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Relatos Ardientes

Lo que escuché al otro lado de la puerta de mamá

Esa mañana empezó como cualquier otra de lunes: el despertador programado a las seis menos cuarto, la ropa ya puesta sobre la silla desde la noche anterior y el olor a café que mi mamá siempre tenía listo antes de que yo saliera de mi cuarto. Pero esa mañana no había café. Ni olor. Ni siquiera la luz del pasillo encendida.

Habíamos tenido reunión familiar la noche anterior. Cena tardía, vino de más y la inevitable ronda de sobremesa que se alargó hasta cerca de la una de la madrugada. Rodrigo, el novio de mi mamá, se había quedado a dormir. No era habitual, pero tampoco era la primera vez. Él vivía a cuarenta minutos en coche y después de dos copas de vino tinto nadie iba a sugerirle que manejara de noche.

Mi mamá se llama Lucía. Tiene cincuenta y dos años, aunque nadie le da más de cuarenta y cinco. Lleva divorciada de mi papá desde que yo tenía doce, y durante mucho tiempo fue de esas mujeres que parecen haberle dado la espalda al sexo con la misma decisión con que te devuelven un libro prestado. Pero eso cambió cuando apareció Rodrigo, hace cosa de año y medio. Desde entonces hay algo diferente en ella. Más ligera. Más presente. A veces la veo mirando el teléfono con una sonrisa que intenta disimular cuando nota que la observo.

No me molestaba. Al contrario. Me alegraba que fuera feliz.

Lo que no esperaba era encontrarme con la dimensión completa de esa felicidad a las cinco y media de una mañana de martes.

***

Me levanté antes del despertador porque no estaba durmiendo bien desde hacía días. Tenía un proyecto pendiente en el trabajo y esa clase de preocupaciones te instalan en un duermevela inútil del que es mejor salir. Me calcé las zapatillas, agarré el teléfono de la mesita y salí al pasillo en silencio para no despertar a nadie.

Todo estaba apagado. La puerta del cuarto de mi mamá, al fondo del pasillo, estaba entornada. Normalmente la deja cerrada cuando Rodrigo se queda.

Iba de camino al baño cuando escuché la voz de él. Baja, casi un murmullo, pero en el silencio de la madrugada se propagaba con una nitidez incómoda.

Me detuve.

No debería estar escuchando esto.

Pero tampoco me moví.

—¿No te vas a levantar? —decía Rodrigo. La pregunta era amable, sin urgencia, de esa forma en que alguien te habla cuando sabe perfectamente que no quieres levantarte todavía.

Mi mamá respondió algo que no llegué a entender. Un murmullo adormilado, suave. Luego una pequeña risa.

—Sí, sí me levanto —dijo ella—. Pero primero quiero comprobar una cosa.

Silencio. Unos segundos largos. Después el roce inequívoco de una sábana que se aparta y una risa por lo bajo que le salió a mi mamá desde el fondo de la garganta.

—Mira eso —dijo, y ahora la voz tenía otro tono. Más despierta. Más concentrada—. Si que madruga. La tienes durísima, cariño.

Rodrigo se rió entre dientes.

—¿Qué esperabas? Con lo que tienes encima, es imposible no reaccionar. Y esas tetas, Lucía, en serio, no sé cómo aguanto las noches que no me quedo. Me la paso pensando en ellas. En metértela hasta el fondo. En cómo se te pone el coño cuando llevas un rato mamándomela.

—Cállate, guarro —le dijo ella, y se rió otra vez, esta vez más ronca—. A ver cómo amanecí yo.

—Abre las piernas.

—Ya están abiertas.

—Más.

Un silencio corto. Yo me quedé completamente quieta en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared, el teléfono apretado en la mano y una sensación extraña que no era exactamente vergüenza.

—Dios —murmuró Rodrigo—. Estás empapada. Mira cómo estás. Si te meto un dedo se me va a hundir hasta el nudillo.

—Métemelo.

—¿Así?

—Así. Dios. Así, sí.

—¿Y otro?

—Otro, otro, mételo entero.

Se oía todo. El sonido húmedo, obsceno, de los dedos de Rodrigo entrando y saliendo del coño de mi mamá, la respiración de ella cortándose en golpes cortos, un pequeño gemido que se le escapó por lo bajo y que enseguida trató de tragarse, como si de alguna forma se estuviera acordando de que yo dormía a tres puertas de distancia.

—Muy bien, ¿verdad? —susurró ella al cabo de unos segundos, con la voz ya distinta, más gruesa.

—Muy bien es quedarse corto. Estás chorreando, Lucía. Se me está resbalando la mano.

—Es por ti. Por lo que me hiciste anoche.

—Anoche te dejé bien follada.

—Me dejaste sin poder cerrar las piernas.

Otro silencio. Más largo. Y luego el sonido inconfundible de alguien moviéndose entre sábanas, el roce de la tela, la respiración de mi mamá haciéndose más pausada y más honda al mismo tiempo, como si se estuviera acomodando para algo.

