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Relatos Ardientes

Su esposa me llamó perra y decidí darle la razón

A los treinta y nueve años aprendí dos cosas: que el orgullo femenino es una bestia hambrienta, y que nada la alimenta mejor que ver a un hombre casado suplicar en silencio.

Me llamo Camila. Trabajo como asistente ejecutiva en una consultora de seguros en Rosario, y desde hace dos años le respondo a Julián, uno de los tres supervisores de la firma. Cuarenta y cinco años, traje a medida, alianza gruesa en la mano izquierda y una esposa que pasa por la oficina tres veces por semana con la excusa de traerle el almuerzo.

La primera vez que ella me vio me midió de arriba abajo como si estuviera evaluando una amenaza. No era para menos. Yo nunca fui discreta con mi cuerpo. Doce años de pilates y una genética generosa me regalaron unas piernas largas, unas caderas anchas y un culo que ningún pantalón de vestir logra disimular, por más holgado que lo elijas. No soy una mujer delgada; soy una mujer llena, firme, y lo sé. Tetas grandes, pezones oscuros que se marcan bajo la seda cuando hace frío, y un coño depilado al ras que cuido como se cuida una obra de arte privada.

—Buenas tardes —le dije con mi sonrisa más profesional.

Ella apenas movió la cabeza.

Perfecto. Otra esposa celosa.

Con el tiempo entendí el ritual: Victoria llegaba, dejaba el táper sobre el escritorio de Julián, se sentaba diez minutos en la silla de las visitas y, mientras su marido le hablaba del clima y de los hijos, ella me observaba a mí. Miraba mis pantorrillas, mis aros, mi boca. Nunca los ojos. Cuando se iba, el aire de la oficina olía a su perfume caro y a una hostilidad que nadie nombraba.

Julián, por su parte, era peor. O quizá mejor, según cómo se mire. Cada vez que yo me agachaba a buscar un expediente, sentía sus ojos clavados en la costura trasera de mi pantalón. Cada vez que me acercaba a firmarle un papel, fingía leer con atención mientras rozaba el dorso de su mano con la mía. Soltaba comentarios bajo la voz —«ese perfume te delata», «cuidado con cómo caminas, Camila, hay gente que trabaja»— y yo los dejaba caer al piso como si no los oyera.

No me interesaba ser la aventura del jefe. No porque fuera mojigata. Me aburría el cliché. Un hombre casado, una oficina, una copa de más en el cumpleaños de alguien. Había rechazado esa misma postal tres veces en mi carrera y no pensaba protagonizarla por un cuarto.

Hasta aquel martes de junio.

***

Era tarde. Julián estaba en una reunión en el piso de arriba y me había pedido que le contestara los mensajes pendientes de la empresa desde su cuenta corporativa. Cosa habitual: yo manejaba toda su correspondencia. Lo que no era habitual fue que su teléfono personal vibrara sobre el escritorio y que la notificación se desbordara de la pantalla.

«Victoria (mujer)». Tres mensajes.

Miré hacia la puerta. Nadie. Deslicé el dedo por la pantalla.

«¿La zorra sigue ahí?».

«Te dije que pidieras un cambio de asistente. Esa perra se te va a subir encima en cualquier momento».

«Julián, no me hagas ir hoy también. Si la veo otra vez con esos pantalones la cacheteo».

Subí hacia arriba. Había más. Dos semanas enteras de conversaciones donde yo era «la puta del piso», «la resentida», «la que camina como vaca en celo». Y lo que más me dolió —o lo que más me enfureció, todavía no lo sé— no fue que ella me insultara. Fue que Julián nunca respondía defendiéndome. A veces le seguía la broma con un «tranquila, mi amor, es solo una empleada». Una empleada.

Dejé el teléfono donde lo había encontrado. Respiré. Me miré las manos: me temblaban. No de miedo. De rabia.

Si ella cree que soy una perra, voy a enseñarle qué sabe hacer una perra de verdad.

***

Llevaba dos meses sin follar con nadie. Había cortado con un arquitecto en abril y desde entonces solo mis dedos me hacían compañía, casi todas las noches. Me acostaba boca arriba, me abría de piernas y me metía dos dedos en el coño imaginando cualquier verga, cualquier boca, cualquier cosa que no fuera mi propia mano. Mi cuerpo estaba listo para lo que fuera. Mi cabeza, por primera vez en mucho tiempo, también.

A las seis y media el piso empezó a vaciarse. A las siete quedaban tres personas. A las ocho, solo Julián y yo. Me metí al baño, me solté el pelo, me retoqué los labios con un rojo que tenía guardado en la cartera para ocasiones que nunca llegaban, y me saqué la bombacha. La enrollé y la dejé en el fondo de la cartera. Debajo del pantalón, mi coño ya estaba húmedo de solo pensar en lo que iba a hacer.

