Mi cita de Nochevieja con el hombre del teléfono
Llevábamos casi un año hablándonos. Mensajes a media tarde, llamadas a las dos de la mañana, audios que se me iban estirando como hilos finos por debajo de la piel. Diego era una voz, una manera de pensar, una risa baja que sonaba más cerca de lo que en realidad estaba. Y yo, para él, era exactamente lo mismo: alguien que existía solo en una pantalla. Hasta esa noche.
Elegimos un hotel a mitad de camino entre su ciudad y la mía, en la sierra, con un restaurante reservado para la cena de fin de año y habitaciones para los que no quisiéramos volver a casa. No habíamos hablado de eso último. Estaba implícito. Cada uno reservó la suya, por las apariencias, aunque ninguno de los dos creía de verdad que fuéramos a usarlas las dos.
Llegué temprano. Dejé la maleta, me duché, me puse el vestido negro que había probado tres veces frente al espejo del baño. Debajo, el conjunto de encaje rojo que había comprado dos meses atrás sin saber muy bien para qué. Esa noche sí lo sabía.
Bajé al vestíbulo y lo vi antes de que él me viera a mí. Diego, de carne y hueso, con el abrigo todavía puesto, mirando el reloj. Cuando levantó la vista, sonrió como si lo estuviera haciendo por primera vez en su vida. Cruzó la distancia en cinco pasos y me abrazó. El abrazo duró un segundo más de lo cortés. Eso lo cambió todo.
—Eres más alta de lo que imaginaba —dijo contra mi pelo.
—Y tú hueles a invierno.
—¿Eso es bueno?
—Todavía no lo sé.
Cenamos sin hambre. La conversación bajó la voz por sí sola, sin que ninguno de los dos lo decidiera. Hablamos de los meses anteriores, de los audios que escuché en el coche camino al trabajo, de las llamadas que se nos iban hasta que él se quedaba dormido a media frase. Sus manos se movían sobre el mantel, y la mía las buscaba sin disimulo. La primera vez que se rozaron, ninguno de los dos retiró la suya. La segunda vez, él entrelazó los dedos con los míos y los dejó ahí, sobre la madera, durante todo el segundo plato.
A las once y cuarenta y cinco, alguien empezó a contar. Faltaban quince minutos. Diego me miraba como si en la sala no hubiera nadie más. Yo bebí un trago largo de cava sin apartar la vista de su boca. Cuando empezó la cuenta atrás, él se acercó. Tres, dos, uno. Las uvas. Los aplausos. Y su boca sobre la mía.
El primer beso fue corto, casi de manual. El segundo no lo fue.
Sentí cómo el ruido del restaurante se desvanecía. Sus labios me reconocieron despacio, como si llevaran meses esperando ese permiso concreto. Cuando nos separamos, ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. La mesa de al lado seguía aplaudiendo y nosotros estábamos a otro tiempo.
—¿Bailas? —me preguntó después, con la voz un poco rota.
—Contigo, sí.
La música era animada, pero nosotros bailábamos lento, a contracorriente. Mi vestido empezó a quedarme corto sin que él lo hubiera tocado siquiera. Sentía su mano en mi cintura como una promesa que ya estaba escribiéndose. Cuando me giró para acercarme más, le rocé la mejilla con la mía y le susurré al oído:
—Tengo la habitación 314.
No respondió. Solo asintió, despacio, con la mandíbula apretada.
***
Subimos en el ascensor sin tocarnos. Era una manera de retrasar lo inevitable, de estirar los segundos un poco más. Dentro de la habitación, la luz tenue del pasillo entraba justo lo necesario para no necesitar lámparas. Diego cerró la puerta con la espalda y se quedó allí, mirándome desde el umbral.
Me quité el abrigo despacio. Después, los pendientes, uno a uno, dejándolos en la mesilla. Me deshice de los zapatos sin urgencia. Él no se movió. Cuando empecé a bajarme la cremallera del vestido, me detuvo con un gesto de la mano.
—Déjame a mí.
Se acercó. Sus dedos buscaron el cierre con una calma que no parecía suya, porque yo había escuchado su voz nerviosa muchas veces y sabía que por dentro le temblaba todo. La cremallera bajó. El vestido cayó al suelo formando un círculo a mis pies.
Y entonces vio el rojo.
El conjunto de encaje no era solo lencería. Era una declaración escrita con dos meses de antelación. Las copas marcaban cada curva sin esconderla, y unas tiras finas se cruzaban sobre el pecho dibujando una equis que llevaba la mirada exactamente al centro. Diego se quedó quieto. Ni un parpadeo. Solo el pecho subiendo y bajando un poco más rápido que antes.
—Pensaba que era imposible que me gustaras más —dijo, y la voz le salió ronca.
Lo que terminó de desarmarlo fue otra cosa. Un pequeño lunar oscuro, justo encima del borde del encaje. Lo había visto en el espejo mil veces sin darle importancia. Para él, en ese instante, fue el centro de la habitación.
Avanzó. Sus manos llegaron antes que su boca, lentas, casi reverentes. Rozó la piel justo al lado del lunar y yo solté un suspiro que no controlé. Se inclinó. Apoyó los labios exactamente allí. Largo. Sin prisa. Como si estuviera marcando un mapa que pensaba consultar muchas veces.
—Llevo meses pensándote de cerca —murmuró contra mi piel—. Me equivoqué en todo. Eres mejor.
