El fin de semana en que dejé de ser su marido
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Llevaba tres días contando los minutos hasta el próximo jueves. Tres días sabiendo que esta vez, si la sala se quedaba vacía, no iba a poder parar.
Empezó como un capricho mientras él jugaba con sus amigos. Terminó conmigo arrodillada bajo el escritorio y él silenciando el micrófono justo a tiempo.
Lo que ese todoterreno guardaba después de aquel viaje no se podía contar en una factura de tapicería. Pero alguien tendría que pagarla, y no iba a ser él.
Cuando él llegó primero, ella ya estaba mirando las estanterías con un libro que no leía. Eran los únicos dos. Y ninguno fingió sorpresa.
Cuando Valeria volvió al aula después de varios días, vi el gesto de dolor cuando se sentó. Supe que la «gripe» era una excusa.
Las teclas resonaban bajo mis dedos cuando sonó el teléfono. Reconocí su voz antes de que dijera mi nombre y supe que esa noche no iba a terminar sola.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.
El lunes solo descubrió que no podía quitarme los ojos de encima. El viernes me dio la llave de la biblioteca y me citó a las seis.