Lo que nunca conté de mi club de lectura
El agua caliente caía sobre la piel de Laura con una insistencia que no bastaba para borrar nada. Apoyó la frente contra los azulejos fríos de la ducha, dejando que el contraste le despejara la cabeza un momento, aunque sabía perfectamente que no iba a funcionar. Nada iba a funcionar esta noche.
El músculo de su interior todavía acusaba esa presión nueva, esa plenitud extraña que había resultado ser algo completamente diferente de lo que esperaba. Dolor, sí, al principio. Un dolor sordo que la había hecho apretar los dientes y aferrarse al borde de la mesa. Pero después había llegado otra cosa. Algo que no tenía nombre adecuado, o que sí lo tenía y ella no se atrevía a usar todavía.
Cerró los ojos.
Los dedos se movieron solos hacia abajo, deslizándose entre sus muslos. Estaba húmeda, y no era solo por el agua. El recuerdo de Marcos inclinado sobre ella en la sala del club, sus manos sujetándole las caderas con una firmeza que no admitía dudas, le apretó el estómago de una forma que no sabía si era vergüenza o deseo. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo.
Más fuerte. Se había escuchado decir eso con su propia voz y todavía le costaba creerlo. No lo había soportado en silencio ni tolerado para complacerlo. Lo había pedido. Con esa voz quebrada y urgente que no reconocía como propia, mientras él se hundía en ese lugar que ningún hombre había tocado antes.
Y el orgasmo. Ese era el recuerdo que no podía sacarse de encima. Sin que nadie le rozara el clítoris, sin que sus propias manos intervinieran. Solo el movimiento constante de Marcos dentro de ella, frotando algo que no sabía que existía, y de repente ese estallido que le había doblado las rodillas y le había arrancado un grito que aplastó contra su propio brazo para que nadie en el edificio lo escuchara.
Ahora, con los dedos trazando círculos lentos sobre su sexo, intentaba reproducir esa sensación. No era lo mismo. No había forma de que fuera lo mismo. Sus caderas empujaron solas hacia adelante, buscando más fricción, mientras la otra mano se deslizaba hacia atrás y rozaba con cautela el músculo todavía sensible. Un escalofrío le recorrió la columna entera cuando presionó levemente con la punta de un dedo.
Quería que volviera a pasar. Eso era lo más perturbador de todo: no lamentaba lo que había hecho. No había ningún arrepentimiento en ella, ninguna vergüenza que resistiera más de un segundo antes de disolverse. Solo esa hambre nueva que no sabía bien cómo alimentar sola.
El orgasmo llegó en oleadas, arrancándole un gemido que ahogó contra el brazo. El agua siguió cayendo sobre ella, indiferente, lavando las evidencias de su placer pero sin lavar nada de lo que de verdad importaba.
***
Marcos no había pasado de la primera página del libro en cuarenta minutos. Lo sabía porque había mirado el reloj tres veces en el mismo lapso.
Estaba tumbado boca arriba en la cama, el libro abierto sobre su pecho como decorado, los ojos fijos en el techo. Pero no veía el techo. Veía a Laura inclinada sobre la mesa de la sala, su espalda arqueada en un ángulo que no iba a olvidar fácilmente, sus gemidos ahogados cuando él por fin había reunido el valor para empujar. Y la mirada de ella después, esa expresión de decepción apenas disimulada que se transformó en algo mucho más interesante cuando él volvió a estar listo pocos minutos más tarde.
La sesión había sido corta. Demasiado corta. Y la próxima reunión del club era en tres días.
Se pasó una mano por la cara, notando el calor acumulado en sus mejillas. Esta vez lo haría diferente. Esta vez no entraría directamente al final como alguien sin paciencia ni criterio. Quería aprender cómo respondía el cuerpo de Laura: qué era lo que le cerraba los ojos, en qué punto su respiración se volvía irregular, qué era lo que la hacía perder el hilo de cualquier pensamiento. Quería tomarse el tiempo que no había tenido la primera vez.
Su mano se deslizó bajo el elástico del bóxer.
El orgasmo no tardó. El recuerdo de Laura diciéndole más fuerte con esa voz que no era la que usaba para todo lo demás era más que suficiente para no necesitar elaborar ninguna fantasía.
Tres días.
***
El club de lectura se reunía los jueves a las siete. A las siete y cuarto, Marcos y Laura eran los únicos dos en la sala.
