Lo que mi mujer hizo en la cabina del sex shop
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
Tres días sin pensar en otra cosa que el olor a goma caliente y sus manos sobre mí. Y mi marido, sin saberlo, me dio la excusa perfecta para volver.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Cuando el puño de aquel desconocido tumbó a mi novio sobre la lona, supe que esa noche iba a hacer algo de lo que jamás podría arrepentirme del todo.
Llegaron al rancho buscando un colchón donde pasar la noche. Lo que no esperaban era el relato que los dos hermanos guardaban desde hacía años, ni las ganas con que se lo iban a contar.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
Lo abrí sin pensar y no pude parar de leer. Mi mamá lo escribía todo: cada detalle de cómo volvió a sentirse viva después de tocar fondo.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Las maletas aún sin deshacer y, bajo una de las camas, un montón de revistas viejas que ninguno de los tres hermanos consiguió dejar de mirar esa tarde de calor.
No había bragas, ni zapatos, ni película a medias. Solo el vestido que ella estuvo a punto de descartar y la mirada con la que él la esperaba en la penumbra.
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Cuando se inclinó sobre el fregadero, los leggings la delataron. No oyó entrar a Don Esteban, ni notó que el albornoz ya colgaba abierto a su espalda.
Nunca pensé que mirarlo entrenar a los demás terminaría conmigo de rodillas frente a él, en la penumbra roja de una habitación que olía a sudor y a deseo.
Llevaba semanas con una sola idea fija en la cabeza, y aquel domingo en las gradas del campo de rugby encontré por fin la manera de cumplirla.
Empezó como un secreto que le contaba al oído mientras me follaba. Terminó con él sentado a un metro, mirando cómo otro hombre me hacía perder la cabeza.
«Sé quién eres en realidad», le dijo su vecina en el rellano. Esa madrugada, a oscuras y con un antifaz puesto, Daniel descubrió que ella tenía un plan que jamás habría imaginado.
Aquella noche, arrodillado frente a ella en la penumbra de su habitación, entendí que para mí el placer no empieza en mi cuerpo, sino en el suyo.
El párroco me pidió que me quedara cuando la iglesia ya estaba vacía. Lo que pasó en su despacho se volvió mi secreto de cada domingo, y no quiero que termine.
Marcos los miraba desde el sofá mientras ella se arrodillaba entre sus dos amigos. En su relación, los celos jamás habían tenido un sitio.