La confesión en la obra abandonada
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Entré por curiosidad a aquella construcción vacía y salí con la boca llena, las piernas temblando y ganas de que entrara el siguiente.
Estaba inmóvil en la cama cuando una falsa enfermera entró de madrugada, cerró la puerta con llave y me dijo que venía a cuidarme a su manera.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Cada tarde corría la caja que hacía de puerta y se sentaba a mi lado, como si ese rincón estrecho fuera el único lugar del mundo donde podíamos ser otros.
Nunca pensé que una noche frente a la pantalla, con la voz de mi pareja al oído, terminaría desarmando todo lo que yo creía saber sobre mí misma.
Cruzamos una sola mirada entre los percheros y supe que esa tarde no iba a volver a casa siendo la misma. Él tampoco lo sabía todavía.
La idea fue suya: buscar a un desconocido que me hiciera lo que él no se atrevía. Lo que no calculó es que yo no volvería a mirarlo igual.
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
A las tres de la madrugada ella seguía despierta, con la cabeza en mi brazo, esperando el momento exacto en que yo abriera los ojos para empezar.
Volvía cada madrugada oliendo a tabaco americano y perfume nuevo. Yo callaba y guardaba mis sospechas, hasta la noche en que decidí seguirla y descubrir con quién pasaba esas horas.
A mis cuarenta y nueve creía haberlo visto todo, hasta que aquel desconocido empapado se quitó la camiseta en mi patio y supe que la tarde no terminaría con la jardinería.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
Tres días sin pensar en otra cosa que el olor a goma caliente y sus manos sobre mí. Y mi marido, sin saberlo, me dio la excusa perfecta para volver.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Cuando el puño de aquel desconocido tumbó a mi novio sobre la lona, supe que esa noche iba a hacer algo de lo que jamás podría arrepentirme del todo.
Llegaron al rancho buscando un colchón donde pasar la noche. Lo que no esperaban era el relato que los dos hermanos guardaban desde hacía años, ni las ganas con que se lo iban a contar.
Un muchacho que revisaba un contenedor me chistó en la calle, y cuando me dijo por qué, quise desaparecer. Lo que no imaginé fue cómo terminaría agradeciéndole.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.