Ella estaba junto a las estanterías con un libro en la mano, mirando el lomo sin leer el título. Él caminaba despacio alrededor de la mesa de madera, los dedos tamborileando sobre el borde pulido, el corazón golpeando con un ritmo que no tenía nada que ver con el ejercicio. El aire entre ellos tenía esa densidad particular de las cosas que están a punto de ocurrir. A las siete y media, ninguno de los dos sugirió esperar más.
—Somos solo nosotros —dijo Laura, sin darse la vuelta.
—Lo sé —respondió Marcos.
Cruzó la sala sin prisa, aunque por dentro nada en él era tranquilo. Cuando llegó a su altura y ella giró la cabeza, su mano ya estaba en su cintura. El libro cayó al suelo con un golpe sordo que ninguno de los dos miró.
El beso fue diferente a la semana anterior. Más lento al principio, más deliberado, como si tuvieran toda la tarde aunque ambos sabían perfectamente que no era así. Laura abrió los labios antes de que él lo pidiera, sus dedos cerrándose sobre la tela de su camisa. Marcos le enredó los dedos en el pelo y la acercó, y el sonido que ella hizo contra su boca, suave y cargado a la vez, le golpeó el pecho de una manera que no esperaba.
Sus manos bajaron por las caderas de ella hasta el dobladillo de la falda y la levantaron sin prisa.
—Quiero probarte —dijo él, la voz ronca—. Antes de nada más.
Laura no respondió con palabras. Se apoyó contra las estanterías y lo miró mientras él se arrodillaba frente a ella. Las bragas cayeron al suelo. Marcos le separó los muslos con las manos abiertas y se detuvo un momento, sin apartar los ojos, tomando nota de todo.
Estaba húmeda. El aroma de su excitación, denso y cálido, llegó directo a su cabeza. Hundió la nariz entre sus pliegues antes de siquiera empezar, respirándola despacio, y escuchó cómo la respiración de ella se entrecortaba arriba.
La primera pasada de lengua fue larga y lenta, de abajo hacia arriba, siguiendo toda su hendidura. Laura soltó un sonido que no era palabra, sus dedos encontrando el pelo de Marcos casi sin pensarlo. Él repitió el movimiento, esta vez con más presión, rodeando el clítoris con la punta antes de chuparlo con firmeza.
—Dios —murmuró ella.
Marcos aprendió rápido lo que funcionaba. Aprendió que cuando presionaba con la lengua justo debajo de su botón, los muslos de ella se cerraban. Que cuando cambiaba el ritmo de golpe, su cadera empujaba sola hacia adelante buscando más. Con un gruñido bajo, le separó los labios con los dedos y hundió la lengua dentro de ella, tan profundo como pudo, sintiendo cómo sus músculos respondían con una contracción involuntaria que le arrancó a él un gemido ahogado contra su piel.
—Ahí. No pares. Justo ahí.
Los muslos de Laura le enmarcaban la cabeza. Él no se resistió. Siguió trabajando su clítoris en círculos precisos, variando la presión, ajustando el ritmo según lo que escuchaba. Los jadeos de ella se acortaban. Su respiración se volvía más superficial, más urgente. La sintió tensarse entera justo antes: los músculos apretándose alrededor de su lengua, sus caderas perdiendo el control, un calor húmedo en su boca y su barbilla que él bebió sin apartar la cara.
Cuando levantó la vista, con los labios brillantes y la barbilla mojada, Laura lo miraba desde arriba con los ojos vidriosos y la respiración completamente deshecha.
—Ven aquí —fue lo único que dijo.
***
Le desabrochó el cinturón con dedos tranquilos. Le bajó el cierre con una lentitud calculada que a él le costó no protestar. Cuando su erección quedó libre, ya dura y urgente, ella la miró un momento con una expresión que Marcos no supo descifrar del todo antes de que Laura inclinara la cabeza y le lamiera la punta.
—Si te lo hago ahora —dijo, completamente tranquila—, durarás más cuando me lo pongas por detrás.
Marcos no encontró ningún argumento.
Laura se arrodilló despacio. Sus labios se cerraron alrededor de él y Marcos tuvo que apoyar una mano en la estantería para mantener el equilibrio. No era experta, pero compensaba esa falta de práctica con una atención absoluta, esa mirada fija en él desde abajo mientras lo tomaba más profundo, como si necesitara saber exactamente qué efecto le estaba produciendo cada movimiento.
