Esa noche no debí quedarme sola en la oficina
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Once años viuda. Once años cosiendo a solas. Cuando vio al pibe sin remera arriba del techo, supo que esa tarde iba a romper la regla.
Llevaba dos años ignorando las miradas de mi jefe y los insultos silenciosos de su mujer. Esa tarde, cuando el último empleado apagó la luz, dejé de ignorarlo todo.
Eran las cinco y media cuando escuché su voz al otro lado de la puerta. Lo que oí después me dejó clavada en el pasillo durante diez minutos.
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.