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Relatos Ardientes

Esa noche no debí quedarme sola en la oficina

Elena llegaba siempre la primera a la oficina y salía casi siempre la última. A los veintiocho años era la coordinadora administrativa de una empresa de gestión inmobiliaria en el centro de la ciudad: organizaba agendas, supervisaba contratos, gestionaba a doce personas con una combinación de eficiencia y autoridad que intimidaba a los que no la conocían bien. Cabello oscuro y ondulado, ojos claros detrás de unas gafas de montura fina, falda gris ajustada que le llegaba a medio muslo y tacones de cinco centímetros que resonaban por los pasillos mucho antes de que ella apareciera. Así llegaba cada mañana.

Esa mañana tampoco fue diferente, aunque Marcos se había quedado en el sofá con el café frío y su cara de siempre. Era arquitecto, y llevaba cuatro meses sin un encargo que valiera la pena. Le hablaba de los presupuestos, de los clientes que no llamaban, de la competencia más barata. Elena lo escuchaba mientras terminaba de arreglarse frente al espejo del pasillo. Se besaron en la mejilla antes de salir. Un beso rápido, tibio, que no sabía a nada en particular.

—Esta noche te compenso —dijo él.

Ella sonrió, tomó el bolso y cerró la puerta.

***

Don Ernesto llegaba al edificio a las siete y media, media hora antes que los administrativos. Cincuenta y cinco años, uniforme azul desgastado, carrito de limpieza con ruedas que chirriaban en los pasillos de mármol. Era un hombre de apariencia ordinaria: barriga prominente que sobresalía por encima del cinturón, manos callosas de décadas de trabajo físico, cabello entrecano aplastado hacia atrás con brillantina barata. Nadie lo miraba dos veces. Él tampoco esperaba que lo miraran.

Excepto cuando miraba a Elena.

La había observado durante casi dos años con una mezcla de fascinación resignada y deseo que no le contaba a nadie, ni siquiera a sí mismo de noche. Le gustaba su manera de caminar por los pasillos, las piernas largas sobre los tacones, la falda ajustada que se movía con cada paso. Le gustaba la forma en que cruzaba los brazos cuando reprendía a alguien, cómo el gesto hacía que la blusa se tensara sobre su pecho. Le gustaba incluso que ella no lo mirara, que le hablara con ese tono mandón y directo de quien da una orden y da por hecho que va a ser cumplida.

—Ernesto —lo llamó ella esa mañana desde el pasillo, sin detenerse—. Hay una mancha en la alfombra de contabilidad. Quiero que quede perfecta. No como la semana pasada.

—Sí, Doña Elena. Ahora mismo —respondió él.

Ella ya se había dado vuelta antes de que terminara la frase.

Don Ernesto sostuvo el carrito un segundo, mirando la dirección por donde ella se había alejado. Soltó un suspiro largo y fue a hacer su trabajo.

***

El día pasó como siempre. Elena revisó informes, corrigió errores en las liquidaciones de tres empleados y tuvo una reunión tensa con el gerente de operaciones. A las cuatro y media le pidió a Ernesto que cambiara una bombilla en el baño del primer piso y que revisara el sellado de una ventana que filtraba frío en el despacho del fondo. Él obedeció sin decir nada, como siempre, sin preguntar y sin quejarse.

A las siete y cuarto, el piso ya estaba casi vacío. Solo quedaban Elena en su despacho de vidrio y Ernesto al fondo del pasillo con la aspiradora apagada y el carrito parado junto a la pared. Ella terminó de cerrar el informe mensual, guardó los archivos y apagó el monitor. Se estiró en la silla y el vestido se le ajustó sobre el pecho con el movimiento.

Entonces llamaron a su puerta.

Era Ernesto. Asomó la cabeza con la gorra en las manos y expresión de disculpa.

—Perdone que la moleste, Doña Elena. ¿Tiene un segundo?

Ella frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Hoy la noté más seria que de costumbre. Y quería saber si hice algo mal. Si la fallé en algo.

Era una excusa torpe y los dos lo sabían. Elena lo miró unos segundos y le hizo un gesto para que entrara.

—No hiciste nada mal. Cierra la puerta.

El hombre entró, cerró con cuidado y se quedó de pie frente a ella con las manos juntas delante del vientre, en esa postura de siempre: encogido hacia adentro, como si quisiera ocupar menos espacio. Elena se sentó sobre el borde del escritorio y lo miró.

—¿Qué es lo que realmente querías decirme?

Ernesto bajó la mirada al suelo. Tardó en hablar.

