La excusa que usó para subirse a mi coche
Bajamos juntos por las escaleras del edificio, mezclados con los rezagados que aún llegaban y con los que terminábamos turno. Ese domingo de junio había sido largo y la cabeza me palpitaba, no por el cansancio sino por todas las miradas robadas durante la tarde. Camila iba unos pasos por delante, riéndose con Marta, y yo me obligaba a no mirarle la espalda, los hombros, ese punto exacto donde se le marcaba la cintura por encima del pantalón.
En el parking nos despedimos con frases vacías, como hacíamos siempre. Yo ya había sacado la llave y caminaba hacia mi coche cuando la oí gritar mi nombre.
—¡Marcos! —llamó, y se aseguró de que todos la oyeran—. ¿Te acuerdas de que me ibas a llevar a casa? Al mío se le encendió una luz en el tablero al llegar y mañana paso con la grúa.
Nunca he sido buen actor, pero hice lo que pude.
—Ah, sí, perdona, no sé dónde tengo la cabeza últimamente.
Subió al asiento del copiloto antes de que terminara de poner el cinturón. La vi de reojo: las mejillas todavía un poco rojas, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido para alguien que solo iba a ser llevada a su casa.
—Busca un descampado, un camino, lo que sea —dijo en voz baja, como si pudieran escucharla los del parking—. Yo así no llego a casa, Marcos. Ni puedo, ni quiero.
Mientras yo salía del recinto del polígono, ella se desabrochó el cinturón un segundo, se desabotonó el pantalón y volvió a abrocharse el cinturón sobre la camisa. Cuando giré hacia la salida, tenía la mano metida dentro de las bragas.
—Si paras al lado de un camión, avísame —murmuró con los ojos cerrados—. No quiero dar espectáculo.
Yo sentía la cremallera del pantalón apretándome contra mi propia erección. Bajé un poco la marcha y solté la cremallera con disimulo, lo justo para respirar. La carretera estaba vacía. Los domingos de verano, a esa hora, cualquiera prefiere quedarse en casa con el aire acondicionado a salir a la calle.
El campo en esta zona está lleno de caminos agrícolas que no van a ninguna parte. Antes de llegar al primer pueblo me desvié por uno que conocía, un callejón sin salida que termina contra la valla metálica de una finca. Apagué el motor y los faros se apagaron también. Solo nos quedó la luz de la luna sobre el capó.
Bajamos los dos casi a la vez, dando un portazo. Caminamos hasta el frente del coche y empezamos a besarnos como si nos faltara el aire.
—No me hables, no me digas nada —pidió contra mi boca—. Llevo toda la tarde así.
Mi camiseta voló al suelo del camino. Ella se desabrochó el sujetador de un movimiento y lo dejó caer encima del capó. Los pantalones nos los empujamos a la altura de los tobillos al mismo tiempo, y las bragas y los calzoncillos quedaron enredados en las zapatillas. Apoyó las manos en la chapa todavía caliente del motor y separó un poco las piernas.
Entré en ella de un golpe. Soltó un quejido ronco, pero no encontré ningún obstáculo. La calentura de la oficina y los minutos que se había pasado tocándose en el coche habían convertido aquello en una bienvenida húmeda y estrecha al mismo tiempo. Era como entrar a una casa de campo en invierno, con la chimenea ya encendida.
Empujé contra ella con las dos manos clavadas en sus caderas. Ella se llevó una mano entre las piernas, sin esperar a nada, sin pretender que aquello iba a durar. Sabíamos los dos que la tarde había sido demasiado larga para fingir que podíamos aguantar. Le mordí el hombro y la oí jadear más fuerte. La luz de un faro lejano apareció un instante en la carretera principal, demasiado lejos para vernos, y aun así me hizo apretar más contra ella.
No duré mucho. Me agarré como pude para no caerme y la sentí contraerse alrededor mío justo cuando yo terminaba dentro. No fue un orgasmo cuidado ni delicado: fue una semana entera vaciándose en treinta segundos. Cuando salí de ella, los dos teníamos las piernas temblando.
—Dios —murmuró ella, sin moverse del capó.
Me reí en silencio. Le miré la espalda iluminada por la luna, la línea de la columna bajando hacia las nalgas, el sudor brillando en la cintura. Si alguien nos viera ahora, pensaría que estamos locos. Y tendría razón.
Sacó del bolso unas toallitas y me pasó una sin decir nada. Nos limpiamos en silencio, recogiendo la ropa del suelo, mirándonos cada tanto y sonriendo como dos críos que acaban de hacer una travesura. No hablamos. No hacía falta. Una semana entera acumulando deseo no se conversa, se vacía. Y nosotros lo habíamos vaciado de la peor manera posible: rápido, sucio, en un descampado, contra el capó de mi coche.
***
Volvimos al coche compuestos como pudimos. Yo arranqué y salí del camino marcha atrás. Cuando estábamos de nuevo en la carretera principal, le sonó el móvil. Lo miró un segundo y respondió.
—Sí, cariño, no te preocupes, se ha liado mucho la tarde. No, ya estoy saliendo. En un ratito nos vemos.