Julián estaba sentado frente al monitor, tipeando con dos dedos como siempre, con esa concentración torpe de los hombres que aprendieron a usar la computadora tarde. No me escuchó llegar. Me apoyé en el respaldo de su silla, le rocé el cuello con los labios y le hablé al oído.

—Si tu mujer cree que soy una perra, hoy le voy a dar la razón —dije—. Quiero que te lleves a casa el olor de una puta de verdad. Quiero que mañana, cuando la beses, sientas mi coño todavía pegado a la lengua.

Julián giró la cabeza tan rápido que casi me golpea la nariz.

—¿Qué… qué dices?

Le puse un dedo en los labios.

—Ya revisé el piso. No queda nadie. Y antes de que me preguntes por qué, también vi los mensajes de tu señora. Así que no hagas el papel de caballero, que no te sale.

Deslicé la mano por la costura de su pantalón. Él ya estaba duro. La verga se le marcaba contra la tela como una piedra caliente. Por supuesto que estaba duro; llevaba dos años imaginando esa escena y se la estaba sirviendo yo, de frente, con luz de neón y sin pedir permiso. Le apreté la polla por encima del pantalón, la sentí latir, y sonreí.

—Camila, espera —intentó, con la voz ronca.

—No —respondí.

Me arrodillé delante de la silla ejecutiva, le abrí el cinturón, le bajé el cierre y le saqué la verga del bóxer de un tirón. No era la más grande que había visto, pero estaba gruesa, caliente, la punta ya brillando de líquido preseminal. La agarré con firmeza en la base, la miré un segundo entero como si la estuviera midiendo para un traje, escupí encima y me la metí hasta la garganta sin previo aviso.

Julián soltó un gemido largo, de esos que se escapan antes de que el cerebro alcance a censurarlos. Sentí la punta chocar contra el fondo de mi paladar y ni así paré. Empujé más, hasta que la nariz me quedó pegada al vello de su pubis y las lágrimas me saltaron a los ojos.

—Dios, dios, dios —repitió, aferrado a los apoyabrazos.

Saqué la polla despacio, con los labios apretados, y una hilera de saliva quedó colgando de mi mentón hasta la punta. La miré con odio y con hambre.

—¿Así te la chupa Victoria? —le pregunté, y sin esperar respuesta me la volví a tragar entera.

Yo no quería ser amable. Quería demostrarle algo —a él, a Victoria, a mí misma— y lo hacía con cada empujón de mi boca. Saliva cayéndome por el mentón hasta las tetas, lágrimas negras de rímel corriéndome por las mejillas, el eco húmedo de la succión retumbando en una oficina vacía. Le lamí la verga entera, de la base a la punta, y después bajé más, a chuparle los huevos uno por uno mientras le trabajaba la polla con el puño. Julián gemía como un adolescente. Le clavé la lengua debajo del glande, en ese punto que a los hombres los hace estremecerse, y sentí cómo se le encogían las bolas.

Cuando lo sentí temblar demasiado pronto, cuando sentí los primeros espasmos anunciando que iba a venirse en mi boca, lo saqué de un tirón y le apreté la base con los dedos hasta que gimió de frustración.

—No te vas a correr así —le advertí—. Todavía no te ganaste el derecho.

—Por favor —pidió.

Me gustó el «por favor». Mucho. Le di un beso en la punta de la verga, un beso suave, casi dulce, y él tembló entero.

***

Lo levanté tirándole de la corbata. Le arranqué el saco, la camisa, el cinturón. Le bajé el pantalón y el bóxer de un solo movimiento y lo dejé desnudo, con la polla dura apuntando al techo, mientras yo todavía llevaba puesta la ropa. Después, con calma, con esa lentitud que se cocina cuando una sabe que tiene el poder, me desabotoné la blusa botón por botón. Él me miraba como se mira a una santa a punto de arder.

—¿Te gustan estas tetas, Julián? —le pregunté—. ¿Las mismas que tu mujer llama «de vaca en celo»?

—Me vuelven loco —dijo, con la voz rota.

Dejé caer el sostén al piso como si fuera un papel usado. Mis tetas grandes rebotaron sueltas, los pezones duros como piedras. Me apreté una con la mano y me la ofrecí a la boca. Julián se abalanzó como un perro con hambre y me chupó como si le fuera la vida en eso, mordiéndome el pezón, tironeándolo, pasando de una teta a la otra sin poder decidirse. Le clavé las uñas en la nuca.

