la pollera.
—Increíble.
Se sentó a terminar de comer. Yo tragué mal la última bocada. Me limpié los labios y me paré.
—Te doy la plata y me voy.
—Como quieras.
Fui al sillón. Me agaché a abrir la mochila. Sentí su voz detrás de mí.
—Quedate así para siempre.
Me di cuenta de que la pollera se había subido y le estaba regalando la vista del nacimiento de la cola y el borde de la tanga. Me quedé en esa postura, mintiendo que buscaba algo. Abrí la mochila con mucha calma, metí la mano y saqué el sobre. Escuché sus pasos. Quedó parado detrás mío.
—Es mucha plata —dijo, con una voz apenas audible, cerca del oído—. Rico perfume.
Olía a motor y a aftershave. Me paré despacio y quedamos enfrentados, el sobre entre su pecho y el mío. Lo agarró con las dos manos. Los dedos le rozaron el nacimiento de los pechos. Se me endurecieron los pezones y sentí un escalofrío. Me mordí el labio sin querer. Él lo notó y se rió.
Se dejó caer en el sillón, abrió el sobre y sacó el fajo. Lo hojeó. Me miró.
—Alcanzame ese papel del escritorio.
Caminé hasta el escritorio, agarré el papel, se lo mostré desde lejos y él asintió. Volví a pasárselo. Pensé que me había mandado sólo para verme ir y volver.
—Mandó la mitad —dijo, frunciendo el ceño.
Me agarró un temblor, esta vez real.
—¿Podés empezar igual, no? —tartamudeé.
—No.
—Llamo a mi papá y le digo que se acerque.
—Olvidate. En una hora viene el flaco del repuesto y si no tengo cash, no me deja nada. Está todo difícil con los precios. Quieren la plata ya o se van con el repuesto a otro.
—Te juro que mi papá lo necesita. ¿No podés ponerla vos y mañana te la traigo?
—No, no sé.
***
Le empecé a rogar. No sé en qué momento me arrodillé, pero lo hice. Me acerqué al sillón. Él me miraba con las cejas fruncidas. Apoyé los codos en sus rodillas. El pantalón estaba tenso contra su entrepierna. Yo lo miraba, él me miraba. Deslicé las manos por sus piernas, hacia arriba. Carraspeó. Puso cara de sorpresa.
—No sé, quizás tengo algo acá —dijo, con la voz temblando.
—¿Sí? —le dije, y apoyé la mejilla contra su rodilla derecha, mirándolo con los ojos muy abiertos.
Con la izquierda, arrastré los dedos hasta el bulto. La dejé suspendida a un milímetro, sin tocar. Sólo el calor entre su verga y la palma de mi mano. Él bufó. Me bajó la mano, acariciándola. Con la otra mano, me abrió los labios con el pulgar, que apretó contra mis dientes. Abrí la boca y recibí el pulgar con la punta de la lengua, como una flecha.
Nuestras respiraciones se aceleraron a ritmos distintos. Se apuró, bajó las manos al botón del pantalón. Lo frené. Moví la cabeza.
—Dejame a mí.
Le abrí las piernas con los codos y me metí entera entre ellas. Mientras lo miraba desde abajo, bajando el mentón al pecho, le desabroché el pantalón. Me mordí los labios. Metí la mano. Hubo un choque de temperaturas: mi palma tibia, su verga caliente, pero no del todo dura. La saqué forzando la tela del bóxer, que rebotó. Me sorprendió el tamaño. La agarré con las dos manos y recién ahí entró. Empecé a masajearla de arriba abajo.
Junté saliva y la dejé caer en hilo, justo sobre la punta rosada. Él tiró la cabeza hacia atrás y la volvió a subir enseguida. Su respiración galopaba. Acerqué la lengua y la moví en círculos. Después la metí entera en la boca, despacio. Él me puso la mano en la cabeza y yo, sin dejar de mirarlo, se la saqué. Le daba besos, le corría la piel hacia atrás con los labios. Dejé caer más saliva, que se mezcló con la que él ya producía.
—No podés ser tan puta —dijo con los dientes apretados.
—¿Viste?
***
Se paró. Me levantó por los codos. Me dio vuelta y me empezó a besar el cuello. La otra mano se metió por debajo de la pollera. Sus dedos me recorrían los labios, cada tanto acertando al clítoris. Se me flojaban las rodillas. Gemí por primera vez. Me levantó la pollera y me apoyó la verga contra la nalga, que ya no estaba fría.
Caminamos enredados hasta el escritorio. Me empujó contra el vidrio frío. Se me puso la piel de gallina en las tetas. Bajó la musculosa; mis pechos quedaron al descubierto. Me corrió la tanga a un costado, y sentí el tirón cuando algo se rasgó. Me besó desde la cintura hacia abajo. Me abrió las nalgas, metió la cara entera y la lengua trabajó hasta llegar a la concha. Los dedos que me tocaban el clítoris se deslizaron adentro y grité.
—Cogeme ya —le supliqué.
Se paró. Me enderezó. Bailamos un segundo abrazados, buscando las bocas. Nos besamos profundo. Me dijo algo al oído, pero el corazón me golpeaba tan fuerte que no lo entendí. Le dije que sí con los ojos húmedos.
