Una avería en plena ruta y el favor del camionero
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando entré en ese cuarto con él. Lo sabía y aun así cerré la puerta. Mi marido estaba lejos y yo tenía demasiado tequila en las venas.
La primera vez que afeité a Rubén en la oficina supe que el deseo entre nosotros no iba a quedar en una simple cuestión de higiene compartida.
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
La llevé al médico porque nadie más pudo. En mi casa descubrió algo que su novio nunca le había dado y, cuando lo sintió, quiso mucho más.
Cuando salí de la ducha, ella estaba ahí con lencería negra y esa sonrisa que hacía años no veía. Esa noche tenía un plan para mí que yo nunca hubiera imaginado pedir.
Cuando se inclinó frente a mí en la prensa de piernas, supe que aquel lunes a las siete menos cuarto no iba a ser un entrenamiento normal.
Aquella madrugada, cuando él se durmió, una cruzó el pasillo descalza y se metió en la cama de la otra. No iba por hablar, ni por curiosidad.
Cuando vi a Yésica subir las escaleras detrás de él esa primera noche, supe que ninguna de las que servíamos copas en aquella parada iba a salir igual del verano.
Le había comprado un perfume y un colgante para despedirla. Ella me trajo otra cosa. Yo tenía 18 años y no había tocado a nadie en la vida.
Lo esperaba en la terminal con el vestido rojo que él odiaba que llevara sin sostén. Tenía la regla y un deseo que no se calmaba con nada que no fuera él.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Esa tarde junto a la piscina, ella se quitó la parte superior del bikini y todo cambió entre ellos. La tensión que llevaban días ignorando ya no tenía vuelta atrás.
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Bailábamos pegados como siempre, hasta que sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él, mi mejor amigo desde la infancia, y yo no quería que se apartara.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.
Tenía diecinueve años y el trabajo de historia a medias cuando Rodrigo me miró el escote por primera vez. No imaginé que tardaría una década en cobrarlo.
Cuando me ofreció llevarme al súper en su auto, pensé en ahorrarle tiempo a mi marido. Fue la última vez que pensé en él esa noche.
Elena llevaba ocho años con el mismo hombre. Fue al estudio de un fotógrafo para hacerse unas fotos íntimas. Lo que encontró allí no cabía en ningún álbum.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.