El delantal rosa que mi criada me obligó a usar
El silencio de la casa era casi una presencia física. Gustavo entró, dejó las llaves sobre la mesita del recibidor y se quedó quieto, escuchando. No había música ni televisión encendida. Solo el rumor lejano de agua corriendo en algún rincón del primer piso.
Siguió el sonido por el pasillo hasta la habitación de su hija. Allí estaba Marisol, la criada, de rodillas sobre el suelo de madera. Llevaba puestos sus guantes de goma amarillos y restregaba las baldosas con una esponja, las caderas meciéndose en un vaivén monótono, casi hipnótico, que él se descubrió mirando más tiempo del debido.
—Marisol. ¿Qué haces aquí? —preguntó—. Te pedí que limpiaras el salón.
Su voz quiso sonar firme y se le quebró en el aire, hueca, como si el silencio se la hubiera tragado a medias.
Ella giró la cabeza despacio. Una sonrisa apenas dibujada le tiraba de la comisura de los labios. No parecía intimidada. Al contrario: parecía que algo le hacía gracia.
—Ya terminé el salón, señor Gustavo. Ahora estoy en el cuarto de la señorita Daniela —dijo, y se incorporó—. Hay que dejarlo todo impecable para cuando vuelva. ¿O no?
Se levantó con una agilidad que desmentía la postura sumisa de hacía un instante. En lugar de seguir fregando, caminó hasta la cama de la hija y deslizó la mano enguantada por debajo de la almohada. Cuando la retiró, sostenía algo entre dos dedos. Era un preservativo usado, pesado, atado por la punta.
—Mire lo que encontré —dijo, sosteniéndolo en alto como si fuera un trofeo—. Parece que la señorita tuvo una noche muy entretenida. Está bien lleno.
Gustavo se quedó helado. Miró el objeto, después la cara de Marisol. No había vergüenza ni escándalo en su expresión, solo una curiosidad fría, calculadora, la de quien observa un experimento. Él no supo qué decir. Se quedó callado, pasivo, con los brazos colgando a los costados.
Ella dio un paso hacia él. Con el dedo índice del guante amarillo hurgó dentro del preservativo, removiendo el contenido espeso, y luego, con una lentitud deliberada, sacó el dedo brillante y untado.
—Pruébelo —dijo, extendiéndolo hacia los labios de él—. Para que vea lo que se cuece en esta casa mientras usted no está.
Fue una orden, no una invitación. Gustavo miró el dedo enguantado, después los ojos de Marisol. El mundo se había desencajado de su eje. Debía gritar, despedirla en el acto, echarla a la calle. Pero no hizo nada. Se quedó inmóvil, como un mecanismo al que le hubieran quitado la cuerda. Y entonces, en un gesto que lo horrorizó y lo encendió en la misma fracción de segundo, inclinó la cabeza y lamió la goma.
El sabor salado le estalló en la lengua. El sabor de lo prohibido, de lo que jamás debería haber tocado.
Marisol soltó una risa baja, un sonido de pura comprensión. Había roto algo. Había encontrado la grieta.
—Ahhh, veo que te gusta —murmuró, y su voz mudó de tono, se volvió dura, dueña de la situación—. Te gusta, viejo sucio. Mírate.
Antes de que Gustavo pudiera reaccionar a ese tuteo nuevo, ella lo giró de un tirón y lo empujó contra la pared. Con una mano le sujetó la nuca; con la otra descendió por su espalda, por encima de la camisa, hasta apretarle las nalgas con fuerza.
—¿Te gusta cuando soy yo la que manda, señor? —siseó contra su oído—. Porque a partir de hoy va a ser así.
Él gimió contra el yeso frío de la pared. El peso de la mano en su cuello, la humillación de estar sometido por la mujer que cobraba un sueldo de su bolsillo, todo eso se le mezcló en el pecho hasta volverse algo parecido al placer. Algo que nunca se había permitido nombrar.
—Abre la boca —ordenó ella, llevándole de nuevo el dedo a los labios—. Quiero que lo lamas todo. Como la sumisa que acabas de descubrir que llevabas dentro.
Gustavo, con los ojos húmedos de vergüenza y de algo que no se atrevía a llamar deseo, obedeció. Cerró los labios alrededor del guante amarillo y lo lamió despacio, sintiendo la textura de la goma contra la lengua, el sabor que le recordaba a cada minuto cuánto había caído.
—Así me gusta —dijo Marisol, satisfecha—. Demuéstrame cuánto te gusta ser mi juguete. Mientras la casa está vacía, tú eres mío.
***
Lo mantuvo así un rato largo, dominado contra la pared, hasta que él lamía con un fervor desesperado y patético. Después retiró la mano de golpe y le dio una palmada seca en la nalga. Gustavo se quedó apoyado, temblando, sin aliento, con el corazón golpeándole las costillas.
—De pie, Gustavito —ordenó ella, y el diminutivo cayó sobre él como una sentencia—. El juego de ser el hombre de la casa se terminó. Desde ahora tú eres la otra criada.
Él la miró con ojos suplicantes, pero el cuerpo ya no le respondía a la voluntad, sino a la de ella.
