Lo que pasó con mi profesor en la biblioteca
Mi nombre es Camila, tengo veintidós años y estoy terminando el último año de la carrera de Comunicación en una universidad pública. Mido un metro sesenta, soy menudita y con curvas que llaman la atención más de lo que yo misma quisiera reconocer. Siempre me gustó moverme con cierta ambigüedad, ni demasiado provocadora ni demasiado discreta, pero la verdad es que las faldas y las medias dentro de una facultad pueden ser un arma cuando una sabe usarlas.
Adrián entró como profesor sustituto a mitad del cuatrimestre. Tenía treinta y muchos, lentes finos, el pelo despeinado como si hubiera salido apurado de su casa. La primera clase pasó sin que yo le prestara demasiada atención. La segunda fue distinta.
Yo estaba sentada en la tercera fila, con una falda de tablas que me llegaba justo arriba de la rodilla. Cruzar las piernas era un gesto automático para mí, lo hacía sin pensar. Pero esa tarde, mientras él explicaba algo sobre Barthes, lo cacé mirándome. No fue un vistazo. Me sostuvo la mirada un segundo de más, y bajó los ojos cuando entendió que yo me había dado cuenta.
Algo se me removió en el estómago.
Volví a cruzar las piernas, esta vez despacio, dejándole un margen de tiempo para que mirara si quería. Miró. Tragó saliva. Siguió hablando, pero la voz se le quebró un poquito en la palabra «significante». Yo casi me reí en voz alta.
Al final de la clase, me llamó al escritorio.
—Camila, ¿podrías dejar de distraerme, por favor? —dijo en voz baja, sin mirarme directamente.
—No sabía que te estaba distrayendo —contesté, haciéndome la inocente.
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Bajé la vista al escritorio para que no me viera sonreír. Y entonces noté el bulto debajo del pantalón. Estaba duro. Tan duro que no podía levantarse de la silla sin que se le notara, y por eso me había llamado a mí en lugar de venir él. Lo miré con disimulo. Él se puso rojo hasta las orejas.
—Vete —murmuró.
Esa noche, en mi cama, me toqué pensando en Adrián mientras él, seguramente, hacía lo mismo en algún departamento del centro pensando en mí. La idea me volvía loca.
***
El miércoles tenía clase de nuevo con él. Esta vez fui preparada. Una falda más corta, una tanga negra con encaje que apenas cubría nada y la firme decisión de portarme mal.
Apenas se sentó, abrí las piernas un instante. Lo justo para que viera. Después las volví a cerrar como si nada. Adrián se aclaró la garganta y miró sus apuntes con una concentración que no era natural.
A los diez minutos, me animé un poco más. Esta vez dejé las piernas abiertas más tiempo. Sabía que él estaba viendo el encaje negro, sabía que estaba imaginando lo que había detrás. La sensación de poder me daba vértigo.
Otra vez me llamó al escritorio.
—Si sigues así, no voy a poder seguir dando clase —dijo, y por primera vez no había broma en su voz. Estaba enojado, o algo parecido al enojo.
—¿Quieres que pare? —pregunté.
—Quiero que entiendas lo que estás provocando.
—Lo entiendo perfectamente.
Nos miramos. Yo tenía veintidós años, él casi cuarenta, pero en ese momento, en ese escritorio, los dos teníamos la misma edad: la de quien acaba de saltar del trampolín y todavía no toca el agua.
—Voy al baño un segundo —le dije.
En el baño me saqué la tanga. La doblé, la metí en el bolsillo del cárdigan y volví al aula. Me senté en la misma silla, esta vez con las piernas un poco más separadas, y esperé a que él me mirara.
Cuando me miró, fue distinto. Distinto a todo lo anterior. Vio que ya no había encaje. Vio que ya no había nada. Y por un instante, juro que olvidó dónde estaba.
—Profesor —dije al final de la clase, cuando los demás ya se iban—, ¿tiene un minuto?
Me acerqué con la tanga en la mano, hecha un bollito. Se la puse sobre el escritorio sin decir una palabra y salí del aula sin mirar atrás.
***
Pasaron dos días. Dos días eternos. Pensé que no iba a haber respuesta, que se había arrepentido, que me iba a denunciar al decanato, que me había pasado de la raya.
El viernes, antes de su clase, me crucé con él en el pasillo. Me entregó un sobre blanco, sin decir nada, y siguió caminando. Yo me metí en el baño, lo abrí. Adentro estaba mi tanga, doblada con cuidado.
La olí. Tenía un olor distinto, mezclado con el mío. Me la puse de nuevo, sintiendo cómo el encaje todavía estaba un poco rígido en algunos lugares. La idea de tenerla puesta durante toda su clase me resultó tan obscena que casi me reí sola en el baño.