—Usted es la mujer más hermosa que he visto en muchos años, Doña Elena. Lo siento si es una insolencia. No tengo ninguna expectativa. Solo quería decírselo una vez antes de que se me acabara el valor.

Hubo un silencio.

Elena debería haberlo mandado a su casa en ese momento. Debería haberse molestado, haberle hecho entender que ese tipo de comentarios no era bienvenido. Pero había algo en la confesión, en la forma en que un hombre mayor y cansado la miraba con tanta honestidad y sin esperar nada a cambio, que la desarmó de una manera que no había anticipado.

—No te voy a despedir por eso —dijo finalmente—. Pero no vuelvas a decirlo.

—No volveré. Gracias, Doña Elena.

No se fue.

—¿Hay algo más? —preguntó ella.

Ernesto levantó la vista. Sus ojos eran oscuros y directos cuando dejaba de mirar al suelo.

—Le voy a pedir algo y usted me puede mandar a la calle si quiere. No me voy a molestar. En mi casa mi esposa no me mira hace años. Me dice que ya estoy viejo, que le doy vergüenza. Y usted… —tragó saliva—. Solo quería ver, Doña Elena. Solo ver. Nada más que eso. Un momento.

Era una petición absurda. La debería haber indignado. Y la indignó: se irguió, tensó los hombros, y ya estaba buscando las palabras para decirle que recogiera sus cosas y no volviera al día siguiente.

Entonces sonó el teléfono.

Era Felipe, un conocido de Marcos. Su voz sonaba entre culpable y divertida.

—Elena, oye, llamo porque me parece que debes saber. Estamos en el Candela, el bar del centro. Marcos lleva cuatro tragos y está viendo el show de las chicas como si fuera la primera vez en su vida. Pensé que era mejor avisarte.

Colgó antes de que ella pudiera responder.

Elena se quedó mirando la pantalla apagada del teléfono. Sintió una ola de calor subirle por el cuello: humillación, rabia, algo que no era exactamente dolor pero se le parecía mucho. Cuatro meses de facturas sin pagar y de promesas de que iba a mejorar, y ahora esto.

Que se divierta.

Miró a Ernesto, que seguía de pie sin entender nada de lo que acababa de pasar.

—Cierra las cortinas —dijo ella con voz plana.

—¿Doña Elena?

—Las cortinas. Ciérralas todas.

***

Lo que pasó después ocurrió despacio, con esa lentitud que tienen las cosas que no deberían ocurrir. Elena se desabrochó los botones superiores del vestido con dedos que no temblaban tanto como deberían haberlo hecho. Ernesto la miraba con los ojos muy abiertos, sin atreverse a acercarse ni a respirar demasiado fuerte.

—Solo miras —dijo ella—. Nada más.

—Solo miro —repitió él—. Le juro que solo miro.

La tela gris se abrió. El sostén negro de encaje apareció, y debajo la piel clara y el pecho que Ernesto había imaginado durante dos años desde el otro lado del vidrio de la oficina. Se quedó quieto, la respiración más pesada que antes, las manos colgando a los lados.

—Dios mío —murmuró, casi para sí mismo.

Entonces Elena cometió el error que lo cambió todo: lo miró a los ojos.

Había algo en esa mirada, en esa hambre contenida y respetuosa de un hombre al que nadie prestaba atención, que le llegó de una manera que no supo explicarse. No era deseo, al principio. Era otra cosa. La certeza de que para ese hombre, en ese momento, ella era lo único que existía en el mundo.

—Acércate —dijo.

Ernesto dio un paso, luego otro, hasta quedar frente a ella, tan cerca que Elena sintió el olor a jabón barato, a ropa de trabajo y a calor humano acumulado durante el día. Él levantó una mano despacio, esperando permiso, y ella no se apartó. Los dedos ásperos tocaron primero su mejilla, después la línea del cuello, como si estuviera comprobando que era real. Elena tragó saliva. Tenía el pecho subiendo y bajando más rápido de lo normal, y ese hombre con barriga y manos de obrero la estaba mirando como si fuera una reina y una puta al mismo tiempo, sin decidirse por cuál de las dos palabras le cabía mejor en la boca.

—¿Así? —preguntó él, casi en un susurro.

—Así —respondió ella.

Entonces la besó. No fue un beso elegante. Fue lento y torpe al principio, con una vacilación casi reverente, pero en cuanto Elena abrió la boca y le dejó pasar la lengua, Ernesto soltó un gemido bajo que vibró contra sus labios. El beso se ensució rápido: lenguas frotándose, dientes rozando, saliva caliente, el sonido húmedo de dos bocas que llevaban demasiado tiempo queriendo hacer exactamente eso. Elena le agarró el cuello del uniforme y lo acercó más, sintiendo la presión de su vientre contra el borde del escritorio.

