Mi cuñado descubrió quién era Valeska de noche
Volví a casa con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. No esperaba encontrarlo a él sentado en el sofá, con mi portátil abierta sobre la mesa.
Volví a casa con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. No esperaba encontrarlo a él sentado en el sofá, con mi portátil abierta sobre la mesa.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
Deslicé las uñas rojas por mi piel sin un solo vello y sonreí: en unas horas dejaría de ser la chica callada del cuarto piso para volver a ser otra cosa.
Mara me ayudó a abrocharme el vestido rojo y susurró que esa noche sería mía. No sabía que entre los invitados estaba el hombre más respetado del pueblo.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Cuando el obi le apretó la cintura, supo que ya no había vuelta atrás: cada pliegue lo borraba un poco más, y nunca había deseado nada con tanta vergüenza.
Entré como un estudiante asustado y salí siendo ella. Detrás de la cortina negra, sin nombres ni rostros, descubrí cuánto deseaba que un desconocido me usara.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Carmen me explicó las reglas: bañarme dos veces al día, obedecer cada campanada y no preguntar nada. Esa noche entendí qué clase de sobrina quería mi tío.
Me tendió unas braguitas limpias sin decir nada. Lo que pasó cuando me las puse cambió para siempre lo que mi mujer y yo éramos en la cama.
Lo guardé como prueba del caso, pero esa noche, a solas, deslicé la seda por mi cuerpo y vi en el espejo a alguien que llevaba años esperándome.
Nunca había pisado la calle vestida de mujer. Esa madrugada me pinté los labios en el baño de una gasolinera y conduje hasta él sin pensar en lo que vendría.
El macho que prometía dejarnos rendidas no apareció. Estábamos las dos solas en el motel, vestidas, calientes y con toda la tarde por delante.
Siempre me pregunté de dónde sacaba tanto dinero. Cuando por fin me lo mostró, mi mejor amigo estaba parado frente a mí con medias blancas y una sonrisa que lo cambiaba todo.
Pensaba que el sótano sería solo para mí: la peluca, el vestido corto, los tacones y la cámara. No conté con que alguien más tuviera llave esa tarde.
Crucé su puerta vestido de hombre sin imaginar lo que esperaba detrás: el cuero, la peluca rubia y unas cuerdas que me entregarían por completo a él.
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.