Cerré los ojos. Sus dedos seguían el contorno de las tiras del sujetador con una atención que me erizaba toda. Cuando llegó al broche y lo soltó, la prenda cayó sin prisa. No le quitó los ojos al lunar. Volvió a besarlo. Lamió alrededor del pezón y solo cerró los labios cuando ya estaba duro y reclamando su boca. Mi pulso se me agolpó en la garganta y dejé escapar un sonido que no era una palabra.
Bajó. Besó cada costilla, una por una, como quien cuenta un rosario. Recorrió mi vientre con la nariz antes de darle un beso largo justo encima del ombligo. Sus pulgares se metieron bajo el elástico de la braguita y la bajaron unos centímetros, lo justo para descubrir el monte y nada más. Apoyó la cara allí, respiró hondo, y se quedó.
—Hueles a todo lo que imaginé —dijo.
Y entonces, en lugar de seguir bajando, saltó. Besó el pliegue donde la pierna se une al torso. Me arqueé buscándole la boca con la cadera. No cedió. Bajó por la cara interna del muslo con una lentitud que parecía venganza por algo que yo todavía no le había hecho. Cuando llegó a la rodilla, yo ya estaba apretando las sábanas con las dos manos.
Recorrió las pantorrillas. Los tobillos. Los pies. Me besó cada dedo con una calma que dolía. Cuando llegó al arco del pie y lo lamió, me retorcí entera. Tenía la entrepierna vacía, palpitante, esperando una boca que se iba alejando justo cuando más la quería.
Fue ahí cuando dije basta sin decirlo. Arqueé la espalda, levanté la pelvis y me bajé la braguita yo misma. La lancé al suelo sin mirar dónde caía.
Diego, todavía a los pies de la cama, levantó la mirada.
Lo que vio le cortó la respiración. Yo lo sabía sin verme. Sabía cuánto había bajado, cuánto brillaba, cuánto me empapaba esa espera deliberada que él me había impuesto. Y supe que él también lo sabía cuando se quedó callado más tiempo del que cabe en una pausa.
***
Me incorporé. No quería que aquello fuera unilateral. No había llegado hasta esa habitación para que solo me adoraran a mí. Me arrodillé sobre el colchón hasta quedar a su altura. Apoyé las manos en su pecho, todavía vestido, y noté el calor que le subía por la camisa.
—Ahora me toca a mí —le dije, tan cerca de su boca que las palabras le rozaron los labios.
Lo besé distinto. Sin hambre, sin urgencia. Lento. Le abrí la camisa botón a botón, dejando que cada uno saliera con su propio tiempo. Diego cerró los ojos. Sus manos buscaban dónde apoyarse y terminaron en mis caderas, sin presionar, solo sosteniéndose en mí como en una orilla.
—Me haces perder el control —murmuró contra mi boca, con una sonrisa torcida.
—Pues piérdelo.
Le saqué la camisa por los hombros. Le besé el cuello, la clavícula, el hueco donde el pulso le latía con tanta fuerza que casi se podía ver desde fuera. Le desabroché el pantalón. Cuando todo quedó en el suelo, lo empujé con suavidad hacia atrás. Se dejó caer sobre la cama, y por un momento me quedé arriba, mirándolo desde la altura, como él me había mirado a mí. Después me acomodé a sus pies, igual que había hecho conmigo, y empecé.
Empecé igual: por el empeine. Apenas un roce de labios. Diego aspiró hondo, sin disimulo. Subí por los tobillos. Por las pantorrillas. Por la cara interna de las rodillas, donde la piel se le erizó de manera visible. No tenía prisa. Quería que sintiera lo mismo que yo había sentido bajo su boca: la espera, la lentitud, esa tortura tranquila.
Subí por los muslos. Su respiración ya no era regular. Cuando llegué al abdomen, justo donde la piel se vuelve más fina, me detuve. Apoyé la frente. Lo escuché temblar bajo mí.
—Lara… —dijo, y mi nombre le salió como un pedido.
Sonreí con la boca pegada a su piel. Subí. Le besé el esternón, el pecho, los hombros. Apoyé todo el cuerpo sobre el suyo y sentí cómo me recibía, cómo respiraba contra mi pelo. Llegué a su cuello. Le pasé la lengua por la línea de la mandíbula. Subí hasta su boca y me detuve a un centímetro.
—Ahora estamos en el mismo punto —le dije.
Sus manos subieron por mi espalda como si necesitaran asegurarse de que yo era real. No me apartó. No me apuró. Me sostuvo la mirada como si quisiera grabarla en alguna parte de la memoria que después no se le borrara.
Volví a bajar. Esta vez sin freno. Recorrí su pecho con la boca abierta, dejando besos tibios que se enfriaban con el aire en cuanto me separaba. Bajé al abdomen. Me detuve más abajo, justo donde su cuerpo me reclamaba sin necesidad de hablar. Apoyé la frente. Lo escuché gemir y vi cómo se le tensaba toda la línea del torso. Tenía los dedos enredados en la sábana.
Levanté la mirada un segundo. Le sonreí.
Y entonces me incorporé. Volví a subir por su cuerpo, despacio, hasta quedar suspendida sobre él. Mi pelo le rozaba el pecho. Su calor me envolvía entera. Nos miramos, las narices casi tocándose, las respiraciones entrelazadas, la habitación reducida al espacio que cabía entre nuestras bocas.
Justo antes de bajar, justo antes de dejar que el año nuevo se nos metiera dentro de una vez por todas, el tiempo volvió a contener la respiración.
Lo demás ya no es para contar.