Sus manos eran ásperas pero cuidadosas. La tocaba como si tuviera miedo de romper algo, con una lentitud que resultó más intensa de lo que Elena había esperado. El contraste entre la rudeza de su piel y la delicadeza con la que la acariciaba era perturbador. La culpa estaba ahí, al fondo, pero el cuerpo tiene su propia memoria, y el de Elena llevaba meses ignorado.

Cuando Ernesto inclinó la cabeza y le besó el cuello, ella cerró los ojos. La lengua le dibujó una línea húmeda desde debajo de la oreja hasta el hueco de la clavícula. Después siguió más abajo, apartando con torpeza la tela del sostén, metiendo la boca entre el borde del encaje y la piel para chuparle un pezón duro a través de la tela. Elena soltó un jadeo y apoyó una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio.

—Joder —se le escapó, en voz baja.

Ernesto levantó la vista, excitado por el sonido.

—¿Le gusta? —preguntó, con una necesidad cruda que casi daba vergüenza oír.

—No hables tanto y sigue.

Él obedeció. Bajó las manos hasta la cintura de la falda, la desabrochó con torpeza y la fue empujando por sus muslos con una paciencia feroz. La tela cayó al suelo. Luego vino la ropa interior, negra también, fina, empapada ya por el calor y la fricción. Ernesto se quedó un segundo mirando el coño cubierto por el triángulo de encaje, respirando fuerte como si acabara de llegar a una meta largamente deseada.

—Mírame —ordenó Elena, con la voz más ronca de lo que esperaba oírse a sí misma.

Él levantó los ojos de inmediato.

—Quiero que me toques —dijo ella.

La mano de Ernesto bajó por su vientre, firme y callosa, abriéndose paso entre los pliegues de la ropa interior hasta encontrar la humedad que ya estaba manchando la tela. Elena arqueó la espalda cuando dos dedos presionaron con cuidado sobre el clítoris, despacio, frotando en círculos pequeños que le arrancaron un gemido más largo. Él no tenía técnica, pero sí atención absoluta: seguía la respiración de ella, el temblor de sus piernas, la forma en que se le separaban los muslos.

—Estás empapada —dijo él, con una mezcla de sorpresa y hambre que la hizo apretar los dientes.

—Porque me estás tocando bien, idiota.

La respuesta le sacó una sonrisa breve, casi incrédula, y Ernesto bajó la boca otra vez. Le apartó la tela con los dedos y le lamió el coño desde encima del encaje, luego directamente sobre la piel ya desnuda, primero con cuidado, después con más presión, tragándose sus jadeos y metiendo la lengua entre los labios húmedos como si hubiera nacido para hacer eso. Elena echó la cabeza hacia atrás y soltó un quejido roto cuando él la chupó con ganas, metiendo la boca de lleno, lamiendo el clítoris hasta que los músculos de sus piernas empezaron a temblar.

—Así, mierda, así —murmuró ella, sin pudor ya.

Él la agarró por las caderas para sostenerla y siguió comiéndosela con una devoción hambrienta, lamiendo, sorbiendo, repitiendo el gesto hasta que Elena empezó a perder toda vergüenza y toda noción del despacho. Sus gafas quedaron torcidas; se las quitó y las dejó sobre el escritorio sin ver dónde caían. El sonido del aire entrando y saliendo entre los labios de Ernesto, mojado y constante, se mezclaba con el leve golpe de los tacos contra la madera cada vez que ella se estremecía.

Elena terminó apoyada sobre su propio escritorio con las rodillas abiertas, el cuerpo completamente expuesto de cintura para abajo y la falda hecha un nudo inútil alrededor de la cadera. Ernesto se incorporó con la boca brillante de humedad y la miró con la respiración pesada, el pecho subiendo y bajando bajo el uniforme abierto. Se tocó la entrepierna por encima de la tela, donde ya tenía una erección evidente que empujaba el pantalón de trabajo con una dureza obscena.

—Quiero verte —dijo ella, y la orden le salió como una súplica.

Él se bajó el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas con movimientos torpes y desesperados. La polla era más grande de lo que Elena había supuesto, gruesa, pesada, con la punta oscura y brillante de preseminal. No era bonita; era real, veinticinco años de fantasía convertidos en carne dura y palpitante delante de ella.

—Dios —susurró Elena, y se le humedeció más la entrepierna solo de verlo.