—Ve a mi cuarto. En mi bolso vas a encontrar algo que te va a quedar mucho mejor que esos pantalones tan caros —dijo Marisol, con una sonrisa cruel.
Gustavo caminó como un sonámbulo hasta el cuarto de servicio. Abrió el bolso de la criada y, encima de su ropa doblada, encontró exactamente lo que ella quería que encontrara: un delantal de seda rosa, diminuto, con un lazo de raso en la espalda y un volante de encaje en el borde. Una prenda ridícula, pensada para humillar. Al lado, un par de guantes de goma amarillos, nuevos, todavía con el brillo de la fábrica.
Volvió a la cocina con las piezas en las manos, sin atreverse a levantar la vista.
—Póntelos. Ya —dijo Marisol, sentada en la silla de la cocina como una reina en su trono improvisado.
Con movimientos torpes, Gustavo se quitó la camisa y los pantalones. Se ató el delantal de seda sobre la piel desnuda, y la tela suave le rozó el pecho y el sexo, que para su propia vergüenza ya empezaba a endurecerse de pura humillación. Después se calzó los guantes. Se sentía expuesto, vaciado, convertido en otra cosa.
—Mucho mejor —aprobó ella, acercándose y deslizándole una mano por el trasero, por encima de la seda—. Ya eres una criada decente. Ahora, a trabajar. El fregadero está hasta arriba.
Lo empujó hacia la pileta. Gustavo, con las manos enguantadas, empezó a lavar los platos, sintiéndose el ser más absurdo y más encendido del planeta a la vez.
***
Marisol lo observó un rato, paladeando su sumisión. Después salió un momento y volvió con algo que le detuvo el corazón a Gustavo. Era un arnés de cuero negro, con un consolador grueso y venoso sujeto al frente.
—Como eres una novata, Gustavito, esta noche el macho de la casa voy a ser yo —dijo ella, ciñéndose las correas a la cintura con una destreza que lo aterró—. Y te voy a enseñar dónde está tu lugar.
Se colocó detrás de él, mientras él seguía fregando con movimientos mecánicos. Le levantó el borde del delantal y, despacio, le presionó la punta del consolador contra la entrada. Gustavo gimió, un sonido ahogado en el que ya no se distinguía el dolor del placer.
—Lava los platos —ordenó Marisol, dándole otra palmada—. No te detengas. Una buena criada no para de trabajar nunca.
Empezó a moverse contra él con un ritmo firme y constante. Gustavo se aferró al borde de la pileta, sintiendo cómo cada embestida le recordaba su nuevo estatus, cómo se abría y cedía bajo la mujer que esa misma mañana le había servido el café sin levantar la mirada.
—Así te gusta, ¿no? —le susurraba ella al oído, sujetándolo de las caderas—. Convertido en la criada de tu propia casa, fregando platos con el culo a mi disposición. Quién lo diría del gran señor Gustavo.
El placer era tan intenso, tan ajeno a todo lo que había conocido, que sentía que se disolvía en él. Lo estaban destruyendo y rehaciendo a la vez, pieza por pieza.
Marisol aceleró, respirando agitada contra su nuca. —¿Sabes una cosa? —dijo—. Me estoy dando cuenta de que tienes un culo demasiado bueno para malgastarlo conmigo. Un agujero tan estrecho y tan obediente se merece algo más que este juguete de goma.
Gustavo gimió, sin entender del todo hacia dónde iba ella.
—Podría hacer una llamada —continuó Marisol, con una crueldad pausada y deliciosa—. Conozco a más de un hombre al que le encantaría conocer a la criada nueva de esta casa. Imagínatelo. Llega pensando que viene a tomar una copa, y se encuentra contigo, así, con tu delantalito rosa y todo bien preparado para él.
La imagen fue tan vívida que Gustavo estuvo a punto de terminar allí mismo, contra la loza sucia.
—¿Te gustaría, Gustavito? —preguntó ella, hundiéndose hasta el fondo—. ¿Que un desconocido te trate como a la perrita sumisa que eres mientras yo miro y le explico cómo te gusta? ¿Que los dos se rían de la criada que antes firmaba mi sueldo?
—Sí —jadeó él, rompiéndose por fin—. Sí. Por favor.
Marisol rio, un sonido de victoria total. Lo embistió con más fuerza, hasta que el cuerpo de Gustavo se tensó y tembló en un orgasmo silencioso, vergonzoso, derramándose contra el frente del fregadero sin que ella lo hubiera tocado siquiera. Después se retiró de golpe y lo dejó desplomado, con el delantal de seda manchado y la respiración rota.
—Ya veremos, Gustavito —dijo ella, desabrochándose el arnés con calma—. Ya veremos si te has portado lo bastante bien como para merecer una visita. Por ahora, termina esos platos. Una criada no se va a dormir con la cocina sucia.
Y mientras él volvía a sumergir las manos enguantadas en el agua tibia, temblando todavía, Gustavo entendió que esa casa nunca había sido suya. Lo había descubierto demasiado tarde, y por alguna razón que no se atrevía a examinar, no quería que dejara de ser verdad.