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Relatos Ardientes

Escribía para ella cuando me llamó de madrugada

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Eran casi las once de la noche y la pantalla de mi computadora era lo único que iluminaba el cuarto. Tenía abierto el documento de siempre —el que llamaba «borrador permanente»— y los dedos me corrían solos por el teclado, construyendo una escena que llevaba días dando vueltas en mi cabeza. Afuera llovía. La música sonaba baja, casi como excusa para no escuchar el silencio.

Escribía sobre Daniela, aunque nunca lo diría en voz alta.

No era la primera vez. Llevaba semanas llenando páginas con una versión ficticia de ella: sus manos largas, el lunar que tiene justo debajo del omóplato izquierdo, la manera en que inclina la cabeza cuando escucha algo que le interesa de verdad. Daniela vivía a setecientos kilómetros y yo la convertía en personaje para sobrevivir la distancia.

Cuando sonó el teléfono, tardé un segundo en volver a la realidad.

Vi su nombre en la pantalla y sonreí antes de poder evitarlo.

—Hola, escritora —dijo al contestar. Tenía esa voz de cuando ya está cómoda, sin defensas, la que reserva para las noches largas.

—¿No deberías estar durmiendo? —le pregunté, aunque me alegraba de que no lo estuviera.

—No tenía sueño. ¿En qué estás?

Dudé un momento. El cursor parpadeaba sobre la última frase del párrafo que acababa de escribir. Una frase sobre ella, sobre la curva de su cuello, sobre lo que yo querría hacer con esa curva si estuviera a menos de setecientos kilómetros.

—Escribiendo —respondí.

—¿Sobre qué?

Hubo una pausa. No la mía: la de ella, esperando.

—Sobre una mujer —dije al fin— que tiene el lunar más perfecto que he visto en mi vida.

Al otro lado de la línea, Daniela no dijo nada durante tres segundos completos. Después se rio, pero no era una risa normal.

—Léemelo —dijo.

No era una pregunta.

Puse el teléfono en altavoz, lo apoyé contra el vaso de agua que tenía en el escritorio, y comencé a leer. Despacio, con la voz que me sale cuando quiero que las palabras aterricen bien. Describía una habitación de hotel, las persianas entornadas, las sábanas frías contra la piel caliente. Describía a dos mujeres que se habían estado evitando toda la semana y que ya no podían más.

Daniela escuchaba. Yo lo sabía porque podía oír su respiración, y la respiración había cambiado.

—Sigue —susurró cuando hice una pausa.

Seguí. La escena se profundizaba: los dedos que bajan por el costado, la boca que encuentra la nuca, la manera en que el cuerpo responde antes de que la mente tenga tiempo de opinar. Mientras leía, yo también sentía algo. Un calor que empezaba bajo el ombligo y se iba extendiendo despacio.

—¿Cómo tienes las manos ahora mismo? —le pregunté sin alejarme del texto.

—Una está en mi pelo —dijo ella—. La otra... está bajando.

Cerré los ojos un instante.

—Cuéntame.

Y ella contó. Con esa voz de noche larga fue describiendo lo que sus propias manos hacían, y yo escuchaba y seguía construyendo la escena del documento como si los dos relatos fueran uno solo. El que yo escribía y el que ella vivía al otro lado del teléfono se mezclaban en algo que no era del todo ficción.

Yo también empecé a tocarme. Sin pensarlo, casi. Una mano sobre el pecho por encima de la camiseta, sintiendo el calor de la piel a través de la tela. El sonido de su voz hacía cosas que no se pueden explicar bien en un relato.

—¿Sigues ahí? —preguntó ella.

—Sigo —dije—. Y estoy muy aquí.

***

Fue Daniela quien propuso la videollamada. La línea se cortó un momento —el tiempo que tardó en cambiar de app— y después su cara apareció en la pantalla de mi teléfono. Estaba en su cuarto, con la lámpara de la mesita encendida, apoyada contra el cabecero de la cama. Llevaba un body de encaje negro que yo conocía bien: me lo había mandado por foto el día que lo compró, preguntando si le quedaba bien.

Le quedaba muy bien.

—Hola —dije.

—Hola —respondió ella, mordiéndose el labio inferior.

Ese gesto. Ese maldito gesto que me desarmaba desde la primera vez que lo vi.

Coloqué el teléfono contra el vaso de agua, en ángulo, para tener las manos libres. Daniela tenía el pelo suelto —ese pelo oscuro y rizado que le caía sobre los hombros— y me miraba con una expresión que mezclaba el deseo con algo más difícil de nombrar.