Me quitó los restos de ropa que todavía me colgaban. Me empujó la cabeza contra el vidrio. En cuatro, con la cola levantada, sentí cómo la verga húmeda pasaba primero por la nalga, después por el surco, y se acomodaba en los labios de la vagina. Apreté los puños contra el escritorio. Entró de a poco. Elástica, me fui abriendo. Cuando estuvo dentro, tiré la cabeza para atrás y gemí largo. Hizo un par de empujes cortos para acomodarse. Me agarró del pelo y me llevó hasta él.
La cintura le empezó a marcar un ritmo cada vez más rápido. Parecía un metrónomo acelerándose. No pude contener los gemidos. Me decía «puta» contra la nuca y un hilo de baba me cayó sobre el vidrio. Me la secó con el pulgar, como si fuera parte de la coreografía.
Me levantó, me dio vuelta y me sentó sobre el escritorio. El frío me trepó por la cola. Se escupió la verga con una habilidad que me sorprendió. Se escupió la mano y me la pasó por la concha. Nos besamos. El gusto a metal y a saliva en la boca era delicioso. Sin que me diera cuenta, volvió a entrar de un golpe. Le crucé los brazos por el cuello. Encontramos un ritmo parejo, casi calmo. Estuvimos un buen rato así, juntos, respirando al mismo tiempo.
Me agarró del culo, me levantó con él adentro, y caminó hasta la silla giratoria. Se sentó y yo empecé a saltar sobre él. Me chupaba los pezones, me mordía los pechos. Se me fue la cabeza. Me puso la mano en la boca y le chupé un dedo. Me pegó una cachetada suave. Me sorprendí.
—Más —dije sin pensar.
Volvió a pegarme. Me agarró del pelo con la otra mano.
—Así, dame, dame —le decía yo, saltándole encima.
Todo era agua.
***
Un cosquilleo me empezó a nacer en la pelvis. Se dio cuenta. Tiró la silla para atrás, me paró y me puso otra vez contra el escritorio, en cuatro.
—Pará, pará —le pedí.
—Callate.
Se arrodilló, me abrió las nalgas y me pasó la lengua por el culo. Era violento y necesario al mismo tiempo. Las piernas me temblaban como si hubiese corrido. Se paró. Escuché que se escupía la mano, pero no me animé a mirar. Suspiré cuando me mojó la concha otra vez y volvió a entrar. Después sentí que escupía en mi espalda y me corría la saliva hacia la cola. El dedo empezó a bordearme el ano.
Intenté sacarle la mano con el brazo derecho. Me lo agarró y lo mandó hacia adelante. El dedo empezó a entrar. Dolía. Lo disfrutaba igual. El gemido se me fue haciendo más grueso a medida que él alternaba entre un agujero y el otro. La otra mano buscó mi boca, me metió dos dedos y los mordí fuerte. Se quejó y me sacó la mano. Me sacó la verga. Escupió. Entró por el culo sin preguntar.
Tuve que juntar las rodillas por el dolor. Grité. Al principio era lento y todo ardía, pero había un calor extraño que se abría paso entre el dolor. Poco a poco el movimiento se volvió natural. Escuchaba cómo le golpeaba la pelvis contra la cola. Me decía cosas brutas. Yo sólo intentaba no gritar demasiado. Apoyé la cabeza de costado contra el vidrio helado. Sentí que venía el final. Me sacó de adentro, me tiró del pelo, y entendí. Me arrodillé. Se terminó masturbando contra mi cara, pintándomela de blanco. Grumosa, llena, lo miré y sonreí.
***
Me paró. Nos abrazamos tiernos, como si acabáramos de llegar del supermercado. Me pasó una toalla.
—Me tocó pintar a mí —dijo, sonriendo.
Me limpié la cara con cuidado. Me quedé escuchando. El taller había vuelto a la vida.
—¿Está la gente ahí?
—Sí, almorzando en la oficina de abajo.
Se me cayó el alma. Cerré los ojos. Tanteé por la tanga; la encontré, estaba rota del costado. Me la puse igual, improvisando.
—Me voy. Mañana te traigo la plata que falta.
—No, quedate tranquila. Te la regalo, para el viaje de egresados. Volvé cuando quieras.
Le di un pico corto. Metí la mano en la mochila para buscar el celular y ver la hora. Vi el sobre y la bandita elástica rota al lado.
—No me animo a salir —susurré.
—No escucharon nada. Quedate tranqui.
Me dijo eso y se sentó en la silla, como si nada, a hojear un cuaderno. Me acomodé la musculosa, la pollera. Respiré hondo. Salí.
Todos miraron hacia arriba en cuanto apareció mi sombra en la escalera. Vi a uno darle un codazo al otro y murmurar. Empecé a bajar y miré los diamantes de reja en los escalones: uno estaba parado justo debajo, mirando para arriba con una sonrisa torcida. Pensé en cubrirme. Pero decidí seguir, sonriendo apenas. Mis piernas, cansadas, todavía irradiaban un calor absurdo. Pisé el cemento del piso de abajo, me puse los anteojos oscuros y salí a la luz.
Caminé las seis cuadras hasta mi casa sin mirar a nadie. La tanga rota se me caía cada dos pasos. No la sostuve. Dejé que se acomodara sola.