Volví al aula. Me senté. Abrí las piernas para que viera que la había puesto. Él se apoyó contra el pizarrón, cruzó los brazos y me sonrió por primera vez desde que había llegado a la cátedra.
Al final de la clase me dijo, en voz baja, que lo esperara en la biblioteca de la facultad a las seis. Que iba a estar cerrada al público por inventario, pero que él tenía la llave.
***
A las seis menos cinco, yo ya estaba en la puerta. Adrián llegó con una mochila colgada al hombro, abrió la cerradura, me hizo pasar y cerró por dentro con dos vueltas de llave.
La biblioteca a esa hora estaba en penumbra. Solo había una luz tenue al fondo, entre los estantes de libros viejos que nadie consultaba nunca. Olía a papel, a polvo, a madera barnizada. Me apoyé contra una mesa y lo miré.
—Ven —dijo él.
Caminé hasta donde estaba. Me agarró por la cintura, me empujó suavemente contra el primer librero y me besó. Fue un beso largo, profundo, de los que no se piden permiso. Me mordió el labio inferior y yo le clavé las uñas en la espalda por encima de la camisa.
—Estuve dos días sin pensar en otra cosa —me dijo al oído.
—Yo tampoco.
Me soltó la blusa botón por botón, sin apuro, mirándome todo el tiempo a la cara. Cuando terminó, me la dejó abierta y bajó hasta el sostén. Me besó por encima del encaje, después por debajo. Me encantaba la lentitud con la que lo hacía, como si tuviéramos toda la noche.
Me agaché. Le abrí el cinturón, le bajé el pantalón hasta los tobillos. Su verga no era enorme, pero era exactamente como me la había imaginado: gruesa, recta, con las venas marcadas. Me la metí en la boca despacio, mirándolo de abajo hacia arriba. Él me agarró del pelo y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería.
—Más adentro —dijo, con la voz ronca.
Le obedecí. Me la metí hasta el fondo, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Él soltó un sonido que nunca había escuchado en un hombre. Como si lo estuviera matando.
Me levantó. Me llevó hasta el pasillo entre dos libreros, donde había una colchoneta vieja apoyada contra la pared. La tiró al piso, me empujó encima, me levantó la falda y me corrió la tanga hacia un costado.
Cuando me penetró, jadeé tan fuerte que me tapé la boca con una mano. Estábamos en una biblioteca de una facultad pública, en el piso, y él me estaba cogiendo como si hubiéramos esperado años.
—Dime que te gusta —me ordenó.
—Me gusta.
—Dime cómo.
—Así, así, así.
Me dio vuelta. Me puso en cuatro, sobre la colchoneta, y me agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra. La velocidad cambió. Ya no era suave. Era un castigo, era una recompensa, era todo a la vez. Yo sentía la cara contra la tela áspera de la colchoneta y solo podía pensar en que no parara.
—Eres increíble —le dije, jadeando.
Él me dio una palmada en el culo, no muy fuerte, pero suficiente para que se me erizara la piel entera.
—Eres la peor alumna que tuve en mi vida —contestó.
Me reí. Me reí en serio, en medio del sexo, y él se rio también, y por un segundo todo fue absurdo y perfecto al mismo tiempo. Después me agarró de las dos caderas y aceleró.
Sentí cómo se aproximaba. Yo también estaba cerca. Me llevé una mano entre las piernas, me toqué con dos dedos, y me vine antes que él, aplastando la cara contra la colchoneta para no gritar. Él salió en el último momento y se vino encima de mi espalda baja, caliente, todo de una vez.
Nos quedamos así un minuto largo, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón.
***
Después se levantó, sacó un pañuelo de papel de la mochila y me limpió. Me ayudó a acomodarme la falda, me abrochó la blusa, me ordenó el pelo. Lo hizo con un cuidado raro, casi tierno, como si estuviera arrepintiéndose un poco.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora vas a tu casa, te bañas, te duermes, y el lunes vas a tu próxima clase como si esto no hubiera pasado.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Me miró. Por primera vez en toda la tarde, sentí que él era el adulto y yo la chica. Pero no fue una mirada de superioridad. Fue más bien de cansancio.
—Camila, esto puede pasar dos veces más, o cinco, o ninguna. Pero no se cuenta. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Salí de la biblioteca con las piernas todavía temblando. Me crucé con dos compañeras en el pasillo. Una me preguntó por qué tenía la cara roja. Le dije que había estado corriendo para no perder el autobús. Ella se rio.
En casa, en el baño, me saqué la tanga. La olí otra vez. Esta vez tenía un olor que era mitad él, mitad yo, y algo nuevo que no era ninguno de los dos. La guardé en el cajón de las medias, debajo de todo, y me metí en la ducha.
Esa noche dormí más profundo de lo que había dormido en meses. Y el lunes, claro, fui a clase.