—¿Me estabas escribiendo a mí? —preguntó.

—Siempre te escribo a ti —respondí sin pensarlo.

Ella sonrió despacio. Después abrió las piernas, apoyando un pie en el colchón, y el body se tensó sobre su cuerpo. La tela de encaje dejaba ver apenas lo suficiente como para imaginar el resto, que en este caso yo no tenía que imaginar porque lo conocía de memoria.

—Muéstrate —me pidió.

Me quité la camiseta despacio, mirándola a la cámara mientras lo hacía. No llevaba sujetador y la temperatura del cuarto era fresca, lo cual se notaba. La vi reaccionar a lo que veía: sus ojos cambiaron.

—Dios —murmuró.

—¿Bien o mal?

—Cállate.

Me reí. Me tumbé en la cama con el teléfono apoyado en el cabecero, en ángulo descendente, de modo que pudiera verla y ella pudiera verme. Era extraño y perfecto al mismo tiempo: la pantalla pequeña llena de ella, su cuarto iluminado en cálido, su cuerpo real y a la vez inalcanzable.

Daniela deslizó una mano por debajo del encaje. La vi moverse despacio, tanteando primero la propia respiración antes que el cuerpo. Sus dedos fueron bajando con una seguridad que me dejó la boca seca. Se arqueó apenas cuando se tocó entre las piernas, presionando sobre la tela y luego metiendo la mano más hondo, buscando el centro con una paciencia que contrastaba con la urgencia de su cara.

Yo hice lo mismo. Separé las piernas sobre la sábana y me llevé dos dedos al clítoris, primero en círculos lentos, después con más presión, sintiendo cómo el calor se me acumulaba en el vientre. La imagen de Daniela en la pantalla me tenía clavada: su boca entreabierta, sus hombros tensos, el brillo húmedo en la línea de sus labios cuando se mordió fuerte y soltó un ruido bajito.

—Así —dijo ella, casi sin voz—. Así me gusta.

Le contesté con un gemido corto, porque estaba tocándome más rápido y el roce empezaba a volverse desesperado. La punta de mis dedos se empapó enseguida, resbalando sobre la piel sensible hasta que encontré el ritmo que me hacía temblar. Daniela me vio hacerlo y soltó una risa ronca, sucia de deseo.

—Qué puta cara estás poniendo —me dijo.

—La misma que tú.

—No, la mía es peor.

—Enséñame.

Ella bajó la cámara un poco y apartó la tela del body lo justo para mostrarme cómo sus dedos entraban y salían de ella, embadurnados, brillando bajo la luz amarilla. El sonido húmedo llegó más claro cuando aumentó la velocidad. Se la veía apretando la mandíbula, respirando por la boca, moviendo la cadera en pequeños golpes contra su propia mano.

—Joder —dije.

—Eso, joder —respondió—. Mírame bien.

La obedecí. Metí dos dedos en mí, empujando despacio al principio, sintiendo la presión dentro mientras el pulgar seguía frotando el clítoris ya hinchado, sensible, casi doloroso. El cuerpo me respondía con una necesidad brutal, cruda, sin delicadeza. Daniela empezó a masturbarse más fuerte, con un ritmo sucio y constante, y yo vi cómo la tela del encaje se le iba empapando hasta volverse casi transparente donde la mano la cubría.

No hablamos durante un rato. No hacía falta. El cuarto se llenó de nuestra respiración y de ese ruido pegajoso de piel contra piel. Yo me fui abriendo más con los dedos, hasta notar el temblor en las piernas, el calor subiéndome al cuello. Ella se inclinó hacia delante y se tocó con la otra mano los pechos, pellizcándose los pezones bajo la cámara, y me dieron ganas de lamerle la pantalla.

—¿Estás mojada? —preguntó.

—Empapada.

—Bien.

Entonces lo hizo: sacó un vibrador pequeño del cajón, lo encendió con un clic seco y lo apretó directo contra el coño, ahora sin disimulo. La vibración se notó incluso en el sonido, un zumbido agudo que se mezcló con su jadeo. Sus caderas saltaron en el colchón de forma involuntaria y ella echó la cabeza atrás, mostrando el cuello, la garganta tensa, la boca abierta como si estuviera pidiendo más.

—Metele —le dije, sin pensar, con la voz rota.

—Ya está dentro de mí —respondió—. ¿Tú también te metiste algo?

Me reí, casi ahogándome en mi propia respiración.

—Sí. Y me estoy quedando sin paciencia.

—Entonces folla con tus dedos —dijo, sucia, directa—. Quiero oírte perder el control.