Debería irme. Ahora mismo. Dar media vuelta, volver a mi cuarto y meterme bajo el edredón hasta que suene el despertador.

No lo hice.

—Ven aquí —dijo Rodrigo—. Súbete.

—Espera, deja que te la chupe primero.

—Bájame los calzoncillos con la boca.

—Guarro.

—Bájamelos.

Se oyó el ruido de la tela deslizándose y un pequeño «mmm» de mi mamá que era casi una risa, y después un sonido que no dejaba nada a la imaginación: el chasquido húmedo de una boca cerrándose sobre una polla, la lengua trabajando alrededor, la saliva. Rodrigo dejó escapar un gruñido bajo.

—Joder. Joder, Lucía. Así. Métetela toda.

Mi mamá no contestó porque no podía. Se oía su respiración por la nariz, rápida, y de vez en cuando un pequeño sonido ahogado cuando él la empujaba un poco más adentro. Después ella se separó un momento, con un jadeo mojado, y le dijo con la voz ronca:

—Me encanta cómo me la llenas hasta la garganta. Me la voy a comer entera.

—Sigue —dijo mi mamá al cabo de un rato, con una urgencia contenida que yo nunca le había escuchado. Era su voz, sin duda, los mismos tonos de siempre, pero cargada de algo que en veinte y tantos años de convivencia jamás había tenido ocasión de oír—. No pares. Chúpamela tú a mí también. Bájame ahí abajo.

—Ven, siéntate encima de mi cara.

—¿Así?

—Así. Baja más. Encima. Ahógame.

Lo que siguió fueron varios minutos en los que yo permanecí clavada en el pasillo con la consciencia muy clara de que estaba haciendo algo que no debía y con una incapacidad igual de clara para impedírmelo. La respiración de mi mamá marcaba el ritmo. Se oía el sonido de la lengua de Rodrigo trabajando en ella, un sonido líquido, insistente, y por encima los jadeos cada vez menos disimulados de mi mamá.

—Ahí, ahí, ahí, no te muevas de ahí —le decía—. Métemela más adentro. Más adentro.

—¿Así?

—Así, exactamente así. Chúpame el clítoris. Así. Como anoche.

Una vez algo parecido a «no pares, no pares, ahora no pares» con una urgencia que me puso los pelos de punta. Mi mamá se apretó contra él, se le oía moverse encima, y su voz se convirtió en una serie de pequeños jadeos rotos que apenas conseguía sofocar. La cama crujía bajo ella con un ritmo constante.

—Me voy a correr —murmuró—. Me voy a correr en tu boca. No pares.

—Córrete. Córrete tranquila.

—Chúpamela, chúpamela hasta el final.

Se le escapó un gemido más largo que los otros, contenido a medias, un temblor en la voz que se prolongó cuatro o cinco segundos y después se rompió en una respiración honda. Yo la escuché correrse. Escuché a mi propia mamá corriéndose en la boca de Rodrigo desde el pasillo de casa, con la espalda pegada a la pared, y no me moví.

—Dios mío —dijo ella, todavía sin aire—. Dios mío. Ven aquí. Ven aquí ahora mismo.

—¿Cómo la quieres?

—Por detrás. Métemela por detrás. Con las tetas contra la almohada.

Oí a mi mamá cambiar de posición. La cama chirriando bajo el peso de los dos, un pequeño «espera» seguido de una respiración corta de anticipación, y luego el suspiro largo y ronco de ella cuando Rodrigo entró.

—Ah. Ah. Joder. Toda. Toda entera.

—¿Te llena?

—Me llena. Me llena. Fóllame así.

—Rodrigo —dijo al cabo de un momento—. Si seguimos así no voy a aguantar otra.

—Esa es la idea.

—Es que Andrea se va a levantar en cualquier momento.

Mi nombre. Ahí estaba mi nombre en medio de todo aquello y yo seguía sin moverme del pasillo, con el estómago hecho un nudo y las mejillas ardiendo.

—Entonces date prisa —dijo él—. Ábrete más. Así. Enséñame ese culo.

Mi mamá se rió. Una risa corta, de sorpresa, y luego volvió el silencio denso de antes, roto solo por el golpe rítmico de las caderas de Rodrigo contra las suyas y por el ruido húmedo, insistente, de la polla entrando y saliendo del coño de mi mamá. Eso lo escuché con una claridad que todavía no me perdono. El sonido preciso de la carne contra la carne, la respiración de ella acompasándose al ritmo de él, un pequeño «sí» susurrado cada dos o tres embestidas.

—Espera —dijo ella al cabo de un momento, con la voz entrecortada—. Así, sin quitarme nada. Solo corre la ropa y sigue. Fóllame así, con el camisón subido. Ay. Ay. Más rápido.

—¿Así?

—Más rápido. Rómpeme. Rómpeme, cariño.

—¿Dónde te corres, Lucía?

—Dentro. Dentro. Córrete dentro.

—Dilo bien.

—Córrete dentro de mí. Lléname el coño. Todo lo que tengas.

