Tres amigas maduras y una semana sin reglas en el Caribe
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.
Cuando el señor partía de viaje, la casa entera cambiaba de reglas: la servidumbre dejaba de obedecer al amo y empezaba a obedecer al deseo.
Me quité la sudadera en la escalera, esperé a oír la regadera en el piso de arriba y volví a la cocina decidida a que aquel hombre dejara de mirar el refrigerador.
Fui a recoger a mi hija al aeropuerto fingiendo que esos diez días con su marido no habían significado nada. Pero mi cuerpo ya había aprendido otra cosa.
Volví al campo después de años en la ciudad y, buscando a mi padre entre el maíz, encontré a mi madre de rodillas frente a uno de sus peones.
Mi marido viajaba otra vez y mi espalda no aguantaba más. El mensaje del vecino del quinto decía «el primer masaje es gratis». No imaginé hasta dónde llegaría.
Tenía sesenta y tantos años y un perfume que perduraba en el ascensor; jamás pensé que ayudarla con unos muebles me llevaría a su cama esa misma noche.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Cada vez que se inclinaba a anotar mis respuestas, el chaleco se le abría un poco más, y yo ya no lograba concentrarme en ninguna pregunta del cuestionario.
Cuando subí a la camioneta con mi novio inconsciente en el asiento de atrás, su padre ya tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que va a pasar.
Llevaba veinte años casada con un hombre que rezaba antes de cada comida. Esa tarde, bajo el árbol del parque, me confesó a quién extrañaba de verdad.
No me importó que me llevara treinta años. Con el vaivén de la carretera, su mano encontró mi cadera en la oscuridad y dejé de fingir que aquello no me gustaba.
A las cuatro de la mañana, encerrado bajo las sábanas con el teléfono de mi madre, empecé a abrir carpeta por carpeta sin sospechar que nada volvería a ser igual.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
Durante el trayecto apoyó la mano en mi muslo y no la retiró. En la cena me miró como si yo fuera el postre. Subir al ascensor fue solo cuestión de tiempo.
Subí con doce rosas rojas pensando en un final distinto. La encontré hundida sobre la mesa, rodeada de latas vacías y con el maquillaje deshecho.
A mis cuarenta y un años, con marido e hijos, descubrí la adrenalina que un matrimonio nunca te da. Lo comprobé desnuda bajo la ducha, con mi amante, cuando escuché abrirse la puerta.
Diana llegó con su marido aparentando timidez. En cuanto me buscó con la mirada desde el sillón, entendí que esa noche no iba a olvidar.
Cerré la puerta con llave y bajé la persiana. El chico me necesitaba. Y yo lo necesitaba a él. Solo faltaba ponernos de acuerdo.