Sus dedos le masajearon la base. Su lengua trazó el recorrido de su erección de abajo hacia arriba antes de volver a envolverlo. Cuando se lo metió hasta el fondo, con una calma que no correspondía a la urgencia del momento, Marcos supo que no iba a aguantar mucho más.
—Laura... —avisó, la voz tensa.
Ella no se apartó. Lo miró desde abajo, y en esa mirada había algo entre curiosidad y un poder tranquilo que no esperaba de ella, y eso fue lo último que procesó antes de correrse. Laura lo aceptó todo sin pestañear. Cuando por fin se separó, se limpió la comisura del labio con el pulgar con una serenidad que lo dejó completamente sin palabras.
—Ahora sí —dijo—. A la mesa.
***
La madera estaba fría contra la espalda de Laura. Marcos le abrió los muslos, la miró un momento sin tocarla, y luego recogió su humedad con los dedos. Lentamente, los movió hacia atrás.
—Respira —dijo él.
Laura cerró los ojos y respiró.
La presión comenzó despacio, el músculo resistiéndose al principio, y ella tuvo que concentrarse en soltarlo de forma consciente. Marcos no tenía prisa. Empujaba centímetro a centímetro, se detenía, esperaba. Cuando ella tensaba los músculos sin querer, él retrocedía levemente y volvía a empezar con la misma paciencia, como si tuvieran toda la noche y ningún motivo para apresurarse.
—¿Bien? —preguntó, la voz muy baja.
—Sigue —respondió ella.
Cuando estuvo completamente dentro, los dos se quedaron inmóviles. Marcos con las manos abiertas sobre sus caderas, la frente casi apoyada en su hombro, respirando. Laura con los dedos clavados en el borde de la mesa, sintiendo el calor de él que la llenaba desde dentro de una manera que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Un calor que bordeaba el dolor pero que tenía debajo, mucho más profundo, algo completamente diferente.
Luego él empezó a moverse.
Despacio al principio, las embestidas cortas y controladas, dejándola adaptarse al ritmo. Laura prestaba atención a cada sensación, tratando de encontrar ese punto que la semana anterior la había hecho perder el control sin que se lo esperara. Y entonces Marcos ajustó el ángulo ligeramente y ella soltó un gemido que no había planeado, más profundo que cualquiera anterior.
—Ahí —dijo, sin poder callarse—. Ahí está.
Las embestidas se volvieron más largas, más decididas. El placer se acumulaba en oleadas que partían de algún punto del interior de su vientre y se expandían hacia afuera, hacia las piernas, hacia la espalda, hacia algún lugar que no era físico exactamente pero que se sentía más real que todo lo demás en ese momento.
—Más fuerte —suplicó, y esta vez ni siquiera se sorprendió de escucharse decir eso.
Marcos obedeció. Sus manos se apretaron sobre sus caderas y sus embestidas se volvieron largas y profundas, el sonido húmedo de su piel contra la de ella llenando la sala junto con los jadeos de ambos. Laura soltó un grito sin intentar disimularlo cuando el orgasmo la atravesó, su cuerpo sacudiéndose, los músculos apretándose alrededor de él con una fuerza que le arrancó a Marcos un gruñido ronco.
—Voy a correrme —dijo él, la voz completamente rota—. Laura...
—Dentro —respondió ella, y eso fue suficiente.
Lo sintió como un calor que la llenaba en oleadas sucesivas, expandiéndose hacia adentro. Su segundo orgasmo llegó al mismo tiempo, pequeño y profundo, diferente al primero pero igual de real. Marcos colapsó sobre ella con todo su peso, su respiración irregular contra su cuello, sus manos abiertas sobre sus costillas.
Ninguno habló durante un rato.
El reloj de la pared marcaba las nueve menos diez. La sala seguía vacía salvo por ellos dos, y el libro que Laura había soltado al suelo seguía exactamente donde había caído.
—La semana que viene —dijo ella finalmente, mirando el techo—, el tema es narrativa romántica del siglo XIX.
Marcos tardó un momento en responder, notando el último rastro de su respiración acelerada.
—Lo sé —dijo—. Llevaba tres días pensando en eso exactamente.
Y Laura, a pesar de todo, se rio.