Me toco recordando cómo lo distraje del juego
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
No paré ni cuando vi al hombre acercarse por el sendero. Mi novio puso la mano en mi pelo, marcó el ritmo, y yo ya no podía dejar de hacer lo que estaba haciendo.
Cuando el agua caliente nos envolvió a los dos y ella entró al baño sin ropa, supe que ese viaje de trabajo iba a ser diferente a todos los demás.
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.
Bajo su chaqueta, algo se movía. Debería haberme ido. En cambio, deslicé la mano y lo que siguió después cambió ese verano para siempre.
Cuando se desabrochó el botón del pantalón en el asiento del copiloto, supe que esa tarde no iba a llegar a casa por el camino más corto.