Lo conocí en una esquina y lo perdí por impaciente
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
El short de bicicleta apenas disimulaba lo que llevaba debajo, y cuando me pidió que me quitara la ropa supe que aquella tarde no iba a ser una depilación normal.
Llegué con la única intención de salir del trámite y volver a casa. Cuando Mateo cerró la puerta de la sala de rayos, supe que esa noche no terminaría como había planeado.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Sandra necesitaba ayuda con una persiana. Yo necesitaba olvidar el peor día de mi vida. Ninguno esperaba que Valentina llegara tan pronto.
Sofía siempre decía que los halagos la ponían, pero que nunca haría nada. Esa tarde en la playa descubrí que el límite era más delgado de lo que creía.
Cuando el portón se cerró detrás de mí, con la jarra de agua en la mano y los dos obreros mirándome, supe que lo había buscado desde el primer día.
Sabía lo que quería darle para su cumpleaños. No era un objeto ni una sorpresa del todo: era algo que los dos queríamos y ninguno se había atrevido a pedir.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Lo vi marcharse el lunes con la maleta y un beso seco. Esa misma noche, en la cama, supe que su ausencia pesaba más que cualquier orgasmo.
Me pidió que la acompañara porque los bares estaban llenos. Bromeé con que me pondría cachondo viéndola, y ella sonrió como si llevara horas esperando que lo dijera.
Llegué buscando distraerme de una vida que se caía a pedazos. Tres horas después estaba arrodillada frente a un desconocido y nada en mí volvió a ser igual.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.
Llevaba semanas viéndolo desviar la mirada cuando yo bajaba con vestido. Esa tarde, al cerrar la puerta de mi apartamento, supe que ya no iba a desviarla más.
La oí entrar a medianoche y no abrí los ojos. Fingí dormir. Lo que pasó después en esa habitación oscura no debería haberme gustado tanto.
Salimos del café diciendo que íbamos a tomar aire, pero cuando me tomó de la mano y me guió entre los árboles, ya sabía cómo iba a terminar esa noche.
Sangraba dentro de mis medias rotas, pero seguí caminando hasta su puerta. Necesitaba mirarlo a los ojos y saber si lo que yo sentía era recíproco.
Esa semana todo iba mal con mi pareja. Mi ex aprovechó la primera grieta y Diego esperaba con una foto que me dejó sin palabras. El fin de semana más sucio de mi vida.
Cuando mi compañera de piso me dijo «llévame contigo», supe que esa noche iba a perder algo más que la timidez. Lo que no imaginé fue que él aparecería.