Ernesto la miró con una mezcla de vergüenza y orgullo animal.

—Si quiere que pare, paro.

—No vas a parar ni aunque te lo pida de rodillas.

Levantó una ceja, sorprendido por la crudeza de la respuesta, y ella misma sintió un golpe de excitación casi doloroso en el vientre. La tomó por la cintura, la sentó al borde del escritorio y le separó las piernas con ambas manos. El coño de Elena quedó expuesto, brillante, hinchado, latiendo de ganas. Ernesto rozó la punta de la verga contra los pliegues mojados, una, dos veces, apenas, haciendo que ella soltara un gemido ronco antes de empujarlo con la cadera.

—Metele —dijo, sin aliento—. Ya.

Él obedeció, despacio primero, empujando la cabeza adentro con una presión firme que la hizo tensarse y aferrarse al borde del escritorio. Elena sintió la penetración como un golpe caliente, un estirón áspero que le arrancó un siseo entre dientes. Ernesto se quedó quieto un segundo, clavado en ella hasta la mitad, esperando a que el cuerpo le diera permiso completo. Luego avanzó un poco más, después otro, llenándola centímetro a centímetro hasta quedar enterrado en el calor húmedo de su coño.

—Joder… —gimió Elena, con la voz quebrada.

—Está muy apretada —contestó él, más ronco de lo que pretendía.

—Muévete, Ernesto. No te quedes ahí como un imbécil.

Eso lo hizo reaccionar. Salió casi del todo y volvió a entrar con una embestida lenta, brutal, profunda, que hizo temblar el escritorio. El sonido de piel contra piel empezó a llenar el despacho: húmedo, repetido, obsceno. Elena se agarró a sus hombros, clavándole las uñas a través de la tela del uniforme mientras él la follaba con una fuerza controlada que iba creciendo a cada empuje. Su barriga rozaba el borde de la mesa. Sus caderas golpeaban contra las de ella. La polla entraba y salía con un ritmo cada vez más decidido, amasando por dentro ese calor que ella no había sentido en meses.

—Eso es —jadeó Elena—. Así. Más fuerte.

Ernesto obedeció sin hablar, apretando los dientes, hundiéndose en ella con golpes más largos, más sucios, más desesperados. Una mano fue a buscarle el cuello, la otra se hundió en su cadera para sostenerla mientras él la empujaba hacia el filo del escritorio, abriéndola más. Elena sintió cómo el clítoris rozaba contra el pubis sudado de él en cada ida y vuelta, y ese roce le fue subiendo por la columna como una corriente eléctrica.

—Me estoy viniendo —avisó ella, aunque ya no importaba nadie más que el propio temblor que le subía entre las piernas.

—Corréte conmigo —gruñó Ernesto, completamente fuera de sí.

Y la frase, dicha con esa voz rota y sucia, fue lo que la terminó de romper. Elena se apretó contra él, abrió más las piernas y sintió el orgasmo venirle como una ola brutal, arrancándole un grito corto y ahogado mientras el coño se le contraía alrededor de la verga. Los músculos se le cerraron con violencia, húmedos, espasmódicos, y Ernesto respondió con otra embestida más profunda, más salvaje, hasta quedarse completamente dentro y soltar una corrida caliente que la llenó por dentro en pulsos espesos. Él gimió, largo, ronco, con la frente apoyada en su hombro, mientras el semen iba saliendo a borbotones dentro de ella.

Se quedaron así unos segundos, temblando los dos, respirando como si hubieran corrido kilómetros. Elena sentía el calor de la corrida filtrándose entre sus muslos, mezclado con su propia humedad. Ernesto no se movió enseguida; siguió enterrado en ella, sosteniéndola con ambas manos, como si salir fuera admitir que todo había terminado.

Al final, Ernesto se quedó inmóvil con los ojos cerrados y un gemido ronco que retumbó en el silencio de la oficina vacía. Se separó de ella despacio, como quien sale de un sueño del que no quiere despertar.

***

Elena se vistió en silencio. Ernesto también, torpe con los botones del uniforme. La oficina olía a algo que no olía nunca a esa hora.

—Esto no ocurrió —dijo ella, recuperando el tono de siempre.

—No ocurrió, Doña Elena —respondió él, con la mirada en el suelo de nuevo.

—Puedes irte.

Él recogió la gorra, la puso sobre su cabello entrecano y salió sin decir nada más. Elena esperó a que sus pasos desaparecieran por el pasillo. Tomó el bolso, apagó la lámpara del escritorio y salió.

