El viaje bdsm con el que mi Ama me marcó
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
La noche antes del vuelo dormí atado entre sus piernas, sabiendo que al día siguiente mi cuerpo dejaría de ser solo mío.
Cuando abrió la puerta, yo ya estaba temblando dentro de la jaula, con el plug en el culo y la cena sin tocar, esperando su primera orden.
Empezó con unas medias escondidas bajo el pantalón y terminó de rodillas, obedeciendo mientras me vestían para usarme.
Cuando levanté la mirada del sofá, ella estaba en la puerta de mi salón, mirándome con una calma que tendría que haberme dado más miedo del que me dio.
Llevaba dos años tragándome sus insultos. Esa tarde encontré el archivo que lo cambiaba todo, y supe exactamente cómo iba a hacerle pagar cada humillación.
Frente al espejo, con el encaje rojo ciñéndome la cintura, supe que esa noche dejaría de esconderme. Solo faltaba que él abriera la puerta y me viera de verdad.
Preparé el desayuno gateando para no despertarla. No imaginaba que antes del anochecer ella me explicaría, con una sonrisa, que yo solo era una inversión suya.
Volví a casa con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. No esperaba encontrarlo a él sentado en el sofá, con mi portátil abierta sobre la mesa.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
Deslicé las uñas rojas por mi piel sin un solo vello y sonreí: en unas horas dejaría de ser la chica callada del cuarto piso para volver a ser otra cosa.
Mara me ayudó a abrocharme el vestido rojo y susurró que esa noche sería mía. No sabía que entre los invitados estaba el hombre más respetado del pueblo.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Llevaba un mes de sequía y me había arreglado como una diosa para él. Lo que no imaginé es que el hombre que cruzó esa puerta jamás iba a tocarme.
Cuando el obi le apretó la cintura, supo que ya no había vuelta atrás: cada pliegue lo borraba un poco más, y nunca había deseado nada con tanta vergüenza.
Entré como un estudiante asustado y salí siendo ella. Detrás de la cortina negra, sin nombres ni rostros, descubrí cuánto deseaba que un desconocido me usara.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Carmen me explicó las reglas: bañarme dos veces al día, obedecer cada campanada y no preguntar nada. Esa noche entendí qué clase de sobrina quería mi tío.
Me tendió unas braguitas limpias sin decir nada. Lo que pasó cuando me las puse cambió para siempre lo que mi mujer y yo éramos en la cama.