Yo lo hice. Metí tres dedos, más adentro, empujando con una presión firme que me dejó sin aire. La otra mano siguió trabajando el clítoris, cada vez más rápido, hasta que todo el cuerpo me empezó a vibrar. Daniela estaba igual o peor: el vibrador golpeándole el coño, sus muslos tensos, un hilo de saliva en la comisura de la boca. Se agarró al cabecero con la mano libre y empezó a mover la pelvis de un lado a otro, buscando el punto exacto, obsesiva, hambrienta.

—Sí, así —gimió—. Así, carajo. No pares.

Yo no podía parar aunque hubiera querido. Sentía el orgasmo acercándose como una ola grande, inevitable, empujándome desde el bajo vientre hasta la punta de los dedos. Daniela me miró a la pantalla, vio mi cara, y se rio con una satisfacción animal.

—Te estás viniendo ya.

—Cállate.

—Dilo.

—No—

Me corté porque el primer espasmo me atravesó entera. Me arqueé sobre la cama, apretando fuerte los dedos dentro de mí mientras el clítoris palpitaba furioso bajo la yema del pulgar. El orgasmo me subió en oleadas cortas, intensas, dejándome la vista borrosa. Cuando abrí los ojos de nuevo, Daniela seguía mirándome con una expresión voraz.

—Eso —dijo, casi al mismo tiempo que temblaba toda.

La vi perderse también. Primero el pecho moviéndose rápido, después el gemido que le salió sin filtro, más bajo y más largo, y finalmente el cuerpo entero rompiéndose en pequeños espasmos sobre el colchón. La vibración seguía pegada a su coño, y ella la sostuvo hasta el final, retorciéndose, diciendo una y otra vez que sí, que sí, que joder, que por favor.

Cuando se calmó, el cuarto quedó en silencio salvo por el jadeo de ambas.

Me limpié la mano con la sábana y apoyé la cabeza contra la almohada. Daniela se quedó inmóvil unos segundos, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, luego bajó el vibrador y lo dejó a un lado como si fuera un objeto cualquiera y no algo que acababa de hacerle pedazos el cuerpo.

—Hola —dijo en voz baja, todavía medio ida.

—Hola —respondí.

Nos reímos las dos al mismo tiempo.

***

Estuvimos hablando un rato más, ya tapadas, ya tranquilas. Daniela se había puesto una camiseta vieja y tenía el pelo revuelto y seguía siendo la persona más atractiva que conocía. Me preguntó en qué terminaba el relato que estaba escribiendo.

—No lo sé todavía —dije.

—¿Y en qué estás ahora?

Miré el cursor en la pantalla del ordenador, que seguía parpadeando sobre la última frase.

—En esto —respondí.

Daniela asintió. Se mordió el labio otra vez —ese gesto, ese maldito gesto— y se recostó un poco más en la almohada.

—¿Cuándo nos veremos? —preguntó.

La pregunta flotó entre las dos, a través de los setecientos kilómetros y la pantalla pequeña. Yo no tenía una respuesta buena. Tenía fechas tentativas, calendarios que no terminaban de cuadrar, la distancia que pesa más algunos días que otros.

—Pronto —dije.

—Eso dijiste el mes pasado.

—Esta vez lo digo en serio.

Ella me miró un momento. Después sonrió, esa sonrisa lenta que le ocupa toda la cara cuando decide creerme.

—Está bien —dijo—. Pronto.

Cortamos la llamada a las doce y veinte. Volví al documento abierto en mi pantalla, al cursor que parpadeaba, a la escena sin terminar. Empecé a escribir el final.

Era mejor que el que había planeado.

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3.7(18)

Comentarios(9)

UnLectorDeMedianoche

Excelente!!! me quede con ganas de saber como termino esa noche. Por favor continualo

Toulouse

Muy bien contado, se siente real. Ese instante de reconocer la voz antes de que hable... lo captaste perfecto

fern10

jajaja las llamadas de madrugada tienen algo especial que no tiene ningun otro momento. Me recordo a una situacion similar que tuve hace unos años. Muy bueno

MarisolR

segunda parte porfavor!!!

Curioso77

Buenisimo relato, muy bien ambientado desde el principio. Saludos desde Mexico

Andresito_BA

Me encanto el tono, no es burdo como otros que uno lee por aca. Se nota que sabes escribir. Gracias por compartir

DesvelaoTotal

uff que inicio, ya quiero leer mas. Sigue asi!

Leon2026

Que buena historia, me engancho desde la primera linea. Espero el proximo relato

toni

Muy bueno!! la atmosfera nocturna le da un toque especial. Gracias

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