Mi pantalón de tiro alto siguió el mismo camino. Me quedé con las medias hasta la rodilla —las que Victoria habría odiado— y con unos tacones negros que no tenía ganas de sacarme. Sin bombacha. Cuando Julián vio mi coño depilado, brillante de humedad, se le escapó un gemido bajo.

—Sí —le dije—. Vine así preparada. Vine sin nada abajo porque sabía cómo iba a terminar esta noche.

Lo empujé hacia la mesa de reuniones. La misma donde ella se había sentado el lunes pasado a mirarme de reojo mientras tomaba un café. La misma madera lustrada donde Victoria había apoyado su cartera de marca.

—Aquí —dije, apoyándome con las palmas en la madera y arqueando la espalda para ofrecerle el culo—. Justo aquí.

Julián se quedó quieto un instante, como si la imagen lo hubiese paralizado. Yo con las piernas abiertas, inclinada sobre la mesa donde su esposa se sentaba, mi coño hinchado y goteando a la vista, el culo levantado y las medias hasta la rodilla. Después se arrodilló detrás de mí y me abrió con las dos manos, separándome las nalgas. Su boca llegó primero a un lugar, después al otro, sin orden, sin método, con el hambre desordenada de un hombre que lleva demasiado tiempo soñando despierto. Me lamió el coño de abajo hacia arriba, largo, entero, hasta que la lengua le llegó al agujero del culo y ahí se quedó un segundo, tanteando. Lo dejé hacer. Me apoyé en la mesa y gemí largo, profundo, sin pudor.

—Así, hijo de puta —le dije—. Cómeme entera. Todo. El coño y el culo. Quiero salir de acá con la cara tuya marcada entre las piernas.

Julián obedeció. Metió la lengua en mi coño hasta donde le entraba y después subió hasta el clítoris, chupándomelo con los labios como si fuera un caramelo. Yo sentía las piernas temblar contra el borde de la mesa. Me metió dos dedos adentro, gruesos, mientras seguía lamiendo, y encontró ese punto adentro —ese que ni yo misma me encuentro siempre— y lo apretó con la yema hasta que grité.

—Tu mujer nunca te deja, ¿verdad? —le dije entre dientes—. Nunca te deja hacer esto.

—Nunca —confesó, con la boca todavía pegada a mí—. Nunca me deja bajarle. Le da asco.

—Entonces hoy vas a aprender cómo se come de verdad a una mujer —le respondí—. Después te vas a ir a tu casa con mi gusto en la boca, y le vas a besar la frente a Victoria como si nada. Y cada vez que la beses en los labios vas a pensar en mi coño.

No sé si lo mortifiqué o lo enloquecí. Supongo que las dos cosas. Siguió comiéndome, ahora con más furia, con más entrega, chupando y lamiendo y metiendo los dedos, hasta que mis piernas no pudieron sostenerme y me vine con la cara apretada contra el escritorio, mordiendo una carpeta cualquiera para no gritar demasiado fuerte. Sentí el orgasmo largo, hondo, cabalgándome de la punta de los pies a la nuca, mientras Julián me sostenía las caderas y bebía todo lo que le salía a mi coño.

Después fue el turno de él. Se levantó, con la cara brillante de mis jugos, la barbilla empapada, y me agarró de la cintura. La verga se le rozaba contra mi culo, hirviendo. Me preguntó, con la voz quebrada, si podía.

—Puedes —dije—. Pero no por adelante. Por el lugar que más miras cuando cruzo el pasillo.

Julián tardó un segundo en entender. Cuando entendió, gimió bajito y me clavó los dedos en las caderas. Nunca se lo había hecho a su mujer. Victoria jamás se lo permitió. Yo, en cambio, me llevé dos dedos a la boca, los ensalivé bien y me los metí en el culo delante de él, abriéndomelo yo misma para que viera.

—¿Ves? —le dije—. Se prepara así. Ahora escúpeme y méteme la polla despacio.

Julián me escupió en el culo, dos veces, y con la mano se untó la verga con mi propia saliva y mis jugos. Apoyó la punta contra mi agujero. Le puse la mano en la nuca por detrás y le susurré que lo quería lento, lo quería entero, lo quería suyo por primera y última vez.

Entró con cuidado. Más del que esperaba. La cabeza de la polla forzó el anillo, lo sentí abrirme, quemarme un segundo, y solté un gemido largo apretando los dientes. Julián se quedó quieto, respirando fuerte, con la mitad adentro.

—Sigue —le ordené—. Métemela toda.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos aplastados contra mi coño mojado. Ahí se quedó un segundo, hundido hasta la base, jadeando contra mi espalda.

—Camila, no voy a durar —gimió.

—No me importa —dije—. Rómpeme.