Colgó. Era su hija, la de dieciocho recién cumplidos, esa que ella seguía llamando «la niña» como hacen todos los padres con hijos a punto de irse a la universidad. Me miró de reojo y se mordió el labio.
—Mañana cojo un taxi para ir a buscar mi coche a la oficina —dijo bajito—. ¿Y el apartamento tuyo? ¿Cuánto tiempo queda?
Era más una pregunta para ella misma que para mí. Yo llevaba semanas durmiendo en el piso de un amigo porque a la cañería del baño se le había ocurrido reventar mientras yo estaba de viaje. La aseguradora se estaba tomando su tiempo. Mientras tanto, nuestra vida sexual se había vuelto un rompecabezas de coches, parkings y oficinas vacías.
La dejé en la puerta de su casa. Se bajó disparada, sin mirar atrás. Yo me entretuve un par de segundos mirando ese culo que tanto me gustaba, y arranqué hacia el piso de mi amigo.
Cuando llegué él ya estaba durmiendo. No cené. Me metí en la ducha y me hice una paja larga, lenta, casi rabiosa, intentando bajar lo que me quedaba dentro. No funcionó del todo. Me dormí del tirón en cuanto toqué la almohada, todavía con olor a campo y a ella en la piel.
***
A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era el contratista. La obra del apartamento estaba prácticamente terminada y la aseguradora ya había contratado a la empresa de limpieza. En dos días podría volver a dormir en mi cama. Sonreí mirando el techo.
Antes de que pudiera dejar el móvil sobre la mesilla, volvió a sonar. Ahora era ella.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —su voz me terminó de despertar mejor que cualquier alarma.
—La verdad que muy bien, quedé frito. Me acaba de llamar el contratista. Dos días y vuelvo al apartamento.
—¿Has desayunado?
—Ni sé la hora que es. —Estiré el cuello para ver el reloj de la cocina por la puerta abierta—. Pero tengo un hambre que me muero.
—Son las nueve. Yo ya he ido a buscar el coche y he comprado medialunas. La niña está en casa de los abuelos. Me he inventado una excusa peregrina para que pase la mañana ayudándolos con unos recados. Estoy sola hasta la tarde. ¿Vienes?
No me dejó responder. Colgó.
Diez segundos después me vibró el teléfono. Un video corto. Camila estaba sentada en el borde de su cama, con un camisón viejo de algodón blanco con dibujos infantiles. Se bajaba un tirante, después el otro, hasta que la tela cedía por su propio peso y caía hasta la cintura. Nunca un camisón con dibujitos había quedado tan obsceno en el cuerpo de una mujer.
Me lavé los dientes en treinta segundos, bajé las escaleras a saltos y arranqué el coche con el móvil aún en la mano.
***
Me abrió la puerta con el mismo camisón del video. Sin maquillar, con el pelo recién peinado todavía húmedo, oliendo a champú barato y a café. Apenas crucé el umbral, ya nos estábamos besando en el recibidor. El camisón salió volando hacia el sofá. Mi camiseta cayó en algún punto entre la entrada y el salón.
No llegamos al dormitorio.
La empujé contra el respaldo del sofá y entré en ella con la misma ansia de la noche anterior, pero esta vez había tiempo. Esta vez podíamos respirar entre embestida y embestida. Esta vez podía levantarle las piernas, cambiarla de postura, sentarla encima y mirarle la cara mientras se dejaba caer despacio sobre mí.
—Más despacio —pidió ella en algún momento, y le hice caso. La giré, la coloqué de costado en el sofá, le abrí una pierna y entré desde atrás muy lento, viendo cómo se mordía el reverso de la mano para no gritar—. Ahora más rápido —me dijo después.
Le hice caso otra vez.
Pasamos del sofá a la alfombra, de la alfombra al pasillo, del pasillo a su dormitorio. La luz de junio entraba por las persianas a medio cerrar y dibujaba franjas calientes sobre las sábanas blancas. Recuperamos en una mañana todo lo que la semana anterior nos había quitado: besos largos, caricias por el cuello, lametones sin prisa, dedos buscándose entre las piernas, lubricante, un juguete pequeño que ella sacó del cajón de la mesilla con una sonrisa avergonzada.
Ya no sé si esto es deseo o costumbre o las dos cosas mezcladas.
Pasada la una bajamos a la cocina a recuperar fuerzas. Sobre la encimera, las medialunas que había comprado por la mañana estaban cubiertas por un ejército de hormigas que habían encontrado el azúcar antes que nosotros. Las tiramos al cubo entre risas, en pelotas los dos, y nos hicimos unas tostadas con jamón y un café cargado.
—La próxima vez que tu coche se averíe —dije mientras le ponía azúcar al café—, avísame con un poco más de antelación.
Me miró por encima de la taza, todavía despeinada, todavía oliendo a mí.
—No prometo nada.
Y ahí, con su sonrisa torcida y la luz del mediodía cayéndole encima, supe que lo del apartamento listo en dos días no me iba a salvar de nada. Iba a seguir buscando excusas para subirse a mi coche, para inventar averías, para mandarme videos con camisones imposibles a las nueve de la mañana. Y yo iba a seguir bajando las escaleras a saltos cada vez que me llamara.