El ritmo de la cama se aceleró. Los golpes se volvieron más secos, más rápidos, y los gemidos de mi mamá dejaron de disimularse del todo. Se le escapó un «ay Dios» agudo, apretado, un «así, así, así» encadenado que ya no se molestaba en bajar de volumen. Yo apreté los dientes en el pasillo, con el teléfono clavado en la palma de la mano, sin saber si me tapaba los oídos o si quería quedarme a escuchar el final.

Entonces sonó mi despertador.

El móvil vibró en mi mano, la alarma a todo volumen de repente en el silencio de la madrugada, y yo lo apagué en menos de un segundo con el corazón disparado.

Desde el cuarto de mi mamá llegó su voz, rota y acelerada:

—Ya se va a levantar. Rápido, rápido. Córrete. Córrete ya, Rodrigo, córrete ya.

Y a Rodrigo, más tranquilo pero con el aliento también alterado:

—Ya casi estoy. Aprieta. Aprieta el coño.

—Así. Así. Métemela toda. Vacíamela dentro.

Escuché el gruñido bajo de Rodrigo al correrse, un sonido gutural que le duró varios segundos, y a mi mamá jadeando debajo, apretando los dientes para no gritar, susurrando un «sí, sí, todo, todo», mientras la cama daba dos golpes más lentos y se quedaba quieta.

Me alejé del pasillo de puntillas y me metí en el baño. Abrí el grifo del lavabo para tener algo que hacer con las manos y me miré en el espejo un segundo.

Nunca vas a poder mirarla a los ojos esta mañana.

Pero sí pude, claro que pude. Porque a los veinte minutos salí del baño con el pelo todavía húmedo y me la encontré en el pasillo con una toalla anudada en la cintura y una camiseta de tirantes blanca. Recién duchada, con las mejillas todavía coloradas y el pelo revuelto de la peor forma posible, que en ella resultaba inevitablemente favorecedora.

—Buenos días —dijo—. ¿Dormiste bien?

—Regular —dije yo—. Tenía cosas en la cabeza.

Ella asintió con esa expresión comprensiva que siempre pone cuando intuye que algo me preocupa pero decide no preguntar.

—Te hago café antes de que te vayas.

—No hace falta, mamá, en serio.

—Claro que hace falta. —Ya iba hacia la cocina—. Tarda cinco minutos.

La seguí con la vista mientras se alejaba por el pasillo. La camiseta de tirantes era fina, de esas que se usan para dormir y no para salir, y con la humedad de la ducha se le pegaba un poco a la espalda. Tenía esa energía de quien acaba de pasar una mañana que ha valido la pena. Liviana. Contenta.

Me quedé apoyada en el marco de la puerta de la cocina mientras ella ponía la cafetera.

—¿Y Rodrigo? —pregunté, porque si no preguntaba era más raro.

—Todavía en la cama. —Se giró un momento y sonrió—. Ya sabes que él no madruga.

—Ya —dije.

La cafetera empezó a borbotear. Mi mamá se apoyó en la encimera con los brazos cruzados y me miró con esa expresión de «¿seguro que estás bien?» que no llegó a pronunciar en voz alta.

Me bebí el café de pie, rápido, con las llaves ya en la mano.

—Hasta luego, mamá.

—Hasta luego, cielo. Que te vaya bien.

Salí a la calle y me quedé un momento parada en la acera, con el frío de la mañana todavía oscura y el sonido del tráfico empezando a crecer a lo lejos. Pensé en lo que había escuchado. En la voz de mi mamá diciendo «no pares». En los años que había pasado sola después del divorcio y en la forma en que sonaba ahora, a las cinco y media de la mañana, cuando creía que nadie la escuchaba.

No sentí vergüenza, exactamente. Sentí algo más complicado que eso.

Algo parecido a entenderla por primera vez de una manera que ninguna conversación habría podido darte.

Caminé hacia el metro con esa sensación instalada en algún lugar entre el pecho y el estómago, y pensé que había cosas que era mejor no contarle a nadie y guardar únicamente para uno mismo, como un secreto que no es de nadie más pero que de alguna forma te pertenece.

Mi mamá era feliz. Eso era lo único que importaba.

Lo demás lo guardaría para mí.

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Comentarios(8)

Mirta_BA

Dios mio, me quede con ganas de saber que paso despues!!! necesito la segunda parte ya

RobertoLect

Muy bueno, se siente real. Sigue escribiendo asi!

caos2001

jajaja diez minutos clavada en el pasillo, me imagino la cara

LectorzuelaMdp

Que tension la del comienzo, me atrapo desde la primera linea. Esperando mas relatos de este estilo, la verdad que se agradece encontrar algo bien escrito por aqui

PatoLect

me paso algo parecido una vez, esas situaciones te cambian la cabeza para siempre jaja

NocheRara99

Cortissimo!!! quiero saber que escucho exactamente, deja con intriga

SantiagoMdq

Muy buenisimo. Sigue asi por favor

Lili_noc

que momento mas incomodo y excitante a la vez. Me encanto como lo narraste, se siente que de verdad paso

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