Y después, cuando el miedo se le fue, empujó con todo. Salía y volvía a entrar, primero lento, después cada vez más rápido, la mesa crujiendo debajo de mis manos, mis tetas rebotando contra la madera pulida. Me metí dos dedos en el coño mientras él me cogía el culo, y me los froté contra el clítoris al ritmo de sus embestidas. La sensación era doble, obscena, casi insoportable: la verga llenándome el culo por atrás y mis propios dedos jugando adelante.

La oficina olía a sexo, a perfume caro, a su colonia barata de los viernes, a sudor. Yo apoyaba la frente contra la mesa y lo escuchaba jadear detrás de mí, diciendo cosas que jamás le diría a su esposa. «Eres lo más rico que probé en mi vida». «No quiero irme». «Mañana me vuelves a dejar». «Puta, mi puta, qué culo tienes». No le contesté. Solo lo dejé hablar mientras él me rompía despacio, después rápido, después salvaje, con la mano cerrada sobre mi hombro para hundirme más contra su verga.

Me vine otra vez, con los dedos hundidos en el coño y su polla clavada en el culo, y sentí cómo todo mi cuerpo se cerraba alrededor de él como un puño. Fue lo que lo terminó de romper.

—Me vengo, me vengo —gimió—. ¿Dónde…?

—Adentro —le ordené—. Vaciáme adentro. Que te sientas asqueroso cuando llegues a casa.

Cuando acabó, lo hizo adentro. Sentí los chorros de semen calientes disparándose contra mis paredes, una, dos, tres veces, mientras él gruñía como un animal y me clavaba las uñas en las caderas. Le temblaban las piernas. Se agarró de mis nalgas como un náufrago de una boya y se quedó ahí, hundido, respirando fuerte, un minuto entero, con la polla todavía adentro, palpitando.

Cuando por fin salió, sentí el reguero caliente empezar a bajarme por la cara interna del muslo. No me limpié. Todavía no.

—Camila —dijo al fin—. Camila, por dios.

—Ya —respondí.

Me aparté. Me pasé un dedo por la cara interna del muslo, recogí un poco de su semen y me lo llevé a la boca, mirándolo a los ojos. Julián casi se cae contra la mesa. Me acomodé la ropa con una tranquilidad que a él debió parecerle cruel: primero el sostén, después la blusa, después el pantalón sobre el coño todavía empapado, sin bombacha, con su corrida chorreándome por dentro. Me retoqué el pintalabios mirando el reflejo oscuro del monitor. Agarré la cartera.

—Son las nueve y veinte —le avisé—. Victoria te va a preguntar por qué llegaste tarde. Piensa una buena. Y no te bañes hasta llegar a casa. Quiero que abraces a tu mujer oliendo a mí.

***

Al día siguiente, Julián entró a la oficina con un café para mí y los ojos de un hombre que no había dormido. Yo le agradecí con la misma sonrisa profesional de todos los días. Victoria llegó al mediodía, como siempre, con su táper y su mirada de perra vigilante. Esta vez no me midió de arriba abajo. No se atrevió. Julián le sostenía la mano por encima del escritorio y le hablaba de los hijos, de la cena, del fin de semana. Cada tanto me miraba a mí, por milisegundos, y se ponía rojo.

Yo no volví a tocarlo. Ni esa semana, ni la siguiente, ni nunca. No me interesaba tener un amante. Me interesaba, por una sola tarde, recordarle al mundo —y sobre todo a Victoria— que las mujeres como yo no nos dejamos llamar perras gratis. Y que, cuando nos lo proponemos, somos exactamente lo que ellas temen.

Dos meses después Julián pidió su traslado a otra sucursal. Yo firmé su carta de recomendación sin problema. Al final, le había regalado algo que su mujer nunca iba a darle. Era lo mínimo que podía hacer por él.

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Comentarios(8)

NocheLectora

Tremendo titulo, con eso solo ya me enganché. El relato cumple y mas

MarcosBaires

Dos años de tension acumulada y despues eso... que manera de escribirlo. Se siente todo, muy bien

CuriosaRosario

hay segunda parte? quede con ganas de saber como reacciono la esposa cuando se entero de todo

ChicoNocturno99

jaja el titulo me mato. Pense que iba a ser de una manera y fue mejor todavia

TestigoCba

Me recordo a una situacion de mi trabajo que casi llego a algo parecido. Menos mal que digo casi jeje. Buenisimo relato

PatriciaM

Excelente!! La tension del comienzo esta muy bien lograda, esos dos años de miradas y silencios se sienten reales. Mas asi por favor

Ciro_BA

lo de la oficina vacia le da un toque especial que no tiene cualquier otro lugar. Buenisimo

LectorSilente

Leido de un tiron. El titulo dice todo sin revelar nada, perfecto

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