En el pasillo se cruzó con David, un empleado joven de contabilidad que había vuelto a buscar unas llaves. La miró un segundo más de la cuenta: los labios un poco hinchados, las mejillas encendidas, el vestido no del todo bien acomodado. Abrió la boca y la cerró.

—Buenas noches, David —dijo ella sin detenerse ni mirarlo.

—Buenas noches, Doña Elena —respondió él, y no preguntó nada.

***

Marcos estaba dormido en el sofá cuando ella llegó a casa, cerca de las once y cuarto. No olía a alcohol. Sobre la mesa del comedor había un plato cubierto con papel aluminio, un vaso de agua y los cubiertos puestos con cuidado. Había preparado cena para ella.

Elena se quedó parada en la entrada, mirándolo.

Felipe había mentido. O exagerado. O lo había llamado movido por alguna envidia vieja que ella no quería entender ahora. Lo que importaba era que Marcos había estado ahí toda la noche esperándola con la cena lista, y ella había pasado ese tiempo apoyada sobre su propio escritorio con el conserje de cincuenta y cinco años.

Se quitó los tacones en silencio y fue al baño.

Bajo la ducha, mientras el agua caliente le caía encima, intentó no pensar. Pero los pensamientos llegaron igual: las manos ásperas de Ernesto en sus caderas, su respiración pesada, la forma en que la miraba como si fuera lo único real en el mundo. El cuerpo guarda lo que la mente quiere olvidar.

Dios. ¿Qué hice.

Salió del baño y se metió en la cama con cuidado de no despertar a Marcos. Él se movió un poco y, sin abrir los ojos, le pasó un brazo por encima.

—Llegas tarde —murmuró.

—Lo sé —dijo ella—. Duerme.

Se quedó mirando el techo en la oscuridad, con el brazo de su marido sobre la cintura, escuchando su respiración tranquila. En algún punto de la noche, el sueño la fue venciendo. Lo último en lo que pensó fue en el sonido de las ruedas chirriantes del carrito de limpieza.

***

Don Ernesto llegó a su casa cerca de la medianoche. Consuelo estaba en la sala con la televisión encendida y los brazos cruzados.

—Otra vez a esta hora —dijo sin levantarse—. Tu cena está fría. Ni me llamas para avisar.

—Gracias —respondió él, y fue directo al baño sin dar más explicaciones.

Bajo el agua tibia, con los músculos todavía pesados del día, Ernesto no pensó en Consuelo ni en sus hijos ni en las quejas de siempre. Pensó en Elena: el vestido gris abriéndose, sus ojos claros mirándolo cuando dijo acércate, el sonido que hizo cuando se corrió la primera vez apoyada sobre el escritorio que él limpiaba cada mañana.

Se secó despacio. Salió al pasillo. Pasó junto a su esposa sin detenerse.

—¿Eso es todo? ¿Ni me vas a hablar? —protestó ella.

—Estoy cansado —dijo él—. Buenas noches, Consuelo.

Se acostó en la oscuridad con las manos detrás de la nuca y una sonrisa quieta en la cara. El techo era el mismo de siempre. El colchón, la misma lana vieja. Pero algo había cambiado de forma definitiva e irreversible.

Mañana iba a ir a trabajar temprano. Iba a limpiar la alfombra del pasillo de contabilidad antes de que llegara nadie. Y cuando Elena apareciera por la puerta con sus tacones resonando en el mármol, él iba a bajar la vista al suelo como siempre.

Pero los dos iban a saber.

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Comentarios(10)

NocturnoLector

Tremendo relato, se siente real de principio a fin. Muy bueno!

MarcelaH

Lo lei de corrido, sin parar. Hay algo en como esta escrito que te mete adentro de la historia sin que te des cuenta. De lo mejor que lei en mucho tiempo en este sitio.

Andres66

excelente!!! segui asi

Lectora_Mdp

Me quede sin palabras al final. Hay segunda parte??

SilencioYNoche

Me recordó a una situacion que viví hace años en mi trabajo. Esas tensiones que se acumulan sin decir nada... muy bien descripto.

Gordo_Mza

La tension del principio esta muy bien lograda, se nota que saben escribir. Felicitaciones

Pato_Rioja

se hizo corto jaja, queria que siguiera

ValeriaRdP

Esperando la continuacion! No puede terminar ahi jaja

tomas_fdez

Lo de la mirada hambrienta que ella finge no ver... eso es realismo puro. Muy buena historia, gracias por compartirla.

CrisFer99

Me gusto mucho. Sin vulgaridades y con mucho morbo, eso es difícil de lograr. Espero mas relatos asi.

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